Mi primer contacto con el conjunto de técnicas corporales del crossfit se dio durante un día caluroso del verano de 2014. Mientras caminaba por los alrededores del casco histórico de la ciudad de Córdoba, comencé a escuchar música a todo volumen que se entremezclaba con estruendos metálicos producidos por barras olímpicas cayendo al suelo y gritos rítmicos que arengaban: “¡dale, dale, vamos, quedan diez minutos, no quiero ver a nadie parado!”. El bullicio provenía de un galpón refaccionado, ubicado entre un supermercado y un estacionamiento. La fachada del lugar era de vidrio, lo que permitía que los peatones se detuvieran a observar lo que sucedía adentro.
La escena resultaba muy llamativa en el paisaje urbano, y no fui el único que se detuvo a observarla. Los extraños ejercicios -saltos sobre un cajón, colgarse de barras, levantamientos olímpicos- no eran lo único provocador de la secuencia: quienes los ejecutaban, en el caso de los varones, llevaban shorts y el torso desnudo; las mujeres, pequeños tops y calzas ajustadas. Los gestos en sus rostros se ubicaban en un punto liminal entre la incomodidad total y un profundo placer. Todas estas cuestiones cargaban a la escena de entrenamiento físico de cierto erotismo.
Continué mi camino maravillado y perplejo con lo que había observado. Tiempo después decidí probar una clase. Esa clase fue un 2 de abril de 2015; al ser feriado, el box abriría para una única clase1, a la que se invitó a un excombatiente de Malvinas. Antes del entrenamiento, él hizo un repaso de la historia de la guerra y se afirmó que la clase sería un homenaje a los caídos y a sus excombatientes. Todo lo referido al crossfit me resultaba muy ajeno: los nombres de los ejercicios estaban en inglés; las modalidades de entrenamiento en vez de las “series” y “repeticiones” a las que estaba acostumbrado en el gimnasio tradicional, eran acrónimos incomprensibles. La clase fue tan exigente que casi me desvanecí. Mientras intentaba recomponerme, encerrado solo en el baño del lugar, podía escuchar los gritos de ánimo del coach. Quizás estos surtieron efecto, pues a pesar de la desagradable experiencia, volví a la siguiente clase.
Pasados unos años, a la hora de realizar el trabajo final de la licenciatura decidí elegir el mundo social del crossfit como objeto de estudio antropológico. Mi interés inicial era complejizar, desde un enfoque etnográfico, lecturas que entienden al fitness principalmente como un dispositivo de disciplinamiento corporal (Landa 2011). Estos estudios tienden a situar a quienes consumen sus productos como “tontos culturales” (Hall 1984), es decir, sujetos incapaces de reflexionar acerca de cómo el mercado y las grandes marcas convierten sus aficiones, experiencias y estilos de vida en mercancías.
El crossfit no aparece aquí solo como una práctica de acondicionamiento físico, sino como un espacio socialmente cargado, con sus propias lógicas de sociabilidad, valores morales y formas de afectividad. Devenir etnógrafo de un mundo tan cercano social y geográficamente exigió un ejercicio constante de reflexividad. Un amigo, al enterarse de mi decisión de realizar este trabajo en un box de crossfit me dijo: “Tan marica, tan ‘lucho por la disidencia’ y venís a elegir el objeto de estudio más machirulo de Córdoba” (conversación personal, marzo de 2019). Su comentario condensaba sentidos comunes sobre el crossfit como práctica viril y autoritaria. Sin embargo, en el transcurso de la investigación pude observar cómo esos sentidos eran apropiados de formas diversas por mujeres y varones gais, produciendo efectos heterogéneos. Ese desplazamiento reconfigura y amplía el abanico de lo que puede ser considerado como “masculino” en el box de crossfit, y muestra que es una constante negociación con diferentes expresiones de género y sexualidad.
Así, las dimensiones de género y sexualidad -aunque no eran el foco inicial- se volvieron centrales para comprender las dinámicas afectivas del box. En este sentido, un compañero de entrenamiento denominaba “sociabilidades gais” a grupos cohesionados de personas no heterosexuales de los que él mismo formaba parte. Aquí emergían prácticas afectivas y vínculos entre varones cargados de homoerotismo, habilitando otras formas de contacto y pertenencia que complejizaban la matriz heterosexual dominante asociada a la práctica corporal. Como plantea Barry D. Adam (1985), estas redes emergen de “intereses homosexuales” compartidos, más que de vínculos preexistentes.
El objetivo del presente artículo es analizar cómo se hacía género en los distintos boxes de crossfit cordobeses. En estos espacios se sedimentaban ciertos mandatos sobre la fuerza, el rendimiento y la virilidad que, en consonancia con las divergencias contemporáneas en las formas de hacer género y sexualidad, eran incorporados tanto por varones como por mujeres. Parto de una concepción relacional, performativa y discursiva de las masculinidades, entendidas no como una esencia, sino como configuraciones históricamente situadas, construidas en vínculo con otras posiciones de género y constantemente puestas a prueba (Connell 1995; Kimmel 1997). Lejos de tratarse de un espacio social homogéneo, el box se presenta como un escenario en el que convivían y se tensionaban distintas configuraciones de la masculinidad: desde discursos nacionalistas y gestos viriles, como los que enmarcaron mi primera clase en homenaje a los excombatientes de Malvinas; hasta “sociabilidades gais” que habilitan otras formas de vínculos y pertenencia entre varones.
El artículo se organiza en tres apartados: en primer lugar, presento el andamiaje teórico y metodológico desde el cual problematizo las relaciones entre cuerpo, género y deporte, así como la inserción en el trabajo de campo etnográfico; en segundo lugar, analizo una serie de escenas etnográficas para mostrar cómo se construyen, incorporan y jerarquizan ciertas masculinidades en los boxes de crossfit; finalmente, en el último apartado, retomo los principales hallazgos para vincularlos con las discusiones teóricas que dan cuenta de cómo en estos espacios se reproducen y, al mismo tiempo, se tensionan determinados estereotipos de género.
