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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[SPINOZA Y EL CONOCIMIENTO PROBLEMÁTICO DE LAS PASIONES]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Spinoza's deductive metaphysic system states a problem in regard to the knowledge of the passions. On the one hand, the passions are explained like body's affections, but the soul has a mutilated and confused knowledge of the body. On the other hand, the nature of passion necessarily implys the nature of the objet who affects us; likewise, Spinoza says that the idea of human body's any one affection not implys the apropiate knowledge of the external object who affects us. In this paper is presented the idea of soul's double dimension like solution at the problem. According to Spinoza, is possible that we build a clear and distinct idea of the body's affections because the soul can remit them to the idea of God.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">     <p align="center"><font size="4"><b>SPINOZA Y EL CONOCIMIENTO PROBLEM&Aacute;TICO DE LAS PASIONES</b></font></p>     <p align="center"><font size="3"><b>SPINOZA AND THE PROBLEMATIC KNOWLEDGE OF THE PASSIONS</b></font></p>     <p><b>Miguel Omar Masci*</b></p>     <p>* Universidad Nacional de La Plata. Argentina. <a href="mailto:omarsci@yahoo.com.ar"><i>omarsci@yahoo.com.ar</i></a></p>     <p>Fecha de recepci&oacute;n: enero 2008    <br> Fecha de revisi&oacute;n: julio 2008    <br> Fecha de aceptaci&oacute;n: agosto 2008</p> <hr>     <p><b>RESUMEN</b></p>     <p>El sistema metaf&iacute;sico de Spinoza plantea un problema en relaci&oacute;n al conocimiento de las pasiones. Por un lado, las pasiones son definidas como afecciones del cuerpo, pero el alma tiene del cuerpo un conocimiento mutilado y confuso. Por el otro, la naturaleza de una pasi&oacute;n implica necesariamente la naturaleza del objeto por el cual somos afectados; asimismo, Spinoza sostiene que la idea de una afecci&oacute;n cualquiera del cuerpo humano no implica el conocimiento adecuado del cuerpo exterior por el cual somos afectados. En este ensayo es presentada la idea de la doble dimensi&oacute;n del alma como soluci&oacute;n al problema. De acuerdo con Spinoza, es posible formarnos una idea clara y distinta de las afecciones del cuerpo porque el alma puede remitirlas a la idea de Dios.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>PALABRAS  CLAVE    <br> <i>Alma, Cuerpo, Dios, Afectos, Doble dimensi&oacute;n del alma.</i></p> <hr>     <p><b>ABSTRACT</b></p>     <p>Spinoza's deductive metaphysic system states a problem in regard to the knowledge of the passions. On the one hand, the passions are explained like body's affections, but the soul has a mutilated and confused knowledge of the body. On the other hand, the nature of passion necessarily implys the nature of the objet who affects us; likewise, Spinoza says that the idea of human body's any one affection not implys the apropiate knowledge of the external object who affects us. In this paper is presented the idea of soul's double dimension like solution at the problem. According to Spinoza, is possible that we build a clear and distinct idea of the body's affections because the soul can remit them to the idea of God.</p>     <p>KEY WORDS    <br> <i>Soul, Body, God, Affections, Soul's double dimension.</i></p> <hr>     <p><b>1. INTRODUCCI&Oacute;N<sup><a href="#1" name="s1">1</a></sup></b></p>     <p>Conocer los sentimientos de los hombres es conocer sus conductas. Spinoza vio esto con absoluto convencimiento. Por ello estudi&oacute; las pasiones con gran agudeza psicol&oacute;gica. Sin embargo, su sistema metaf&iacute;sico presentar&iacute;a no pocas dificultades a la hora de abordar el tema. El conocimiento de las pasiones ofrecer&iacute;a ciertos inconvenientes de dif&iacute;cil resoluci&oacute;n. En las p&aacute;ginas que siguen, intentaremos dar cuenta de ellos, ofreciendo una posible soluci&oacute;n que toma en cuenta la compleja relaci&oacute;n alma-cuerpo-Dios, que desemboca en la doble dimensi&oacute;n del alma. Esta naturaleza especial del alma la har&iacute;a apta, en virtud de su intr&iacute;nseca relaci&oacute;n con Dios -pues &Eacute;ste constituye su esencia-, para conocer las pasiones, pero de una manera indirecta: remitiendo las ideas de las afecciones del cuerpo a la idea de Dios.</p>     <p>Nuestro trabajo consistir&aacute;, primeramente, en una presentaci&oacute;n de la relaci&oacute;n alma-cuerpo, que nos servir&aacute; de base para la exposici&oacute;n de la g&eacute;nesis y naturaleza de las pasiones, y las dificultades que &eacute;stas presentan en relaci&oacute;n a su conocimiento. Luego, recorriendo las partes IV y V de la <i>&Eacute;tica </i>y II del <i>Tratado Breve, </i>intentaremos defender la tesis de la doble dimensi&oacute;n del alma como posible soluci&oacute;n al problema planteado.</p>     <p><b>2. ALMA Y CUERPO: G&Eacute;NESIS DE LAS PASIONES</b> </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>2.1. <i>Alma y cuerpo</i></p>     <p>La distinci&oacute;n cartesiana alma-cuerpo ha suscitado (y sigue suscitando) grandes dificultades l&oacute;gicas. Esto se debe a que generalmente se considera que el alma y el cuerpo interact&uacute;an, y las modificaciones que se producen en uno de ellos se explican por referencia a las modificaciones del otro. En consecuencia, considerar -como lo hace Descartes- al pensamiento y a la extensi&oacute;n como dos sustancias diferentes, implica la imposibilidad de la interacci&oacute;n estructuralmente causal entre ambas: un cambio en el mundo de las cosas extensas no puede ser la causa del cambio en el mundo del pensamiento. La doctrina de Spinoza acerca de Dios o la Naturaleza omnicomprensiva se basa en la imposibilidad l&oacute;gica de concebir al universo como si consistiese de dos sistemas autolimitados. El universo, entendido como un sistema de cosas extensas o espaciales, y el universo en cuanto sistema de ideas o pensamientos, no son otra cosa, seg&uacute;n Spinoza, que dos aspectos de una &uacute;nica realidad, dos atributos de la sustancia &uacute;nica: <i>Deus sive natura.</i></p>     <p>En otras palabras, el Pensamiento y la Extensi&oacute;n, en tanto atributos infinitos de Dios, no son dos sistemas de cosas o acontecimientos parcialmente paralelos; por el contrario, se tratan del mismo orden de causas en la misma sustancia, s&oacute;lo que concebido desde dos atributos diferentes de dicha sustancia<sup><a href="#2" name="s2">2</a></sup>. De esta manera, el sistema spinoziano, a diferencia del cartesiano, se halla l&oacute;gicamente legitimado para garantizar desde un principio que el orden de nuestros pensamientos y juicios debe reflejar siempre el orden de los acontecimientos f&iacute;sicos; pues la doctrina de la sustancia &uacute;nica concebida bajo dos atributos diferentes implica que no puede haber ninguna idea sin algo extenso de lo cual sea idea, del mismo modo que no puede haber cosa extensa alguna de la que no haya idea. Por tanto, si no puede haber cosa extensa alguna de la que no haya idea, para cada cuerpo de la naturaleza habr&aacute;, entonces, una idea de ese cuerpo. Y as&iacute; se origina una de las tesis spinozianas m&aacute;s importantes respecto de la relaci&oacute;n alma-cuerpo: para todo cuerpo humano existe una idea, y esa idea no es otra cosa que lo com&uacute;nmente denominado alma humana. El ser actual del alma no es m&aacute;s que la idea de una cosa singular existente en acto<sup><a href="#3" name="s3">3</a></sup>. Ese existente en acto no es otra cosa, claro est&aacute;, sino el cuerpo o, para llamarlo de otra manera, un modo finito del atributo Extensi&oacute;n. Y dicho cuerpo es la idea de un existente en acto, dado que si fuese de una cosa inexistente, no podr&iacute;a decirse que existe la idea misma. Asimismo, tal idea no puede serlo de una cosa infinita, puesto que una cosa infinita debe existir siempre necesariamente, y la esencia del hombre no implica la existencia necesaria<sup><a href="#4" name="s4">4</a></sup>, es por ello que esa idea que constituye el ser del alma debe ser la idea de una cosa singular existente en acto<sup><a href="#5" name="s5">5</a></sup>. De todo ello se sigue, dir&aacute; Spinoza, que el alma humana es una parte del entendimiento infinito de Dios; y cuando el alma humana percibe, significa que Dios, en tanto constituye la esencia del alma, tiene esta o aquella idea<sup><a href="#6" name="s6">6</a></sup>.