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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Humanización: hacia una educación crítica en Derechos Humanos]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[The purpose of this article is to problematize the three fundamental dimensions of the human rights education: the dialogicity, the "Otherness" and the juridicity, having previously discussed minimum ethical, political and legal conditions for a critical education in human rights. The article ends with some methodological assumptions to continue this discussion and this type of education]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"></b></font><font size="4"><strong>Humanizaci&oacute;n: hacia una educaci&oacute;n cr&iacute;tica en Derechos Humanos*</b></strong></font></p> </font><font face="verdana" size="2">     <p align="center"><strong><font size="3"></b>Humanization: Towards a Critical Education in Human Rights</b></font></strong></p>     <p><b>J</b><b>AIRO </b><b>H</b><b>ERNANDO </b><b>G</b><b>&Oacute;MEZ</b><b>-E</b><b>STEBAN** </b>Universidad Distrital Francisco Jos&eacute; de Caldas, Bogot&aacute;, Colombia</p>     <p><i>No nacemos iguales; llegamos a ser iguales como miembros de un grupo sobre la base de la solidez de nuestra decisi&oacute;n de garantizarnos mutuamente derechos iguales.</i></p>     <p>Hannah Arendt     <br>     <i>Los or&iacute;genes del totalitarismo.</i></p>     <p>* Art&iacute;culo de reflexi&oacute;n. El autor hace parte del gru po de investigaci&oacute;n &quot;Vivencias&quot; de la Universidad Distrital Francisco Jos&eacute; de Caldas.</p>     <p>** Facultad de Ciencias y Educaci&oacute;n, Universidad Distrital Francisco Jos&eacute; de Caldas. Cra 3 # 26A-40. Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:jairogo40@hotmail.com">jairogo40@hotmail.com</a></p> <hr>     <p><b>Resumen</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El prop&oacute;sito de este ensayo es problematizar las tres dimensiones fundamentales en la educaci&oacute;n en Derechos Humanos, a saber: la dialogicidad, la alteridad y la juridicidad; no sin antes haber discutido unas condiciones &eacute;ticas, pol&iacute;ticas y jur&iacute;dicas m&iacute;nimas para una educaci&oacute;n cr&iacute;tica. Concluye con unos presupuestos metodol&oacute;gicos para adelantar esta discusi&oacute;n. </p>     <p><strong>Palabras clave autor</strong> Educaci&oacute;n en derechos humanos, &eacute;tica, pedagog&iacute;a, derechos humanos </p>     <p><strong>Palabras clave descriptore</strong>s Educaci&oacute;n, derechos humanos, di&aacute;logo educaci&oacute;n moral.</p> <hr>     <p><b>Abstract</b></p>     <p>The purpose of this article is to problematize the three fundamental dimensions of the human rights education: the dialogicity, the &quot;Otherness&quot; and the juridicity, having previously discussed minimum ethical, political and legal conditions for a critical education in human rights. The article ends with some methodological assumptions to continue this discussion and this type of education </p>     <p><strong>Key words author</strong> Education In Human Rights, Ethics, Pedagogy, Human Rights. </p>     <p><strong>Key words plus</strong> Human Rights Education, Dialogue, Moral Education, Human Rights.</p> <hr>     <p><b>Introducci&oacute;n</b></p>     <p>La necesidad de retomar el problema de &quot;lo humano&quot; a lo largo de la historia, ya sea como naturaleza, condici&oacute;n, posici&oacute;n o actitud, demuestra que los seres humanos no s&oacute;lo se han preocupado por su &quot;esencia&quot;, es decir, por lo que los diferencia de lo no humano, sino por las razones de su existencia en cuanto tal. Desde el humanismo renacentista hasta los humanismos cr&iacute;ticos de nuestros d&iacute;as, ha habido tres palabras que siempre se han asociado a &quot;lo humano&quot;: <i>igualdad, libertad y dignidad. </i>Cuando se despoja a una persona de estas cualidades o atributos se habla de inhumano, infrahumano o deshumanizaci&oacute;n. Por tanto, cuando se invocan los Derechos Humanos, bien sea como reivindicaci&oacute;n emancipatoria, pol&iacute;tica progresista o justicia social, en el fondo se est&aacute; invocando una semejanza en la &quot;esencia&quot; de pertenecer a la misma especie, un reconocimiento de la existencia como subjetividad individual y colectiva, unos atributos y cualidades comunes.</p>     <p>Pero el hecho de reivindicarse como humano no garantiza derechos: la dignidad, la libertad, los valores, los intereses y todas los otros elementos constitutivos de lo que tradicionalmente se han considerado inherentes a la &quot;condici&oacute;n humana&quot;, pertenecen m&aacute;s a la esfera de la &eacute;tica y la moral que a la esfera de lo jur&iacute;dico y lo pol&iacute;tico. En efecto, ya Rousseau ha se&ntilde;alado que <i>el hombre no es el ciudadano, </i>el hombre es juzgado a partir de principios &eacute;ticos; en cambio, el ciudadano est&aacute; sujeto a un marco jur&iacute;dico y pol&iacute;tico. Sin embargo, pertenecer a la humanidad no es suficiente para ser ciudadano por el hecho de pertenecer a una naci&oacute;n, o, lo que es lo mismo, para ser reconocido como humano es necesario ser reconocido como ciudadano y, por tanto, los Derechos Humanos no son derechos de todos los seres humanos, sino derechos de los que son reconocidos como ciudadanos. &iquest;Qui&eacute;nes no son reconocidos como ciudadanos? Arribamos entonces al problema central de los Derechos Humanos: su naturaleza universal y abstracta, en oposici&oacute;n a los derechos de grupos sociales en situaci&oacute;n de inequidad, exclusi&oacute;n o invisibilizaci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>En primer lugar, hay que decir que la pretensi&oacute;n de universalidad es una pretensi&oacute;n cultural y pol&iacute;tica de Occidente, y a pesar de que se admiten cuatro reg&iacute;menes de derechos humanos en nuestro tiempo: el europeo, el interamericano, el africano y el asi&aacute;tico (Boaventura de Sousa Santos, 1998), se asume que todos quedan subsumidos en una universalidad &uacute;ltima dada por unos supuestos claramente occidentales y liberales de dignidad, racionalidad, autonom&iacute;a y libertad. Esta universalidad de los Derechos Humanos generalmente obedece a intereses econ&oacute;micos y pol&iacute;ticos de las potencias occidentales y es claro c&oacute;mo, desde el mismo momento de la Declaraci&oacute;n Universal en 1948, se propusieron como reconocimiento de los derechos individuales sin la participaci&oacute;n de la mayor&iacute;a de los pueblos -sobre todo los de la periferia- con la &uacute;nica excepci&oacute;n del derecho a la autodeterminaci&oacute;n -que es el m&aacute;s violado- y &quot;en la prioridad dada a los derechos civiles y pol&iacute;ticos sobre los econ&oacute;micos, sociales y culturales, y en el reconocimiento del derecho de propiedad como el primer y, durante muchos a&ntilde;os, &uacute;nico derecho econ&oacute;mico&quot; (Sousa Santos, 1998, p. 354).</p>     <p>Las cr&iacute;ticas al discurso de los derechos se han realizado desde dos puntos de vista: desde la teor&iacute;a pol&iacute;tica y desde la teor&iacute;a jur&iacute;dica. En la pol&iacute;tica, la cr&iacute;tica considera que los derechos ofrecen una emancipaci&oacute;n recortada, insuficiente, y que no permite usarlos derechos como t&aacute;ctica en la movilizaci&oacute;n social sin exponerse al cuestionamiento de los reclamos del movimiento o a la legitimaci&oacute;n de la posici&oacute;n de los adversarios por parte de las cortes. En lo jur&iacute;dico se ha criticado el discurso de los derechos, en su pretensi&oacute;n de ser capaz tanto de dar respuestas correctas a los casos concretos como de ofrecer protecci&oacute;n para todos los intereses (Jaramillo Sierra, 2003).