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Revista Colombiana de Psiquiatría

Print version ISSN 0034-7450

rev.colomb.psiquiatr. vol.40 no.3 Bogotá July/Sept. 2011

 

Reporte de caso

Secuestro y psicopatología. Lo monstruoso

Kidnapping and Psychopathology. A Monstrosity.

José Antonio Garciandía Imaz1

1Médico psiquiatra, terapeuta de familia, profesor asociado, Departamento de Medicina Preventiva y Social. Departamento de Psiquiatría y Salud Mental, Facultad de Medicina, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia.

Conflictos de interés: El autor manifiesta que no tiene conflictos de interés en este artículo.

Correspondencia
José Antonio Garciandía Imaz
Departamento de Medicina Preventiva y Social
Departamento de Psiquiatría y Salud mental
Facultad de Medicina
Pontificia Universidad Javeriana
Carrera 7ª No. 40-62
Bogotá, Colombia.

jose_garciandia@hotmail.com

Recibido para evaluación: 16 de abril del 2011. Aceptado para publicación: 6 de julio del 2011


Resumen

Introducción: En este artículo se propone un entendimiento de la experiencia del secuestro desde una perspectiva psicopatológica. Objetivo: Lograr una descripción y denominar la experiencia del secuestro. Método: Análisis cualitativo de casos. Desarrollo y Conclusión: El secuestro es un trauma, una situación límite y una catástrofe. Una experiencia que congrega tales vicisitudes es una experiencia monstruosa.

Palabras clave: Secuestro, familia, patología, monstruosidad.


Abstract

Introduction: This article suggests an understanding of the experience of being kidnapped from a psychopathological perspective. Objective: To describe and give a name to the experience of being kidnapped. Method: Qualitative analysis of several cases. Conclusion: Being kidnapped is a traumatic, limit situation, and a catastrophe. An experience that musters such vicissitudes is a monstrous experience.

Key words: Kidnapping, family, pathology, monstrosity.


Introducción

En un artículo anterior había planteado un concepto psicopatológico para abordar la experiencia psicológica del secuestro. A falta de un término más adecuado, decidí denominarlo como un atrapamiento emocional. La familia XH había sufrido dos secuestros, de la hija (I) y el padre (J). Durante 16 años el silencio se apoderó del sistema comunicacional de la familia, lo que desembocó en una serie de conflictos, sobre todo en la relación de pareja de los padres, al tiempo que cada miembro de la familia fue desarrollando alguna patología: la madre, una depresión crónica de matiz distímico; el padre, una hipertensión arterial; I (secuestrada), depresiones a repetición, y Z, la otra hija, unas cefaleas intensas, además de una púrpura trombocitopénica.

Después de un proceso de terapia de familia, la situación se transforma y la perspectiva familiar cambia de manera ostensible. El secuestro es un evento que genera unos efectos a corto plazo en las personas que son víctimas y en sus familiares, pero además existen unos efectos a largo plazo que se traducen en síntomas psicosomáticos y emocionales. Estos efectos a largo plazo parecieran estar relacionados con las dificultades de los implicados en hablar sobre las emociones vividas durante la experiencia. Dichas dificultades serían consecuencia de un fenómeno al que he llamado “atrapamiento emocional”, a falta de un mejor calificativo.

Las emociones de una experiencia tal son secuestradas (valga la metáfora) adentro de la víctima, que, mediante mecanismos de negación, represión e incorporación, encapsula el componente afectivo de la experiencia, y lo escinde de su aspecto cognitivo. De esta manera, puede relatar con minuciosidad la historia de su experiencia, pero sin los elementos afectivos de esta. Una especie de delirio literario que pareciera ayudar a elaborarla y que, sin embargo, consolida el aspecto escindido que comenzará a supurar hacia el interior del individuo en forma de patologías somáticas en las que se intenta metabolizar la experiencia.

Contrario a lo que sucede en la experiencia traumática, en la que el trauma es vivido como una experiencia dolorosa verbalizable, la experiencia del secuestro, que si bien resulta verbalizable como narrativa literaria, queda atrapada en el cuerpo como una experiencia propioceptiva que toma la vía del lenguaje somático y se encierra en algún lugar del cuerpo.

Si bien en las patologías psicosomáticas se responde a hipótesis como la alexitimia, conflictos inconscientes, expresiones gestálticas, dificultades de simbolización, problemas relacionales…, el atrapamiento emocional parece ser el depósito de una experiencia indefinible e incalificable en algún lugar del individuo. El secuestrado pierde muchas cosas, en esencia el ritmo de su vida, la continuidad de su mundo. Cuando es liberado, se encuentra en una paradoja, no puede elaborar su pérdida, porque justo en el momento en que debería comenzar ese proceso de duelo, obtiene lo que perdió. Por lo tanto, ¿cómo elaborar el duelo de aquello que perdiste, pero ahora recuperaste? ¿Cómo verbalizar la experiencia emocional del secuestro si lo que prima es la experiencia emocional de la liberación? En la liberación, nadie parece estar dispuesto a hablar del dolor, ¿cómo hacerlo si ya no debes sentirlo porque estás libre? Estás atrapado en la paradoja, el elemento afectivo queda secuestrado. Un universo de emociones queda suspendido como lugar de encuentro consigo mismo. ¿Hacia dónde es posible dirigir la agresión recibida? ¿Hacia dónde dirigir la agresión que emerge desde la propia frustración y dolor?