</p>     <p>Ahora bien, el cuerpo humano puede ser afectado de diversas maneras por los cuerpos exteriores<sup><a href="#7" name="s7">7</a></sup>, al tiempo que puede afectar tambi&eacute;n de muchas maneras a esos cuerpos exteriores<sup><a href="#8" name="s8">8</a></sup>. Dentro de esta compleja escala de potencia para afectar y ser afectado, el cuerpo humano ocupa un lugar muy alto entre los objetos naturales, relegando a los lugares m&aacute;s bajos a los animales y a los llamados objetos inanimados. En tal sentido, el cuerpo humano es &quot;m&aacute;s excelente y contiene m&aacute;s realidad&quot; que los cuerpos animales y vegetales. Y que tenga m&aacute;s realidad equivale a que posee m&aacute;s potencia para afectar y ser afectado por el entorno, reflejando as&iacute; el orden de las causas de la naturaleza de una manera m&aacute;s completa que como lo hacen los cuerpos animales o vegetales. En consecuencia, el alma, cuyo ser actual, como hemos dicho, es el cuerpo, es tambi&eacute;n &quot;m&aacute;s excelente y contiene m&aacute;s realidad&quot;, puesto que refleja una esfera de causas m&aacute;s amplia<sup><a href="#9" name="s9">9</a></sup>. No obstante, para Spinoza el alma humana no conoce al cuerpo humano mismo, ni sabe que &eacute;ste existe, sino por las ideas de las afecciones del cuerpo: &quot;Dios tiene la idea del cuerpo humano, o sea, conoce al cuerpo humano, en tanto es afectado por otras much&iacute;simas ideas, y no en cuanto constituye la naturaleza del alma, estos es <i>(por el Corolario de la Proposici&oacute;n XI de esta Parte), </i>el alma humana no conoce al cuerpo humano. Pero las ideas de las afecciones del cuerpo se dan en Dios en cuanto constituye la naturaleza del alma, o sea, el alma humana percibe esas afecciones (por <i>la Proposici&oacute;n 12 de esta parte), </i>y, consiguientemente (por <i>la Proposici&oacute;n 16 de esta Parte), </i>percibe el cuerpo humano mismo y ello (por <i>la Proposici&oacute;n 17 de esta Parte) </i>como existente en acto&quot;<sup><a href="#10" name="s10">10</a></sup>. Pues bien, el alma humana no s&oacute;lo conoce al cuerpo mediante las ideas de las afecciones de &eacute;ste, sino que tambi&eacute;n s&oacute;lo se conoce a s&iacute; misma en virtud de dichas ideas de las afecciones del cuerpo. Reconstruyamos brevemente el argumento spinoziano: dado que, como hemos visto, el alma humana no conoce al cuerpo humano mismo, vale decir, puesto que el conocimiento del cuerpo humano no se refiere a Dios en cuanto &Eacute;ste constituye la naturaleza del alma humana, entonces tampoco el conocimiento del alma humana se refiere a Dios en cuanto Dios constituye la esencia del alma humana. Es en este sentido en que el alma humana no se conoce a s&iacute; misma. Empero, como las ideas de las afecciones del cuerpo implican la naturaleza del cuerpo humano, esto es, concuerdan con la naturaleza del alma, el conocimiento de dichas ideas implicar&aacute; necesariamente el conocimiento del alma, pues de tales ideas hay conocimiento en el alma. Y s&oacute;lo mediante este camino es que el alma se conoce a s&iacute; misma<sup><a href="#11" name="s11">11</a></sup>. Sumado a ello, para Spinoza el hecho de que el alma humana posea la idea de una afecci&oacute;n cualquiera del cuerpo humano no implica el conocimiento adecuado por parte del alma del cuerpo exterior causante de dicha afecci&oacute;n en el cuerpo humano<sup><a href="#12" name="s12">12</a></sup>.</p>     <p>En suma: el alma no se conoce a s&iacute; misma sino en cuanto percibe las afecciones del cuerpo; no conoce al cuerpo al que pertenece sino mediante esas mismas ideas de las afecciones; afecciones mediante las cuales percibe, asimismo, los cuerpos exteriores. Es decir, el alma humana no posee de s&iacute; misma, de su cuerpo y de los cuerpos exteriores un conocimiento adecuado, sino tan s&oacute;lo mutilado y confuso<sup><a href="#13" name="s13">13</a></sup>. El alma humana s&oacute;lo posee un conocimiento adecuado de la eterna e infinita esencia de Dios<sup><a href="#14" name="s14">14</a></sup>. Ello se debe a que todas las cosas singulares implican la idea del atributo divino del cual son modos, es decir, tienen a Dios como causa<sup><a href="#15" name="s15">15</a></sup>.</p>     <p>2.2. <i>Las pasiones</i></p>     <p>En la tercera parte de la <i>&Eacute;tica, </i>Spinoza da paso al an&aacute;lisis de la naturaleza de los afectos. La premisa principal de la cual parte es que la naturaleza toda se esfuerza por perseverar en su ser<sup><a href="#16" name="s16">16</a></sup>, aunque s&oacute;lo el hombre ser&iacute;a consciente de ese esfuerzo <i>(conatus); </i>esfuerzo que, cuando se refiere al alma sola, se llama voluntad <i>(volutas) </i>y cuando se refiere al alma y al cuerpo, apetito <i>(appetitus) <sup><a href="#17" name="s17">17</a></sup></i>.</p>     <p>Pues bien, en la primera definici&oacute;n que da Spinoza de los afectos entiende a &eacute;stos como &quot;afecciones del cuerpo, por las cuales aumenta o disminuye, es favorecida o perjudicada, la potencia de obrar de ese mismo cuerpo, y entiendo, al mismo tiempo, las ideas de esas afecciones&quot;<sup><a href="#18" name="s18">18</a></sup>. Asimismo, los afectos se distinguen entre acciones <i>(actio) </i>y pasiones <i>(passio). </i>La diferencia estriba en que cuando somos causa adecuada de una afecci&oacute;n, actuamos; en cambio, cuando no somos causa adecuada de una afecci&oacute;n, padecemos<sup><a href="#19" name="s19">19</a></sup>.</p>     <p>Por causa adecuada, a su vez, Spinoza entiende a &quot;aquella cuyo efecto puede ser percibido clara y distintamente en virtud de ella misma. Por el contrario, llamo inadecuada o parcial a aquella cuyo efecto no puede entenderse por ella sola&quot;<sup><a href="#20" name="s20">20</a></sup>. En suma, el esfuerzo que todas las cosas realizan -en este caso, naturalmente, nos referimos especialmente al hombre- por perseverar en su ser, se pondr&iacute;a de manifiesto en esa potencia de obrar de la que Spinoza habla. No obstante, si bien una clase de afectos, las acciones <i>(actio), </i>favorecer&iacute;an esa potencia de obrar, otra clase, las pasiones <i>(passio), </i>producir&iacute;an, en cambio, el efecto contrario.</p>     <p>De all&iacute; el inter&eacute;s que el fil&oacute;sofo demuestra por erradicar a estas &uacute;ltimas. Asimismo, de las pasiones Spinoza afirma que se tratan de ideas inadecuadas, ideas confusas que nuestra alma posee; en tanto que las acciones, por el contrario, no ser&iacute;an otra cosa que ideas adecuadas que forma nuestra alma <sup><a href="#21" name="s21">21</a></sup>. Ello se debe a que para Spinoza la naturaleza de una pasi&oacute;n implica necesariamente la naturaleza del objeto por el cual somos afectados: &quot;la alegr&iacute;a que surge, por ejemplo, del objeto A, implica la naturaleza de ese objeto A, y la alegr&iacute;a que surge del objeto B, implica la naturaleza de ese objeto B&quot;<sup><a href="#22" name="s22">22</a></sup>; y ya sabemos que para Spinoza la idea de una afecci&oacute;n cualquiera del cuerpo humano no implica el conocimiento adecuado del cuerpo exterior que provoca esa afecci&oacute;n: &quot;Hemos mostrado (por <i>la Proposici&oacute;n 16 de esta Parte) </i>que la idea de una afecci&oacute;n del cuerpo humano implica la naturaleza del cuerpo exterior, en tanto en cuanto ese cuerpo exterior determina de cierta manera al cuerpo humano mismo. Ahora bien, en la medida en que el cuerpo exterior es un individuo no relacionado con el cuerpo humano, su idea o conocimiento se da en Dios (por <i>la Proposici&oacute;n 9 de esta Parte) </i>en cuanto se considera a Dios afectado por la idea de otra cosa, la cual ( <i>por la proposici&oacute;n 7 de esta Parte) </i>es anterior, por naturaleza, al cuerpo exterior mismo.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Por ello, no hay en Dios conocimiento adecuado del cuerpo exterior en cuanto tiene la idea de una afecci&oacute;n del cuerpo humano; o sea la idea de una afecci&oacute;n del cuerpo humano no implica el conocimiento adecuado del cuerpo exterior&quot;<sup><a href="#23" name="s23">23</a></sup>. Y as&iacute;, el alma en cuanto considera los cuerpos exteriores por obra de las afecciones de su propio cuerpo, s&oacute;lo &quot;imagina&quot;, y al &quot;imaginar&quot; no posee un conocimiento adecuado<sup><a href="#24" name="s24">24</a></sup>. En cambio, las &quot;acciones&quot; representan ideas adecuadas del alma debido a que est&aacute;n concatenadas como causas y efectos, y en tanto que esa concatenaci&oacute;n o sucesi&oacute;n de ideas es una concatenaci&oacute;n o sucesi&oacute;n l&oacute;gica.</p>     <p>De ello se infiere que un ser humano, concebido como modo finito del Pensamiento, posee menos potencia o perfecci&oacute;n en la medida en que dicho proceso aut&oacute;nomo del pensamiento es interrumpido por ideas que son efectos de causas exteriores a &eacute;l, y en cuanto sus ideas actuales no se explican como consecuencias l&oacute;gicas de ideas previas en su alma<sup><a href="#25" name="s25">25</a></sup>.</p>     <p>En consonancia con lo expuesto, Spinoza realiza su clasificaci&oacute;n de los afectos entre activos y pasivos, es decir, entre aquellos que obedecen a esa sucesi&oacute;n l&oacute;gica de la que hablamos y aquellos otros que responden a causas exteriores. La clasificaci&oacute;n parte de los tres afectos primarios siguientes: alegr&iacute;a, tristeza y deseo.</p>     <p>Veamos primero los afectos pasivos o pasiones. La alegr&iacute;a es definida por Spinoza como &quot;una pasi&oacute;n por la que el alma pasa a una mayor perfecci&oacute;n&quot;; la tristeza, en cambio, &quot;una pasi&oacute;n por la cual el alma pasa a una menor perfecci&oacute;n&quot;<sup><a href="#26" name="s26">26</a></sup>. El deseo, en tanto, como &quot;el apetito acompa&ntilde;ado de la conciencia del mismo&quot;<sup><a href="#27" name="s27">27</a></sup>. A simple vista, uno comprende r&aacute;pidamente por qu&eacute; la tristeza es una pasi&oacute;n: porque implica el paso de una mayor perfecci&oacute;n a una menor perfecci&oacute;n.