Andamiaje teórico
Los deportes se han constituido relativamente hace poco tiempo como objeto legítimo de la antropología. Los trabajos pioneros de Roberto DaMatta (1982) y Eduardo Archetti (1994) mostraron que los deportes son un campo privilegiado para observar procesos sociales más amplios. En Brasil, DaMatta (1982) analizó el fútbol como un “ritual” en el que se ponen en juego jerarquías, identidades y valores culturales. En Argentina, Archetti (1994) estudió el fútbol como una “pedagogía masculina” en la que se articulan valores asociados a la virilidad y la construcción de la identidad nacional y étnica. Desde una perspectiva sociológica, Norbert Elias y Eric Dunning (1992) analizaron el surgimiento del deporte moderno como parte del proceso civilizatorio. A través del concepto de deportivización mostraron cómo estas prácticas fueron institucionalizadas y reglamentadas, configurando al deporte como un dispositivo de autocontrol corporal y emocional acorde a las normas de las sociedades modernas. Estos enfoques permiten situar al crossfit no solo como una práctica de acondicionamiento físico, sino como un espacio que implica procesos de subjetivación, donde se articulan “técnicas del cuerpo” (Mauss [1934] 1979 ), marcos institucionales, valores morales y formas de sociabilidad que producen cuerpos ajustados a determinadas sensibilidades históricas.
Loïc Wacquant (2006) realizó una etnografía en un gimnasio pugilístico y participó en primera persona como boxeador, práctica en la que el cuerpo deviene simultáneamente objeto de disciplina y fuente de sentido, mostró cómo estas instituciones producen disposiciones físicas y morales mediante técnicas corporales, y cómo el aprendizaje de estas es inseparable de las relaciones sociales que se configuran allí. En una línea complementaria, Hans Ulrich Gumbrecht (2006) sugiere que, tanto en los gymnasia de la antigua Grecia como en los gimnasios contemporáneos, quienes entrenan son al mismo tiempo atletas y espectadores, lo que genera una atmósfera erótica en torno a la escultura del propio cuerpo. Esta perspectiva resulta sugerente para pensar la manera en que, en el crossfit, el cuerpo se modela según ideales virilizantes y de autosuperación, pero también se vuelve objeto de admiración, deseo y exhibición.
El crossfit se puede inscribir dentro del movimiento del fitness. María Inés Landa (2011) señala que el fenómeno del fitness, en tanto práctica comercial global, “emerge en la sociedad norteamericana a partir del entrecruzamiento de acontecimientos históricos, sociales, religiosos, políticos y económicos” (67), entre los que se destacan la gubernamentalidad neoliberal y los valores morales promovidos por comunidades religiosas, centrados en una vida atlética y saludable. La autora afirma que la particularidad del movimiento del fitness se encuentra en la combinación de saberes de origen científico con la espectacularización de los medios de comunicación masivos, como es el caso de los videos de ejercicios de la actriz estadounidense Jane Fonda en los años ochenta.
En ese marco, se comienzan a extender distintas técnicas corporales bajo la figura de marcas registradas, entre ellas el crossfit. Sarah Gomillion (2017) revisó los distintos elementos en el modelo de negocios de CrossFit Inc., que le permitieron tener un crecimiento sin precedentes en la industria del fitness. Para 2015, se estimaba que abrir un box de crossfit en los Estados Unidos tenía un costo de alrededor de unos treinta mil dólares, lo que resultaba considerablemente barato en comparación con otras franquicias de gimnasios como los Gold’s Gym, que requerían una inversión de entre uno y cuatro millones de dólares (Gomillion 2017). Los montos para abrir un box de crossfit en Córdoba no se alejaban mucho de los americanos para la misma época: en ese entonces, la inversión inicial para abrir un local de crossfit en el que se pudieran impartir clases a quince personas de forma simultánea rondaba entre los doscientos mil y ochocientos mil pesos (InfoNegocios 2014)2.
Los beneficios económicos iban de la mano de las posibilidades creativas que habilitaba el sistema de “afiliación” bajo el cual se rige la marca registrada CrossFit. A diferencia del sistema de franquicias -en el que se deben respetar ciertos lineamientos estéticos e identitarios de la marca del franquiciador- bajo la figura de “afiliados” de CrossFit Inc., los boxes no eran simplemente una extensión o sucursales de la compañía, sino que podían permitirse explorar formas particulares de vender la práctica corporal, produciendo marcas e identidades propias. Según Edgar Cabanas y Eva Illouz (2019), esta forma de “participación semidemocrática” flexible, que adoptan algunas empresas en el contexto neoliberal, tiene dos objetivos principales: en primer lugar, “favorecer el sentido de pertenencia del trabajador a la propia organización” (106) y, en segundo lugar, “incitar a los empleados a desarrollar sus propios proyectos profesionales insistiendo en la idea de que lo que es bueno para ellos es también bueno para la empresa y viceversa” (107).
En el ámbito local, distintos estudios han abordado el crossfit como un espacio privilegiado para observar procesos de subjetivación en el contexto neoliberal. Alejandro Damián Rodríguez (2016) propone la figura del “individuo pragmático” para describir una subjetividad que, guiada por la lógica de la autosuperación, encuentra en estas prácticas corporales un nicho para construirse como proyecto personal. En sintonía, Yamil Bekenstein (2019) analiza cómo en el box Thruster de la ciudad de Buenos Aires se construyen identidades y jerarquías morales según el compromiso con la técnica y la disciplina. Por su parte, Fernando Kalin (2020) describe el proceso de “conversión” de los novatos en el box Kratos Hard Cross de Santiago del Estero, quienes incorporan saberes técnicos, pautas alimenticias y valores morales como parte del camino para convertirse en “atletas”.
Matt Crockett (2015), a partir de un trabajo de campo en dos boxes de crossfit de la ciudad de San Francisco, analizó la relación entre la popularidad del entrenamiento con los beneficios psicosociales y fisiológicos de sus participantes. El autor, siguiendo los aportes de la geografía espacial de Henning Eichberg (1998), determinó que la ausencia de divisiones espaciales en los boxes configura un espacio en el que se producen conexiones inesperadas entre los distintos crossfitters que de otra forma no entrenarían a la par, especialmente de diferente género, habilidades, etnicidades y edades.
En este sentido, uno de los discursos recurrentes en el mundo del crossfit cordobés durante el trabajo de campo sostenía que “cualquier persona”, sin importar su género, edad o experiencia deportiva previa, podía realizar el entrenamiento. Esta apelación a la inclusividad buscaba ampliar el público potencial, contrarrestando las representaciones mediáticas que vinculaban al crossfit con “lo militar”, la alta exigencia física y los cuerpos musculados: todos elementos históricamente asociados a las masculinidades (Connell y Messerschmidt 2021; Klein 1993; Messner 1992; Pronger 2002).