Reencuentro

Retomar la vida después del secuestro implica reorganizarse con el mundo, pero, sobre todo, con el propio cuerpo enajenado, y este, que no ha encontrado la vía de las palabras para expresar la experiencia, encuentra más fácil el lenguaje de los órganos, que emiten respuestas espontáneas somáticas ante la incompresibilidad de lo vivido. Así lo expresa Mónica, una mujer de 40 años, que a los 19 años sufrió un secuestro durante tres meses, y que 21 años después describe unas sensaciones extrañas corporales durante el secuestro:

No se lo puedo explicar doctor, pero era una sensación muy rara por toda la piel, como una mezcla de hormigueo y picazón, pero que no es ninguna de las dos, como si tuviera un montón de agujas. La verdad es que no he podido hablar del secuestro en todos estos años, incluso estuve en varios psiquiatras que querían que hablara mal de los secuestradores para no sé qué, pero para mí era imposible, hasta ahora, doctor.

También Laura, una mujer de 44 años que fue secuestrada durante varios días en una finca de recreo mientras estaba con su familia y que fue violada por uno de los insurgentes en el transcurso del secuestro, dice:

Eso ocurrió hace trece años doctor, y la verdad no he podido hablar de ello, me es imposible, no sé doctor, por ahora no puedo hablar, quizás más adelante lo pueda hacer. Me aconsejaron que buscara ayuda, pero para qué si ya lo que pasó, pasó. ¿Cómo se puede resolver eso, si ya pasó? Como quien dice, el daño ya está hecho. Ni siquiera lo he podido hablar con mi marido, y ahora para qué si nos estamos separando. Desde entonces lo de la comida se puso peor, no es que yo comiera mucho antes, pero desde entonces el asunto de comer se puso mucho más grave, no sé, la comida no me gusta. Podría vivir sin comer. ¿Usted cree que lo que me pasa tiene qué ver con el secuestro? No me diga doctor, prefiero no saberlo, mejor dicho, por ahora no puedo hablar de ello, comienzo a sentir lo mismo, es una sensación muy extraña, no se la puedo describir, es en el cuerpo, es todo muy raro. Algún día podré hablar. Creo que va a tener que tener mucha paciencia conmigo doctor.

En el secuestro hay enajenación, el individuo deja de ser tal. Con la liberación, la urgencia es volverse a apropiar de sí mismo y, por lo tanto, cualquier otra dimensión psicológica queda pospuesta. Hablar del secuestro no es lo fundamental desde la perspectiva del secuestrado, es más urgente volver a ser alguien, con la capacidad de ser autónomo. Volver a instaurarse en la cotidianidad, en la esfera (1) existencial interrumpida, y tomar asiento en el campo psíquico (2).

En estas circunstancias no hay espacio para elaborar un duelo, pues la liberación representa un reencuentro con todo aquello que se perdió durante el secuestro. Entonces, ¿cómo elaborar el duelo de algo que se ha recuperado y que ya no es una pérdida? Las sensaciones indescriptibles, nunca antes experimentadas, las pocas vivencias verbalizables, parcialmente comprensibles por los interlocutores que no han vivido esas circunstancias, todo ello se posa en un quiste emocional que es desplazado de la atención consciente y ubicado en instancias que, sospecho, obtienen el beneplácito de lugares somáticos, desde donde, con el tiempo, pueden comenzar a supurar en la forma de quejas psicosomáticas.

De ahí que los secuestrados con frecuencia no hablen de su experiencia del secuestro, quizá, sí pueden hablar de eventos y pueden construir relatos e incluso libros, pero no pueden encontrar las palabras adecuadas para contener lo experimentado. Sucede un atrapamiento emocional, la experiencia misma queda secuestrada por alguna instancia de su propio ser y encarcelada en la corporalidad. Los límites del propio ser han sido estallados y atravesados por otros desconocidos, que, no reconociéndolo como un legítimo otro (3), lo han desquiciado de su esfera existencial. Esta experiencia no desaparece con la liberación, persiste como una ruptura de la burbuja personal (4), es vivida como una penetración inesperada que se produjo, se instaló y de la cual permanecen los ecos que evocan la amenaza de que en cualquier momento puede volver a suceder. Una experiencia similar a la de la persona con esquizofrenia; a esta, el mundo la atraviesa, no existen límites entre él y el mundo, con la diferencia de que en esta es permanente y en el secuestrado ocurre y después se convierte en un remanente de la posibilidad de que vuelva a suceder. Como dice Mónica:

Si yo intento recordar, doctor, mejor dicho, no lo puedo hacer; de inmediato me invade la misma sensación por todo el cuerpo, esas agujas y ya no se lo puedo decir en palabras, tendría que irle relatando lo que voy sintiendo y no puedo encontrar las palabras. Por ello es preferible el silencio, no hablar. Lo terrible es que las personas que la quieren a una no le pueden entender por mucho esfuerzo que hagan, la familia la acompaña a una y está muy bien, una lo agradece, no sé, qué le puedo decir doctor, es muy difícil. Y todos esos psiquiatras a los que la llevaban a una, empecinados en que una hablara porque eso ayuda a sacar cosas. Pero ¿qué cosas?, si es que una queda sin nada porque esa experiencia no le deja a una nada por dentro, es un vacío. ¿Qué va a sacar una si es que le quitaron todo? Es una estupidez, ¿no le parece? Lo que le pasa a una es que se trata de un daño muy profundo que una no sabe cómo ubicar en su vida. Sin embargo, una sabe que está ahí, en alguna parte de su ser. Lo curioso de todo es que yo soy la única que vivo en el país de todos mis hermanos, como que a ellos les afectó mucho, algunos ni siquiera han vuelto. Esto acaba afectando a toda la familia, muy seguramente no como a mí que soy la que sufrí el secuestro, para ellos pudo ser una experiencia traumática, pero para mí lo de trauma parece muy poco, es más fuerte, no sé qué palabra utilizar. Una queda atrapada en una cosa rara.

