<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>1900-5407</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Antipoda. Revista de Antropología y Arqueología]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Antipod. Rev. Antropol. Arqueol.]]></abbrev-journal-title>
<issn>1900-5407</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de los Andes]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S1900-54072010000200015</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[CHIMILA: LOS INDIOS DE LA SELVA VIRGEN]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[CHIMILA: INDIANS OF THE VIRGIN FOREST]]></article-title>
<article-title xml:lang="pt"><![CDATA[CHIMILA: ÍNDIOS DA SELVA VIRGEM]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Bolinder]]></surname>
<given-names><![CDATA[Gustaf]]></given-names>
</name>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A">
<institution><![CDATA[,  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>07</month>
<year>2010</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>07</month>
<year>2010</year>
</pub-date>
<numero>11</numero>
<fpage>339</fpage>
<lpage>344</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S1900-54072010000200015&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S1900-54072010000200015&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S1900-54072010000200015&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[  <font face="verdana" size="2">      <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>CHIMILA: LOS INDIOS DE LA SELVA VIRGEN</b></font><sup><a name= "s1" href="#1">1</a></sup></p>       <p>Gustaf Bolinder</p>  <hr>      <p>Durante un buen rato anduvimos por las pantanosas orillas del r&iacute;o Ariguan&iacute;,  batallando contra toda clase de insectos entre la maleza y los juncos que nos  tapaban, buscando en vano los vestigios de alg&uacute;n sendero que mostrara las  huellas de pisadas de un ser humano. Finalmente encontramos uno, pero estaba en  tan mal estado que tuvimos que dejar atr&aacute;s la mula de carga, una bestia  patitiesa y miserable. Pero no tuvimos que caminar un largo trecho. Muy pronto  vislumbramos un techo de paja en un claro. Hab&iacute;amos llegado donde los chimila.</p>      <p>Apareci&oacute; una choza muy grande en forma de carpa, totalmente cubierta de hojas de  palma y rodeada de &aacute;rboles de papayo (ver la  <a href="#f1">foto 1</a>). Un indio ya mayor sali&oacute; a  gatas de ella. Ten&iacute;a un aspecto tan salvaje como se puede llegar a desear. Casi  desnudo, con tan s&oacute;lo un fald&oacute;n tejido y hermosamente pintado, ten&iacute;a el pelo  largo y llevaba arco y fechas en una mano, y en la otra una muy flosa macana.</p>      <p>Sin embargo, nos recibi&oacute; con amabilidad. Despu&eacute;s de haberle regalado un pa&ntilde;uelo,  nos invit&oacute; a entrar en la choza. Sab&iacute;a algunas palabras en espa&ntilde;ol. Entonces  ingresamos. Una vez mis ojos se acostumbraron a la penumbra pude ver que se  trataba de una choza bien grande y buena.</p>      <p>Era una construcci&oacute;n sencilla, con un techo en forma de silla de montar puesto  directamente sobre la tierra. Dos fuegos la iluminaban. Algunas mujeres y ni&ntilde;os se hab&iacute;an escabullido en un rinc&oacute;n. Una vieja fea y faca estaba sentada  en un banquito junto a la puerta. Le regalamos un espejo que, a pesar de reflejar  su poco atractivo aspecto, parec&iacute;a gustarle inmensamente.</p>      <p>Alrededor de las paredes colgaban canastas y mochilas con utensilios dom&eacute;sticos,  ma&iacute;z y yuca. Tambi&eacute;n se hallaba colgado un gran n&uacute;mero de tortugas, las cuales  meneaban lentamente sus patas informes, bufando y escupiendo si por casualidad  uno se topaba con ellas. Es de esta manera que los chimila conservan carne  fresca, porque estos hermosos animales pueden llegar a vivir durante semanas sin  comida ni agua. Una gran repisa de listones en una de las paredes laterales  estaba llena de canastas con diferentes contenidos. Aunque en el techo hab&iacute;a un  agujero que ciertamente disipaba en algo la oscuridad del interior, tambi&eacute;n  dejaba entrar el agua de la lluvia. A pesar de todo, los chimila viven mejor que  sus vecinos colombianos de la regi&oacute;n. En los rincones cuelgan hamacas de algod&oacute;n  te&ntilde;idas de color caf&eacute;, las cuales, como es com&uacute;n entre los indios, son demasiado  cortas para nosotros los n&oacute;rdicos de gran tama&ntilde;o.