Lejos de cristalizarse en una única norma, la masculinidad en el crossfit aparece como un campo en disputa, donde se ensayan, se cuestionan y se recombinan sentidos diversos de lo que un varón o una mujer puede o debe ser. Así, la estilización constante y repetitiva del cuerpo de las mujeres -en el sentido performativo que plantea Judith Butler (2001)- desnaturalizaba también los ideales homogéneos sobre cómo debía lucir y actuar un cuerpo femenino. En este marco, la apropiación de signos corporales tradicionalmente hegemonizados por los varones -como el músculo y ciertas capacidades atléticas- abría nuevos márgenes de agencia, autoridad e identificación.
Aspectos metodológicos
Como ya explicité arriba, comencé a practicar crossfit a mediados de 2015, pero no fue hasta enero de 2019 que inicié un trabajo de campo etnográfico en diferentes franquicias de crossfit de Córdoba, que se extendió hasta las medidas de aislamiento impuestas por la pandemia de covid-19 en marzo de 2020. En particular, un determinado afiliado a CrossFit Inc. con diferentes franquicias cobró una mayor relevancia en el trabajo de campo por dos razones: primero, debido a vínculos previos que facilitaron la inserción en la “comunidad” del box; segundo, por ser un espacio que rechazaba la hibridación de distintas técnicas corporales del mundo del fitness, fenómeno que se estaba desarrollando en diversos gimnasios tradicionales de Córdoba. En este sentido, la franquicia con la que más trabajé se autodefinía como especializada en la práctica “pura” de la disciplina crossfit, en oposición a la oferta que había en otros gimnasios. A lo largo de la pesquisa asistí al menos tres veces por semana a clases de crossfit como practicante, y realicé observaciones por fuera de estos horarios de entrenamiento. Desplegué así una estrategia etnográfica centrada en la observación participante y la implicación corporal, entendiendo -como plantea Wacquant (2006)- al cuerpo como herramienta de conocimiento, y las disposiciones físicas y afectivas como parte constitutiva del trabajo de campo. Siguiendo criterios éticos de investigación social, todos los interlocutores fueron informados de mis intenciones de investigación, muchos de ellos se mostraban orgullosos de que hubiese elegido “su deporte” como un objeto legítimo de estudio.
Complementé esta inmersión con 23 entrevistas. Los entrevistados -en su mayoría de clase media/media alta, estudiantes o profesionales de entre 19 y 45 años- se identificaban como crossfitters, algunos eran coaches propietarios de sus propias franquicias, otros se presentaban como “atletas” que competían a nivel profesional (Aguilera 2022), y algunos otros se dedicaban a realizar coberturas de eventos competitivos. También participé en el registro audiovisual de clases y eventos en calidad de “creador de contenido” para las redes sociales del box -por pedido de su dueño-, esto me permitió acceder a los “detrás de escena” (Goffman [1959] 1981 ) de su institucionalidad y de los discursos que producían y circulaban en sus redes sociales. Las entrevistas y los registros de campo fueron sistematizados en diarios que permitieron identificar patrones y tensiones en torno al género y la masculinidad, y en los que me interesa profundizar en este artículo. Para resguardar la identidad de los entrevistados, usaré seudónimos cuando recupere sus palabras.
Masculinidades en el mundo del crossfit cordobés
“Entrenan como marines pero en Palermo Hollywood”. Masculinidades autoexigidas en el mundo del crossfit
El crossfit es una metodología de entrenamiento creada en la década de los noventa por el exgimnasta estadounidense Greg Glassman, que combina elementos del levantamiento olímpico, la aeróbica y la gimnasia. En 1995, en pleno auge de la promoción del estilo de vida saludable, activo y productivo (Landa 2011), Glassman abrió su primer box en Santa Cruz, California; entre sus primeros clientes se encontraba el sheriff del condado, quien le ofreció ser el entrenador del departamento de policía local. La creciente popularización de su método lo impulsó a patentarlo y crear, en el año 2000, una corporación, junto a su esposa Lauren Jenai. De esta forma, nació la marca CrossFit Inc.
El primer box en Argentina abrió en 2011 en el barrio porteño de Palermo. Fue fundado por tres empresarios y atletas, quienes lo bautizaron Tuluka, pero informalmente lo llamaban “El templo”. El primer box de Córdoba surgió en 2013, y la franquicia donde realicé mi trabajo de campo fue inaugurada en 2014. Este último espacio, al que el dueño llamaba “el lugar donde nadie se rinde”, se proponía recuperar un crossfit “puro”, en oposición a la lógica “únicamente comercial” con la que su dueño describía los gimnasios tradicionales.
Una nota publicada en el diario La Nación, pocos meses después de la apertura de Tuluka, titulada “Entrenan como marines, pero en Palermo Hollywood” (Giambartolomei 2012), permite captar algunos sentidos que circulaban en los primeros años del crossfit en Argentina. Allí se presentaba la técnica como una alternativa para quienes se aburrían de las rutinas tradicionales y buscaban mayor exigencia. Los entrevistados afirmaban que los ejercicios eran “naturales”, pensados para lo que “el cuerpo fue diseñado para hacer”, y que lo único que variaba -según edad o condición física- era la intensidad y las cargas, pero no el tipo de entrenamiento.
El ethos corporal que se promovía en Tuluka estaba centrado en la exigencia, la autosuperación y la épica del esfuerzo, esto se ilustra en la nota con escenas como la de una “mujer de cuerpo macizo” que “gime como tenista” mientras entrena, o participantes golpeando ruedas con mazos, saltando a la soga y trepando por anillas. El espacio es presentado como un “campo de batalla”, decorado con murales con frases como “El dolor es solo la debilidad abandonando tu cuerpo” o “Los gimnasios usan máquinas, nosotros creamos máquinas”, cuestiones que condensan un imaginario en el que la autosuperación, lo natural-saludable y lo maquínico se funden.