</p>     <p>Estas cr&iacute;ticas no implican necesariamente bajar la guardia en las reivindicaciones emancipatorias o en el progreso social, lo &uacute;nico que revelan es que los derechos no tienen los poderes ni las posibilidades que generalmente se les atribuyen. Lo cierto es que m&aacute;s all&aacute; de los derechos, se requiere plantearse nuevas formas de lucha, ejercicios alternativos de la ciudadan&iacute;a, diversos modos de subjetivaci&oacute;n emancipatorios y reconocimiento de los derechos colectivos. Son &eacute;stos los prop&oacute;sitos que debe tener una educaci&oacute;n cr&iacute;tica en derechos humanos.</p>     <p><b>Condiciones &eacute;ticas, pol&iacute;ticas y jur&iacute;dicas m&iacute;nimas para una educaci&oacute;n cr&iacute;tica en Derechos Humanos</b></p>     <p>Los derechos humanos han sido fundamentados desde diversas perspectivas filos&oacute;ficas y no entraremos a analizar aqu&iacute; cada una de ellas.<sup><a href="#1" name="n1">1</a></sup> Ya sea el iusnaturalismo, el contractualismo, el utilitarismo o el positivismo jur&iacute;dico, todos se ven abocados, &eacute;tica o pol&iacute;ticamente, a la tensi&oacute;n entre universalismo y particularismo. Actualmente esta tensi&oacute;n alcanza su mejor expresi&oacute;n en la concepci&oacute;n de Habermas (1995), para quien la universalidad tiene un contenido propio apoyado en el derecho internacional, independiente de toda articulaci&oacute;n hegem&oacute;nica. En el otro extremo se encuentra Lyotard, &quot;cuya concepci&oacute;n de la sociedad como pluralidad de juegos de lenguaje inconmensurables, en los que las interacciones s&oacute;lo pueden causar da&ntilde;o, hace imposible toda articulaci&oacute;n pol&iacute;tica&quot; (Laclau &amp; Mouffe, 2006, p. 14). Para una realidad como la nuestra, en donde el respeto a la vida, y en general, los derechos &quot;autoevidentes&quot; son permanentemente violados y la vulnerabilidad material y social se ha naturalizado y normalizado al punto de asumirnos como eternos y consuetudinarios sobrevivientes de la violencia, estas dos concepciones extremas de los derechos no son aplicables ni a la vida pol&iacute;tica ni a la educaci&oacute;n.</p>     <p>Si lo que pretendemos es recuperar los derechos humanos como condici&oacute;n pol&iacute;tica de libertad y emancipaci&oacute;n; presupuesto &eacute;tico de autonom&iacute;a, inviolabilidad y dignidad; y herramienta jur&iacute;dica de igualdad y respeto, se hace necesaria <i>una postura dial&oacute;gica </i>entre las diversas subjetividades colectivas que reclaman sus propios derechos -por ejemplo, un di&aacute;logo entre las diversas identidades juveniles con miras a establecer sus procesos de subjetivaci&oacute;n pol&iacute;tica y, en consecuencia, sus formas de constituci&oacute;n en subjetividades pol&iacute;ticas-; <i>una pol&iacute;tica de reconocimiento </i>indisociable de una pol&iacute;tica de redistribuci&oacute;n de las diversas formas de entender la dignidad, la igualdad y la libertad entre diferentes culturas, como es el caso de los afrodescendientes o los ind&iacute;genas; y, finalmente, <i>una actitud cr&iacute;tica </i>frente a la tensi&oacute;n derechos-deberes como condici&oacute;n necesaria para justificar la juridicidad y justiciabilidad de una norma.</p>     <p>Una <i>postura dial&oacute;gica </i>de los derechos colectivos requiere explicitar tanto el concepto de subjetividades colectivas, como la plausibilidad misma de los derechos morales colectivos para no caer en la inconmensurabilidad que Lyotard (1994) le atribuye a los derechos subjetivos. En efecto, existen diversas perspectivas te&oacute;ricas y disciplinares para abordar el concepto de sujeto colectivo.</p>     <p>En primer lugar, desde el punto de vista jur&iacute;dico se puede afirmar que los sujetos colectivos est&aacute;n plenamente diferenciados de los sujetos individuales y su existencia es constatable en los ordenamientos jur&iacute;dicos de los estados. De esta forma, comunidades culturales o &eacute;tnicas, colectividades religiosas o comerciales, partidos pol&iacute;ticos y sindicatos, sociedades an&oacute;nimas e instituciones educativas, todos son sujetos colectivos titulares de derechos. Ahora bien, en la teor&iacute;a tradicional, se identifica el concepto de sujeto de derecho con el de persona jur&iacute;dica entendida como &quot;un producto de la ciencia que describe el derecho y no como un producto del derecho mismo&quot; (Hans Kelsen, 1981, p. 180), es decir, que para el positivismo jur&iacute;dico kelseniano, el sujeto no existe sino como construcci&oacute;n de un orden de derechos y deberes.</p>     <p>La negaci&oacute;n positivista kelseniana del sujeto de derechos como realidad anterior al derecho (positivo) forma parte del pensamiento antimetaf&iacute;sico contempor&aacute;neo que tiene sus premisas en Nietzsche y Heidegger e influye en el actual pensamiento posmoderno. Este cuestionamiento del individualismo &eacute;tico-biologista lleva consigo una afirmaci&oacute;n de los sujetos colectivos (comunidad, sociedad, pueblo, naci&oacute;n o estado) como creaciones culturales o hist&oacute;ricas, pero puede llevar tambi&eacute;n a una exaltaci&oacute;n del grupo y de la pertenencia al mismo como fundamento de la sociedad, como sucede con el comunitarismo o con el llamado neotribalismo (L&oacute;pez Calera, 2000, p. 124)</p>     <p>Este riesgo de que los sujetos colectivos se fragmenten en m&uacute;ltiples comunidades identitarias, aumenta con la resistencia y oposici&oacute;n que muchos grupos y movimientos sociales ejercen frente a los procesos de globalizaci&oacute;n. Es por esta raz&oacute;n que los llamados derechos culturales o &quot;derechos a la identidad&quot; son considerados como una especie de <i>derechos-paraguas </i>en los cuales es posible albergar toda clase de categor&iacute;as que pueden ordenar una diversidad de derechos, pero tambi&eacute;n, caer f&aacute;cilmente en la caricatura cuando se sacan del contexto, como el derecho a la pornograf&iacute;a o a pr&aacute;cticas sexuales sadomasoquistas. Lo importante es reconocer que los sujetos colectivos no pueden reducirse ni a una construcci&oacute;n legal con una normatividad jur&iacute;dica absolutamente expl&iacute;cita, as&iacute; como tampoco a una mera realidad sociol&oacute;gica, cultural y pol&iacute;tica, y este reconocimiento nos permitir&aacute; pensar en estrategias emancipatorias y autorreguladoras menos mediadas por lo jur&iacute;dico, y m&aacute;s bien convertir los escenarios del derecho en verdaderos campos de antagonismo y conflicto, tan necesarios para una democracia plural y radical (Jaramillo Sierra, 2003; Mouffe, 1993).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Una perspectiva de los sujetos y las identidades sociales diferente a la jur&iacute;dica es la que proponen autores como Castells y Touraine. En efecto, desde una mirada sociol&oacute;gica, Castells (2003) entiende las identidades colectivas como fuentes de sentido que si bien pueden originarse en las instituciones dominantes, s&oacute;lo se convierten en tales, si los actores sociales las interiorizan y construyen su sentido atendiendo a un atributo cultural. &quot;Defino <i>sentido </i>como la identificaci&oacute;n simb&oacute;lica que realiza un actor social del objetivo de su acci&oacute;n (...) el sentido se organiza en torno a una identidad primaria, que se sostiene a s&iacute; misma a lo largo del tiempo y el espacio&quot; (Castells, 2003, p. 20).