</p>     <p>No sucede lo mismo en los casos de la alegr&iacute;a y el deseo. En lo que a la alegr&iacute;a se refiere, la dificultad se disipa r&aacute;pidamente al ver que para Spinoza los afectos que derivan de ella est&aacute;n acompa&ntilde;ados por la idea de una causa exterior. En el caso del deseo, la cuesti&oacute;n es m&aacute;s compleja. Spinoza sostiene que el deseo &quot;es la esencia misma del hombre en cuanto concebida como determinada a hacer algo en virtud de una afecci&oacute;n cualquiera que se da en ella&quot;<sup><a href="#28" name="s28">28</a></sup>. De manera tal que nos encontramos con que el hombre es s&oacute;lo pasivo, por decirlo de alguna manera, dado que su esencia no manifestar&iacute;a otra cosa sino afecciones, es decir, efectos de causas exteriores. Sin embargo, Spinoza se encarga de aclarar m&aacute;s adelante que el deseo, tal como acaba de definirlo, ser&iacute;a el deseo considerado en absoluto; esto es, el deseo que representa la potencia de las causas exteriores, infinitamente superior a la perseverancia en la existencia que el hombre manifiesta; perseverancia que se traduce tambi&eacute;n en un deseo, aunque &eacute;ste, a diferencia del anterior, surge de la raz&oacute;n y no de causas exteriores. Vale decir que se tratar&iacute;a de un deseo que se engendra en nosotros en tanto que obramos, es decir, a partir de la sola esencia del hombre<sup><a href="#29" name="s29">29</a></sup>.</p>     <p>Una vez aclarado esto, podemos mencionar tan s&oacute;lo algunas de las pasiones que se derivan de los tres afectos primarios antes mencionados; de la alegr&iacute;a, el amor, la inclinaci&oacute;n, la devoci&oacute;n, la irrisi&oacute;n, la esperanza, la seguridad, la satisfacci&oacute;n la aprobaci&oacute;n, la sobreestimaci&oacute;n, la misericordia; de la tristeza, el odio, la repulsi&oacute;n, el miedo, la desesperaci&oacute;n, la insatisfacci&oacute;n, la conmiseraci&oacute;n, la indignaci&oacute;n, el menosprecio, la envidia; del deseo surgen los impulsos, los esfuerzos, apetitos y voliciones del hombre.</p>     <p>Pues bien, hasta aqu&iacute; las pasiones que surgen de los tres afectos primarios; veamos ahora los afectos activos, los afectos a los que acompa&ntilde;a como causa la idea de una cosa interior, y que tambi&eacute;n derivan de los tres afectos primarios antes mencionados; de la alegr&iacute;a: el contento de s&iacute; mismo, la soberbia, la gloria; de la tristeza: la humildad, el arrepentimiento, la abjecci&oacute;n, la verg&uuml;enza; del deseo: la frustraci&oacute;n, la emulaci&oacute;n, la gratitud, la benevolencia, la ira, la venganza, el temor, entre otros<sup><a href="#30" name="s30">30</a></sup>.</p>     <p>Spinoza clausura la tercera parte de la <i>&Eacute;tica </i>con una definici&oacute;n de los afectos que conviene recordar: &quot;Un afecto, que es llamado pasi&oacute;n del &aacute;nimo, es una idea confusa, en cuya virtud el alma afirma de su cuerpo o de alguna de sus partes una fuerza de existir mayor o menor que antes, y en cuya virtud tambi&eacute;n, una vez dada esa idea, el alma es determinada a pensar tal cosa m&aacute;s bien que tal otra&quot;<sup><a href="#31" name="s31">31</a></sup>. En otras palabras, y a fin de repasar la explicaci&oacute;n que Spinoza hace de esta definici&oacute;n, digamos que las pasiones son ideas confusas en virtud de que para el fil&oacute;sofo el alma padece s&oacute;lo en la medida en que posee ideas inadecuadas y confusas; ideas que revelan la mayor o menor fuerza de existir -en la que todos los seres perseveran-, expresada en el cuerpo o en alguna de sus partes. Ahora bien, dijimos en el apartado anterior que el alma es la idea del cuerpo, por tanto cuanta m&aacute;s realidad o fuerza de existir experimenta el cuerpo, m&aacute;s realidad o perfecci&oacute;n poseer&aacute; el alma. Por &uacute;ltimo, cuando Spinoza sostiene que, en virtud de la idea de una pasi&oacute;n el alma es determinada a pensar una cosa m&aacute;s bien que otra, est&aacute; haciendo referencia a la naturaleza del deseo, pues las naturalezas de la alegr&iacute;a y la tristeza se hallan expresadas en la primera parte de la definici&oacute;n.</p>     <p><b>3. EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO DE LAS PASIONES</b></p>     <p>3.1. <i>Una aproximaci&oacute;n al tema</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El breve recorrido que hemos hecho, desde la relaci&oacute;n alma-cuerpo hasta desembocar en el origen y la naturaleza de las pasiones, nos ha servido para poner de manifiesto las bases sobre las cuales emerge el problema que en adelante trataremos de abordar.</p>     <p>De la relaci&oacute;n alma-cuerpo, una de las conclusiones que extrajimos fue la siguiente: el alma posee de s&iacute; misma, de su cuerpo y de los cuerpos exteriores un conocimiento mutilado y confuso. M&aacute;s adelante, cuando presentamos la definici&oacute;n de los afectos -donde las acciones eran una especie y las pasiones, otra-, vimos que Spinoza los caracterizaba como &quot;afecciones del cuerpo&quot;. Por tanto,se plantea el siguiente inconveniente: si el alma tiene un conocimiento mutilado y confuso de su cuerpo, tambi&eacute;n lo tendr&aacute; de las pasiones, ya que &eacute;stas no son otra cosa sino afecciones del cuerpo. Y en raz&oacute;n de ello, inferimos que Spinoza da su definici&oacute;n de la naturaleza de las pasiones y llega a la conclusi&oacute;n de que &eacute;stas son ideas inadecuadas y confusas que de ellas el alma se forma. En efecto, recordemos que hemos dicho que la naturaleza de una pasi&oacute;n implica necesariamente la naturaleza del objeto por el cual somos afectados; y tambi&eacute;n que la idea de una afecci&oacute;n cualquiera del cuerpo humano no implica el conocimiento adecuado del cuerpo exterior por el cual somos afectados; por tanto, si la naturaleza de una pasi&oacute;n implica necesariamente la naturaleza del objeto por el cual somos afectados y, asimismo, la idea de una afecci&oacute;n cualquiera del cuerpo no implica el conocimiento adecuado del cuerpo exterior por el cual somos afectados, no cabr&aacute; otra posibilidad, como Spinoza declara, que las pasiones sean ideas inadecuadas y confusas, ya que, como vimos, el alma en esos casos s&oacute;lo imagina.</p>     <p>Ahora bien, para comprender en t&eacute;rminos epistemol&oacute;gicos a qu&eacute; se refiere Spinoza cuando habla de ideas inadecuadas, confusas e imaginaci&oacute;n, conviene que pasemos revista a los distintos grados del conocimiento, que son tratados en la <i>&Eacute;tica </i>y, fundamentalmente, en el <i>Tratado de la reforma del entendimiento. </i>Esto nos ayudar&aacute; adem&aacute;s a tener una real dimensi&oacute;n del problema planteado.</p>     <p>&#9632;<i> Pasiones y grados del conocimiento</i></p>     <p>En el <i>Tratado de la reforma del entendimiento, </i>Spinoza emprende la b&uacute;squeda del bien supremo, esto es, aqu&eacute;l que nos permita conocer la uni&oacute;n que el Alma tiene con toda la naturaleza. Y para ello necesita reformar el entendimiento y hacerlo apto para conocer las cosas como es debido. Se impone, entonces, un examen de los distintos grados del conocimiento para ver cu&aacute;l de todos ellos es el adecuado a la hora de alcanzar el objetivo antes mencionado<sup><a href="#32" name="s32">32</a></sup>.</p>     <p>El primero de esos grados o modos del conocimiento se refiere a aquella percepci&oacute;n que adquirimos por medio del o&iacute;do o por alg&uacute;n signo convencional<sup><a href="#33" name="s33">33</a></sup>. As&iacute;, s&oacute;lo por haberlo o&iacute;do sabemos el d&iacute;a de nuestro nacimiento, cu&aacute;les son nuestros padres, etc.; cosas de las cuales nunca dudamos<sup><a href="#34" name="s34">34</a></sup>. El segundo modo es definido por Spinoza como una percepci&oacute;n que adquirimos por experiencia vaga, vale decir, una experiencia que no est&aacute; determinada por el entendimiento, pues acontece fortuitamente, y s&oacute;lo por ello, y porque ninguna otra experiencia se le opone, es que permanece en nosotros como algo firme<sup><a href="#35" name="s35">35</a></sup>. Por ejemplo, poseo la certeza de que voy a morir porque he visto que han muerto otros de mis semejantes, aunque no todos hayan vivido el mismo espacio de tiempo ni hayan muerto de la misma enfermedad<sup><a href="#36" name="s36">36</a></sup>. El tercer grado del conocimiento, en tanto, es aquella percepci&oacute;n mediante la cual se concluye la esencia de una cosa a partir de otra, pero no de manera adecuada<sup><a href="#37" name="s37">37</a></sup>. Uno de los ejemplos que da Spinoza al respecto es el siguiente: cuando se percibe de manera clara un determinado cuerpo y no otro, de all&iacute; se sigue que el alma est&aacute; unida al cuerpo, que esta uni&oacute;n es la causa de dicha sensaci&oacute;n; pero en qu&eacute; consiste tal sensaci&oacute;n y dicha uni&oacute;n es algo que no podemos saber, aclara Spinoza, por medio de este procedimiento<sup><a href="#38" name="s38">38</a></sup>.</p>     <p>Finalmente, el cuarto grado del conocimiento est&aacute; referido a aquella percepci&oacute;n mediante la cual percibimos una cosa a trav&eacute;s de la esencia de esa cosa, o bien por el conocimiento de su causa pr&oacute;xima<sup><a href="#39" name="s39">39</a></sup>. Esto es, percibimos una cosa por su esencia cuando por el hecho de conocer algo sabemos lo que es conocer algo; as&iacute; porque conocemos la esencia del alma, sabemos que est&aacute; unida al cuerpo. Del mismo modo sabemos que dos y tres son cinco y que dos l&iacute;neas que son paralelas a una tercera son paralelas entre s&iacute;<sup><a href="#40" name="s40">40</a></sup>.</p>     <p>En la <i>&Eacute;tica, </i>en tanto, Spinoza realiza la misma distinci&oacute;n pero con una ligera variante: agrupa los dos primeros grados del conocimiento en uno solo. El primero -de los dos que conforman uno- es definido por Spinoza como un &quot;conocimiento por experiencia vaga&quot;<sup><a href="#41" name="s41">41</a></sup>, esto es, percepciones que adquirimos de las cosas mediante los sentidos, pero de una manera confusa, mutilada y sin orden respecto del entendimiento. Y para graficar este modo, Spinoza da un ejemplo de suma importancia para nuestra investigaci&oacute;n, pues sostiene que &eacute;ste es el modo en el que el alma se conoce a s&iacute; misma, a su cuerpo y a los objetos exteriores que afectan al cuerpo<sup><a href="#42" name="s42">42</a></sup>.