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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Escepticemia: una condición deseable]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,Universidad del Sinú Facultad de Ciencias de la Salud Programa de Medicina]]></institution>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[In an essay manner, the author warns about the numerous risks that entail publishing medical articles and gives example of how clinical investigation turns away from its main targets if not developed under the watchful eyes of skepticism which is a crucial condition in order to avoid mistakes and come closer to the truth as possible, even though this legitimacy is temporary. The article argues with authoritarianism in medicine, dehumanized medical practices and the short sighted practice of taking principles from medicine based on evidence.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="Arial" size="+1">    <p align="center"><b>Escepticemia: una condici&oacute;n deseable</b></p></font> <font face="Arial">    <p align="center"><b>Alvaro Bustos, M.D.</b></p></font> <font face="Arial" size="-1">    <p align="justify">Profesor Asociado, Departamento de Pediatr&iacute;a, Programa de Medicina, Facultad de Ciencias de la Salud, Universidad del Sin&uacute;, Monter&iacute;a, Colombia. e-mail: <a href="mailto:abustos53@yahoo.com">abustos53@yahoo.com</a>    <br> Recibido para publicaci&oacute;n enero 6, 2004 Aprobado para publicaci&oacute;n octubre 26, 2005</p></font>     <br> <font face="Arial">    <p align="justify"><b>RESUMEN</b></p>     <p align="justify">En tono de ensayo, el autor advierte sobre los diversos riesgos que implica la publicaci&oacute;n de art&iacute;culos m&eacute;dicos y da ejemplos de c&oacute;mo es posible que la investigaci&oacute;n cl&iacute;nica se desv&iacute;e de sus objetivos si no se desarrolla bajo la lupa del escepticismo, una condici&oacute;n necesaria para evitar el error y aproximarse a la verdad, aunque &eacute;sta sea provisoria. El art&iacute;culo critica el autoritarismo en medicina, la deshumanizaci&oacute;n m&eacute;dica y la aplicaci&oacute;n sesgada de los principios de la medicina basada en la evidencia.</p>     <p align="center"><B>Palabras clave:</b> Escepticemia; Medicina basada en evidencias; Ensayos cl&iacute;nicos; Meta-an&aacute;lisis; Deshumanizaci&oacute;n.</p>     <p align="justify"><B>"Escepticemia" a desirable condition</b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><B>SUMMARY</b></p>     <p align="justify">In an essay manner, the author warns about the numerous risks that entail publishing medical articles and gives example of how clinical investigation turns away from its main targets if not developed under the watchful eyes of skepticism which is a crucial condition in order to avoid mistakes and come closer to the truth as possible, even though this legitimacy is temporary. The article argues with authoritarianism in medicine, dehumanized medical practices and the short sighted practice of taking principles from medicine based on evidence.</p>     <p align="center"><B>Key words:</b> Skepticism; Medicine based on evidence; Clinical assays; Meta-analysis; Dehumanization.</p>      <p>&nbsp;</p>     <p align="right"><I>“Escepticemia: Trastorno raro y, en general, de baja infectividad. La educaci&oacute;n recibida en las facultades de medicina puede llegar a conferir inmunidad de por vida frente al mismo"<a href="#1"><sup>1</sup></a></I></p>     <p align="justify">Antes del siglo XVI, la ciencia era apenas un estrambote de la cultura. El conocimiento objetivo, fundado en la verificaci&oacute;n y el an&aacute;lisis, daba pasos balbucientes, y el embri&oacute;n de la Scienza Nouva apenas comenzaba a mostrar signos de vida. Dos libros, uno de Andrea Vesalio (De humani corporis fabrica), y otro de Nicol&aacute;s Cop&eacute;rnico (De revolutionibus orbium coelestium), cambiaron la concepci&oacute;n que se ten&iacute;a del hombre y del universo, y desataron al pasar un denso conflicto ideol&oacute;gico con los rezagos medievales de la tradici&oacute;n aristot&eacute;lico-tomista que hab&iacute;an sobrevivido al envite del Renacimiento<a href="#2"><sup>2</sup></a>. Hoy la ciencia, venturosamente, ya no es un simple ap&eacute;ndice de la cultura: es parte fundamental de ella, y tal vez uno de sus pilotes fundamentales.