Existe el recuerdo en la medida en que se mantenga como un relato de la esfera cognitiva; sin embargo, no parece ser así desde la esfera afectiva, pues no hay representación simbólica, una presentificación de la experiencia, la cual vuelve a inundar la conciencia con todo su arsenal. Esto, que pudiera parecerse a la reviviscencia del trauma, tiene unos matices muy diferentes, no se trata de recordar lo vivido, sino de estar en lo vivido.

Aún no hemos podido comprender ni dimensionar los efectos del secuestro en un ser humano. La idea del trauma puede ayudar en los primeros momentos, hablar del secuestro puede ser útil; sin embargo, estimo que es insuficiente para abordar el impacto mental a largo plazo, el trauma es un acontecimiento circunscrito que irrumpe en la vida del individuo y lo conflictualiza.

El secuestro es una interrupción de la vida del individuo y un vaciamiento existencial de todo lo que era su vida cotidiana, durante un tiempo en el que las pérdidas son múltiples y para las cuales el aparato psíquico, por sólido que sea, no está preparado. Se trata de un atrapamiento emocional, el campo psíquico individual lo siente porque lo lleva incorporado (es parte de su cuerpo), pero ni el campo mental familiar, ni el ámbito social parecen capaces de comprender sus dimensiones. Sensaciones y emociones quedan atrapadas en la fisiología y circulan sin control por toda la corporalidad, que tampoco parece tener la capacidad de prestar un órgano determinado, a diferencia de lo que sucede en las patologías psicosomáticas.

Hablar del secuestro permite cierta catarsis, no obstante, “hablar de algo” o sobre algo si bien facilita ciertos avances, no es suficiente. Cuando se trata de un atrapamiento emocional es más productivo hablar con, no sobre lo que le sucedió o vivió, sino “hablar con alguien” (5) sobre seguir construyendo la vida que ahora necesita reescribir (6). Porque “hablando con”, en lugar de “hablar de”, es posible construir conversaciones que amplíen el estado de conciencia, en su sentido más original, el de conocer juntos, una forma de generar un territorio corporal más amplio, capaz de acoger lo inefable y transformarlo en un discurso capaz de reconducir la existencia. Quizá el silencio sobre el secuestro (7) sea uno de los fenómenos más notorios y también el más patologizante a largo plazo, sobre todo en expresiones sintomáticas como la irritabilidad, el aislamiento, y las somatizaciones que se evidencian en los exsecuestrados y los familiares (7). Para ilustrar este aspecto, más adelante transcribo una conversación sobre el caso mencionado al principio.

Sesión de cierre de la terapia de familia

La pareja de padres afectada por el pacto de silencio familiar en relación con los dos secuestros que habían padecido construyó una dinámica de incomunicación. Este conflicto de pareja resultó lo suficientemente fuerte como para que ambos desviaran su tensión en Z, en realidad la única que quedaba libre de somatizaciones, puesto que I ya tenía sus depresiones. El atrapamiento emocional de los padres se cebó en Z, quien, como vértice del triángulo relacional, asumió la tensión de la pareja somatizándola.

La sesión de cierre del proceso de terapia familiar se realiza con ambos padres y Z, puesto que I no podía asistir. Z ya no presenta la cefalea intensa y persistente que había presentado durante las anteriores sesiones y que la habían obligado a consultar con un neurólogo, quien decidió pedirle una resonancia magnética por sus antecedentes de púrpura trombocitopénica y el temor de que pudiese ser el preámbulo de un accidente cerebro-vascular. La cefalea finalmente fue descartada como subsecuente a una patología orgánica y se orientó hacia una cefalea psicosomática. Lo interesante es que persistió durante el proceso y en la última sesión desapareció.

T: ¿Ya no tienes dolor de cabeza?

Z: No, ya no he vuelto a sentirlo. Es que todo esto me tensiona mucho y bueno, ya hoy terminamos la terapia de familia.

Padre: Sí, ella se preocupa demasiado y le afecta mucho.

T: Sí, ahora seguiremos con tus padres como lo habíamos programado. Pero, ¿tú crees que tu intenso dolor de cabeza se debía a toda esta situación?

Z: Totalmente, no es que lo crea, estoy absolutamente segura de ello, incluso uno de los días no quise venir a la terapia, todo esto me tensiona. (La madre extiende su mano para acariciarla).

T: ¿Todo esto? ¿Qué quieres decir con todo esto?

Z: Es que me tensiona mucho que mis padres puedan ponerse a discutir.

T: Bueno, las personas discuten con frecuencia y supongo que tus padres no son una excepción.

Z: Pero ellos no saben discutir, rápidamente se ponen a gritar y todo se vuelve insoportable.

T: ¿Tan insoportable como tu dolor de cabeza?