</p>     <p>En el caso de las identidades colectivas que pugnan por reivindicar unos derechos colectivos o identitarios, la acci&oacute;n social se organiza en torno a la defensa de los principios comunales, asumiendo como mecanismo fundamental la resistencia frente a las fuerzas hegem&oacute;nicas y homogeneizantes. Este mecanismo de resistencia conduce a que dichas identidades, mediante la comprensi&oacute;n del sentido hist&oacute;rico y pol&iacute;tico de su experiencia (para el caso de la escuela, puede ser como grupo etario, como cultura juvenil, o simplemente, como identidades ciudadanas) se asuman como <i>sujetos </i>con trayectorias vitales diferentes a las instituidas, que a su vez pugnan por forjarse nuevos horizontes emancipatorios.</p>     <p>Este proceso de hacerse sujeto mediante la recuperaci&oacute;n del sentido hol&iacute;stico de la experiencia individual y colectiva, lo comparte Touraine para quien el individuo se convierte en sujeto en tanto se inserta en unas relaciones sociales a trav&eacute;s de su vinculaci&oacute;n a un proyecto colectivo que, para alcanzar sus fines reivindicativos y emancipatorios, requiere configurarse como <i>movimiento social </i>(Touraine, 1993).</p>     <p>En cuanto a <i>las pol&iacute;ticas de reconocimiento </i>en materia de derechos humanos es necesario comenzar por explicitar las diferentes acepciones de derechos como la dignidad, la inviolabilidad, la igualdad o la libertad. En efecto, es sabido que todas las culturas tienen versiones diferentes de la dignidad y la libertad humanas, algunas m&aacute;s abiertas a otras culturas, algunas m&aacute;s cerradas por su profunda vocaci&oacute;n religiosa. En el caso de Occidente, se pueden distinguir dos concepciones de la dignidad y, por ende, de los derechos humanos: la liberal, que le da prioridad a los derechos civiles y pol&iacute;ticos; y la marxista, que considera los derechos econ&oacute;micos y sociales como condiciones b&aacute;sicas del desarrollo humano (Boaventura de Sousa Santos, 1995,p.356).</p>     <p>Si bien es cierto que las pol&iacute;ticas de reconocimiento tienen el mayor peso en los derechos civiles y pol&iacute;ticos, es claro, sobre todo en pa&iacute;ses con altos &iacute;ndices de inequidad econ&oacute;mica e injusticia social, que dichas pol&iacute;ticas necesariamente tienen que estar org&aacute;nicamente articuladas a pol&iacute;ticas de redistribuci&oacute;n econ&oacute;mica. En efecto, los derechos al reconocimiento identitario y cultural, en general, pasan y se subordinan a los derechos fundamentales ya que &eacute;stos constituyen la plataforma material para cualquier trayectoria social o identitaria que adopta el desarrollo humano.</p>     <p>De esta forma, si el prop&oacute;sito de los derechos humanos es garantizar el desarrollo humano, o al menos, garantizar el respeto de la &quot;condici&oacute;n humana&quot;, una de las v&iacute;as m&aacute;s plausibles para alcanzar este objetivo es que esos derechos garanticen el despliegue de las capacidades humanas. En este sentido, los aportes de Amartya Sen (Reyes, 2002) resultan fundamentales en esta problem&aacute;tica. Su tesis en torno a que es una obligaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas garantizar el uso y manejo de las capacidades, entendidas &eacute;stas como las libertades reales que tienen las personas para optar por un estilo de vida que considere valiosa para s&iacute; o para la sociedad, permite articular las pol&iacute;ticas de reconocimiento con las pol&iacute;ticas de redistribuci&oacute;n. Las capacidades se derivan de todo aquello que la gente puede hacer o ser con los bienes que tiene a su disposici&oacute;n (y que Sen denomina funcionamientos), y dado que la mayor&iacute;a de la gente est&aacute; limitada en sus opciones de vida por la insuficiencia de bienes, se hace necesario que la formulaci&oacute;n de pol&iacute;ticas se centre y planifique en funci&oacute;n de las capacidades, es decir, m&aacute;s en las personas que en los medios o en los bienes.</p>     <p>De esta forma, se busca que haya un equilibrio entre las pol&iacute;ticas centradas en los bienes materiales (pol&iacute;ticas de redistribuci&oacute;n) y las pol&iacute;ticas centradas en las opciones de vida, las motivaciones subyacentes a esa elecci&oacute;n y la actividad valorativa de las diversas identidades ciudadanas (pol&iacute;ticas de reconocimiento).</p>     <p>La tercera condici&oacute;n para recuperar los derechos humanos como condici&oacute;n pol&iacute;tica de libertad y emancipaci&oacute;n -presupuesto &eacute;tico de autonom&iacute;a, inviolabilidad y dignidad, y herramienta jur&iacute;dica de igualdad y respeto es la formaci&oacute;n de una actitud cr&iacute;tica frente a la tensi&oacute;n entre derechos y deberes. Una de las muchas formas en que se manifiesta esta tensi&oacute;n desde el punto de vista jur&iacute;dico, es en la exigencia de que un derecho tenga que estar planteado expl&iacute;citamente en el sistema jur&iacute;dico (G&oacute;mez, 2005). Si esa autoridad es un juez o un tribunal, entonces se habla de <i>justiciabilidad </i>de un derecho. La protecci&oacute;n judicial es la garant&iacute;a m&aacute;s id&oacute;nea de protecci&oacute;n de los derechos.</p>     <p>No obstante, abundan los argumentos a favor y en contra de la justiciabilidad de los Desc (Derechos econ&oacute;micos, sociales y culturales). Algunos de los razonamientos favorables se relacionan con la idea que los derechos sociales son bienes o servicios b&aacute;sicos para la dignidad, la autonom&iacute;a y la libertad de las personas, y son precondiciones de la participaci&oacute;n democr&aacute;tica; en esa medida, no pueden quedar abandonados a los avatares de las decisiones pol&iacute;ticas. Aqu&iacute; radica una de las ideas fuertes de teor&iacute;a constitucional en el sentido de que un derecho tiene que estar sometido a protecci&oacute;n judicial porque &eacute;sta es la &uacute;nica forma de no comprometerlos en el debate democr&aacute;tico y en el proceso pol&iacute;tico. Por su parte los argumentos en contra de la justiciabilidad son de importancia pues se considera que los derechos sociales son muy indeterminados. Por ejemplo, los pactos internacionales sobre la materia se&ntilde;alan que las personas tienen derecho a la salud, pero no precisan hasta qu&eacute; nivel de atenci&oacute;n. Pero no todas las posibles formas de atenci&oacute;n ser&iacute;an universalizables, porque los recursos son escasos y las necesidades son pr&aacute;cticamente infinitas. Por consiguiente, no es muy claro el alcance de la obligaci&oacute;n estatal correlativa a ciertos derechos (el contenido obligacional); adem&aacute;s, subsiste un problema de prioridades al arbitrar los recursos: &iquest;se debe invertir en educaci&oacute;n o en salud?, &iquest;en alimentaci&oacute;n o en vivienda? Por ello, la regulaci&oacute;n, el cumplimiento y la asignaci&oacute;n de recursos para los Desc ser&iacute;an propios de las decisiones del proceso pol&iacute;tico y legislativo, y no de las de los jueces. (Useche, 2006)</p>     <p><b>La educaci&oacute;n en Derechos Humanos como educaci&oacute;n moral</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La educaci&oacute;n en Derechos Humanos en la escuela generalmente ha estado asociada con la educaci&oacute;n moral -particularmente a la educaci&oacute;n en valores-, la educaci&oacute;n para la democracia y, en nuestro pa&iacute;s, con educaci&oacute;n para la paz-. Como ya se&ntilde;alamos (G&oacute;mez, 2005), son muchas las razones que explican la falta de deslinde conceptual de todas estas &quot;educaciones&quot;. Sin embargo, es un hecho que la gran mayor&iacute;a de proyectos adelantados por nuestras instituciones educativas, con o sin apoyo oficial<sup><a href="#2" name="n2">2</a></sup>, asocian los derechos humanos con una perspectiva axiol&oacute;gica, una teor&iacute;a del desarrollo moral y una visi&oacute;n &eacute;tica de la ciudadan&iacute;a. En otra palabras, se puede afirmar sin temor a caer en sesgos anal&iacute;ticos, que la educaci&oacute;n en Derechos Humanos en nuestro pa&iacute;s privilegia con mucha fuerza el componente &eacute;tico en detrimento de la dimensi&oacute;n pol&iacute;tica y jur&iacute;dica de los derechos humanos, lo cual no ser&iacute;a ning&uacute;n problema excepto porque dichas dimensiones son las que posibilitan una visi&oacute;n cr&iacute;tica de estos derechos.