Estos sentidos de lo “natural” también se plasmaban en la alimentación y el “estilo de vida” que asumían los crossfitters. Fernando Kalin (2020) analizó cómo, en un box de crossfit de Santiago del Estero, la adopción de la “dieta paleolítica” -centrada en el consumo omnívoro, la eliminación de ultraprocesados y la recuperación de hábitos “ancestrales”- funcionaba como un mecanismo de disciplinamiento corporal. De esta manera, se construía un imaginario de un “pasado salvaje” y repertorios morales que clasificaban a los alimentos entre “buenos” y “malos”. La combinación de esta alimentación con el entrenamiento representaba para los crossfitters una vía de restitución a un estilo de vida más “natural” y saludable frente al deterioro corporal atribuido a la vida urbana moderna. Durante mi pesquisa noté que entre los interlocutores también existía una preocupación por llevar una alimentación “buena, natural y real” para producir cuerpos “no gordos”. Así, los alimentos “malos” como carbohidratos, dulces y alcohol eran una “recompensa” luego de un entrenamiento intenso.
Una de las nociones que circulaban con fuerza en el mundo del crossfit era su estrecho vínculo con “lo militar”. Este nexo tiene un origen directo con el contexto estadounidense, donde la comunidad creó los Hero WOD’s3: entrenamientos en conmemoración a los militares crossfitters fallecidos en servicio. En la página oficial de la compañía se afirma: “Desde 2005, CrossFit ha publicado entrenamientos destinados a honrar la memoria de los miembros crossfit al servicio que hicieron el máximo sacrificio y miembros ejemplares de la comunidad crossfit que ya no están con nosotros” (CrossFit s. f.). Esta lógica conmemorativa se replicó en el contexto local, como en el entrenamiento dedicado a los excombatientes de Malvinas. Mati, un interlocutor, comunicador social, de unos 30 años, recordaba que en un principio no lo convocaba el crossfit porque lo percibía como “un entrenamiento militar, autoritario y maltratador”.
Este imaginario del sacrificio, la disciplina y la exigencia también se plasmaba en la iconografía de la compañía. “Pukie, the Clown” es un emblema de la idea del crossfit como una práctica que lleva el cuerpo al extremo4. En los primeros años del sitio web de CrossFit, se buscaba diseñar un logo que condensara el espíritu de la práctica como una combinación entre “agonía y risas” (Hay 2018). Así nació Pukie: una caricatura de un payaso con la cara maquillada, nariz roja, musculosa y calzas deportivas. Pukie es representado tirado en el suelo, con los ojos desorbitados y estrellas sobre su cabeza, se lleva una mano al pecho y la otra lo sostiene en el suelo mientras vomita.
En los boxes de Glassman se popularizó la expresión “a visit from Pukie [una visita de Pukie]” para referirse al vómito provocado por los entrenamientos exigentes. Esta figura se convirtió en una especie de “rito de pasaje físico” (Hay 2018), una marca del auténtico crossfit y un umbral simbólico que se debía atravesar para demostrar compromiso con la práctica. En sintonía, un compañero de entrenamiento, durante una clase exigente, me comentó: “no estás haciendo crossfit de verdad hasta que sentís que vas a vomitar y morirte al mismo tiempo”. A diferencia de lo que sostienen Rumi y Landa (2016) en una nota para la revista Anfibia, cuando afirman que “aquellos que se toman el entrenamiento en serio lo buscan [al vómito]”, nunca conocí a ningún atleta de crossfit que aspirara deliberadamente a vomitar en sus entrenamientos.
Más que una meta deseada, los crossfitters que habían experimentado vómitos durante un entrenamiento quedaban marcados por el aprendizaje de los errores cometidos -como entrenar con el estómago lleno o no hidratarse lo suficiente-, y no como algo de lo cual sentirse orgullosos. El vómito no era lo único a lo que se exponía un neófito que aún no sabía cómo preparar su cuerpo para la exigencia del crossfit. Muchas de esas experiencias -que viví en carne propia- incluían manos que sangran cuando los callos se desgarran al colgarse de las barras, espinillas lastimadas por el roce con la barra olímpica, caídas desde cajones de hasta 80 cm de alto y las más molestas, quizás, son las laceraciones en la hendidura interglútea provocadas por realizar abdominales sin una colchoneta. Estos y otros “ritos de pasaje físicos” (Hay 2018) eran compartidos por muchos crossfitters y frecuentemente interpretados como signos de entrega, de haber “dado todo” y haber “salido de la zona de confort”. Las marcas dejadas en el cuerpo se interpretaban como trofeos: pequeñas “heridas de guerra” que servían de testimonio del ideal de resistencia y determinación.
En un mundo donde la experiencia del dolor suele ser medicalizada o evitada, el crossfit parecía invitar a sus practicantes a habitar el umbral de lo soportable. El desafío no era solo físico, sino mental: en las partes más duras del entrenamiento los interlocutores relataban que les surgían voces internas que decían “no puedo más”, “me duele” o “hasta acá llegué”. La capacidad de vencer esas voces era narrada por muchos como uno de los grandes aprendizajes que les daba la práctica. Esta pedagogía de la conquista del sufrimiento físico trascendía el género de los crossfitters, pero respondía a una gramática de un tipo de masculinidad que valora la dureza, una ética del autocontrol y la disciplina.
En mayo de 2005, CrossFit Inc. presentó una nueva figura iconográfica: Uncle Rhabdo, el “tío” de Pukie, el payaso, creado para concientizar sobre los peligros del entrenamiento excesivo. Su nombre remitía a la rabdomiólisis, una enfermedad grave producida por la destrucción de tejido muscular, asociada a prácticas de extremo esfuerzo físico. Mientras Pukie representaba una versión festiva del malestar, Uncle Rhabdo encarnaba su reverso fatídico: los efectos potencialmente mortales del sobreentrenamiento.
Ambas figuras pueden entenderse como lo que Michael Taussig (2013) llama “cuentos de infortunio”: relatos estéticos sobre los excesos, que en este caso no disuaden, sino que refuerzan el atractivo de habitar ese borde entre placer y peligro. El crossfit se configura como una estética del exceso en la que el dolor y el deterioro no niegan la belleza, sino que se integran en su producción. Lo que está en juego no es solo la eficacia del cuerpo, sino la voluntad de ir más allá de sus límites, de habitar el riesgo como forma de intensidad vital. Así, ciertas formas de masculinidad -encarnadas no solo por varones- se construyen aquí como disposición al riesgo, la dureza y la trascendencia de los propios límites. La pregunta no es cómo evitar el dolor, sino cómo habitarlo con orgullo.