Z: Sí, prefiero tener dolor de cabeza que asistir a sus peleas. Me afectan demasiado, usted no se imagina, pero son terribles.

Padre: Doctor, yo quisiera decir algo si me lo permite.

T: Por supuesto.

Padre: Lo que pasa es que Z no puede tolerar que haya una discrepancia entre nosotros dos (la madre asiente), cualquier diferencia de opinión que tengamos, ella de inmediato se pone a intervenir para que dejemos la cosa.

Z: Pero es que ellos no saben discutir, doctor, no pueden evitar ponerse agresivos con los gritos y en realidad no discuten, pelean y lo hacen siempre.

Madre: Pero es normal que haya discrepancias, no podemos estar siempre de acuerdo.

Padre: Es que por ejemplo uno puede discutir de política y eso genera apasionamientos, entonces uno puede subir el tono de voz.

Z: ¿Subir el tono de voz?, ¡ay!, papá, ustedes no suben el tono de voz, ustedes gritan (la madre se ríe, acompañada de una sonrisa del padre).

T: Me imagino que se están preguntando al igual que yo, ¿cuándo decidieron nombrar a Z en un árbitro, en un mediador entre ustedes?

Padre y madre (al unísono): ¡No!, nosotros no le hemos pedido que haga eso, es cosa de ella.

T: Entonces, ¿por qué creen ustedes que ella actúa tan preocupada por ustedes, que incluso no les permite discutir?

Padre: No lo sé doctor.

Madre: Ella siempre interviene, no sé por qué se preocupa tanto.

Z: No es preocupación, es angustia lo que me da cada vez que discuten. Por eso me daba miedo venir a la terapia, por eso me dio el dolor de cabeza y no quería venir. Es que ustedes no se dan cuenta de lo que uno siente cuando ustedes están en medio de esa batalla campal.

T: Tal vez por ello tienes que abortar las discusiones entre tus padres, es una forma de protegerlos de que se maten (hago énfasis en ello).

Z: Por supuesto doctor, es que si usted los viera, eso es terrible.

T: ¿Da la sensación de que va a correr sangre? (Lo digo con cierta teatralidad humorística).

Z: ¡Claro doctor, es que una ya está viendo la sangre en cualquier momento! (Se ríe y ambos padres también lo hacen. El ambiente es muy distendido y jocoso).

T: ¡Qué interesante! (irónicamente). Pareciera haber una conexión entre lo que a ti te pasa y tu actitud en relación a tus padres. (Z me mira sorprendida). Me refiero al hecho de que has tenido un par de hospitalizaciones por la púrpura trombocitopénica.

Z: No entiendo (los padres están muy expectantes y con cara de sorpresa). No veo qué relación pueda tener.

T: Bueno, tú sabes que los psiquiatras somos unos tipos muy raros y a veces nos da por decir cosas muy extrañas (se ríen).

Z: Sí, como que se les pega un poco la locura de tanto ver pacientes, supongo (mientras se ríe).

T: Es posible, conozco a algunos que les sucede eso. Pero no es mi caso, espero que no se lo digas a nadie (bajando el tono de voz, como si fuese a comunicar un secreto prosigo): el caso es que a mí me pasa lo contrario, me he ido mejorando, y no veas, he progresado bastante. (Todos se ríen a carcajadas).

Padre: Lo felicito, eso me tranquiliza doctor (riéndose).

T: ¿Me dan permiso para decirles lo que estoy pensando sobre esa relación? (Asienten). Reconozco que es un poco loco, pero no me aguanto sin decírselo. La cuestión es esta, la púrpura trombocitopénica, no sé cuánto saben al respecto, es una patología que tiene que ver con las plaquetas. Estas células tienen una serie de funciones y entre ellas está la de participar en la coagulación de la sangre. Si disminuyen en determinado número, se produce una tendencia a padecer hemorragias espontáneas. De ahí que a Z le salen esas lesiones o morados en su cuerpo. Estoy pensando que cuando los papás discuten o muestran algún grado de tensión en su relación, Z teme que vaya a correr la sangre entre ellos, entonces ella intenta mediar para evitarlo interviniendo y con su acción aborta toda posibilidad de altercado. Esto ha sido muy efectivo al parecer, en la medida en que ha logrado que ustedes cada vez hablen menos y así se minimiza el riesgo de discusiones que tanto angustian a Z. Sin embargo, ese comportamiento y esa dinámica familiar se ha mecanizado tanto que ya ocurre de una manera espontánea, yo diría que incluso inconsciente, tanto como para que Z lo haya incorporado a su comportamiento. Cuando digo incorporado, lo digo en el sentido más literal, la dinámica relacional entre ustedes la ha vuelto parte de su cuerpo y desde hace un tiempo la sangre no corre entre ustedes, corre y traspasa sus vasos sanguíneos y aparece en su piel en la forma de moretones. Entonces, todos se asustan mucho y olvidan sus tensiones, Z y su salud son lo más importante. Lo que quiero decir es que la púrpura trombocitopénica parece tener una función en esta familia y eligió (enfatizo cuando pronuncio esta palabra) a Z como el vehículo que puede expresar con la mayor intensidad el dolor y el sufrimiento de unos padres que parecieron perder el rumbo de su relación (los padres me miran atónitos e incrédulos).

Z: Parece muy loco doctor, pero a mí me hace sentido.

T: ¿Qué quieres decir?