</p>     <p>La perspectiva axiol&oacute;gica y moral de los DDHH, sobre todo desde concepciones como la kolhber-guiana o de la acci&oacute;n comunicativa de Habermas, no permiten asumir actitudes criticas frente a &eacute;stos b&aacute;sicamente por tres razones: a) porque son concepciones universalistas que omiten o descalifican los derechos espec&iacute;ficos y colectivos; b) porque reducen o subsumen las esferas de lo pol&iacute;tico y lo jur&iacute;dico a lo moral, extrapolando, a veces de manera arbitraria, las etapas del desarrollo moral y el desarrollo intelectual a la construcci&oacute;n de las culturas pol&iacute;ticas en las que cotidianamente se mueven los ni&ntilde;os y las ni&ntilde;as, los y las j&oacute;venes; y, c) porque carecen de las miradas hist&oacute;rica, cultural y econ&oacute;mica de los Derechos Humanos, imprescindibles a la hora de la lucha, la reivindicaci&oacute;n o emancipaci&oacute;n de la condici&oacute;n humana. Como dice el profesor Hoyos (1994, p. 53):</p>     <p>... la bonanza del discurso &eacute;tico podr&iacute;a convertirse en un nuevo reduccionismo, en una especie de hipertrofia: tanto en las morales normativistas, al exagerarse el sentido exclusivo de constituci&oacute;n de las normas a partir del hombre moderno, arrogante, desp&oacute;tico, como en las contextualistas, al convertir en esteticismos individualistas todo sentido de normatividad. Con ello se estar&iacute;a reduciendo todo a moral, al olvidarse de que la problem&aacute;tica del hombre contempor&aacute;neo, como del de todas las &eacute;pocas es mucho m&aacute;s complejo.</p>     <p>B&aacute;sicamente se pueden destacar tres tendencias en la educaci&oacute;n moral con una fuerte incidencia -y tendencia reducccionista- en la educaci&oacute;n en derechos humanos:</p>     <p><i>&bull;</i><i>&nbsp;</i><i>La educaci&oacute;n moral como clarificaci&oacute;n de valores: </i>Busca desarrollar valores independientes al lado del modelo de transmisi&oacute;n de valores y del de an&aacute;lisis de valores. El m&eacute;todo est&aacute; centrado en las decisiones individuales, la responsabilidad y la insistencia de no optar a priori por contenidos valorativos concretos.</p>     <p><i>&bull;</i><i>&nbsp;</i><i>La educaci&oacute;n para las virtudes o del car&aacute;cter: </i>Basada en una perspectiva aristot&eacute;lica y escol&aacute;stica de la &eacute;tica, esta perspectiva asume la transmisi&oacute;n de virtudes que promuevan el bien, la felicidad y la vida buena que cada colectividad necesita para mantener sus tradiciones y costumbres. Se trata entonces de un modelo educativo que le concede mayor &eacute;nfasis a la cultura y a las tradiciones de la comunidad, y cuyo horizonte est&aacute; determinado por el bien com&uacute;n. La educaci&oacute;n en h&aacute;bitos virtuosos busca en primer lugar identificar cu&aacute;les son las virtudes fundamentales para desde all&iacute; promover la adquisici&oacute;n de <i>comportamientos </i>o <i>actitudes </i>virtuosas. Es por esto que acuden a teor&iacute;as conductuales de aprendizaje para que los estudiantes puedan aprender aquello que se considera moralmente correcto dentro de su cultura espec&iacute;fica. Obviamente, dicha perspectiva ha generado muchas cr&iacute;ticas. Algnos te&oacute;ricos del desarrollo moral la ironizan refiri&eacute;ndose a ella como una &quot;bolsa de valores&quot; que el sujeto debe adquirir, y tambi&eacute;n se presentan objeciones sobre la imposibilidad de determinar el valor o la virtud correcta (Y&aacute;&ntilde;ez, 2003). No obstante, esta perspectiva es la que predomina en nuestras instituciones educativas tanto p&uacute;blicas como privadas en pr&aacute;cticas pedag&oacute;gicas que se expresan en resaltar valores a trav&eacute;s de eventos o actividades como el &quot;el d&iacute;a de la honestidad&quot;, o el &quot;mes de la solidaridad&quot;, o &quot;la semana de los derechos humanos&quot; sin que realmente haya discusiones ni metodolog&iacute;as serias para abordar todas las implicaciones que estos &quot;valores&quot; o virtudes tienen no s&oacute;lo en el &aacute;mbito escolar sino en el macrocontexto pol&iacute;tico nacional. <i>&bull; La educaci&oacute;n moral como procedimiento cognitivo de justificaci&oacute;n: </i>Este modelo de educaci&oacute;n moral que se fundamenta en la &eacute;tica kantiana, se configura en los planteamientos de Dewey, incorpora un sistema psicol&oacute;gico con la teor&iacute;a de Piaget y alcanza toda su plenitud te&oacute;rica y metodol&oacute;gica con la teor&iacute;a del desarrollo moral de Lawrence Kohlberg; es sin lugar a dudas, el modelo educativo con mayores pretensiones de universalidad y fundamentaci&oacute;n, lo cual lo convierte en el m&aacute;s estudiado y aplicado, y, por ende, el m&aacute;s criticado y cuestionado. Entre las principales cr&iacute;ticas que se le han planteado a su aplicaci&oacute;n en la educaci&oacute;n en derechos humanos se destacan: a) su falta de atenci&oacute;n en los aspectos contextuales y emocionales del discurso -pareciese que no existieran los sentimientos morales; b) la falta de conexi&oacute;n de los juicios morales con la acci&oacute;n social; y, c) su reduccionismo cognitivo y &eacute;tico en detrimento de las dimensiones pol&iacute;ticas y jur&iacute;dicas de los derechos humanos. Por su parte, Mesa (2005) hace notar las contradicciones entre el marco individualista y la perspectiva comunitarista a la que se quiso acercar Kohlberg, a trav&eacute;s de su propuesta sobre la &quot;comunidad justa&quot;, no s&oacute;lo porque trata de integrar los presupuestos de autores incompatibles entre s&iacute;, como son Durkheim y Dewey, sino por sus profundas dificultades de implementaci&oacute;n real, ya que s&oacute;lo puede adelantarse en peque&ntilde;as comunidades que preferiblemente est&aacute;n inspiradas en ideas democr&aacute;ticas plat&oacute;nicas.</p>     <p><b>Las tres dimensiones de una educaci&oacute;n cr&iacute;tica en Derechos Humanos</b></p>     <p>En la primera parte de este trabajo hemos visto que si lo que pretendemos es recuperar los derechos humanos como condici&oacute;n pol&iacute;tica de libertad y emancipaci&oacute;n, presupuesto &eacute;tico de autonom&iacute;a, inviolabilidad y dignidad; y herramienta jur&iacute;dica de igualdad y respeto, son necesarias al menos tres condiciones: a) <i>Una postura dial&oacute;gica </i>entre las diversas subjetividades colectivas que reclaman sus propios derechos; b) <i>una pol&iacute;tica de reconocimiento </i>indisociable de una pol&iacute;tica de redistribuci&oacute;n de las diversas formas de entender la dignidad, la igualdad y la libertad entre diferentes culturas; y, c) <i>una actitud cr&iacute;tica </i>frente a la tensi&oacute;n derechos-deberes como condici&oacute;n necesaria para justificar la juridicidad y justiciabilidad de una norma.