</p>     <p align="justify">Pero no todo el color de la rosa es homog&eacute;neo. La confusi&oacute;n persiste, y en plena era del conocimiento el hombre sigue en la b&uacute;squeda de respuestas totales y absolutas a su tr&aacute;nsito vital, unas veces al darle a la ciencia un poder mayor del que formalmente tiene, y en otras ocasiones cuando se entrega a una fe irracional que lo lleva por caminos extraviados, a veces ah&iacute;tos de violencia y dogmatismo. El origen del mal se halla, sin ir muy lejos, en la desmedida inclinaci&oacute;n que se tiene de resguardar las perplejidades y estupefacciones a la sombra de autoridades sabihondas o prof&eacute;ticas, que por el simple hecho de serlo todo lo inundan y avasallan mediante sus pregones y sentencias. Con resignada distracci&oacute;n se olvida, por lo dem&aacute;s, lo que alguna vez dijo Bertolt Brecht en el sentido de que el principal objetivo de la ciencia no consiste en abrir una puerta a la sabidur&iacute;a infinita sino en poner unos l&iacute;mites al error infinito.</p>     <p align="justify">Una de las actividades profesionales m&aacute;s vulnerables a la influencia del autoritarismo intelectual es la medicina. Con m&aacute;s frecuencia de lo admisible, en el campo m&eacute;dico refulgen verdades establecidas con base en estudios insuficientes o en verdad inv&aacute;lidos, pero que se quedan por largo tiempo como arquetipos del bien pensar y del bien hacer, sin que nadie se atreva a refutarlas en virtud de que parecen inmutables por la nobleza de su origen o por su repetici&oacute;n sistem&aacute;tica. Para remediar este yerro, un grupo de epidemi&oacute;logos de la Universidad de MacMaster, en Ontario, Canad&aacute;<a href="#3"><sup>3</sup></a>, forjaron una estrategia de an&aacute;lisis cr&iacute;tico de la literatura m&eacute;dica que implica el aprendizaje de los distintos dise&ntilde;os de investigaci&oacute;n cl&iacute;nica, su pertinencia, validez y utilidad en cada caso o circunstancia, y la cabal interpretaci&oacute;n de sus datos y resultados. La Medicina basada en la evidencia, hija predilecta de aquella estrategia, constituye hoy el portaestandarte de lo que se ha dado en llamar “la ciencia del arte de la medicina”, un instrumento de exploraci&oacute;n que se alimenta de la bioestad&iacute;stica, la experiencia del m&eacute;dico, las expectativas del enfermo y la lectura de trabajos bien dise&ntilde;ados y bien conducidos, libres de desv&iacute;os metodol&oacute;gicos y de conclusiones improbables.</p>     <p align="justify">Pero la medicina basada en la evidencia, si no se usan las bridas apropiadas, podr&iacute;a llegar a convertirse en una nueva liturgia. Su pr&aacute;ctica a rajatabla, si ello fuera posible, paralizar&iacute;a el ejercicio de la profesi&oacute;n m&eacute;dica y nos devolver&iacute;a a una situaci&oacute;n en la que el m&eacute;dico, una vez m&aacute;s, quedar&iacute;a embrujado por la informaci&oacute;n conjetural (toda informaci&oacute;n de origen cient&iacute;fico es conjetural por naturaleza) o por el temor a pretermitir los nuevos paradigmas, aunque estos no sean m&aacute;s que esplendentes y seductoras luces de bengala. El problema mayor consistir&iacute;a en que hiciera carrera la idea de que las cuestiones de la medicina nada tienen que ver con los intereses culturales o industriales, y que el derroche de imaginaci&oacute;n del que hacen gala muchos investigadores es un camino siempre despejado y seguro, inviolable a las asechanzas del sofisma y el desatino. El aforismo de Eisntein: “En las ciencias la imaginaci&oacute;n es m&aacute;s importante que el conocimiento”, no parece surtir en todo momento efectos ben&eacute;ficos en el terreno de la investigaci&oacute;n cl&iacute;nica, como ahora se ver&aacute;.