Z: Que aunque lo que usted dice parece absurdo, yo siento que tiene algún sentido para mí, no podría explicarlo, pero no me es extraño.

T: Bueno, al fin y al cabo, el vínculo que te une a tus padres es el amor, te adoran y tú a ellos, es un vínculo relacional basado en el afecto profundo (hago una pausa de unos segundos) y en la sangre. Tú eres sangre de la sangre de ellos dos, y lo que a ellos les afecta, llega y afecta también tu sangre, que es su sangre. Cuando ellos pelean tan terriblemente, la sangre hierve en sus venas (pronuncio con énfasis esta frase) y el hervor llega hasta tu propia sangre, pues eres sangre de su sangre. Cuando la sangre hierve es más difícil que se coagule, y como todo líquido, tiende a evaporarse, a salirse de los límites del recipiente que lo contiene, en este caso de tus vasos sanguíneos.

Z: ¡Huy! (los padres la miran con una gran ternura y emocionados).

T: ¿Ustedes quieren que ella siga participando de sus dificultades como pareja?

Madre: ¡Claro que no!

T: Entonces qué hacemos para sacar a Z de en medio de ustedes dos, porque lleva muchos años haciendo esa labor de muelle entre ustedes dos, chupándose, como lo hacen los muelles, la tensión generada en sus extremos. (Z asiente con satisfacción).

Z: Así es como me siento, como un muelle entre ellos.

T: ¿Y hasta cuándo vas a seguir ejerciendo ese papel?

Z: No sé (se ríe nerviosa).

T: Bueno, ya que tú no sabes, yo sí; a partir del día de hoy, por prescripción médica, te eximo de cualquier función de responsabilidad en la relación de tus padres. Ya no tienes ninguna obligación de interceder, ni mediar, ni resolver sus altercados. Si se quieren matar, no es tu problema. Tú ya no haces parte de este triángulo tan dañino para los tres.

Z: Me parece fantástico, es un gran alivio para mí, porque ya estoy más que mamada.

T: Lo sé, porque no es la primera vez que tus padres van a hacer una terapia de pareja, y lo curioso es que siempre ha sido por petición tuya y de tu hermana. Pareciera que ellos no quieren quedarse a solas, no dejan que salgas del triángulo.

Madre: Yo creo que es cierto eso doctor.

T: ¿Qué exactamente?

Padre: Z se fue a Alemania a estudiar y posteriormente viajó en otra época a Australia. Una forma de huir de nosotros, creo yo.

T: ¿Y qué pasó? ¿Por qué se devolvió?

Padre: No lo sé, pero como que no cuajó la cosa.

T: Como que Z mantiene una actitud de indecisión ante ustedes, o está sumergida entre ustedes en un triángulo perverso, todos los triángulos son perversos, desvían el conflicto entre dos. O se va lo más lejos posible huyendo de ustedes dos. Me pregunto qué hace I, qué alternativas ha encontrado ella para sobrellevar la situación, porque entiendo que ella fue la que más insistió en que buscaran ayuda.

Madre: Yo pienso que I reacciona de otra manera, ella es mucho más expresiva y grita como una desesperada, y se defiende y nos grita a nosotros.

Padre: Sí, I es como L (madre), no se calla las cosas, las va diciendo.

T: Supongo que sí, sin embargo, ella (I) se deprime con frecuencia, toca tratarla médicamente. Ella también fluctúa entre el grito y el silencio desesperado de la depresión. Pienso que deberíamos sacarlas de este juego tan dañino, ¿no creen?

Padre: Sin duda doctor, pero hasta ahora no hemos podido o no hemos sabido cómo hacerlo.

T: O no han querido, o todas esas alternativas juntas. ¿Qué tan obedientes son ustedes? (Se ríen). Voy a decirles algo, a partir de ahora yo voy a ser quien forme un triángulo con ustedes (dirigiéndome a los padres), y para ello vamos a realizar una serie de sesiones de terapia de pareja. Tú (dirigiéndome a Z) ya no tienes lugar aquí en este triángulo, lo estoy ocupando y lo voy a seguir ocupando yo, ahora solo debes preocuparte de ti misma, déjame a mí lidiar con este par. (Se ríen los tres). Pero no para aguantármelos, ni más faltaba, no estoy para esos trotes, trataremos que aprendan a digerir (enfatizo en el tono esta palabra) sus propios conflictos para que nadie se los tenga que mamar (vuelvo a enfatizar en esta palabra).

Z: Espero que lo logre, doctor. No sabe lo que le espera. (Riéndose. Los padres se ríen también).

T: Bueno, los locos somos así, hacemos cosas raras.

Z: ¡Pero no se ha mejorado tanto entonces! (Todos nos reímos).

T: Tienes razón, quizá con una pareja tan complicada logre avanzar en mi mejoría. (Se ríen).

En esta sesión, que estaba decidida como la última sesión de terapia de familia, se cierra una parte del proceso iniciado. A partir de este momento continúa el proceso de la pareja. Ellos ya han estado al menos en dos procesos anteriores de pareja; sin embargo, su situación no ha cambiado. La dinámica de la relación se mueve en términos de cierta cordialidad, pero basada en el menor contacto posible, lo cual ha minado de manera ostensible su vida de pareja. La ley del silencio desde el primer secuestro acabó por afectarlos hasta el punto de la casi extinción como pareja, en la medida en que se convirtieron en un triángulo cuando incorporaron a su relación la presencia de Z como el depositario de sus dificultades conversacionales.