</p>     <p>&iquest;C&oacute;mo se expresan estas tres condiciones o dimensiones en la educaci&oacute;n en Derechos Humanos?; o mejor, &iquest;C&oacute;mo desarrollar una educaci&oacute;n en DDHH desde esas tres dimensiones? Creemos, teniendo en cuenta lo planteado, que existir&iacute;an tres categor&iacute;as o dimensiones fundamentales para una educaci&oacute;n cr&iacute;tica de los derechos humanos: a) la dialogicidad; b) la alteridad; y, c) la juridicidad.</p>     <p><b><i>Primera dimensi&oacute;n: la dialogicidad</i></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La confluencia y sincretismo de saberes, pr&aacute;cticas sociales, universos simb&oacute;licos y tramas de significados que se presentan en la escuela, exigen de sus actores una actitud de di&aacute;logo no s&oacute;lo por simple supervivencia sino como estrategia pedag&oacute;gica sobre todo si se trata de educaci&oacute;n pol&iacute;tica. Ahora bien, dado que probablemente el mayor problema de la educaci&oacute;n en derechos humanos sea el de la tensi&oacute;n entre universalismo y relativismo cultural, se requiere explicitar unas premisas para el di&aacute;logo en la escuela sobre la tensi&oacute;n entre los derechos humanos universales y los derechos espec&iacute;ficos que reclaman los estudiantes.</p>     <p>Una primera premisa es no caer en la trampa del dilema universalismo-relativismo. Contra el universalismo se deben proponer di&aacute;logos de problemas isom&oacute;rficos, es decir, problemas que sean equiparables en su forma en donde las peticiones, privilegios y derechos solicitados por las y los estudiantes tengan un referente equivalente en el Plan Educativo Institucional &#91;PEI&#93; o en el manual de convivencia que les permita dialogar y llegar a acuerdos.</p>     <p>Una segunda premisa consiste en identificar las relaciones, coincidencias y paralelos entre derechos y deberes que en principio fueron entendidos de forma diferente. &quot;Nombres, conceptos y visiones de mundo diferentes pueden transmitir preocupaciones y aspiraciones similares y mutuamente inteligibles&quot; (Boaventura de Sousa Santos, 1998, p. 356).</p>     <p>La tercera premisa es la necesidad de incorporar a la escuela de manera inmediata los principios b&aacute;sicos de la educaci&oacute;n intercultural. S&oacute;lo a trav&eacute;s de la toma de conciencia de la incompletitud de los universos simb&oacute;licos y las tramas de significado que las diversas culturas (juveniles, pol&iacute;ticas, religiosas, etc.) tienen, es posible una educaci&oacute;n intercultural de los derechos humanos.</p>     <p>La cuarta premisa es diferenciar las versiones de justicia, dignidad e igualdad que tiene cada grupo etario, cada cultura juvenil y cada g&eacute;nero. Su discusi&oacute;n y dialogicidad s&oacute;lo pueden beneficiar el car&aacute;cter emancipatorio de los derechos colectivos. Pero para que estas premisas puedan llevarse a cabo, se requieren unos presupuestos te&oacute;ricos y metodol&oacute;gicos sobre lo que es la dialogicidad y la filosof&iacute;a dial&oacute;gica.</p>     <p>El aporte principal de la filosof&iacute;a dial&oacute;gica es que no haya verdades ni voces absolutas en tanto cuanto la palabra nunca es neutra e impersonal y est&aacute; siempre al servicio de intenciones e intereses. El dialogismo se funda en un profundo principio de alteridad en donde el otro, &quot;el extra&ntilde;o&quot;, &quot;la otra persona&quot;, es inseparable del yo, es m&aacute;s, el yo lo necesita para construir su mundo y para construirse a s&iacute; mismo.</p>     <p>El prop&oacute;sito de la dialogicidad presupone entonces la pluralidad de las m&uacute;ltiples voces que se desgajan de un <i>mismo </i>sujeto o de <i>varios </i>sujetos, para que de esa manera se puedan efectuar diversos procesos de <i>autorreferencialidad </i>y <i>descentraci&oacute;n </i>que les posibiliten determinar los intereses y las intencionalidades del interlocutor y de s&iacute; mismo<sup><a href="#3" name="n3">3</a></sup>. A trav&eacute;s de la comunicaci&oacute;n dial&oacute;gica podemos decantar la justiciabilidad, verosimilitud y plausibilidad de una petici&oacute;n, un derecho o un privilegio. &quot;El m&eacute;todo dial&oacute;gico de la b&uacute;squeda de la verdad se opone a un monologuismo <i>oficial </i>que pretende poseer una verdad ya hecha... La verdad no nace ni se encuentra en la cabeza de un solo hombre, sino que se origina entre los hombres que la buscan conjuntamente, en el proceso de su comunicaci&oacute;n dial&oacute;gica&quot;, nos dice Bajt&iacute;n (1993, p. 155) en su cl&aacute;sico trabajo sobre Dostoievski. Es f&aacute;cil deducir que el discurso universalista y abstracto de los derechos humanos en nuestras instituciones educativas, puede leerse como un monologuismo oficial que pretende acallar &quot;los otros&quot;, es decir, no dialogar con los derechos espec&iacute;ficos que generalmente est&aacute;n encarnados por los estudiantes.</p>     <p>Beltr&aacute;n, Vargas y Mart&iacute;nez (2005) proponen cuatro tipos de discurso que presentan profundas implicaciones para el an&aacute;lisis de las narrativas y los discursos sobre derechos humanos en la escuela:</p>     <p>a. Dialogal-dial&oacute;gico: enunciaci&oacute;n en la que intervienen varios interlocutores e implica una confrontaci&oacute;n en torno a la verdad.</p>     <p>b.&nbsp;Dialogal-monol&oacute;gico: supone el di&aacute;logo de varios interlocutores, pero hay predominio de un punto de vista de un solo interlocutor que subordina todas las voces.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>c.&nbsp;Monogal-monol&oacute;gico: enunciaci&oacute;n con la intervenci&oacute;n de un solo locutor, con estructura de intervenci&oacute;n.</p>     <p>d.&nbsp;Monogal-dial&oacute;gico: discurso en el que interviene un locutor, cuya enunciaci&oacute;n facilita la plurivocidad en torno a la verdad.</p>     <p>Estos cuatro tipos de dialogicidad constituyen herramientas valios&iacute;simas no s&oacute;lo para determinar el tipo de discurso sobre derechos humanos que se producen en la escuela, sino tambi&eacute;n, para explicitar el lugar pedag&oacute;gico desde el que el profesor va a proferir su concepci&oacute;n de los derechos humanos.</p>     <p><b><i>Segunda dimensi&oacute;n: la alteridad</i></b></p>     <p>El reconocimiento del Otro, de lo otro, de lo diferente, de lo diverso, se ha convertido en el conflicto pol&iacute;tico m&aacute;s paradigm&aacute;tico de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas en el mundo. Las luchas por el reconocimiento de la diferencia se adelantan bajo diferentes banderas: nacionalistas, religiosas, &eacute;tnicas, sexuales, etarias, de g&eacute;nero. En todas, la reivindicaci&oacute;n com&uacute;n es de naturaleza identitaria, esto es, el reconocimiento de c&oacute;mo nos representamos -con el uso que le damos al lenguaje, con nuestras tramas de significado, con nuestras pr&aacute;cticas culturales y sociales, etc.- y c&oacute;mo queremos que el otro nos represente.