Con el paso del tiempo, la figura de Pukie fue reimaginada. En uno de los boxes donde realicé trabajo de campo había un mural imponente con una versión más musculosa y erguida de Pukie: ya no aparecía tirado en el suelo, sino vomitando a la vez que levantaba una pesa con una mano y, con la otra, señalaba al espectador en un gesto que recordaba a Uncle Sam reclutando tropas. A la imagen se le superponía un hashtag seguido del nombre del box y la palabra style, que refería a un estilo propio del box, sugiriendo una actitud ante el exceso no de derrota, sino de redoblado esfuerzo. Esta representación condensa una ética del entrenamiento en la que se desdibujan los límites entre intensidad y peligro, entre dolor e incomodidad, y que produce una estética en la que, como señala Taussig (2013), la belleza y la violencia de su producción se encuentran profundamente imbricadas.
Sin embargo, Adriana, una abogada de 28 años y coach de una de las franquicias en las que realicé trabajo de campo, relataba en una entrevista que:
El crossfit fue evolucionando, antes se publicitaba mucho [a Pukie] con el crossfit competencia, pero eso nos alejaba mucho de lo que es la salud, entonces fue cambiando. El crossfit competencia es muy distinto al crossfit que hacemos todos los días, entonces, la imagen del payaso vomitando es muy competencia de que tenés que llegar al límite, romperte y vomitar, y no es así, no es así. (Adriana, entrevista, 18 de julio de 2019)
Así, la imagen de Pukie encarnaba un crossfit “viejo”, más cercano a la lógica del crossfit competitivo que a una idea de lo natural y lo saludable. Diversos autores han señalado la relación entre masculinidad y la “minusvaloración de las alarmas corporales”, esto conlleva una dificultad para procesar y admitir los malestares físicos por los mandatos del “aguante” y la autosuficiencia (Fabbri 2019, 150). En este sentido, se habían hecho esfuerzos explícitos por desligar al crossfit local de las imágenes asociadas al vómito o al entrenamiento militar, con el objetivo de atraer públicos más amplios. El dueño de la franquicia afirmaba que las personas tenían miedo de probar el crossfit por el “ataque mediático” que sufría al asociarlo con un entrenamiento militar o con problemas de salud como lesiones. Por esta razón, él quería, por un lado, mostrar que la actividad “la puede hacer cualquiera, doña Rosa, mi mamá, mi primo, no hace falta ser Rambo” y, por otro, “generar lo que generan los deportes federados” con respecto a la admiración y pasión por ellos. Este desplazamiento del ethos reordena los repertorios de masculinidad legítima: ya no solo una práctica que lleva el cuerpo al límite y desprecia las alarmas corporales, sino también una que combina autocuidados y control del riesgo.
“Tu mamá tiene cuerpo de hombre”. Incorporación de atributos tradicionalmente masculinos
Desde la folletería que prescribía “saluda a todo el mundo en el box”, pasando por los partner WOD’s [entrenamientos de a pares], y hasta eventos que organizaba el box como fiestas, clínicas de entrenamiento y competencias, eran todas instancias en las que se iba construyendo lo que los interlocutores llamaban “comunidad”. Muchos interlocutores relataban “entrar en una” con el crossfit. Esta frase, repetida con naturalidad en entrevistas y conversaciones informales, daba cuenta tanto del compromiso creciente con el entrenamiento, como de una inmersión afectiva y temporal en el box.
Como señala Crockett (2015), la ausencia de divisiones espaciales en estos grandes galpones favorecía la conexión entre personas que de otro modo quizás no entrenarían juntas. Este rasgo era valorado por los crossfitters que “entraban en una”, ya que les permitía vincularse con personas con quienes, fuera del box, difícilmente se relacionarían. Ernesto, médico de 43 años, comentaba en una entrevista que en su grupo de amigos de crossfit confluían diferentes personas con trayectorias laborales como abogados, contadores y bioquímicos: “Me llama la atención que un gay comparta, converse y escuche las opiniones de una chica heterosexual de 22. Siento que puedo hablar abiertamente con estos jóvenes” (Ernesto, entrevista, 14 de junio de 2019).
En buena medida, eran los coaches quienes contribuían a crear el clima que permitía que esas interacciones diversas tuvieran lugar. Varios compañeros de entrenamiento señalaban que el “tono” del box -una combinación de ambiente afectivo, disponibilidad pedagógica y estilo de conducción de las clases- dependía del estilo de los coaches. Más allá del ejercicio físico, eran ellos quienes abrían (o cerraban) el espacio para que los crossfitters se sintieran cómodos, motivados y reconocidos, incluso cuando venían de trayectorias vitales, edades o capacidades corporales muy distintas.
Ahora bien, la posibilidad de asumir autoridad y de imprimirle cierto “tono” al box no estaba exenta de tensiones de género. Adriana, una de las primeras coaches mujeres de Córdoba, contaba que al principio se le hizo duro: “venía un chico a tomar la clase y me decía: ‘¿y vos me vas a dar la clase?’, ‘¿vos?’”. El cuerpo de Adriana, a diferencia de otras crossfitters que cultivaban una estética más musculosa, no se alejaba tanto de los estándares tradicionales de feminidad, por lo que ella tenía que “plantarse” y marcar su “autoridad” en la clase, algo que, según ella, ya se daba por sentado en el caso de los coaches varones. Esta combinación de cuidado estético y autoridad como entrenadora la posicionaba de un modo particular en el box, desafiando la idea de que fuerza y feminidad son excluyentes entre sí. Tal como han mostrado investigaciones sobre la participación femenina en deportes tradicionalmente masculinos (Garton e Hijós 2018), la apropiación del crossfit por parte de mujeres también tensiona los imaginarios de lo masculino legítimo.