Después de trabajar un tiempo (seis meses) con la pareja y de mutuo acuerdo dar por cerrado el proceso terapéutico, contacto de nuevo a la familia, pasado un año, para realizar un seguimiento de la evolución posterior a la intervención terapéutica. En este contacto me comunican que C, la hija mayor que vive en el exterior, dos meses después de haber terminado el proceso de terapia de familia sufrió un problema cerebral por el cual fue intervenida quirúrgicamente, con un buen resultado y recuperación absoluta. Sigue trabajando en la universidad y su vida es tranquila y satisfactoria. Las hijas: I sigue con sus estudios satisfactoriamente, no ha vuelto a tener episodios depresivos, y Z viajó al exterior, donde adelanta sus estudios, su salud es buena, no ha presentado migrañas ni episodios de su trombocitopenia. Los padres refieren mantener una excelente relación: el esposo (J) manifiesta que todo está muy bien, afirmación corroborada por la esposa (L), quien después de finalizar su tratamiento con antidepresivos orales manifiesta que se siente muy bien, y espera seguir así. Un periplo enfermizo que había comenzado con el secuestro de la hija (I) y después del padre (J), y había afectado a la familia en varias dimensiones durante 16 años, se cerraba.

El silencio en las palabras

No solo el silencio efectivo (la ausencia de conversaciones) es un aspecto detectado entre los secuestrados y sus familias (7), sino, también, la ausencia de expresión de emociones experimentadas se conforma como una sutil manera de aparición del silencio.

El presente relato lo hizo G un mes después de haber sido liberada de su secuestro, hace 25 años. Fue realizado a petición de un diario que lo publicó como artículo. Muy amablemente, G me permitió transcribir su relato en este artículo. En él podemos observar cómo la narración cursa por una asepsia emocional que resuena en las palabras como un profundo silencio.

Y allí, amarrada a una cama, desperté aquel día, aún para mí sombrío, aún irreal, aún pesadillesco. Mi mente desorbitada no lograba entender qué había pasado. Si la mañana anterior había despertado en un lugar tan hermoso en donde había podido estirar cada una de las partes de mi cuerpo para salir luego volando hacia la universidad […]. Pero ¿dónde me encuentro hoy? ¿Será, tal vez, que el despertador no ha sonado todavía y me encuentro imbuida en uno de esos sueños angustiosos, incesantes, eternos?

Sí, eso es, pensé, mientras miraba con creciente estupor una de mis piernas amarrada con una gruesa cadena y sellada con un candado mágico. Comencé a forzar mi pierna, tenía que despertar, iba a llegar tarde a clase; esa pesadilla se estaba convirtiendo en un horrible comienzo del día. En este forcejeo me hice daño y al fin desperté del sueño que, en ese momento supe, había sido mi vida. Confusión total por un largo tiempo; al fin comprendí: mi sueño había durado 20 años, mi vida solo llevaba 24 horas.

De nuevo, pero esta vez con más firmeza, mis ojos penetraban hasta el último agujero de aquellas vigas que claramente me advertían la importancia del control, la reflexión, la posibilidad, así remota, del optimismo. Imperiosas me gritaban: No todos tienen algo que tú tendrás: una segunda oportunidad, además de lo que ya has ganado, el haberte conocido con todos tus vacíos e imperfecciones, con todas tus grietas pero también fortalezas.

Horas, días, meses. Dormir, despertar, dormir, despertar, ¡perra vida! La llegada de una fecha memorable. Domingo. Agotada, ausente, miraba una vez más el grueso de la cadena y la firmeza del candado. Revuelo de voces, agitación, ¿qué pasará? Entraron al cuarto, desamarraron mi pierna, pusieron una venda sobre mis ojos y me introdujeron en el pequeño baño oscuro.

“Permanecerá aquí solo unos momentos”. Dos, tres, cinco, siete horas. Pero había algo nuevo: por primera vez me acompañaba alguien, era un joven, y no podía dejar pasar la oportunidad de conversar con él, escucharlo, preguntarle, por qué, para qué. Saberlo, la posibilidad de entenderlo, le daría un sentido a todo el absurdo vivido hasta ahora. Y así fue. De allí en adelante, ya de vuelta en mi diminuto cuarto, traté de entrar, decididamente, en relación con mi guardián, el de los ojos negros. Me había dado cuenta de lo importante que era la comunicación. Jugamos con los naipes, conversamos. Él era difícil, hermético, hosco, negativo, se le veía, sin embargo, una tristeza infinita, además de una torpeza de la cual no era culpable. Le di toda mi simpatía. La necesitaba aún más que yo.

Viernes. Cómo me gustaría ir a un cine, salir a comer, pasar una noche agradable. Lo haré. Fijé una vez más mis ojos en el techo e imaginé un viernes de aquellos inolvidables. Horas enteras permanecí inmóvil, soñando mil cosas, viviendo mil cosas, que aunque ausentes, las disfruté más que nunca. Poco a poco me fue ganando el sueño. Lejanamente primero, mucho más fuerte después me llegaban voces, carcajadas. Un diálogo entre ellos: “Es tan sencillo matar a alguien; ya lo he hecho tantas veces, con este tipo de ametralladora ni cuenta se dará, son tan silenciosas”. Puig, puig, puig…

Al escuchar esto, mi cuerpo fue durmiéndose lentamente; sentía mil agujas por todas partes, mi cabeza parecía estallar, la temperatura de mi cuerpo subió mucho y mis manos se bañaron en sudor. Horas enteras de agonía, hasta que ya en la madrugada escuché sus voces alejándose.