</p>     <p>Pero estas luchas por el reconocimiento de la diferencia, sobre todo en pa&iacute;ses de la periferia, necesariamente son indisociables de las luchas por la igualdad y la redistribuci&oacute;n econ&oacute;mica. No obstante, a la hora de las reivindicaciones concretas, las dos luchas se subsumen una en la otra o se separan definitivamente, como es el caso del movimiento gay o de algunos grupos religiosos en donde sus peticiones sobre algunos derechos no tienen nada que ver con derechos econ&oacute;micos o, al contrario, las luchas obreras que terminan absorbiendo los derechos de las mujeres y los ni&ntilde;os. Traducido al prop&oacute;sito de este trabajo, este dilema se expresa entre las luchas por los derechos colectivos espec&iacute;ficos de los y las estudiantes y los derechos humanos universales, gen&eacute;ricos y abstractos.</p>     <p>M&aacute;s arriba ya adelantamos una propuesta cuando se dijo que si el prop&oacute;sito de los derechos humanos es garantizar el desarrollo humano, o al menos, el respeto de la &quot;condici&oacute;n humana&quot;, una de las v&iacute;as m&aacute;s plausibles para alcanzar este objetivo es que esos derechos avalen el despliegue de las capacidades humanas. Ahora bien, si se entienden las capacidades como las libertades reales para elegir la clase de vida que la persona desea llevar, cuando la discusi&oacute;n y la dialogicidad en la escuela se desplaza hacia las capacidades, las opciones de vida, las motivaciones subyacentes a esa elecci&oacute;n y la actividad valorativa de las diversas identidades ciudadanas de los y las estudiantes, estaremos dando un gran paso para alcanzar un equilibrio entre el respeto de los derechos espec&iacute;ficos de los estudiantes y los derechos humanos universales.</p>     <p>Ahora bien, desde el punto de vista de la justicia, Nancy Fraser (1997) propone soluciones afirmativas y soluciones trasformativas para abordar el dilema entre pol&iacute;ticas de reconocimiento y pol&iacute;ticas de redistribuci&oacute;n.</p>     <p>Con soluciones afirmativas a la injusticia me refiero a aquellas soluciones dirigidas a corregir los resultados inequitativos de los acuerdos sociales, sin afectar el marco general que los origina. Por soluciones transformativas, por el contrario, entiendo aquellas soluciones dirigidas a corregir los resultados inequitativos, precisamente mediante la reestructuraci&oacute;n del marco general impl&iacute;cito que los origina. (p. 38)</p>     <p>Es claro que en la escuela s&oacute;lo son posibles las soluciones afirmativas, es decir, que la educaci&oacute;n en Derechos Humanos se orienta b&aacute;sicamente a reparar la falta de respeto mediante la revaluaci&oacute;n de las identidades colectivas (sexuales, &eacute;tnicas, etarias, etc.) inequitativa e injustamente devaluadas o descalificadas, dejando intacto tanto el contenido como las diferenciaciones de esas identidades. La soluci&oacute;n transformativa, por el contrario, estar&iacute;a asociada con la modificaci&oacute;n de la estructura cultural-axiol&oacute;gica de la escuela; con la democratizaci&oacute;n de los procesos de gesti&oacute;n;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>con la desestabilizaci&oacute;n de las identidades colectivas, que no s&oacute;lo elevar&iacute;an la autorreferencialidad y autoimagen de esas identidades, sino que cambiar&iacute;an la imagen de <i>todos </i>los miembros de la comunidad educativa. En otras palabras, la soluci&oacute;n transformativa le apuesta no s&oacute;lo a la deconstrucci&oacute;n de los patrones de relaci&oacute;n imperantes en la escuela, sino tambi&eacute;n, a la recontextualizaci&oacute;n de las pr&aacute;cticas y mediaciones pedag&oacute;gicas.</p>     <p><b><i>Tercera dimensi&oacute;n: la juridicidad</i></b></p>     <p>Es muy posible que, por el balance de los proyectos educativos presentados y el estado del arte a nivel nacional, la dimensi&oacute;n jur&iacute;dica de los Derechos Humanos es pr&aacute;cticamente omitida o acallada en nuestras instituciones educativas. Y esto por varias razones. La primera es por simple desconocimiento: los profesores de Ciencias Sociales, quienes por lo regular son los encargados de impartir la &quot;c&aacute;tedra&quot; o de adelantar proyectos en DDHH, generalmente no tienen ninguna formaci&oacute;n en materias jur&iacute;dicas o sobre filosof&iacute;a del derecho en las facultades de educaci&oacute;n. En segundo lugar, el ya mencionado reduccionismo y subsunci&oacute;n de la educaci&oacute;n pol&iacute;tica en la educaci&oacute;n moral y religiosa. Y finalmente, proporcionar herramientas jur&iacute;dicas a los estudiantes puede convertirse en un formidable bumer&aacute;n para la instituci&oacute;n educativa, tal y como lo demuestra el ingente n&uacute;mero de tutelas en educaci&oacute;n.</p>     <p>Tambi&eacute;n es muy posible que las dos primeras sean las razones principales para que no exista una visi&oacute;n cr&iacute;tica de los Derechos Humanos Universales y se les considere como la panacea para resolver toda clase de problemas escolares incluidos los evaluativos, los did&aacute;cticos y los curriculares, como est&aacute; ocurriendo con algunos docentes de Ibagu&eacute; y otras ciudades del pa&iacute;s, en donde para remediar el maltrato de los profesores hacia sus estudiantes por su bajo desempe&ntilde;o, los obligan a tomar un curso en DDHH.</p>     <p>La dimensi&oacute;n jur&iacute;dica tiene que ver fundamentalmente con dos aspectos: con la protecci&oacute;n y garant&iacute;a de los derechos por un lado y, por otro lado, con la legitimidad y legalidad de esos derechos. Mientras que la protecci&oacute;n y garant&iacute;a est&aacute;n respaldadas por la Constituci&oacute;n Nacional -y en el caso de muchos colegios, subordinadas al Manual de Convivencia y el PEI-, la legitimidad y legalidad son relativizadas por el tipo de jurisprudencia que dictamine la corte, o el tribunal, y en el colegio, por el consejo acad&eacute;mico o el profesor.</p>     <p>Quiz&aacute;s una de las causas principales de las dificultades que la dimensi&oacute;n jur&iacute;dica adopta en la escuela, sea el hecho de que los DDHH sean considerados en todos los manuales y tratados de derecho en el cap&iacute;tulo de derecho subjetivo (Monroy Cabra, 1996; Garc&iacute;a M&aacute;ynez, 1948). El derecho subjetivo se define como la facultad de querer y de pretender, atribuida a un sujeto, a la cual corresponde una obligaci&oacute;n por parte de los otros (Monroy Cabra, 1996), es decir, que en el derecho subjetivo aspectos tales como la voluntad, la facultad y la potestad, constituyen las formas y manifestaciones de las relaciones jur&iacute;dicas, en oposici&oacute;n al derecho objetivo que es el ordenamiento jur&iacute;dico o el conjunto de normas vigentes.