Estas tensiones también se expresaban en la espacialidad y materialidad con la que entrenaban. Era común que los coaches, al comunicar ejercicios que requerían equipamiento, generizaran los elementos: “barras para chicos y barras para chicas” o “discos/pelotas para nenes y discos/pelotas para nenas”. Esta asignación respondía al peso de los objetos: las barras de 20 kilogramos (“para chicos”) se ubicaban al fondo del box, mientras que las de 15 o menos kilogramos (“para chicas”) estaban más a mano en la parte delantera del box. En el mundo del crossfit, el RX es diferente para varones y mujeres5, fundamentalmente en el peso exigido. Muchos de mis interlocutores justificaban esta diferencia en términos técnico-biológicos, aludiendo a la “testosterona” o a la fuerza media según el sexo. Sin embargo, otros, como Mati -quien optaba por hacer el RX femenino- consideraban que esta diferenciación se podía desafiar para “salir un poco de lo binario”; con esto buscaba correrse de las expectativas normativas de fuerza y desempeño vinculadas a la masculinidad.
Las divisiones por género en el uso del equipamiento también generaban tensiones cotidianas. Era común que varones novatos pensaran que debían asumir un rol de “caballeros” y alcanzarles los elementos a sus compañeras o ayudarlas a guardarlos una vez terminado el entrenamiento. En una ocasión observé una escena de este tipo, ante los gestos de desagrado de mi compañera, me acerqué para preguntarle qué pensaba al respecto, su respuesta fue tajante: “¡Me enferma cuando los hombres me quieren ayudar! Estoy ordenando algo y viene él, me levanta el disco y me lo lleva... ¡no!, ¡déjalo ahí!, ¡mierda!” (conversación con Lina, box de crossfit de Córdoba, 15 de septiembre de 2021). Con el tiempo -y, probablemente, después de muchas malas caras- los varones comprendían que este tipo de gestos, interpretados por ellos como caballerosidad, no eran bien recibidos en el box. Una publicación de la franquicia advertía: “¿Quién no ha visto a un compañero cargar muchos kilos en una barra que no podía mover?”, y llamaba a dejar el ego y las “cuestiones de género” fuera del box, recordando que los compañeros no eran rivales, sino aliados en “la batalla” diaria contra uno mismo.
Las tensiones de género también se expresaban en las formas en que los cuerpos eran valorados en el box. Muchas mujeres crossfitters encontraban en el entrenamiento una experiencia ambivalente: por un lado, afirmaban despreocuparse de su apariencia física; por otro, lidiaban con críticas externas por desarrollar cuerpos que no respondían a los cánones tradicionales de feminidad. Esa “despreocupación” era vivida como una forma de “empoderamiento”, precisamente porque desafiaban normas estéticas que eran vividas como una fuente de malestar.
La incorporación del músculo, en tanto signo corporal de masculinidad, marcaba una ruptura respecto del ideal hegemónico de cuerpo femenino. Como sostiene Butler (2001), las prácticas performativas y repetitivas de estilización del cuerpo contribuyen a desnaturalizar los ideales normativos del género. Por esa vía, el crossfit permitía a muchas mujeres cuestionar los modos posibles de ser y devenir mujer. Claudia, una coach entrevistada, relataba:
Cuando mis amigas, zarpadas en explotadas [refiriéndose a sus cuerpos voluminosos, marcados y musculosos] van a buscar a sus hijos al colegio, los compañeritos les dicen que sus mamás tienen cuerpo de hombre. Y nada, por ahí la respuesta es: “y tu papá no”, “¿cuál hay?”. Es una lucha eterna entre cuál es el cuerpo del hombre y cuál es el cuerpo de la mujer. (Claudia, entrevista, 23 de febrero de 2020)
Este tipo de escenas dejaban en evidencia la fragilidad de las fronteras que definen qué cuerpos pueden ser leídos como femeninos o masculinos.
Eslóganes como “Strong is the new sexy” [fuerte es el nuevo sexy] o “Beauty in strength” [belleza en la fuerza] circulaban en redes sociales y materiales audiovisuales del crossfit, reivindicando una estética de mujeres musculosas, no solo como un cuerpo saludable, sino también deseable. Sin embargo, esta resignificación no eliminaba las tensiones y estigmas en torno a los cuerpos feminizados que entrenaban fuerza. La aparente indiferencia frente a la imagen corporal coexistía con una preocupación estética persistente anclada en el deseo de lucir esbeltas, tonificadas y atractivas, incluso cuando no se lo verbalizaba abiertamente.
Durante el trabajo de campo observé que algunas mujeres evitaban levantar barras pesadas por temor a “sacar músculo” en los brazos, hombros o espalda. Algunas incluso abandonaban la práctica porque no se sentían cómodas con la estética dominante en el crossfit, mientras que otras encontraban, en entrenar a la par con sus compañeros varones, una fuente de orgullo y autonomía corporal. Incluso, muchas de aquellas que no manifestaban preocupación por estas cuestiones y que tenían cuerpos voluminosos y musculados, asistían al entrenamiento maquilladas, con el pelo recogido -pero planchado- e indumentaria de marca.
Estos gestos mostraban que la incorporación de atributos tradicionalmente masculinizados iba de la mano con estéticas feminizadas, desafiando los límites normativos del género, incluso en medio de contradicciones. Así, la construcción de fuerza operaba como una herramienta para disputar las fronteras del género, pero no sin ambivalencias. El box de crossfit no solo operaba como un espacio de entrenamiento físico sino también como un entorno donde se ponían en juego y se reconfiguraban sentidos normativos sobre el cuerpo, el género y la autoridad.
“A mí me gustan los hombres masculinos y discretos”. Masculinidades y disidencias sexuales
A lo largo del trabajo de campo identifiqué varios grupos de amistades que compartían horario de entrenamiento. En una de las sucursales había un grupo compuesto principalmente por varones profesionales de alrededor de 30 años, abiertamente gais, que Mati -uno de sus integrantes- definía como formas de “sociabilidades gais”, es decir, grupos cohesionados de personas no heterosexuales. Contaba que antes tenía el preconcepto de que el crossfit era un entrenamiento “militar, autoritario y maltratador”. Sin embargo, cuando una sucursal cerca de su departamento abrió, tomó una clase de prueba que le hizo cambiar de parecer, según él, “había una linda energía entre las coaches y el grupo”.
El horario en el que comenzó a entrenar era conocido como el “horario LGBT”, ya que coincidían allí varios chicos gais “muy agrupados”. La sexualidad desempeñaba un papel central en esa cohesión, era “como la clara de huevo que nos unió”, decía Mati. Hasta entonces, él no se vinculaba con un grupo de varones gais, así que el box de crossfit le permitió participar en una “comunidad” que no hubiera conocido de otro modo. Rápidamente, comenzaron a organizar planes por fuera del entrenamiento: juntadas en casas, comidas, salidas a bares y fiestas electrónicas.