</p>      <p>    <p align=center><a name=f1></a><img src="img/revistas/antpo/n11/n11a15f1.jpg"></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Y henos aqu&iacute;, Francisco y yo, sentados en la mitad del suelo, comiendo papaya y  husmeando entre las cosas de estos viejos desnudos. La primera cosa que  Francisco encontr&oacute; fue una pasta roja, con la que los chimilas se untaban todo  el cuerpo. Nos aseguraron que era muy buena contra las picaduras de insectos.  Francisco se alegr&oacute;, puesto que esta pasta roja era, sin duda, hecha de achiote,  aquella que usan los indios ijca para la danza t&aacute;nican. Es bastante curioso que  sea a los chimila, cuyo territorio se encuentra tan distante, a quienes les  compren el color.</p>      <p>Encontramos muchas otras cosillas. Hallamos un manojo de plumas introducidas en  una bola de cera, usado para adornar el cuchar&oacute;n de la cerveza de ma&iacute;z en las  festas, o bien, para colocarlo en el arco utilizado en el bautizo de los ni&ntilde;os.  Estos peque&ntilde;os tambi&eacute;n tienen un juguetico con plumas metidas en una mazorca. Lo  lanzan como una especie de juego de volante. Si bien los chimila por lo general  guardan sus cosas en canastas, tambi&eacute;n fabrican mochilas. Las hacen de tiras  gruesas de rafa, muy ralas y completamente diferentes a las que conocimos entre  los indios de la Sierra y los motilones. El &uacute;nico instrumento musical que pesqu&eacute;  fue una sonajera hecha de totuma. No quiero insinuar, sin embargo, que en esta  materia los chimila fueran menos inventivos que las dem&aacute;s tribus. En sus  escondrijos muy bien habr&iacute;an podido tener otros instrumentos, aunque no ten&iacute;an  ganas de mostr&aacute;rnoslos. De seguro se dieron cuenta de que todas las cosas que  sacaban me gustaban y llegaban a ser m&iacute;as. No pudieron resistirse a mis lindos  objetos de trueque: cuchillos, collares y pa&ntilde;uelos rojos.</p>      <p>Los chimila ten&iacute;an husos de hilar con ruedas de carey o barro. Tambi&eacute;n ten&iacute;an  ruedas huecas hechas de barro, cosa rara, porque sus tiestos cer&aacute;micos eran rid&iacute;culamente  primitivos. Eran de forma irregular y burda. En algunas ocasiones los rollos de  barro hab&iacute;an sido dejados como ornamento. Aqu&iacute;, como entre la mayor&iacute;a de los  indios, las vasijas son fabricadas elaborando rollos de barro y coloc&aacute;ndolos uno  sobre otro para luego alisar todo con las manos o con un palito de madera.</p>      <p>Los portabeb&eacute;s tambi&eacute;n eran objetos muy simples: un pedazo de algod&oacute;n, al  parecer tejido, atado a una tira de rafa. Los ni&ntilde;os muy peque&ntilde;itos, de seguro no  son capaces de mantenerse agarrados a esta prenda. De hecho, una de las mujeres  no usaba ninguna para sostener su bebecita.</p>      <p>En la medida en que nos lo permiti&oacute;, revisamos a fondo todas las pertenencias de  nuestro anfitri&oacute;n, y me pareci&oacute; que era hora de pasar al ataque de sus armas y  sus ropas. ¡Y esto result&oacute; bastante dif&iacute;cil! Por nada del mundo quer&iacute;a renunciar  a su fald&oacute;n, y esto teniendo en cuenta que le ofrec&iacute; a cambio varios metros de  tela de algod&oacute;n.</p>      <p>Las mujeres chimila llevan m&aacute;s ropa que los hombres. Se visten con una especie  de camis&oacute;n fojo, como el de los kaggabas, pero m&aacute;s largo y tan fno como el que  usan los hombres. Aprovisionarme de uno tambi&eacute;n fue imposible.