</p>     <p>Ahora bien, en virtud de que existen diversas teor&iacute;as para determinar la esencia del derecho subjetivo (teor&iacute;a de la voluntad, del inter&eacute;s, ecl&eacute;ctica, etc.), es en el positivismo jur&iacute;dico de Hans Kelsen (1981) en donde el derecho subjetivo es reducido al derecho objetivo, esto es, que la estructura de la norma encierra el deber jur&iacute;dico, negando a la persona o sujeto como entidad natural y reduci&eacute;ndolo a una unidad de derechos y deberes. Identificar derecho subjetivo con derecho objetivo</p>     <p>... equivale a confundir las nociones de norma y facultad. La circunstancia de que todo derecho derive de una norma, no demuestra que norma y facultad sean lo mismo. El derecho subjetivo es una posibilidad de acci&oacute;n de acuerdo con un precepto, o, en otras palabras, una autorizaci&oacute;n concedida a una persona. La regla normativa es, en cambio, el fundamento de tal facultad. (Monroy Cabra, 1996, p. 222)</p> </font>    <p><font size="2" face="verdana">No se requiere de un gran esfuerzo anal&iacute;tico para determinar que en la gran mayor&iacute;a de nuestras instituciones educativas se efect&uacute;a esta reducci&oacute;n positivista kelseniana en materia de DDHH. En efecto, la relaci&oacute;n del sujeto con la norma, que constituye la esencia del derecho subjetivo, se reduce a un deber jur&iacute;dico en donde la voluntad, la facultad y la potestad quedan subordinadas a la norma &quot;para el efecto de que la sanci&oacute;n sea ejecutada&quot; (Kelsen, 1981 citado por Monroy Cabra, 1996). En otras palabras, las posibilidades de expresi&oacute;n de la voluntad, la facultad y la potestad son reducidas en la escuela al cumplimiento de deberes so pena de sanci&oacute;n por violaci&oacute;n o irrespeto de los DDHH. El sujeto, &quot;la persona natural&quot;, queda negado y subsumido en la norma, cualquier forma de subjetividad pol&iacute;tica o cualquier proceso de subjetivaci&oacute;n tiene que pasar necesariamente por la norma, la cual siempre se va a ejercer de forma coactiva.</font></p> <font face="verdana" size="2">    <p>Se hace necesario entonces, desde el punto de vista jur&iacute;dico, un &quot;giro subjetivista&quot; en la educaci&oacute;n en DDHH. Este giro debe ir m&aacute;s all&aacute; de la definici&oacute;n convencional de sujeto de derecho &quot;como todo ente capaz de tener (de ser titular) facultades y deberes jur&iacute;dicos&quot; (Garc&iacute;a M&aacute;ynez, 1948, p. 271) y de los atributos otorgados por la Corte<sup><a href="#4" name="n4">4</a></sup>, para dar la posibilidad de la pregunta por las reivindicaciones y las resistencias, que se expresa en la formulaci&oacute;n propuesta por Foucault: <i>&iquest;qu&eacute; soy en este momento de la historia?, </i>en la cual no s&oacute;lo se pregunta por los procesos identitarios del ser humano en tanto ser hist&oacute;rico, sino tambi&eacute;n por el aqu&iacute; y el ahora que lo configura y lo subjetiviza y desubjetiviza a la vez.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Seg&uacute;n Alain Touraine (2001) una escuela del Sujeto debe estar orientada por tres principios: hacia la libertad del sujeto personal, la comunicaci&oacute;n intercultural y la gesti&oacute;n democr&aacute;tica de la sociedad y sus cambios.</p>     <p>Seg&uacute;n Touraine (2001) <i>la libertad del sujeto personal...</i></p>     <p>debe reconocer la existencia de demandas individuales y colectivas, en vez de creer que antes de encarar la socializaci&oacute;n del individuo &eacute;ste es un salvaje. La educaci&oacute;n, en vez de liberar a lo universal de lo particular, como en el modelo cl&aacute;sico, debe unir las motivaciones y los objetivos, la memoria cultural de las operaciones que permiten participar en un mundo t&eacute;cnico y mercantil. La individualizaci&oacute;n de la ense&ntilde;anza significa que la antigua separaci&oacute;n entre la esfera privada y la vida publica, y por lo tanto entre la familia y la escuela debe llegar a su fin. (p. 278)</p>     <p>En este sentido, <i>la comunicaci&oacute;n intercultural </i>posibilita dar un mayor &eacute;nfasis a la diversidad hist&oacute;rica y cultural de los estudiantes, al reconocimiento del otro en sus derechos espec&iacute;ficos, a las m&uacute;ltiples opciones y apuestas por trayectorias vitales diversas y heterog&eacute;neas.</p>     <p><i>La gesti&oacute;n democr&aacute;tica </i>debe &quot;corregir la desigualdades de la situaciones y oportunidades&quot; a trav&eacute;s de la potenciaci&oacute;n de las capacidades y la equidad en la participaci&oacute;n en los procesos de gesti&oacute;n escolar (Apple, 2000).</p>     <p>Estos tres principios son coherentes con las tres dimensiones propuestas y constituyen una buena plataforma para una educaci&oacute;n cr&iacute;tica de los derechos humanos.</p>     <p><b>Conclusiones</b></p>     <p>Proponer como objetivo de la educaci&oacute;n en DD-HH la humanizaci&oacute;n implica, por principio, tener en cuenta la tensi&oacute;n entre lo universal (o una idea abstracta de humanidad) y lo particular (o una idea situada y concreta de lo humano), asumir la dignidad en su singularidad pero como espejo del g&eacute;nero humano en general (Arendt), y entender que la libertad est&aacute; &iacute;ntimamente ligada al desarrollo, y al respeto por di&aacute;logo y la comunicaci&oacute;n.</p>     <p>El principal riesgo que corre la tensi&oacute;n entre lo universal y lo particular en materia de derechos humanos en la escuela, es la confusi&oacute;n muy com&uacute;n en ciencias humanas (Geertz, 2002, p. 103) de considerar lo universal como <i>universalizaciones </i>al estilo de &quot;todo el mundo tiene que ser o tiene que tener&quot;, en <i>generalizaciones </i>del tipo &quot;todos somos iguales&quot; o con <i>leyes </i>taxativas sin ninguna consideraci&oacute;n por las particularidades del sujeto y sus posibilidades de cumplimiento. Esta confusi&oacute;n no s&oacute;lo desvirt&uacute;a las tres dimensiones que hemos propuesto, sino que despoja la posibilidad de que los DDHH sean un instrumento de desarrollo humano, en donde las capacidades de los individuos se asumen como el motor de la emancipaci&oacute;n y la libertad.</p> <hr>     <p><a href="#n1" name="1"><sup>1</sup></a> Siguiendo al profesor Guillermo Hoyos (1994), se pueden considerar b&aacute;sicamente seis tradiciones filos&oacute;ficas que han incidido en la fundamentaci&oacute;n de los DDHH: i) El <i>iusnaturalismo: </i>&quot;se trata de una ley natural, de una especie de esencia del hombre anterior a todo contrato social, a todo Estado o normatividad legal positiva&quot;; ii) El <i>utilitarismo: </i>su &eacute;nfasis est&aacute; en la felicidad, las pol&iacute;ticas sociales o derechos de segunda generaci&oacute;n y la humanizaci&oacute;n de las penas; iii) La <i>tradici&oacute;n kantiana: </i>Para Kant la fuente &uacute;ltima de los derechos humanos es la dignidad cuya base es la autonom&iacute;a en donde la &quot;insociable sociabilidad&quot; del hombre se convierte en su mayor conflicto; iv) La <i>tradici&oacute;n historicista: </i>se trata de ver c&oacute;mo los derechos humanos se realizan en cada contexto social particular en donde la justicia, la democracia y la participaci&oacute;n pol&iacute;tica son sus principales indicadores; v) El <i>contractualismo: </i>se requiere un contrato para asegurar la paz, la igualdad y la libertad, las cuales, seg&uacute;n Rousseau, son los valores m&aacute;s caros para la humanidad; vi) El <i>positivismo jur&iacute;dico: </i>su inter&eacute;s no es tanto la fundamentaci&oacute;n de los derechos humanos sino su protecci&oacute;n jur&iacute;dica, por eso tiene el riesgo de sobredimensionar la legalidad y la juridizaci&oacute;n de los derechos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><a href="#n2" name="2"><sup>2</sup></a> V&eacute;anse sobre todo las experiencias auspiciadas por el Instituto para la Investigaci&oacute;n Educativa y el Desarrollo Pedag&oacute;gico-IDEP as&iacute; como los estados del arte recogidos en Henao y Castro (2000) y Mej&iacute;a y Restrepo (1997).</p>     <p><a href="#n3" name="3"><sup>3</sup></a> Entiendo por <i>autorreferencialidad </i>el mecanismo a trav&eacute;s del cual el sujeto, mediante procesos metacognitivos, eval&uacute;a y automonitorea la congruencia y coherencia de sus <i>acciones p&uacute;blicas o sociales, </i>teniendo como referencia los dos grandes componentes de la &eacute;tica democr&aacute;tica: la convicci&oacute;n y la responsabilidad. Complementariamente, entiendo <i>la descentraci&oacute;n </i>como el mecanismo a trav&eacute;s del cual el sujeto, mediante procesos afectivos, normativos y valorativos autorregula sus actitudes frente a lo p&uacute;blico, teniendo como referencia la producci&oacute;n de significados que ha desarrollado en su comunidad de pr&aacute;ctica. V&eacute;ase G&oacute;mez Esteban (2005).