</p>     <p>El segundo modo, que en realidad conforma con el anterior uno solo, est&aacute; dado, por el conocimiento a partir de signos. Esto es, al o&iacute;r o leer ciertas palabras nos acordamos de las cosas y nos formamos ideas de ellas, por medio de las cuales imaginamos esas cosas. En suma, a estos dos modos del conocimiento Spinoza los denomina &quot;opini&oacute;n&quot; o &quot;imaginaci&oacute;n&quot;<sup><a href="#43" name="s43">43</a></sup>.</p>     <p>El siguiente modo est&aacute; constituido por las nociones comunes y las ideas adecuadas de las propiedades de las cosas. A este modo Spinoza lo denomina &quot;raz&oacute;n&quot;. Por &uacute;ltimo, el tercer g&eacute;nero es el de la &quot;ciencia intuitiva&quot;, pues va del concepto de los atributos de Dios hacia el conocimiento de la esencia de las cosas. Brevemente, Spinoza explica esto con el siguiente ejemplo: dados tres n&uacute;meros se intenta obtener un cuarto que sea al tercero lo que el segundo es al primero: tenemos el 1, el 2 y el 3, f&aacute;cilmente nos damos cuenta de que el n&uacute;mero proporcional es el 6, y lo hacemos, afirma Spinoza, viendo la relaci&oacute;n que tiene el primero con el segundo, para concluir sencillamente el cuarto<sup><a href="#44" name="s44">44</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Pues bien, veamos ahora cu&aacute;l es la evaluaci&oacute;n que Spinoza realiza de los modos presentados. Del primero de ellos sostiene que mediante este modo de percepci&oacute;n que utiliza los sentidos no se puede captar la esencia de las cosas, pues la existencia singular de una cosa cualquiera no es conocida sino en la medida en que conocemos la esencia. De all&iacute; que toda certeza adquirida por medio de los sentidos, concluye el fil&oacute;sofo, debe ser excluida en las ciencias<sup><a href="#45" name="s45">45</a></sup>. Del segundo modo -que en la <i>&Eacute;tica </i>conforma uno solo- Spinoza afirma que se trata de un modo de percepci&oacute;n demasiado incierto e inacabado y que mediante &eacute;l s&oacute;lo podemos conocer los accidentes; accidentes que nunca se conocen claramente sin un conocimiento previo de las esencias. Por consiguiente, este modo, al igual que el primero, es desechado<sup><a href="#46" name="s46">46</a></sup>. Del tercer modo del conocimiento, en cambio, Spinoza nos dice que mediante &eacute;l poseemos la idea de una cosa sin riesgo de error. Sin embargo, por s&iacute; mismo no es el medio mediante el cual se alcance la perfecci&oacute;n<sup><a href="#47" name="s47">47</a></sup>. Finalmente, el cuarto y &uacute;ltimo modo de conocimiento (en la <i>&Eacute;tica, </i>el tercero) es aqu&eacute;l que nos permite captar la esencia adecuada de las cosas y sin riesgo de error<sup><a href="#48" name="s48">48</a></sup>.</p>     <p>Ahora bien, nos restar&iacute;an ver algunas cuestiones referentes a la imaginaci&oacute;n, puesto que hab&iacute;amos dicho que la naturaleza de una pasi&oacute;n implica necesariamente la naturaleza del objeto exterior por el cual somos afectados, y que de ese objeto exterior el alma no puede tener un conocimiento adecuado, dado que s&oacute;lo &quot;imagina&quot;. Pues bien, de la imaginaci&oacute;n Spinoza nos dice que es el origen de las ideas figuradas y falsas, pues surgen de algunas sensaciones fortuitas y no de la potencia misma del Alma, sino de causas externas: &quot;entiende aqu&iacute; por imaginaci&oacute;n lo que quieras, con tal que sea lago distinto del entendimiento y por el cual el alma tenga una condici&oacute;n <i>paciente; </i>pues lo mismo da que entiendas cualquier cosa una vez que sabemos que la imaginaci&oacute;n es algo vago y por lo cual el alma padece y sabemos tambi&eacute;n, al mismo tiempo, c&oacute;mo nos liberamos de ella con el auxilio del entendimiento<sup><a href="#49" name="s49">49</a></sup>.</p>     <p>El pensamiento de Spinozas en este punto es claro: el alma imagina cuando adquiere una condici&oacute;n paciente, es decir, imagina no merced a su potencia sino a causa externas. N&oacute;tese en este punto que Spinoza habla de una condici&oacute;n <i>paciente </i>del alma: recordemos que hemos dicho que los afectos se dividen en acciones y pasiones y que estas &uacute;ltimas implican un <i>padecimiento </i>por parte del sujeto, es decir, una actitud pasiva o paciente. Por lo dem&aacute;s, queda clara la relaci&oacute;n entre las pasiones y la imaginaci&oacute;n: la naturaleza de una pasi&oacute;n implica la naturaleza del cuerpo por el cual somos afectados y el alma, en cuanto considera los cuerpos exteriores por obra de las afecciones de su propio cuerpo, imagina, esto es, padece, tiene una actitud pasiva, es afectada por una pasi&oacute;n.</p>     <p>A estas alturas, comenzamos a ver con mayor claridad la verdadera magnitud del problema del conocimiento de las pasiones: si se tratan de ideas inadecuadas y confusas, ¿c&oacute;mo podemos conocerlas? Tal vez, como hemos marcado oportunamente, el indicio m&aacute;s claro del problema, dado que vincula de manera manifiesta a las pasiones con los grados del conocimiento, haya sido aqu&eacute;l que se&ntilde;alaba que mediante el primer modo del conocimiento el alma se conoce a s&iacute; misma, a su cuerpo y a los cuerpos exteriores. Nada hace falta agregar acerca de las limitaciones que presenta dicho modo de conocimiento; con lo cual el problema que planteamos queda a&uacute;n m&aacute;s evidenciado. </p>      <p>Por &uacute;ltimo, no podemos dejar de lado el <i>Tratado Breve </i>-si bien m&aacute;s adelante volveremos sobre esta obra fundamental-, pues aqu&iacute; se tratan tambi&eacute;n las pasiones, si bien, como Dujovne sostiene, m&aacute;s se las describe de lo que se las explica<sup><a href="#50" name="s50">50</a></sup>. Sin embargo resulta interesante traerla a colaci&oacute;n en este punto en virtud de que Spinoza presenta las pasiones en el marco de la relaci&oacute;n que &eacute;stas exhiben con los diferentes grados del conocimiento; y es precisamente en este punto donde nos gustar&iacute;a mencionar ciertas similitudes con lo antes expuesto.</p>     <p>Lo primero que me gustar&iacute;a se&ntilde;alar es que en esta obra Spinoza comienza su an&aacute;lisis de las pasiones a partir de seis pasiones primitivas y no de tres, como vimos que sucede en la <i>&Eacute;tica, </i>aunque la alegr&iacute;a, la tristeza y el deseo forman parte tambi&eacute;n de esas seis pasiones primitivas. Sin embargo, en el <i>Tratado Breve </i>aparecen en primer lugar la admiraci&oacute;n, el amor y el odio, y luego s&iacute; el deseo, la alegr&iacute;a y la tristeza<sup><a href="#51" name="s51">51</a></sup>.</p>     <p>Veamos los distintos grados del conocimiento que Spinoza presenta en esta obra. En primer lugar coloca a la opini&oacute;n: &quot;la llamamos as&iacute; porque est&aacute; sujeta a error y no tiene lugar jam&aacute;s en algo de lo que estemos ciertos, sino m&aacute;s bien cuando se habla de <i>conjeturar o imaginar&quot;<sup><a href="#52" name="s52">52</a></sup>. </i>El segundo modo que aparece es la &quot;fe&quot;, y se refiere a que ciertas cosas que s&oacute;lo captamos por la raz&oacute;n, y que sabemos que deben ser as&iacute; y no de otro modo, no pueden ser vistas, por tanto se captan por convicciones en el entendimiento. Por &uacute;ltimo, el &quot;conocimiento claro&quot; es aquel que no se adquiere mediante convicciones de la raz&oacute;n, &quot;sino mediante un sentimiento y un gozo de la cosa misma, y supera con mucho a los dem&aacute;s&quot;<sup><a href="#53" name="s53">53</a></sup>. Ahora bien, Spinoza sostiene que del primer modo de conocimiento surgen todas las pasiones; del segundo, los buenos deseos; y del tercero, el amor verdadero y sincero<sup><a href="#54" name="s54">54</a></sup>.</p>     <p>De esto simplemente me gustar&iacute;a subrayar el hecho de que, en su descripci&oacute;n de las pasiones, Spinoza parte de la idea de que &eacute;stas tienen su correlato con la opini&oacute;n como modo de conocimiento. Seguidamente, Spinoza explica, por ejemplo, c&oacute;mo la &quot;admiraci&oacute;n&quot; surge de la opini&oacute;n, y lo realiza de la siguiente manera: cuando una persona saca de algunos particulares una &quot;conclusi&oacute;n general&quot;, se queda admirado de ver que algo va en contra de dicha conclusi&oacute;n. Por ejemplo, si alguien, mantiene Spinoza, s&oacute;lo ha visto ovejas con cola corta, se admirar&aacute; de ver que las ovejas de Marruecos tienen la cola larga<sup><a href="#55" name="s55">55</a></sup>.</p>     <p>Con esta brev&iacute;sima presentaci&oacute;n de las pasiones en el <i>Tratado Breve </i>quisimos poner de manifiesto que tanto en esta descripci&oacute;n &eacute;tica que de ellas se hace en esta obra como la explicaci&oacute;n epistemol&oacute;gica y metaf&iacute;sica que intenta hacer de las mismas en la <i>&Eacute;tica, </i>siempre se parte de una base com&uacute;n: la opini&oacute;n, la imaginaci&oacute;n, el conocimiento mutilado y confuso, las ideas inadecuadas, etc. Todo ello hace preguntarnos con mayor fuerza si es posible conocer las pasiones de acuerdo con el sistema spinoziano. El tratamiento detallado y agudo que de las pasiones realiza tanto en la <i>&Eacute;tica </i>como en el <i>Tratado Breve </i>demuestra que Spinoza estaba convencido de que efectivamente su sistema le permit&iacute;a llevar a cabo dicha empresa.</p>     <p>En fin, intentaremos ensayar una soluci&oacute;n a algo que, hasta aqu&iacute;, no parece ofrecerla.