</p>     <p align="justify">El doctor Silas Weil Mitchell fue un prestigioso neur&oacute;logo de Filadelfia que ejerci&oacute; entre los siglos XIX y XX. Aquella era una &eacute;poca de machismo desaforado, y muchas mujeres, v&iacute;ctimas de la congoja y el estr&eacute;s, buscaban ayuda en manos de m&eacute;dicos famosos. El doctor Silas, prevalido de su esclarecida reputaci&oacute;n, elabor&oacute; un estudio para demostrar que la “cura de reposo”, un descanso en ambientes buc&oacute;licos sin pensar y sin leer, apaciguaba las turbulencias emocionales de la mujer. El reposo serv&iacute;a y sirve, desde luego, pero las conclusiones del estudio son falsas en cuanto que una de las condiciones del &eacute;xito del tratamiento, la ausencia de actividad intelectual, es ben&eacute;fica porque, presumiblemente, tal actividad ser&iacute;a da&ntilde;ina para el g&eacute;nero femenino<a href="#4"><sup>4</sup></a>. Hace unos a&ntilde;os, entre 1996 y 1999, en Inglaterra realizaron una investigaci&oacute;n que pretendi&oacute; demostrar que antes del advenimiento de los tel&eacute;fonos celulares los j&oacute;venes fumaban m&aacute;s, hip&oacute;tesis que, en principio, luce descabellada, ya que a priori hay all&iacute; una asociaci&oacute;n sin pies ni cabeza<sup><a href="#5">5</a></sup>. Otros trabajos, tambi&eacute;n aparecidos en revistas internacionales de renombre, han pretendido relacionar las alergias infantiles con la edad de la menarquia de la madre, y la esquizofrenia con la fecha del nacimiento, de tal suerte que a mayor precocidad menstrual mayor riesgo de asma y dermatitis at&oacute;pica en la descendencia, mientras que los nacidos en febrero y marzo estar&iacute;an expuestos a un mayor peligro de desarrollar psicosis ebefr&eacute;nica o paranoide<sup>6,7</sup>. Estas son, a toda luz, b&uacute;squedas torpes de asociaciones absurdas o err&oacute;neas, producto de una imaginaci&oacute;n desbordada o del vanidoso rito que se apropi&oacute; de las universidades norteamericanas y europeas desde mediados del siglo pasado: “publicar o morir”. Frente a estas deplorables realidades de la literatura m&eacute;dica, el escepticismo y su suced&aacute;neo, la escepticemia, adquieren un precio impagable.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">Nature y Science son dos revistas de la m&aacute;xima credibilidad internacional y ning&uacute;n investigador de fuste se negar&iacute;a a publicar en ellas. Pero la autoridad, tanto moral como cient&iacute;fica, a veces se resquebraja por peque&ntilde;os o grandes desaciertos que s&oacute;lo corroboran la fragilidad de toda obra humana. Nature, por ejemplo, rechaz&oacute; en su momento los trabajos de Hans Krebs sobre el ciclo del &aacute;cido c&iacute;trico, de H. C. Urey sobre el hidr&oacute;geno pesado y de Enrico Fermi sobre la desintegraci&oacute;n de las part&iacute;culas beta<a href="#8"><sup>8</sup></a>. El rechazo, en s&iacute;, no habr&iacute;a tenido hondas repercusiones si Krebs, Urey y Fermi no hubieran ganado posteriormente el premio Nobel en raz&oacute;n de esos mismos descubrimientos. Science, por su parte, desestim&oacute; la comunicaci&oacute;n en la que Rosalyn Yallow describ&iacute;a por vez primera los principios del radioinmunoan&aacute;lisis, un m&eacute;todo que despu&eacute;s fue aceptado como &uacute;til en muchos hospitales del mundo<a href="#9"><sup>9</sup></a>. Si en estos casos, entonces, hubiese prevalecido el criterio autoritario de las revistas en cuesti&oacute;n, importantes aportes al conocimiento habr&iacute;an quedado a la deriva durante un tiempo desconocido, imposible de cuantificar en sus penosas consecuencias.