</p>     <p><a href="#n4" name="4"><sup>4</sup></a> Los atributos esenciales de las personas jur&iacute;dicas, seg&uacute;n la Corte son 1) &quot;autorizaci&oacute;n expedida por la autoridad p&uacute;blica; 2) un representante que act&uacute;e por ellas, ya que el titular de los derechos y de las obligaciones no es cada uno de los miembros que integran la colectividad, sino la persona moral de la colectividad una e indivisible, y 3) existencia de un patrimonio y de una capacidad propia, independientemente del de sus miembros&quot;.</p> <hr>     <p><b>Referencias</b></p>     <!-- ref --><p>Apple, M. (2000). <i>Escuelas democr&aacute;ticas. </i>Madrid: Morata.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000097&pid=S1657-9267200900010001800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Bajt&iacute;n, M. (1993). Problemas de la po&eacute;tica de Dostoievski. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000098&pid=S1657-9267200900010001800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Beltr&aacute;n, D., Vargas, P &amp; Mart&iacute;nez, J. (2005). <i>Comunicaci&oacute;n dial&oacute;gica. Democracia y discurso pedag&oacute;gico. </i>Bogot&aacute;: Universidad Distrital Francisco Jos&eacute; de Caldas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000099&pid=S1657-9267200900010001800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Castells, M. (2003). <i>La era de la informaci&oacute;n. El poder de la identidad. </i>Vol. II. M&eacute;xico: Siglo XXI.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000100&pid=S1657-9267200900010001800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Fraser, N. (1997). <i>Iustitia Interrupta. Reflexiones cr&iacute;ticas desde la posici&oacute;n &quot;postsocialista&quot;. </i>Bogot&aacute;: Siglo del Hombre Editores/Universidad de Los Andes.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000101&pid=S1657-9267200900010001800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Garc&iacute;a M&aacute;ynez, E. (1948). <i>La definici&oacute;n del derecho. </i>M&eacute;xico: Editora Nacional.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000102&pid=S1657-9267200900010001800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Geertz, C. (2002). <i>Reflexiones antropol&oacute;gicas sobre temas filos&oacute;ficos. </i>Barcelona: Paid&oacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000103&pid=S1657-9267200900010001800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>G&oacute;mez, J. H. (2005). <i>Aprendizaje ciudadano y formaci&oacute;n &eacute;tico-pol&iacute;tica. </i>Bogot&aacute;: Fondo de Publicaciones Universidad Distrital.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000104&pid=S1657-9267200900010001800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Habermas, J. (1995). <i>Conciencia moral y acci&oacute;n comunicativa. </i>Barcelona: Pen&iacute;nsula.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000105&pid=S1657-9267200900010001800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Henao, M. &amp; Castro, J. O. (Comps.). (2000). <i>Estados del arte de la investigaci&oacute;n en educaci&oacute;n y pedagog&iacute;a en Colombia. </i>Bogot&aacute;: ICFES, Colciencias, SOCOLPE.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000106&pid=S1657-9267200900010001800010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Hoyos, G. (1994). <i>Derechos Humanos, &eacute;tica y moral. </i>Bogot&aacute;: Fundaci&oacute;n social, Viva La ciudadan&iacute;a, Universidad Pedag&oacute;gica Nacional.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000107&pid=S1657-9267200900010001800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Jaramillo Sierra, I. C. (2003). Instrucciones para salir del discurso de los derechos. En W. Brown &amp; P Williams, <i>La cr&iacute;tica de los derechos </i>Bogot&aacute;: Universidad de los Andes.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000108&pid=S1657-9267200900010001800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Kelsen, H. (1981). <i>Teor&iacute;a pura del derecho. </i>M&eacute;xico: UNAM.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000109&pid=S1657-9267200900010001800013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Laclau, E. &amp; Mouffe, Ch. (2006). <i>Hegemon&iacute;a y estrategia socialista. Hacia una radicalizaci&oacute;n de la democracia. </i>M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000110&pid=S1657-9267200900010001800014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>L&oacute;pez Calera, N. (2000). <i>&iquest;Hay derechos colectivos? </i>Madrid: Ariel Derecho.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000111&pid=S1657-9267200900010001800015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Lyotard, J. F. (1994). Los derechos del otro. <i>Nueva &Eacute;poca, 2, </i>21-28.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000112&pid=S1657-9267200900010001800016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Mej&iacute;a, M. R. &amp; Restrepo, G. (1997). <i>Formaci&oacute;n y educaci&oacute;n para la democracia en Colombia. Apuntes para un estado del arte. </i>Bogot&aacute;: Instituto para el desarrollo de la democracia Luis Carlos Gal&aacute;n/ UNESCO.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000113&pid=S1657-9267200900010001800017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Mesa, J. (2005). Tendencias en educaci&oacute;n moral. <i>Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Ni&ntilde;ez y Juventud, 2, </i>10-26.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000114&pid=S1657-9267200900010001800018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Monroy Cabra, M. G. (1996). <i>Introducci&oacute;n al derecho. </i>Bogot&aacute;: Temis.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000115&pid=S1657-9267200900010001800019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Mouffe, Ch. (1993). <i>El retorno de lo pol&iacute;tico. </i>Barcelona: Paid&oacute;s.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000116&pid=S1657-9267200900010001800020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Reyes, V. (Ed.) (2002). El <i>pensamiento de Amartya Sen y la medici&oacute;n de la pobreza y el bienestar. </i>Bogot&aacute;: Universidad Nacional de Colombia, Serie Cuadernos de trabajo, Facultad de Ciencias Humanas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000117&pid=S1657-9267200900010001800021&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Sousa Santos de, B. (1998). <i>De la mano de Alicia. </i>Bogot&aacute;: Siglo del Hombre /Universidad de los Andes.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000118&pid=S1657-9267200900010001800022&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Touraine, A. (1993). <i>Cr&iacute;tica de la modernidad. </i>Madrid: Temas de Hoy.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000119&pid=S1657-9267200900010001800023&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Touraine, A. (2001). <i>&iquest;Podremos vivir juntos? </i>M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000120&pid=S1657-9267200900010001800024&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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