Para él, el box se distinguía de otros espacios de entrenamiento por estar cargado de una erótica particular, más explícita y situada que la que observaba en los gimnasios tradicionales. Según él, allí la seducción no se limitaba al cruce de miradas, sino que se desplegaba en la cercanía física entre cuerpos, en las posiciones de los cuerpos durante determinados ejercicios, en la transpiración y en los ruidos de gemidos y gruñidos que los crossfitters emitían durante el entrenamiento: “hay una chica que hace unos gemidos ¡zarpados!, o sea, que vos decís: ‘¡buena!’ y los chabones también, hay toda una cuestión morbosa que activa claramente como un sexo verbal” (Mati, entrevista, 25 de julio de 2019).
Estos elementos corporales habilitaban una imaginación erótica que rara vez se reconocía abiertamente, pero que era parte del entramado sensorial del box. La circulación de cuerpos semidesnudos durante los entrenamientos -los varones sacándose la remera, las mujeres en tops o calzas ajustadas- funcionaba, según él, como una forma de “recrear la vista” y agregaba “además, no cualquiera se la saca”, eran los cuerpos más trabajados quienes, apenas sentían calor, mostraban sin timidez sus torsos desnudos.
Aunque los boxes carecían de espejos y algunos coaches intentaban desalentar una preocupación excesiva por la estética corporal, el cuerpo crossfitter seguía siendo exhibido, admirado y deseado. La vestimenta ajustada y la piel expuesta se vinculaban a visibilizar el progreso físico respecto a la noción de “capital erótico”, entendido como un recurso relacional y acumulable compuesto por la apariencia, el afecto y el estilo, cuyo valor depende de las “estructuras de deseo” que operan en cada contexto (Green 2011). “Uno está pendiente de lo que hace, pero también de lo que hace el otro”, resumía Mati, señalando cómo esa vigilancia habilitaba intercambios de miradas, sonrisas y gestos cómplices, que muchas veces servían de puntapié para interacciones por fuera del box. Estos juegos de seducción eran valorados profundamente por él, ya que los percibía como “reales, concretos y sólidos”. Los contrastaba con los medios virtuales o aplicaciones digitales donde solía interactuar con otros varones con fines sexoafectivos, pero que -según decía- casi nunca derivaban en encuentros en la “vida real”.
Más allá de la carga erótica propia del entrenamiento, era el “tono” que imprimían los coaches lo que habilitaba o restringía ciertas formas de vinculación. Según varios interlocutores, la posibilidad de que se generaran grupos de afinidad, incluso con una carga erótica o afectiva, dependía en gran parte del ambiente que establecían quienes conducían las clases. En la sucursal en la que entrenaba Mati, por ejemplo, él destacaba que las coaches eran gay friendly, lo que creaba un ambiente en el que podía hablar abiertamente de sus experiencias sexoafectivas. Esto contribuía a que el box se sintiera como un espacio seguro para socializar con otros varones gais e, incluso, para que algunas personas repensaran sus orientaciones sexuales: “Algunas pibas eran hetero cuando entraron y luego encontraron sus amores con otras chicas ahí”, afirmaba entre risas.
El 28 de junio de 2019, Día del Orgullo LGBTIQ+, la franquicia hizo una publicación alusiva en sus redes sociales. Al preguntarle a Mati si había visto la publicación, me comentó entre risas que le había hecho una captura de pantalla a la publicación y la había mandado al grupo de WhatsApp de sus “sociabilidades gais”, con el comentario: “están fidelizando al 80 % de su clientela”.
El dueño de la franquicia -un referente local de la comunidad crossfitera- también se esforzaba por producir este clima de confianza y desinhibición. En eventos especiales, como inauguraciones o clínicas, solía proponer una foto grupal en la que cada participante debía gritar su “aparato sexual de preferencia”, mientras hacía con las manos un gesto alusivo al tamaño ideal, también aclaraba que existía la posibilidad de que no les “copara ningún sexo”. Entre risas y cierta vergüenza, se escuchaba un solo grito confuso, del que se distinguían palabras como chocho, verga, teta, culo, pija, concha, a la vez que todos los presentes abrían los brazos de par en par. Este ritual humorístico que desarmaba tensiones, muchas veces funcionaba para algunos interlocutores como una forma de conocer la sexualidad de sus pares, reforzaba el sentido de pertenencia grupal y tensionaba convenciones heteronormativas asociadas al mundo del crossfit.
A pesar de la erotización manifiesta, cabe destacar que no todo deseo podía ser expresado de cualquier modo. Como señalaba Mati, muchos de los ejercicios implicaban un contacto físico estrecho entre los cuerpos: “por ahí le estás teniendo las piernas a uno y tenés la pija del otro ahí en la cara”, algo que, en otro contexto, podría interpretarse sexualmente. Sin embargo, parte del código tácito del box exigía “simular” que esas situaciones no generaban ningún tipo de erotización. Ese pacto de “simulación” se volvía evidente frente a quienes no lo conocían o no lo respetaban.
Un compañero de entrenamiento señalaba que lo que más le gustaba del box era que muchos chicos eran “tapados” y “discretos”, en referencia a que había “gais masculinos y reservados”, lo que habilitaba intercambios eróticos sin necesidad de exponerse a revelar su orientación sexual. Tal como señala Ariza (2019), la apelación a la “discreción” aparece estrechamente ligada a la plumofobia, lo que refuerza, en el mundo gai, una idea de masculinidad asociada al silencio, la ocultación y la expulsión de lo femenino.
Así, muchas de las expresiones que Mati encontraba eróticas también eran objeto de regulación cuando transgredían ciertas expectativas de género. Un coach me comentó que en el box había un chico que “gritaba y gemía” -cuando lo esperado en un varón era un gruñido más que un gemido- ante el mínimo esfuerzo en los ejercicios, por lo que tuvieron que hablar con él para que moderara esas expresiones, ya que incomodaba a varios de sus compañeros. Un compañero de entrenamiento, que no practicaba crossfit en la sucursal del grupo de las “sociabilidades gais”, se distanciaba de este grupo con una frase reveladora: “yo me junto con todos los heteros, quizás no los quiero porque no pertenezco a su grupito de putos”.