Días, días y días inimaginables, inenarrables. Una mañana entran varias máscaras de tela negra, desa-marran mi pierna, colocan una venda sobre mis ojos y me introducen en un carro; allí me acuestan en la parte trasera del carro, en el piso, y me cubren con una vieja ruana; encima siento los pies de tres hombres. Un recorrido de toda la ciudad hasta llegar a un nuevo escondite. Cambio de espacio. Sí. Un techo diferente, sin vigas, alto y lejano. Pero y mi situación, ¿ha cambiado algo? Creo que no. La única diferencia es que me encontraba ahora en un edificio de apartamentos, en donde había mucha gente. Por lo tanto, yo tendría que permanecer mucho más camuflada, los vecinos no deben descifrar el misterio.

Un sitio nuevo. Aquí ya no me despertaba el radio sino el llanto de un niño; su madre le pegaba, lo amenazaba con meterlo a la alberca fría si no tomaba el tetero, el perro ladraba; el papá disimulaba la grosera situación ante los vecinos entonando una canción de moda. Comprendí, entonces, el porqué yo estaba allí, en aquel mundo. Todo mi rencor desapareció. Los comprendí.

¿Qué pretendemos que sean, si son seres que desde que nacen reciben odio, golpes, maltrato, amargura, resentimiento? ¿Podrán, entonces, dar otra cosa que no sea odio, podrán dar amor si no saben qué es? ¿Sabrán cómo respetar a alguien si nunca han sido respetados por nadie? ¿Cómo pretendemos que piensen, si su cabeza no ha recibido ideas, sino golpes?

El silencio y el aislamiento en que había estado en el otro sitio se vio cambiado por un mundo de gritos, agresividad, y por las maravillas de la era tecnológica que nos afectan a todos, ricos y pobres: las televisiones de todo el edificio encendidas a la vez, el Simca de uno de los inquilinos pitando para anunciar su llegada, las licuadoras en el concierto ensordecedor de la hora del almuerzo, el transistor eternamente prendido.

En la tarde, el parloteo de las mujeres haciendo cola en el lavadero común, ansiosas, presurosas, para no perder las telenovelas. Y a entrada la noche, el regreso del marido, cansado, enervado, frustrado. Nunca oí un buenas noches; siempre un alarido final…

Estaba conociendo un mundo ni siquiera presentido, antagónico al mío, pero a la vez más real, pues hoy sé que es el de la mayoría de las gentes de mi país.

Setenta y cinco días y aún allí, ya resignada, casi acostumbrada a esa vida, a vivir amarrada día y noche, a comer con la mano, al baño con agua helada, a llorar, a pensar, ya ni siquiera a preguntar. Poco a poco me acostumbraba a la idea de morir; esto me asustaba, solo me entristecía pensar en toda mi vitalidad frustrada, en no haber sabido apreciar cuando lo tuve todo, en haber pensado siempre en un mañana lleno de promesas de felicidad, cuando el presente ya lo era.

Y de repente, un sábado luminoso, inolvidable, se acerca la máscara de ojos negros, con un brillo especial en ellos me dice: “Hoy regresa usted a su casa”.

¿Quéeeeee?

Me desorbitó, voy y vengo en un continuo vaivén, no puedo quedarme quieta ni un segundo. Son las tres de la tarde; siento que el tiempo no avanza, hacia las cuatro, comienzo a dejar salir el aire contenido en mi pecho; necesito relajarme. Hacia las cinco ya estoy más tranquila, la emoción me invade íntegra; deseo por sobre todo volver a mi mundo, pero quiero volver con una sonrisa en mi rostro; tengo apenas dos horas para borrar todo aquello que denote amargura, angustia; quiero renacer con un rostro feliz. Hacia las seis y media mi corazón va a estallar; aparecen mis zapatos y mi chaqueta, desa-marran mi pierna y me sugieren hacer algunas flexiones antes de caminar. Todas mis ilusiones se hacían realidad. Me entregan una carta en la cual me agradecen mi comportamiento con ellos y me desean una vida feliz; lloro de emoción y de tristeza a la vez; yo salgo con mi cara de frente al mundo; ellos permanecerán en ese hueco oscuro ocultando su rostro para siempre.

Vendaron mis ojos para sacarme del cuarto y montarme en el carro. Pedí que me llamaran a todos los que habían vivido allí conmigo; quería despedirme de ellos; fuertemente los abracé y salí.

Me parecieron muchos kilómetros, los semáforos eran eternos; uno de los hombres que me conducía me pidió bajar con él; yo debía mirar siempre al suelo, ya ninguna venda cubría mis ojos; podía ver el asfalto de la calle, sentir su ruido, sentir la gente, el reflejo de la luz. No lo podía creer.

“Ya puede levantar la cabeza”, dijo, y me dio algún dinero.

“El norte es a la izquierda, el sur a la derecha”.

Así lo hice. Levanté lentamente la cabeza, puse mis pies firmemente sobre la tierra y en voz alta dije: “Tuve que sangrar, tuve que luchar, valía la pena, soy libre al fin”.

Correr, volar… el encuentro de un taxi, sensaciones de felicidad, emoción y angustia. Al ver la cara del chofer no pude contener el llanto, era la primera vez en tres meses que veía, desnudo, un rostro humano.