</p>      <p>Nuestro anfitri&oacute;n, no obstante, nos condujo hasta la casa de su vecino, en donde  cre&iacute;a que el trueque ser&iacute;a m&aacute;s sencillo. Su choza era igual de grande pero,  adem&aacute;s, ten&iacute;a un par de cobertizos abiertos en los que guardaba provisiones.  Tambi&eacute;n era viejo. Por lo visto, los j&oacute;venes y las muchachas no estaban.</p>      <p>A cambio de un mont&oacute;n de chucher&iacute;as resplandecientes, de toda la tela de algod&oacute;n  que ten&iacute;a y de un cuchillo, logr&eacute; conseguir de este anciano una vestimenta  masculina. Cuando por fn se quit&oacute; el fald&oacute;n, descubr&iacute; que debajo llevaba una  faja y, debajo de ella, a su vez, un cubrepene hecho de totuma. De &eacute;l tambi&eacute;n  obtuve un arco muy bien hecho, una mu&ntilde;equera de madera y fechas con puntas de  hierro, con puntas de madera provistas de puyas y con puntas de bola en madera.</p>      <p>Sorpresivamente, mientras me encontraba husmeando en uno de los cobertizos,  encontr&eacute; a un mulato dormitando en el suelo. Cuando me vio se levant&oacute; asustado  de un salto. Me cont&oacute; que llevaba alg&uacute;n tiempo viviendo con los indios. Todo su  equipaje era una mochila. Comprend&iacute; enseguida que no deb&iacute;a estar en buenos  t&eacute;rminos con las autoridades del pa&iacute;s y que all&iacute; hab&iacute;a buscado refugio huyendo  de la justicia. Nadie busca a los indios colombianos por voluntad propia. Se  tranquiliz&oacute; bastante cuando vio que yo era un extranjero en compa&ntilde;&iacute;a de un  indio.</p>      <p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align=center><a name=f2></a><img src="img/revistas/antpo/n11/n11a15f2.jpg"></p>      <p>Dejamos al viejo indio y su hu&eacute;sped y volvimos con la familia vecina. S&oacute;lo me  faltaba hacerme a una <i>clinaya</i>, una macana del viejo. Le di mi &uacute;nico y &uacute;ltimo  cuchillo, una bayoneta sueca que impresion&oacute; enormemente al patriarca chimila.  La <i>clinaya</i> es un arma espl&eacute;ndida, hecha de la madera negra, recia y fuerte del  &aacute;rbol de dividivi, y provista de diferentes figuras grabadas. Actualmente tiene,  en cierto modo, a los machetes colombianos como modelos.</p>      <p>Los chimila no tienen de modo alguno aspecto de guerreros. Contrario a otros  indios que he visto, son facos, raqu&iacute;ticos y encogidos. Sufren en alto grado de  <i>jobero</i> (carate). No conozco a otros, distintos a los chimila, que sufran de esta  enfermedad. La raza parece haberse degenerado a causa de ella. Seg&uacute;n puedo  deducir por la informaci&oacute;n que ellos y otros me han brindado, en la actualidad  los chimila son escasos. No est&aacute; lejos el d&iacute;a de la extinci&oacute;n de esta tribu de  antiguos guerreros.</p>      <p>Dije &quot;antiguos guerreros&quot;, pues sabemos que los chimila anta&ntilde;o fueron un pueblo  grande y poderoso. Durante la Conquista eran, seg&uacute;n las cr&oacute;nicas de la &eacute;poca,  &quot;casi totalmente salvajes&quot;. Andaban desnudos y usaban fechas envenenadas, algo  que continuaron haciendo durante varios siglos despu&eacute;s. Se dice que otras tribus  eran m&aacute;s cultas cuando llegaron los conquistadores. Aparentemente, a&uacute;n en la  mitad del siglo pasado, segu&iacute;an haciendo peligroso el tr&aacute;fico de canoas por el  r&iacute;o Magdalena.</p>      <p>Recuerdo que los ijca sol&iacute;an contar que, antes de la llegada de los blancos, los  chimila viv&iacute;an m&aacute;s arriba en la Sierra y se enfrentaban constantemente con los  ijca. Habr&iacute;an habitado lo que hoy es Pueblo Viejo. Si eso realmente fue as&iacute;, es  comprensible que sucumbieran despu&eacute;s de que los indios de la Sierra y los  espa&ntilde;oles los obligaran a replegarse hasta las insalubres selvas h&uacute;medas. Y es  que el lenguaje y la cultura de los chimila son completamente distintos a los de  los indios del macizo.