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>3.2. <i>Homo cogitat</i></p>     <p>Me gustar&iacute;a regresar a algunas cuestiones referidas a la naturaleza del alma, que fueron tratadas al comienzo de este trabajo, para intentar profundizar en ellas.</p>     <p>Si hacemos memoria, nuestro an&aacute;lisis hab&iacute;a comenzado haciendo referencia a que el alma es la idea del cuerpo, es decir, la idea de un modo finito de la Extensi&oacute;n. M&aacute;s arriba, vimos que para Spinoza el alma humana es una parte del entendimiento infinito de Dios; y que el alma humana perciba no significa sino que Dios, en tanto constituye la esencia del alma, tiene alguna idea. Ahora bien, ¿qu&eacute; querr&aacute; decir Spinoza cuando sostiene que el alma humana es &quot;una parte del entendimiento infinito de Dios&quot;? ¿Querr&aacute; decir que se trata simplemente de un modo del atributo pensamiento? De ser as&iacute;, ¿qu&eacute; clase de modo ser&iacute;a &eacute;ste? Tales preguntas surgen a ra&iacute;z de un comentario muy sugestivo que Vidal Pe&ntilde;a realiza con respecto a un axioma de la Parte II de la <i>&Eacute;tica. </i>All&iacute;, el segundo axioma reza: &quot;El hombre piensa&quot;. En relaci&oacute;n a ello, Vidal Pe&ntilde;a sostiene que resulta sobremanera curioso el hecho de que <i>homo cogitat </i>sea un Axioma y no una proposici&oacute;n; pues al no inferir Spinoza al pensamiento humano de la realidad del Pensamiento en General, estar&iacute;a dando a entender que el pensamiento humano ser&iacute;a una dimensi&oacute;n del pensamiento que merecer&iacute;a una consideraci&oacute;n separada. Ya no estar&iacute;amos hablando de una bipartici&oacute;n en el sistema spinoziano: Extensi&oacute;n/Pensamiento, sino de una tripartici&oacute;n: Extensi&oacute;n/ Pensamiento humano/Pensamiento en Dios <sup><a href="#56" name="s56">56</a></sup>.Y efectivamente a lo largo de la Parte II de la <i>&Eacute;tica </i>(y en las subsiguientes tambi&eacute;n), esa tripartici&oacute;n o dualidad del pensamiento que Vidal Pe&ntilde;a menciona est&aacute; siempre presente.</p>     <p>Si continuamos repasando el an&aacute;lisis del alma que hicimos al comienzo de este trabajo, encontraremos que la dualidad apuntada quedaba de manifiesto cuando nos refer&iacute;amos al hecho de que el alma no conoce al cuerpo humano mismo ni sabe que &eacute;ste existe sino por las ideas de las afecciones de este &uacute;ltimo. Sin &aacute;nimo de reiterar lo expresado en esa ocasi&oacute;n, nos gustar&iacute;a hacer hincapi&eacute; en, por un lado, Dios tiene la idea del cuerpo humano, es decir, conoce al cuerpo humano, pero en cuanto es afectado por otras much&iacute;simas ideas y <i>no en cuanto constituye la naturaleza del alma humana, </i>y es en este sentido, nos dec&iacute;a Spinoza, en que el alma humana no conoce al cuerpo; sin embargo, por otro lado, en cuanto las ideas de las afecciones del cuerpo se dan en Dios, <i>en cuanto constituye la naturaleza del alma humana, </i>&eacute;sta percibe esas afecciones, y as&iacute; conoce al cuerpo humano.</p>     <p>Vale decir, en cuanto Dios constituye la naturaleza del alma humana, &eacute;sta conoce al cuerpo, pero en cuanto Dios no constituye la naturaleza del alma humana, &eacute;sta no conoce al cuerpo. Claramente se da esa dualidad de la que Vidal Pe&ntilde;a hablaba: Pensamiento humano/Pensamiento en Dios. Sin embargo, la cuesti&oacute;n, creemos, es m&aacute;s compleja. El pensamiento humano, como acabamos de ver, posee un cierto componente divino; con lo cual la dualidad del Pensamiento (humano y en Dios) antes mencionada por Vidal Pe&ntilde;a no ser&iacute;a tan terminante: habr&iacute;a algo del pensamiento en Dios en el Pensamiento humano. Y creemos que Spinoza nos da la clave de ello cuando afirma: &quot;el alma humana es una parte del entendimiento infinito de Dios; y, por ende, cuando decimos que el alma humana percibe esto o aquello, no decimos otra cosa sino que Dios (no en cuanto que es infinito sino en cuanto que se explica a trav&eacute;s del alma humana, o sea, en cuanto constituye la esencia del alma humana) tiene esta o aquella idea&quot;<sup><a href="#57" name="s57">57</a></sup>.</p>     <p>Consideramos que con esto Spinoza est&aacute; diciendo algo m&aacute;s que el mero hecho de que el alma sea un modo finito del atributo Pensamiento: estar&iacute;a demostrando una relaci&oacute;n intr&iacute;nseca entre Dios y el alma; relaci&oacute;n que da lugar a determinantes consecuencias epistemol&oacute;gicas. Veamos algunas. Seg&uacute;n Spinoza, decimos que una idea es adecuada y perfecta en virtud de que es una idea adecuada y perfecta en Dios, en cuanto &Eacute;ste constituye la esencia de nuestra alma<sup><a href="#58" name="s58">58</a></sup>.</p>     <p>Asimismo, tambi&eacute;n sostiene que -y prestemos especial atenci&oacute;n a ello- &quot;las ideas inadecuadas y confusas no lo son en cuanto se refieren a Dios (pues las ideas en Dios son siempre verdaderas) sino en cuanto se consideran en relaci&oacute;n con el alma singular de alguien&quot;<sup><a href="#59" name="s59">59</a></sup>. En paralelo, la consecuencia m&aacute;s interesante que extrae Spinoza es que el alma humana tiene un conocimiento adecuado de la eterna e infinita esencia de Dios<sup><a href="#60" name="s60">60</a></sup>, dado que el supremo bien del alma es el conocimiento de Dios y su suprema virtud es conocer a Dios<sup><a href="#61" name="s61">61</a></sup>. Pues bien, si consider&aacute;semos, como habitualmente se hace, que el pensamiento humano es s&oacute;lo un modo finito del atributo infinito Pensamiento, ¿podr&iacute;amos conocer la esencia de Dios? ¿Podr&iacute;a un entendimiento finito conocer la esencia eterna e infinita de Dios? Si la respuesta de Spinoza es afirmativa -como de hecho lo es- se debe a que ese pensamiento humano, ese alma humana, ese modo finito del atributo Pensamiento, tiene alg&uacute;n componente divino.</p>     <p>&#9632;<i> Intellectus infinitus actu</i></p>     <p>No quisiera continuar este an&aacute;lisis sin antes repasar la jerarqu&iacute;a de los modos que ofrece Spinoza en la <i>Ep&iacute;stola </i>LXIV a Schulle, pues hay algunas cuestiones me interesa puntualizar, dado que pueden arrojar luz sobre el tema.</p>     <p>Spinoza distingue dos sistemas de modos, de acuerdo a los atributos Pensamiento y Extensi&oacute;n, clasific&aacute;ndolos en modos finitos e infinitos. La clasificaci&oacute;n quedar&iacute;a de la siguiente manera: Extensi&oacute;n: Modo infinito inmediato: el movimiento y el reposo; Modo infinito mediato:</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>la Faz de todo el universo <i>(Facies totius universi); </i>Modos finitos: los cuerpos. Pensamiento: Modo infinito inmediato: el entendimiento absolutamente infinito <i>(Intellectus absolute infintus); </i>Modo infinito mediato: Spinoza no dice nada al respecto; Modos finitos: las ideas particulares.</p>     <p>El espacio vacante dejado en el Modo infinito mediato ha dado lugar a lo largo del tiempo a una gran cantidad de especulaciones. Me inclino a seguir, nuevamente, el pensamiento de Vidal Pe&ntilde;a, quien pone especial &eacute;nfasis en el enigm&aacute;tico enunciado de la Proposici&oacute;n XXXI de la Parte II de la <i>&Eacute;tica. </i>All&iacute; podemos leer: &quot;El entendimiento en acto, sea finito o infinito, as&iacute; como la voluntad, el deseo, el amor, etc., deben ser referidos a la Naturaleza naturada, y no a la naturante&quot;. El interrogante que plantea este enunciado es el de saber a qu&eacute; se refiere Spinoza con <i>intellectus infinitus actu, </i>pues el <i>intellectus finitus actu </i>claramente hace alusi&oacute;n al pensamiento humano. Vidal Pe&ntilde;a, siguiendo la l&iacute;nea de investigaci&oacute;n de Rivaud <i>(Historie de la Philosophie, </i>Par&iacute;s, 1950), sostiene que el <i>intellectus infinitus actu </i>ser&iacute;a la noci&oacute;n que ocupar&iacute;a el lugar vacante dejado en el Modo infinito mediato. Su explicaci&oacute;n se basa en el hecho de que Spinoza sostiene que &quot;pertenece a la Naturaleza naturata&quot; (es decir, es un modo) y que es <i>infinitus </i>(es decir, es un modo infinito). Naturalmente, no se trata del <i>intellectus absolute infinitus; </i>por tanto, parecer&iacute;a l&oacute;gico pensar que se trata de otro modo infinito: el mediato.</p>     <p>Esto es, seg&uacute;n Vidal Pe&ntilde;a, el <i>intellectus infinitus actu </i>ser&iacute;a la totalidad <i>actual </i>del Pensamiento, ocupando el mismo lugar que la <i>Facies totius universi </i>ocupa en el sistema de la Extensi&oacute;n. Ahora bien, al ser <i>actu </i>no pude ser m&aacute;s que humano; de donde Vidal Pe&ntilde;a concluye que el <i>intellectus infinitus actu </i>ocupar&iacute;a un interesante papel en el sistema de los modos del pensamiento, aunque lamentablemente no fue desarrollado por Spinoza. Sin embargo, para Vidal Pe&ntilde;a, se podr&iacute;a rastrear una noci&oacute;n de similares caracter&iacute;sticas en los textos pol&iacute;ticos del fil&oacute;sofo. Brevemente: el pensamiento humano no consta s&oacute;lo de ideas adecuadas (esto es, ideas que &quot;sintonizan&quot; con el <i>intellectus absolute infinitus), </i>sino tambi&eacute;n de ideas inadecuadas y de toda clase de afectos, que son tambi&eacute;n <i>modi</i></p>     <p><i>cogitandi. </i>El <i>intellectus infinitus actu </i>ser&iacute;a la totalizaci&oacute;n actual de esos modos de Pensamiento humano: modo <i>mediato, </i>porque est&aacute; mediado por el inmediato, ya que lo pasional y lo confuso tienen tambi&eacute;n una explicaci&oacute;n &uacute;ltima racional a la que el hombre puede llegar (la <i>&Eacute;tica, </i>a juicio de Vidal Pe&ntilde;a, ser&iacute;a una prueba de ello). A todo esto, el problema que se plantea es el de qu&eacute; concepto traduce el <i>intellectus infinitus actu.