</p>     <p align="justify">Por los d&iacute;as que corren, los meta-an&aacute;lisis se han convertido en opciones de &uacute;ltima hora para resolver las dudas que estudios espec&iacute;ficos no han podido elucidar. Bajo frondosa enramada, llena de sofisticados procedimientos matem&aacute;ticos, un conjunto de evidencias poco fiables aspiran a adquirir un cariz convincente. La t&eacute;cnica consiste a menudo en asumir que meras sospechas o argumentos d&eacute;biles poseen alguna fuerza demostrativa cuando se consideran en conjunto. Pero lo cierto es que un conjunto de evidencias poco fiables sigue siendo poco fiable. Ahora bien, si es necesario recurrir a innumerables estudios para demostrar una diferencia, la diferencia real debe ser min&uacute;scula y, por tanto, no debe tener mayor trascendencia. La necesidad de buscarle explicaciones a todo, como si los linderos de la ciencia fueran inagotables, ha llevado a los m&eacute;dicos y a sus pacientes a confundir los t&eacute;rminos de asociaci&oacute;n y causa. Aunque una asociaci&oacute;n parezca perfecta, nunca es posible demostrar, al basarse exclusivamente en ella, la existencia de un v&iacute;nculo causal. No todo el que fuma muere de c&aacute;ncer pulmonar, ni todo aquel que se expone al bacilo tuberculoso adquiere la enfermedad, pues una causa necesaria no siempre es una causa suficiente<a href="#1"><sup>1</sup></a>.</p>     <p align="justify">Como se trata de la medicina basada en la evidencia, el objetivo parece afincarse en lo que se descubre y prueba, y no en lo que se descarta o niega. En este punto es preciso recordar que son los resultados discordantes los que permiten avanzar hacia un mejor conocimiento, en especial al manejar asuntos de alguna complejidad, como los que se derivan de la relaci&oacute;n entre la enfermedad y el enfermo. En apoyo a esta tesis vino como anillo al dedo, con toda su fuerza epistemol&oacute;gica, el muchas veces citado Karl Popper, para quien la ciencia s&oacute;lo est&aacute; en capacidad de descubrir el error y no la verdad, ya que &eacute;sta posee una estructura de barrunto, eminentemente provisional.</p>     <p align="justify">La repetici&oacute;n insensible y acr&iacute;tica de verdades establecidas por la tradici&oacute;n es otro de los puntos d&eacute;biles de la literatura m&eacute;dica. A Hip&oacute;crates le han atribuido por centurias la descripci&oacute;n del c&oacute;lico saturnino, y al respecto no existen siquiera indicios<a href="#10"><sup>10</sup></a>. Otro tanto ocurre con las espinacas que tanta fama le han conferido a Popeye. A este vegetal le adjudican un alto contenido de hierro que de hecho no posee. Ocurri&oacute; que al publicar el trabajo correspondiente, durante la impresi&oacute;n del mismo alguien corri&oacute; la coma de los decimales, y las espinacas, inocentes del pecado, aparecieron con una carga f&eacute;rrica que no les corresponde<a href="#11"><sup>11</sup></a>. Otro aspecto muy en boga es el de los ap&oacute;stoles de la vida sana, loable prop&oacute;sito que se divulga a trav&eacute;s de los medios masivos de comunicaci&oacute;n y que desemboca en algunas neurosis colectivas, porque no es lo mismo hablarle de los riesgos al enfermo que al que nada siente ni padece. Aunque es obvio que el riesgo relativo, valga el ejemplo, constituye un &iacute;ndice de la asociaci&oacute;n entre un presunto marcador de alarma y una enfermedad, nada tiene que ver con la probabilidad de que un individuo padezca indefectiblemente esa enfermedad. Lo que no parece prudente es que se someta a los ciudadanos a pagar anticipadamente el precio de sus imperfecciones, aunque &eacute;stas sean veniales. M&aacute;s humano y cient&iacute;fico, si se quiere, ser&iacute;a establecer que para vivir a plenitud es necesario que se mantenga un cierto equilibrio entre los riesgos que son razonables y los que no lo son. Una preocupaci&oacute;n m&oacute;rbida por evitar la muerte y el estado de incertidumbre que origina el miedo, pueden llegar a disminuir la calidad de vida de los individuos<a href="#1"><sup>1</sup></a>.