En este sentido, el espacio del box parecía admitir cierta diversidad sexual, pero en la medida en que no cuestionara la matriz de género dominante. Como sugiere Connell (1995), se trataba de masculinidades “cómplices”, que acceden a beneficios del orden patriarcal sin encarnar su forma más autoritaria. Según Mati, quienes no respondían a esos códigos -ya fuera por su forma de vestirse, hablar o moverse- no solían sostenerse mucho tiempo entrenando. Un episodio fuera del box lo dejó en evidencia: en una fiesta organizada por la franquicia a la que asistían muchos crossfitters, el personal de seguridad no me quiso dejar ingresar si no me quitaba el pendiente de la oreja, advirtiéndome que “me podían pegar por eso en el boliche”. Aunque la violencia de esta escena -que podría parecer anacrónica- no vino directamente de un crossfitter, el incidente me llevó a pensar en los espacios de divertimento frecuentados por mis compañeros y qué expresiones de género eran bienvenidas o no en estos.
Reflexiones finales
El análisis etnográfico de distintos boxes en la ciudad de Córdoba reveló un mundo que, lejos de ser el campo homogéneo de “machirulos” o “maltratadores” imaginado por algunos, se presentaba como un espacio donde, tal como señala Taussig (2013), la violencia se encuentra inextricablemente enlazada con la producción de belleza. Así, la figura de Pukie -el emblema del ethos del crossfit- resonaba con sensibilidades neoliberales contemporáneas: rendirse es signo de debilidad, mientras que llevar el cuerpo al límite es motivo de orgullo y éxito. Entonces, distintos imaginarios operaban en este universo social: “lo militar” se asociaba a ideales de disciplina, productividad y autosuperación, y lo “natural-saludable” remite a una estética juvenil, vigorosa y “no gorda”. Todos estos elementos atravesaban tanto a varones como a mujeres crossfitters.
Estas nociones no operaban solo a nivel discursivo, sino que se encarnaban en cuerpos, rutinas y vínculos. Para los varones, el crossfit era un terreno fértil para cultivar formas tradicionales de masculinidad: potencia física, disciplina y autosuficiencia. La construcción de músculo y fuerza por parte de los varones era esperada, deseada y socialmente validada. Para muchas mujeres, en cambio, esa misma construcción se vivía con ambivalencia. Aunque el movimiento feminista ha transformado el mundo del deporte, ampliando la participación femenina en prácticas históricamente asociadas a lo masculino, la estética de la fuerza, el músculo, las posiciones de liderazgo y las actitudes de autosuficiencia, cuando son encarnadas por mujeres, continúan siendo disruptivas. Para atenuar estas tensiones, varias compañeras adoptaban estrategias como “ponerse lindas” para entrenar o manifestar una “despreocupación” por los resultados físicos. Esta última funcionaba como una táctica para enmarcar el entrenamiento del crossfit como forma de “empoderamiento”, desestimando así los estigmas asociados a los cuerpos que se alejaban de los cánones hegemónicos de belleza femenina.
En el caso de las coaches mujeres, asumir una postura de autoridad marcada era una respuesta al imaginario de que una mujer femenina no podría liderar una clase de crossfit. Es decir, en el box se reproducían distinciones normativas que ordenaban la práctica según una lógica binaria difícil de desanudar, como el RX diferenciado por género o la clasificación generizada de los objetos de entrenamiento según su peso.
Sin embargo, en el box también se ensayaban formas particulares de encarnar la masculinidad: por ejemplo, los gestos “caballerosos” de asistir a las mujeres por el solo hecho de serlo solían ser mal vistos. En este punto, lo managerial encontraba un sentido particular, no solo operaba como principio organizador de la autosuperación individual, sino también como modo de desactivar jerarquías y preconceptos de género que incomodaban cuando los varones levantaban menos peso que sus compañeras.
Los coaches no se limitaban a enseñar la técnica: actuaban como verdaderos “gestores de emociones” (Blázquez y Castro 2015), capaces de imprimir un “tono” particular al box. Ese tono modelaba el estilo de entrenamiento como las formas de vinculación y las prácticas que se habilitaban. Estas cuestiones marcaban qué expresiones de género y sexualidades se sentían bienvenidas o incómodas. Una de las sucursales, por ejemplo, era percibida por varios interlocutores como un espacio donde las “sociabilidades gais” podían desplegarse con libertad. Según ellos, esto se debía a que las coaches eran gay friendly, en relación con habilitar -e inclusive fomentar- ciertos juegos de seducción entre personas del mismo género.
Como ha señalado Gayle Rubin (1989), “la sexualidad en las sociedades occidentales ha sido estructurada dentro de un marco social estrechamente punitivo y se ha visto sujeta a controles formales e informales muy reales” (16). En ese marco, la “discreción” y la “masculinidad” no solo operaban como atributos valorados, sino como condiciones de posibilidad para que ciertas sexualidades fueran toleradas en este universo. Los varones disidentes sexuales mejor integrados eran aquellos que, en muchos aspectos, encarnaban ideales de masculinidad: cuerpos musculosos, socialización en entornos deportivos y alta performance física. En cambio, aquellos percibidos como más femeninos o poco discretos tendían a quedar en los márgenes y rara vez lograban insertarse plenamente en la comunidad del crossfit.
Este recorrido etnográfico por el universo del crossfit en Córdoba permitió identificar cómo, en el cultivo del propio cuerpo dentro de espacios comunitarios, no solo se reproducen determinadas estéticas corporales, sino que también se encarnan sentidos e identidades. Lejos de ser un mero ámbito de entrenamiento físico, el box funcionaba como un escenario donde se negociaban las formas legítimas de habitar el género y la sexualidad. Así, en el box se cuestionaba la necesaria correspondencia de los varones con la fuerza, el músculo y la heterosexualidad. Si bien se abrían ciertas posibilidades para que las mujeres incorporaran signos tradicionalmente masculinos -como el músculo- y se celebraban vínculos entre personas no heterosexuales, estas aperturas estaban condicionadas, muchas veces, por parámetros como la masculinidad, la discreción y la belleza.