</i></p>     <p>Vidal Pe&ntilde;a descarta que sea el g&eacute;nero humano en virtud de que para &eacute;l -y la parte II de la <i>&Eacute;tica </i>as&iacute; lo atestiguar&iacute;a- Spinoza sostiene que la realidad es siempre individual. Es por ello que este autor se inclina a pensar que en realidad el <i>intellectus infinitus actu </i>traducir&iacute;a la idea de <i>Civitas: </i>el Estado, bas&aacute;ndose en el concepto de <i>veluti una mens </i>constantemente utilizado por Spinoza en el <i>Tratado Pol&iacute;tico </i>(II, XVI; II, XXI; III, II; II, VII; IV ab in; VI, I)<sup><a href="#62" name="s62">62</a></sup>. Ahora bien, r&aacute;pidamente uno se sentir&iacute;a tentando de preguntarle a Vidal Pe&ntilde;a si la noci&oacute;n de Estado respeta en efecto la idea de realidad individual que Spinoza proclama. En fin, el tema es complejo. Sin embargo, no podemos pasarlo por alto, pues resulta de vital importancia para este trabajo.</p>     <p>Mi posici&oacute;n al respecto se desprende de lo que venimos diciendo: consideramos que el alma humana ocupar&iacute;a el lugar vacante dejado por el modo infinito mediato. Me baso en que el <i>intellectus infinitus actu </i>dar&iacute;a cuenta de esa dualidad del Pensamiento de la que hablamos, apoyada en la relaci&oacute;n intr&iacute;nseca que el alma tiene con Dios. Es <i>intellectus infinitus, </i>en cuanto Dios constituye la naturaleza del alma humana, y &eacute;sta tiene ideas verdaderas y adecuadas; es <i>actu, </i>en cuanto que es un intelecto humano, un alma humana en la medida en que posee ideas inadecuadas y falsas, que no se refieren a Dios, pues las ideas en Dios son siempre verdaderas. Los modos finitos del Pensamiento ser&iacute;an las ideas particulares, tanto las verdaderas como las falsas, as&iacute; como los afectos.</p>     <p>No de otro modo entendemos aquello de que &quot;nuestra alma, en cuanto que conoce, es un modo eterno del pensar, que est&aacute; determinado por otro modo eterno del pensar, y &eacute;ste a su vez por otro, y as&iacute; hasta el infinito; de tal manera que todos ellos juntos constituyen el entendimiento infinito y eterno de Dios&quot;<sup><a href="#63" name="s63">63</a></sup>. Esperamos con ello haber dado, asimismo, una respuesta a la pregunta con que finalizamos el apartado anterior: c&oacute;mo es posible que el entendimiento humano pueda conocer la esencia eterna e infinita de Dios. La respuesta estar&iacute;a en la dualidad o doble dimensi&oacute;n del alma.</p>     <p>&#9632;<i> La doble dimensi&oacute;n del alma</i></p>     <p>M&aacute;s arriba, con ocasi&oacute;n de la presentaci&oacute;n de las pasiones y sus correspondientes grados del conocimiento, hicimos referencia al <i>Tratado Breve </i>indicando que volver&iacute;amos a esta obra m&aacute;s adelante. As&iacute; pues, esta vez retornaremos a ella, pero en este caso para dar algunas precisiones en favor de la teor&iacute;a de la dualidad o doble dimensi&oacute;n del alma.</p>     <p>En la segunda parte de la obra reci&eacute;n mencionada, Spinoza realiza una descripci&oacute;n de las pasiones teniendo en cuenta las diferencias ya apuntadas con respecto a la <i>&Eacute;tica. </i>Luego se interna en la busca de la felicidad, y para ello, realiza una indagaci&oacute;n de los modos del conocimiento -ya apuntados tambi&eacute;n-, para concluir que s&oacute;lo mediante el cuarto modo del conocimiento podemos alcanzar la felicidad: Dios; lo que representa para Spinoza un &quot;renacimiento&quot;. Y para dar cuenta de ese conocimiento que podemos adquirir de Dios, el fil&oacute;sofo apunta nuevamente a la doble dimensi&oacute;n del alma: &quot;el alma puede unirse o bien al cuerpo, cuya idea es ella, o bien con Dios, sin el cual no puede existir ni ser entendida&quot;<sup><a href="#64" name="s64">64</a></sup>.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La clave de esta doble dimensi&oacute;n del alma est&aacute; en su car&aacute;cter inmortal o eterno: &quot;&#91;...&#93; en cuanto que el alma s&oacute;lo est&aacute; unida con el cuerpo y el cuerpo llega a perecer, tambi&eacute;n ella debe perecer, ya que, al faltar el cuerpo, que es el fundamento de su amor, ella debe perecer con &eacute;l &#91;...jen cambio, en cuanto que ella est&aacute; unida con una cosa que es y permanece inmutable, tambi&eacute;n ella, por el contrario, permanece inmutable&quot;<sup><a href="#65" name="s65">65</a></sup>.</p>     <p>La inmortalidad del alma la demuestra Spinoza argumentando de la siguiente manera: lo que no tiene raz&oacute;n de su existencia, no la tiene tampoco de su no-existencia. Lo &uacute;nico que podr&iacute;a destruir el alma, en cuanto unida a Dios, ser&iacute;a la causa de su esencia, es decir, Dios; lo que ser&iacute;a absurdo, ya que un cambio en las esencias supondr&iacute;a un cambio en el mismo Dios<sup><a href="#66" name="s66">66</a></sup>. Pues bien, estos pasajes del <i>Tratado Breve </i>tienen eco en algunos otros de la <i>&Eacute;tica. </i>Por ejemplo, en esta &uacute;ltima obra podemos leer: &quot;El alma humana no puede destruirse absolutamente con el cuerpo, sino que de ella queda algo que es eterno&quot;<sup><a href="#67" name="s67">67</a></sup>.</p>     <p>Ahora bien, la pregunta ser&iacute;a ¿qu&eacute; es ese &quot;algo que es eterno&quot; y que permanece una vez destruido el cuerpo? Tal como Vidal Pe&ntilde;a lo explica, &quot;ese algo que es eterno&quot; no debe confundirse con una &quot;inmortalidad personal&quot;, cuesti&oacute;n que tanto desesperaba a Unamuno, sino que &quot;eso que se concibe con una cierta necesidad eterna por medio de la esencia misma de Dios&quot;<sup><a href="#68" name="s68">68</a></sup> es la idea del cuerpo <i>sub species aeternatis. </i>Esto es, una vez muerto el cuerpo, sigue siendo una verdad eterna el hecho de que era como fue y actu&oacute; debido a tales y cuales causas<sup><a href="#69" name="s69">69</a></sup>.</p>     <p>Ahora bien, luego de haber presentado algunos argumentos en favor de esta idea de la doble dimensi&oacute;n del alma, uno se pregunta qu&eacute; expresa exactamente esta doble naturaleza. La respuesta que Atilano Dom&iacute;nguez ofrece a esta interrogante es la siguiente: de acuerdo a su investigaci&oacute;n, tanto en ciertos pasajes del <i>Tratado Breve </i>(II, pref., &sect; 5*, 6 y 9; 20, &sect; 5*; Ap&eacute;ndice 2&deg;, &sect; 9) como en otros de la <i>&Eacute;tica </i>(II, 10-13), Spinoza estar&iacute;a dando a entender que distingue, por</p>     <p>un lado, entre la &quot;esencia&quot; del alma como modo de Dios y parte del entendimiento infinito y, por el otro, el ser (esse) del alma consistente en una idea del cuerpo existente. De all&iacute; que para Atilano Dom&iacute;nguez hablar de la &quot;inmortalidad&quot; del alma, como algo espec&iacute;fico del alma humana, no podr&iacute;a quedar justificado por el mero hecho de decir que es un modo de Dios, en virtud de que esto es com&uacute;n a todas las cosas; ni tampoco porque pase de ser idea del cuerpo a ser idea de Dios, pues, para Dom&iacute;nguez, en ese caso, no podr&iacute;a hablarse de un alma humana; sino que el alma, como idea del cuerpo, llega a tomar conciencia de que ella y el cuerpo son modos de Dios, y esa conciencia transformar&iacute;a su ser, haci&eacute;ndola inmune a las pasiones sensible y, por tanto, inmortal y eterna<sup><a href="#70" name="s70">70</a></sup>.</p>     <p>Como vemos, el tema es tan complejo como interesante. Profundizar en &eacute;l equivaldr&iacute;a a exceder los l&iacute;mites de nuestro trabajo, ya que las ramificaciones ser&iacute;an innumerables. Por ello tan s&oacute;lo hemos querido presentar la explicaci&oacute;n (plausible, a nuestro criterio) de Atilano Dom&iacute;nguez, sin el fin de abordarla en la profundidad que &eacute;sta merecer&iacute;a, pues la teor&iacute;a de la doble dimensi&oacute;n del alma (que nos fue sugerida tambi&eacute;n por este autor) intentamos justificarla recurriendo a los textos spinozianos. La breve presentaci&oacute;n de la explicaci&oacute;n de Dom&iacute;nguez la hicimos con el fin de ilustrar sobre el tema y con ello, tal vez, aclararlo.</p>     <p>3.3. La vuelta al problema</p>     <p>La compleja relaci&oacute;n que se entabla entre el cuerpo, el alma y Dios, nos ha llevado, como vimos, a la noci&oacute;n de la doble dimensi&oacute;n del alma. Nos restar&iacute;a explicar ahora c&oacute;mo se inserta dicha noci&oacute;n en el problema del conocimiento de las pasiones.</p>     <p>Cuando realizamos una aproximaci&oacute;n a la cuesti&oacute;n que venimos desarrollando, el eje giraba en torno de si las pasiones son afecciones del cuerpo y el alma tiene de este &uacute;ltimo un conocimiento mutilado y confuso, c&oacute;mo es posible, entonces, conocer las pasiones. El problema radicaba, recordemos, en que la naturaleza de una pasi&oacute;n implica necesariamente la naturaleza del objeto por el cual somos afectados; y al mismo tiempo, para Spinoza, la idea de una afecci&oacute;n cualquiera del cuerpo humano no implica el conocimiento adecuado del cuerpo exterior por el cual somos afectados. A todo esto, la parte V y &uacute;ltima de la <i>&Eacute;tica </i>expone la manera en que para Spinoza un hombre pude liberarse de las pasiones y lograr con ello la libertad.