</p>     <p align="justify">Los ensayos cl&iacute;nicos controlados son, sin duda, los dise&ntilde;os m&aacute;s confiables y s&oacute;lidos en el &aacute;rea de la investigaci&oacute;n cl&iacute;nica. El inconveniente consiste en que no siempre es f&aacute;cil ni posible hacerlos de manera rigurosa. Ya es legendaria la an&eacute;cdota divulgada por Sir Arthur Bradford Hill, que llev&oacute; a terminar con anticipaci&oacute;n uno de ellos: “Doctor, &#191;por qu&eacute; me ha cambiado las p&iacute;ldoras?”, pregunt&oacute; la paciente sometida a un estudio aleatorio, prospectivo y doble ciego. “&#191;Qu&eacute; le hace pensar tal cosa?”, le replic&oacute; el investigador. “Pues porque cuando las tiraba al retrete la semana pasada flotaban, y esta semana se hunden”<a href="#12"><sup>12</sup></a>.</p>     <p align="justify">El epidemi&oacute;logo Alvan Feinstein sostuvo que algunas de las principales enfermedades intelectuales de la literatura m&eacute;dica moderna derivan de la utilizaci&oacute;n inapropiada de la significaci&oacute;n estad&iacute;stica. En efecto, se da por sentado que aquello que no es estad&iacute;sticamente significativo no tiene valor en la pr&aacute;ctica m&eacute;dica, lo que, por lo menos es un principio incorrecto. La significaci&oacute;n estad&iacute;stica es un concepto probabil&iacute;stico (la probabilidad de refutar una hip&oacute;tesis nula cuando ella es cierta) que no debe asimilarse al criterio de la importancia cl&iacute;nica. El valor de p nada tiene que ver con la magnitud de una diferencia medida. Sabido es que grandes diferencias a favor de un medicamento se pueden demostrar con pocos pacientes, pero si para demostrar los beneficios de un tratamiento es indispensable recurrir a un n&uacute;mero muy grande de pacientes, es casi seguro que el tratamiento ser&aacute; dudoso y al final quiz&aacute; no tenga importancia pr&aacute;ctica alguna.</p>     <p align="justify">Con frecuencia en el campo de la medicina se abusa del concepto de la experiencia. Aunque la experiencia es invaluable cuando se trata de recordar episodios concretos con pacientes del pasado, la obcecaci&oacute;n en tratar de ver todo el tiempo las cosas como ya fueron vistas una vez, limitan en forma indebida el horizonte del diagn&oacute;stico diferencial. En ocasiones la llamada experiencia no significa m&aacute;s que los errores recurrentes que se cometen cada vez con mayor convicci&oacute;n, y en todo caso la experiencia personal s&oacute;lo debe complementar, jam&aacute;s sustituir, a las buenas lecturas, a la buena calidad de la informaci&oacute;n y a los buenos experimentos<a href="#1"><sup>1</sup></a>.</p>     <p align="justify">Una de las caracter&iacute;sticas deshumanizadas de la medicina actual es que tiende a preocuparse por curar lo que es curable a expensas de olvidarse de lo que es incurable. En este contexto no debe extra&ntilde;ar la proliferaci&oacute;n de pr&aacute;cticas alternativas que, aparte de su bajo costo, constituyen un tributo al poder no suficientemente conocido del efecto placebo, cuya acci&oacute;n est&aacute; dirigida a reducir los componentes subjetivos de las dolencias humanas. Quiere esto decir que la medicina, que se nutre de informaciones cient&iacute;ficas, no es en s&iacute; misma una ciencia, pues &eacute;sta cultiva lo problem&aacute;tico y dudoso mientras aqu&eacute;lla tiene como funci&oacute;n pr&iacute;stina la de aliviar el sufrimiento. “La ciencia no puede ser buena o mala, dec&iacute;a el