</p>      <p>No pude quedarme m&aacute;s tiempo con los chimila. Cambi&eacute; mis &uacute;ltimos objetos de  trueque por objetos etnogr&aacute;ficos, y emprendimos nuestro viaje de vuelta hacia el  ferrocarril.</p>      <p>Para nuestra sorpresa, llegamos al cabo de unas pocas horas a las obras que la  compa&ntilde;&iacute;a frutera estaba construyendo para llevar el ferrocarril hasta el lugar.  Pronto las selvas ser&aacute;n convertidas en plantaciones de banano. ¡El objetivo era  convertir la tierra de los chimila en un cultivo! ¡Dentro de poco estos indios  se habr&aacute;n extinguido, sacrificados para que podamos comer m&aacute;s bananos!</p>      <p>Casi un mes despu&eacute;s de haber salido de Valledupar llegamos al ferrocarril de  Santa Marta. Ning&uacute;n tren sal&iacute;a ese d&iacute;a para Fundaci&oacute;n. No obstante, pod&iacute;amos  alcanzar uno en la tarde en otra estaci&oacute;n, en Aracataca. Deb&iacute;amos pasar dos r&iacute;os  anchos con los mismos nombres que las estaciones.</p>      <p>¡El r&iacute;o Fundaci&oacute;n! Fresco, centelleante y cristalino, corr&iacute;a sobre la arena  blanca y las piedras rosadas en el valle de Paur&uacute;, acariciando los sinuosos  cuerpos cobrizos de las indias. Aqu&iacute; fluye muerto y gris. Algunas viejas negras  cara-tosas, que estaban lavando ropa, se nos tiraban entre esa mazamorra por  aqu&iacute; y por all&aacute;, gritando y cubri&eacute;ndose con la ropa sucia.</p>      <p>Con gran trabajo y mucho esfuerzo, conseguimos ayuda para pasar los r&iacute;os.  Llegamos bastante tarde a Aracataca. ¡Y hab&iacute;a que ver el aspecto que ten&iacute;amos!  Francisco, en especial, estaba de un sucio espectacular. No creo que hubiera  podido haber en el pueblo otros seres tan mugrosos como nosotros dos. ¡Y no  exagero!</p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p>S&oacute;lo conoc&iacute;a a dos personas en este lugar, dos revolucionarios venezolanos  exilados, muy buenas personas. Uno era m&eacute;dico y el otro general, porque en estas  latitudes todo hombre que se precie es lo uno o lo otro, a no ser que se tengan  ambos t&iacute;tulos. Donde estos caballeros me ase&eacute;. Llegu&eacute; al tren m&aacute;s o menos limpio  y relativamente entero. Juzguen mi sorpresa cuando un se&ntilde;or con salacot, traje  de montar y funda de rev&oacute;lver, aparentemente un &quot;gentleman&quot; americano, se me  acerc&oacute; y me habl&oacute; en sueco. ¡Y no solamente en sueco, sino en puro gotemburgu&eacute;s!  Result&oacute; ser un ingeniero de apellido Gibson, nacido en Gotemburgo, que hab&iacute;a  conocido a mi esposa en Barranquilla, y que hab&iacute;a decidido emprender una  expedici&oacute;n de rescate, en vista de que nos est&aacute;bamos demorando demasiado. Hab&iacute;a  llegado hasta aqu&iacute; para organizar tal b&uacute;squeda, cuando supo justamente que yo ya  hab&iacute;a llegado. Me desped&iacute; con emoci&oacute;n de Francisco, tan mugroso como antes.  ¡Ahora s&iacute;, a casa! .</p>  <hr>      <p><b>Comentarios</b></p>      <p><sup><a name="1" href="#s1" >1</a></sup> El texto que se presenta a continuaci&oacute;n fue tomado de Gustaf Bolinder,  &quot;Chimila – Urskogens indianer&quot;, Det tropiska sn&ouml;fj&auml;llets indianer. Fr&aring;n en  tv&aring;&aring;rig forskningresa till sierra Tairona Och Sierra Motilon, Sydamerika,  Estocolmo, Albert Bonniers F&ouml;rlag, 1916, pp. 227-235. la traducci&oacute;n del sueco  fue hecha por Margarita de Zea, quien conserv&oacute; del original la ortograf&iacute;a de las  palabras en castellano y en lenguas ind&iacute;genas. las im&aacute;genes que lo acompa&ntilde;an  pertenecen al original. Para m&aacute;s informaci&oacute;n, v&eacute;ase el art&iacute;culo precedente en  esta misma publicaci&oacute;n: juan Camilo Nino vargas, &quot;en las inmediaciones del fin  del mundo. los encuentros de Gustaf Bolinder y los chimilas en 1915 y 1920&quot;.</p>  </font>      ]]></body>
</article>