</p>     <p>El enunciado de una de las primeras proposiciones plantea que no hay afecci&oacute;n del cuerpo de la que no podamos formarnos un concepto claro y distinto<sup><a href="#71" name="s71">71</a></sup>, y ello merced a que &quot;el alma puede conseguir que todas las afecciones del cuerpo, o sea todas las im&aacute;genes de las cosas, se remitan a la idea de Dios&quot;<sup><a href="#72" name="s72">72</a></sup>. La cuesti&oacute;n, entonces, comienza a dilucidarse: en la medida en que el alma puede hacer que todas las afecciones del cuerpo se remitan a la idea de Dios, podemos, pues, tener un conocimiento claro y distinto de ellas. Por tanto, podemos alcanzar un conocimiento claro y distinto de las pasiones. Y en este punto crucial entra en juego la doble dimensi&oacute;n del alma: en virtud de la intr&iacute;nseca relaci&oacute;n que mantiene con Dios, del cual recibe, seg&uacute;n Atilano Dom&iacute;nguez, su esencia -al ser modo de Dios y parte del entendimiento infinito-, el alma puede conocer las pasiones; en tanto y en cuanto s&oacute;lo es idea del cuerpo, y recibe de &eacute;ste el ser, tiene de las pasiones un conocimiento mutilado y confuso.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>La <i>&Eacute;tica </i>culmina haciendo hincapi&eacute; en el car&aacute;cter eterno del alma, que le proporciona su intr&iacute;nseca relaci&oacute;n con Dios, expresada en la doble dimensi&oacute;n de su naturaleza: &quot;Nada de lo que el alma entiende desde la perspectiva de la eternidad, lo entiende en virtud de que concibe la presente y actual existencia del cuerpo, sino en virtud de que concibe la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad&quot;<sup><a href="#73" name="s73">73</a></sup>.</p>     <p>Ello trae aparejado algunas consecuencias epistemol&oacute;gicas, pues luego de sostener que el alma, en cuanto se conoce a s&iacute; misma y a su cuerpo desde la perspectiva de la eternidad, posee necesariamente el conocimiento de Dios<sup><a href="#74" name="s74">74</a></sup>, Spinoza mantiene: &quot;El tercer g&eacute;nero del conocimiento depende del alma como de su causa formal, en cuanto que el alma misma es eterna&quot;<sup><a href="#75" name="s75">75</a></sup>.</p>     <p>Si hacemos memoria, recordaremos que cuando presentamos los g&eacute;neros del conocimiento dijimos que el tercero de ellos correspond&iacute;a al de la &quot;ciencia intuitiva&quot;, vale decir, aquel g&eacute;nero de conocimiento que va del concepto de los atributos de Dios al conocimiento de las esencias de las cosas. En consecuencia, Spinoza nos est&aacute; diciendo que el alma, en virtud de su doble dimensi&oacute;n que la hace eterna, puede remitir todas las afecciones de su cuerpo (entre ellas, claro est&aacute;, las pasiones) a la idea de Dios, logrando con ello el conocimiento tanto de su cuerpo como de s&iacute; misma; y esto merced a ese car&aacute;cter eterno que la convierte, asimismo, en la causa formal del tercer g&eacute;nero de conocimiento; tercer g&eacute;nero mediante el cual podr&aacute; conocer, entre otras cosas, las afecciones de su cuerpo, es decir, las pasiones. Por tanto, consecuencias metaf&iacute;sicas, epistemol&oacute;gicas y antropol&oacute;gicas convergen en la doble dimensi&oacute;n que la naturaleza del alma posee: &quot;Cuantas m&aacute;s cosas conoce el alma conforme al segundo y tercer g&eacute;nero de conocimiento, tanto menos padece por causa de los afectos que son malos, y tanto menos teme a la muerte&quot;<sup><a href="#76" name="s76">76</a></sup>.</p>     <p>Poco nos resta decir, tan s&oacute;lo que la <i>&Eacute;tica </i>se cierra con la idea de que cuando conocemos mediante el tercer g&eacute;nero sentimos un gran deleite que va acompa&ntilde;ado por la idea de Dios<sup><a href="#77" name="s77">77</a></sup>, lo que provoca un amor intelectual hacia &Eacute;l<sup><a href="#78" name="s78">78</a></sup>: El amor intelectual del alma hacia Dios es el mismo amor con que Dios se ama a si mismo, no en cuanto que Dios es infinito, sino en la media en que puede explicarse a trav&eacute;s de la esencia del alma humana, considerada desde la perspectiva de la eternidad, es decir, el amor intelectual del alma hacia Dios es una parte del amor infinito con que Dios se ama a s&iacute; mismo&quot;<sup><a href="#79" name="s79">79</a></sup>.</p>     <p>Ese amor intelectual a Dios es eterno, pues Dios nunca cambia. Cuando el alma de un hombre, concluye Spinoza, logra llenarse en su mayor parte de ese amor, alcanza la salvaci&oacute;n<sup><a href="#80" name="s80">80</a></sup>, pues comprende que todas las cosas suceden por la necesidad de Dios; y de este modo logra liberar su alma de las conmociones del &aacute;nimo, es decir, de las pasiones<sup><a href="#81" name="s81">81</a></sup>.</p>     <p><b>4. CONCLUSI&Oacute;N</b></p>     <p>Al abordar el tema de la pasiones, de acuerdo al tratamiento que de ellas hace Spinoza, uno encuentra, como hemos visto, una serie de dificultades que llega hasta la raigambre misma del sistema metaf&iacute;sico del fil&oacute;sofo holand&eacute;s. As&iacute; pues, exceder&iacute;a los l&iacute;mites de este trabajo tratar la cuesti&oacute;n en toda su complejidad. En virtud de ello, nuestra meta ha sido modesta: esbozar de manera general el problema y proponer una l&iacute;nea de investigaci&oacute;n, plausible a nuestro criterio, en pos de una soluci&oacute;n. M&aacute;s aun si tenemos en cuenta que la mayor parte de la literatura acerca de las pasiones trata el tema desde un punto de vista antropol&oacute;gico, &eacute;tico o pol&iacute;tico, pero rara vez lo hace desde un costado metaf&iacute;sico. Sin embargo, indagar en la doble dimensi&oacute;n del alma, como posible respuesta al problema del conocimiento de las pasiones, no s&oacute;lo tiene implicancias a nivel metaf&iacute;sico, tambi&eacute;n las tiene a nivel antropol&oacute;gico, &eacute;tico y pol&iacute;tico.</p> <hr>     <p><sup><a href="#s1" name="1">1</a></sup> Las siglas que utilizaremos para las citas de las obras de Spinoza son las usuales:    <br>   <i>E=Ethica; Ep=Epistolae; </i>IE=T. <i>de Intellectus Emendatione; </i>KV=Korte <i>Verhandeling</i>    <br>   <i>(Tratado Breve); TP=Tratado Pol&iacute;tico.</i></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s2" name="2">2</a> </sup>Cfr. E, II, Proposici&oacute;n VII, Escolio.</p>     <p><sup><a href="#s3" name="3">3</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XI.</p>     <p><sup><a href="#s4" name="4">4</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Axioma I.</p>     <p><sup><a href="#s5" name="5">5</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d., II, Proposici&oacute;n XII, Demostraci&oacute;n.</p>     <p><sup><a href="#s6" name="6">6</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XI, Corolario.</p>     <p><sup><a href="#s7" name="7">7</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Postulado III.</p>     <p><sup><a href="#s8" name="8">8</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Postulado VI.</p>     <p><sup><a href="#s9" name="9">9</a></sup>&nbsp;Cfr. Hemos resumido y comentado E, II, Proposiciones XII, XIV, XV, XVI, XXXIX.</p>     <p><sup><a href="#s10" name="10">10</a></sup>&nbsp;Cfr. Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XIX, Demostraci&oacute;n.</p>     <p><sup><a href="#s11" name="11">11</a></sup>&nbsp;Cfr. Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XXIII, Demostraci&oacute;n.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s12" name="12">12</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XXV.</p>     <p><sup><a href="#s13" name="13">13</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XXIX, Corolario.</p>     <p><sup><a href="#s14" name="14">14</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XLVII.</p>     <p><sup><a href="#s15" name="15">15</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XLV, Demostraci&oacute;n.</p>     <p><sup><a href="#s16" name="16">16</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; III, Proposici&oacute;n VI.</p>     <p><sup><a href="#s17" name="17">17</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; III, Proposici&oacute;n IX, Escolio.</p>     <p><sup><a href="#s18" name="18">18</a> </sup>Cfr. <i>Ib&iacute;d.; </i>III; Definici&oacute;n III.</p>     <p><sup><a href="#s19" name="19">19</a> </sup>Cfr. ib&iacute;d.; III, Definici&oacute;n III.</p>     <p><sup><a href="#s20" name="20">20</a> </sup>Cfr. ib&iacute;d.; III, Definici&oacute;n I.</p>     <p><sup><a href="#s21" name="21">21</a> </sup>Cfr. ib&iacute;d.; III, Proposiciones I y III.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s22" name="22">22</a> </sup>Cfr. ib&iacute;d.; III, Proposici&oacute;n LVI, Demostraci&oacute;n.</p>     <p><sup><a href="#s23" name="23">23</a> </sup>Cfr. <i>Ibid.; </i>II, Proposici&oacute;n XXV. </p>     <p><sup><a href="#s24" name="24">24</a> </sup>Cfr. Ibid.; II, Proposici&oacute;n XXVI.</p>     <p><sup><a href="#s25" name="25">25</a> </sup>Cfr. Hampshire, Stuart (1982): <i>Spinoza. </i>Madrid, Alianza, c&aacute;p. 4, p. 91.</p>     <p><sup><a href="#s26" name="26">26</a> </sup>Cfr. E, III, Proposici&oacute;n XI. </p>     <p><sup><a href="#s27" name="27">27</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; III, Proposici&oacute;n IX, Escolio. </p>     <p><sup><a href="#s28" name="28">28</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; III, Definici&oacute;n I de los afectos. </p>     <p><sup><a href="#s29" name="29">29</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; IV, Proposiciones III y LXI.</p>     <p><sup><a href="#s30" name="30">30</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; III, Definici&oacute;n de los afectos. </p>     <p><sup><a href="#s31" name="31">31</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; III, Definici&oacute;n de los afectos.