neurofisi&oacute;logo C. S. Sherrington, sino s&oacute;lo falsa o verdadera”. Esto puede ser cierto, en gracia de discusi&oacute;n, y de ello se deduce que una de las propiedades de la ciencia consiste en buscar la verdad sin parar mientes en sus consecuencias. De ah&iacute; que la ciencia sea compatible con la herej&iacute;a y que ella y la moral religiosa no hayan hecho nunca buenas migas. En efecto, cuando Cop&eacute;rnico y Galileo echaron por tierra los mitos del cosmos medieval, la f&iacute;sica y la astronom&iacute;a se robustecieron mientras que la dogm&aacute;tica cat&oacute;lica entr&oacute; en crisis. Pero con la medicina el asunto es diferente. &Eacute;sta no es una ciencia en un sentido estricto, como arriba se dijo, y posee una dimensi&oacute;n moral que la ciencia no tiene. El ser humano, que es el fin &uacute;ltimo de los estudios m&eacute;dicos, es el &uacute;nico sujeto de valores morales que existe. Esa criatura, que le teme al dolor y a la muerte, no puede ser vista con la frialdad con que se mira un objeto inanimado.</p>     <p align="justify">Frente a la informaci&oacute;n cient&iacute;fica, pues, es indispensable inculcarle a los profesionales de la salud el valor del escepticismo, ese bistur&iacute; que est&aacute; en capacidad de librar a la gente del c&uacute;mulo de tejidos muertos que en las mentes sugestionables forman el autoenga&ntilde;o y algunas creencias sin fundamento.</p>     <p align="justify"><B>REFERENCIAS</b></p></font> <font face="Arial" size="-1">    ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify">1<a name="1"></a>. Skrabanek P, McCormick J. Follies and fallacies in medicine. Glasgow: The Tarragon Press; 1992. p. 1-153.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000033&pid=S1657-9534200500040000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 2<a name="2"></a>. Appleyard B. Ciencia vs. humanismo. Bueno Aires: Editorial El Ateneo; 2004. p. 45-77.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000034&pid=S1657-9534200500040000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 3<a name="3"></a>. Sackett D, Haynes R, Guyatt G, Tugwell P. Epidemiolog&iacute;a cl&iacute;nica. 2&#170; ed. Buenos Aires: Editorial M&eacute;dica Panamericana; 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000035&pid=S1657-9534200500040000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 4<a name="4"></a>. Gim&eacute;nez O. Relaciones estad&iacute;sticamente insignificantes. Cap&iacute;tulo 6. En: Si Galileo levantara la cabeza, Ma Non Troppo. Barcelona: Ediciones Robinbook; 2004.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000036&pid=S1657-9534200500040000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 5<a name="5"></a>. Charlton A, Bates C. Decline in teenage smoking with rise in mobile fone ownership: hypotesis. Br Med J 2000; 321: 1155-1158.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000037&pid=S1657-9534200500040000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 6<a name="6"></a>. Baizhuang Xu. En: Thorax 2000, 55: 691-693. Citado sin t&iacute;tulo por Oscar Gim&eacute;nez En: Si Galileo levantara la cabeza, Ma Non Troppo. Barcelona: Ediciones Robinbook; 2004.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000038&pid=S1657-9534200500040000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 7<a name="7"></a>. Mc Guffin P. 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Br Med J 1981; 283:1671-1672.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000043&pid=S1657-9534200500040000800011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><br> 12<a name="12"></a>. Hill AB. Personal view. Br Med J 1985; 290: 1074-1075.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000044&pid=S1657-9534200500040000800012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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