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s32" name="32">32</a> </sup>Cfr. <i>IE. </i>&sect; 13, 18. </p>     <p><sup><a href="#s33" name="33">33</a> </sup>Cfr. <i>Ibid. &sect; </i>19. </p>     <p><sup><a href="#s34" name="34">34</a> </sup>Cfr. <i>Ibid. &sect; </i>20. </p>     <p><sup><a href="#s35" name="35">35</a> </sup>Cfr. <i>Ibid. &sect; </i>19. </p>     <p><sup><a href="#s36" name="36">36</a> </sup>Cfr. <i>Ibid. &sect; </i>20. </p>     <p><sup><a href="#s37" name="37">37</a> </sup>Cfr. <i>Ibid. &sect; </i>19.</p>     <p><sup><a href="#s38" name="38">38</a></sup>&nbsp;Cfr. <i>Ib&iacute;d. </i>&sect; 21.</p>     <p><sup><a href="#s39" name="39">39</a></sup>&nbsp;Cfr. <i>Ib&iacute;d. &sect; </i>19.</p>     <p><sup><a href="#s40" name="40">40</a></sup>&nbsp;Cfr. <i>Ib&iacute;d. &sect; </i>22.</p>     <p><sup><a href="#s41" name="41">41</a></sup>&nbsp;Cfr. E, II, Proposici&oacute;n XL, Escolio.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s42" name="42">42</a></sup>&nbsp;Cfr. Ib&iacute;d., II, Proposici&oacute;n XXIX, Corolario y Escolio.</p>     <p><sup><a href="#s43" name="43">43</a></sup>&nbsp;Cfr. Ib&iacute;d., II, Proposici&oacute;n XL, Escolio II.</p>     <p><sup><a href="#s44" name="44">44</a> </sup>Cfr. <i>Ibid., </i>II, Proposici&oacute;n XL, Escolio II. </p>     <p><sup><a href="#s45" name="45">45</a> </sup>Cfr. <i>IE, </i>&sect; 26.</p>     <p><sup><a href="#s46" name="46">46</a> </sup>Cfr. Ibid., &sect; 27. </p>     <p><sup><a href="#s47" name="47">47</a> </sup>Cfr. Ibid., &sect; 28 </p>     <p><sup><a href="#s48" name="48">48</a> </sup>Cfr. Ibid., &sect; 29.</p>     <p><sup><a href="#s49" name="49">49</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d., &sect; 84. La bastardilla es nuestra.</p>     <p><sup><a href="#s50" name="50">50</a></sup>&nbsp;Cfr. DujOVNE, Le&oacute;n (1943): <i>Spinoza </i>III, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires. c&aacute;p. VI, p. 181.</p>     <p><sup><a href="#s51" name="51">51</a></sup>&nbsp;Cfr. <i>KV, </i>II.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s52" name="52">52</a></sup>&nbsp;Cfr. Ib&iacute;d., II, 2, &sect; 2. La bastardilla es nuestra.</p>     <p><sup><a href="#s53" name="53">53</a> </sup>Cfr. <i>Ib&iacute;d., </i>II, 2, &sect; 2. </p>     <p><sup><a href="#s54" name="54">54</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d., II, 2, &sect; 3. </p>     <p><sup><a href="#s55" name="55">55</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d., II, 3, &sect; 2.</p>     <p><sup><a href="#s56" name="56">56</a></sup> Cfr. Vidal Pe&ntilde;a (traductor) (1999) <i>&Eacute;tica demostrada seg&uacute;n el orden geom&eacute;trico </i>de Spinoza. Madrid, Alianza, p. 111, n. 3.</p>     <p><sup><a href="#s57" name="57">57</a></sup> Cfr. E, II, Proposici&oacute;n XI, Corolario. &quot;300&#93;</p>     <p><sup><a href="#s58" name="58">58</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XXXIV. </p>     <p><sup><a href="#s59" name="59">59</a> </sup>Cfr; Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XXVI.</p>     <p><sup><a href="#s60" name="60">60</a> </sup>Cfr; Ib&iacute;d.; II, Proposici&oacute;n XLVII; IV, Proposici&oacute;n XXXVI, Escolio. </p>     <p><sup><a href="#s61" name="61">61</a> </sup>Cfr; Ib&iacute;d.; IV, Proposici&oacute;n XXVIII.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s62" name="62">62</a> </sup>Cfr; Vidal Pe&ntilde;a (traductor) (1999). p. 85, n. 18.</p>     <p><sup><a href="#s63" name="63">63</a> </sup>Cfr, E, V, Proposici&oacute;n XL, Escolio. </p>     <p><sup><a href="#s64" name="64">64</a> </sup>Cfr. <i>KV, </i>II, XXIII, &sect; 1.</p>     <p><sup><a href="#s65" name="65">65</a> </sup>Cfr; Ib&iacute;d.; II, XXIII, &sect; 2.</p>     <p><sup><a href="#s66" name="66">66</a> </sup>Cfr. Ib&iacute;d.; II, XXIII, &sect; 2.</p>     <p><sup><a href="#s67" name="67">67</a> </sup>Cfr. E, V, Proposici&oacute;n XXIII.</p>     <p><sup><a href="#s68" name="68">68</a> </sup>Cfr; Ib&iacute;d.; V, Proposici&oacute;n XXIII, Demostraci&oacute;n.</p>     <p><sup><a href="#s69" name="69">69</a> </sup>Cfr. Vidal Pe&ntilde;a (traductor) (1999). p. 408, nn. 8 y 9.</p>     <p><sup><a href="#s70" name="70">70</a></sup> Cfr. Atilano Dom&iacute;nguez (traductor) (1990), <i>Tratado Breve </i>de Spinoza, Madrid, Alianza, p. 255, n. 222.</p>     <p><sup><a href="#s71" name="71">71</a> </sup>Cfr; E, V, Proposici&oacute;n IV. </p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><sup><a href="#s72" name="72">72</a> </sup>Cfr; <i>Ibid.; </i>V, Proposici&oacute;n XIV. </p>     <p><sup><a href="#s73" name="73">73</a> </sup>Cfr, ibid.; V, Proposici&oacute;n XXIX.</p>     <p><sup><a href="#s74" name="74">74</a> </sup>Cfr. <i>Ibid.; </i>V, Proposici&oacute;n XXX. </p>     <p><sup><a href="#s75" name="75">75</a> </sup>Cfr; Ibid.; V, Proposici&oacute;n XXXI. </p>     <p><sup><a href="#s76" name="76">76</a> </sup>Cfr; Ibid.; V, Proposici&oacute;n XXXVIII.</p>     <p><sup><a href="#s77" name="77">77</a> </sup>Cfr; <i>Ibid.; </i>V, Proposici&oacute;n XXXII. </p>     <p><sup><a href="#s78" name="78">78</a> </sup>Cfr; <i>Ibid.; </i>V, Proposici&oacute;n XXXIII.</p>     <p><sup><a href="#s79" name="79">79</a> </sup>Cfr; Ib&iacute;d.; V, Proposici&oacute;n XXXVI.</p>     <p><sup><a href="#s80" name="80">80</a></sup>Cfr; <i>KV, </i>II, 22 y 24.</p>     <p><sup><a href="#s81" name="81">81</a> </sup>Cfr; E, V, Proposiciones VI y XLII.</p> <hr>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>REFERENCIAS</b></p>     <p><b>Obras de Spinoza</b></p>     <!-- ref --><p><i>&Eacute;tica demostrada seg&uacute;n el orden geom&eacute;trico. </i>Introducci&oacute;n, traducci&oacute;n y notas de Vidal Pe&ntilde;a. Madrid: Alianza, 1999. (E) &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000185&pid=S1692-8857200800020001200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><i>Epistolario. </i>Introducci&oacute;n de Carl Gebhardt. Traducci&oacute;n del lat&iacute;n y pr&oacute;logo de Oscar Cohan. Buenos Aires: Sociedad Hebraica Argentina, 1950. (Ep) &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000186&pid=S1692-8857200800020001200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><i>Tratado Breve. </i>Traducci&oacute;n, pr&oacute;logo y notas de Atilano Dom&iacute;nguez. Madrid: Alianza, 1999. (KV) &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000187&pid=S1692-8857200800020001200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><i>Tratado de la reforma del entendimiento. </i>Estudio preliminar, traducci&oacute;n y notas de Lelio Fern&aacute;ndez y Jean Paul Margot. Madrid: Tecnos 1989. (IE) &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000188&pid=S1692-8857200800020001200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><i>Tratado Pol&iacute;tico. </i>Traducci&oacute;n, introducci&oacute;n, &iacute;ndice anal&iacute;tico y notas de Atilano Dom&iacute;nguez. Madrid: Alianza, 1986. (TP)&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000189&pid=S1692-8857200800020001200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p><b>Bibliograf&iacute;a secundaria</b></p>     <!-- ref --><p>Alendesalazar Olaso, Mercedes (1988) Spinoza. <i>Filosof&iacute;a, pasiones</i> <i>y pol&iacute;tica. </i>Madrid: Alianza. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000191&pid=S1692-8857200800020001200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Bodei, Remo (1995) <i>Geometr&iacute;a de las pasiones. Miedo, Esperanza,</i> <i>Felicidad: Filosof&iacute;a y uso pol&iacute;tico. </i>Traducci&oacute;n de Isidro Rosas. M&eacute;xico: Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000192&pid=S1692-8857200800020001200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Cassirer, E. (1953) <i>&Eacute;l problema del conocimiento </i>II. M&eacute;xico, Fondo de Cultura Econ&oacute;mica. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000193&pid=S1692-8857200800020001200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Cohen, Diana (2003). <i>&Eacute;l suicidio: deseo imposible o la paradoja de</i> <i>la muerte voluntaria en Baruj Spinoza. </i>Buenos Aires: Ediciones del Signo.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000194&pid=S1692-8857200800020001200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Dujvne, Le&oacute;n (1976) <i>Spinoza </i>III. Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000195&pid=S1692-8857200800020001200010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gebhardt, Carl (1977) <i>Spinoza. </i>Traducci&oacute;n de Oscar Cohan. Buenos Aires: Losada.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000196&pid=S1692-8857200800020001200011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gleicer, Marcos Andr&eacute; &quot;Spinoza y la idea de cuadro cartesiana&quot;, Revista Latinoamericana de Filosof&iacute;a. Vol. XXIV N&deg;1 1988. pp. 41-54.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000197&pid=S1692-8857200800020001200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Hampshire, Stuart (1982) <i>Spinoza. </i>Versi&oacute;n espa&ntilde;ola de Vidal Pe&ntilde;a. Madrid: Alianza.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000198&pid=S1692-8857200800020001200013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Joachim, Harold (1940) H. <i>Spinoza's Tractatus de Intellectus Emendatione. </i>Oxford: Clarendon Press.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=000199&pid=S1692-8857200800020001200014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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