¡Y llegar por fin a casa!

Abrazos, besos, llanto. Y empezar la narración de lo que había vivido.

Cuando los dejé ese miércoles, casi sin llegar a tomar la carretera y mientras escuchaba una música que yo intentaba armonizar con el día, súbitamente se rompió todo el encanto: un carro bloqueó el mío, descendieron de él siete hombres fuertemente armados, los cuales rodeando mi carro, me obligaron a salir de él; me montaron en otro carro y me vendaron. Y… solo en este momento descubrí que yo había sido secuestrada.

Lo traumático, la situación límite, lo catastrófico, lo monstruoso

Como se puede apreciar en el relato anterior, solo en una ocasión relata las emociones sentidas cuando expresa ciertas sensaciones. Lo mismo acontece en el libro Los pasos del condenado (8), del escultor Rodrigo Arenas Betancourt, donde el autor, que padeció la experiencia del secuestro, hace un relato novelado de su cautiverio en tercera persona, y pone una gran distancia con su propia vivencia. Como dice Meluk (7), hay una “ausencia de colorido emocional” en los relatos, lo cual muestra, a mi modo de ver, un estado de conciencia alterado, y desde este estado se instaura una clara dificultad de simbolización del momento. ¿Cómo podría calificarse, entonces, la experiencia del secuestro? He aquí un reto conceptual para la psicopatología, es un trauma o se trata de otro tipo dimensión de sufrimiento.

El trauma, en su etimología griega, se asocia con la idea de un choque, herida o calamidad que se experimentan en una situación. En términos psicológicos, el trauma psíquico se define como un sentimiento emocional que deja una impresión en el inconsciente. Podría decirse que lo traumático es aquello que permanece en el recuerdo, deja un remanente rescatable desde la imaginación. Adicionalmente, el trauma se refiere a todas las lesiones internas o externas provocadas por una violencia exterior a un estado del organismo afecto de una herida grave. Finalmente, el concepto de trauma quizá adquiere su mayor elaboración en el desarrollo sobre la neurosis que Freud llamó neurosis traumática. En el que los pacientes que han vivido experiencias traumáticas reproducen el cuadro traumático en la forma de la neurosis.

Podría hablarse de una situación límite (concepto original de Karl Jaspers), en el sentido que lo expresa Bettelheim (9), como una condición en la que los mecanismos de adaptación y valores no son válidos, e incluso algunos de ellos pueden ser un riesgo para la vida que deberían proteger. Entonces el individuo, despojado como está de su sistema defensivo, necesita crear una nueva forma de vivir o sobrevivir conforme con las exigencias de la nueva situación, con la experiencia del desamparo, la desprotección y el despojamiento más brutal de su sistema de referencias existenciales.

También, podríamos hablar de una catástrofe, esa experiencia de pérdida masiva de todo aquello que es el mundo del individuo. La catástrofe, del griego katastrophe, expresa un sentido de ruina y destrucción; así mismo, sustentado en las etimologías de kata (bajo) y strophe (voltear), nos remite a la expresión “voltear para abajo”, “cambiar las cosas a peor”. En griego antiguo, katastrofein significa abatir, un suceso desventurado que altera el orden de las cosas de forma dramática. El sentimiento de presenciar la devastación incontrolable del contorno, del entorno, del ámbito y de todo el contexto de la existencia. Sin embargo, aún no es posible concretar el sentido de la experiencia del secuestro, los conceptos anteriores se acercan, pero apenas esbozan. Se necesita un concepto que pueda congregar lo que representa la experiencia del secuestro desde la perspectiva del secuestrado. ¿Cuál podría ser esa expresión?

En mi opinión, la palabra que pudiera describir esta experiencia es lo monstruoso, aquello que no puede ser dicho, aquello que no puede ser imaginado. El trauma, la catástrofe, la situación límite son imaginables. La experiencia monstruosa está más allá de los límites de lo imaginable, en la medida en que se trata de algo que siempre sorprende a la imaginación (la realidad supera a la imaginación, esta expresión adquiere verdadero sentido en la presencia del monstruo, este lo es por cuanto la imaginación no lo crea) y se inscribe como una experiencia de ambivalencia, donde la expectativa y la amenaza conviven como las dos caras de una misma moneda. Lo monstruoso es indescriptible; al igual que sucede en la imagen del monstruo, este excede las descripciones de lo conocido, siempre es algo nunca visto, y si lo ha sido, siempre es informe, deforme, proteico, algo que por su naturaleza misma se sale de aquello que es normal.

El concepto de monstruo, del latín monstrum, significa una producción contra el orden regular de la naturaleza. Una cosa excesivamente grande o extraordinaria en cualquier línea. Persona o cosa muy fea. Persona muy cruel y perversa.

A su vez, monstrum emerge del latín moneo: monstruo, portento, prodigio, cosa extraordinaria, fuera del orden regular, hombre pernicioso, abominable. A su vez, de monstro, as, are, advertir, mostrar, indicar, señalar, ordenar, prescribir, delatar. El monstruo se muestra como aquello que irrumpe en el territorio de la imaginación del otro como una invasión a los límites de aquello imaginado y concreto hasta entonces. El monstruo se muestra en el exceso, lo inimaginable, lo invasivo, lo abrumador y lo indescriptible.

En cualquier caso, hace referencia a lo desbordado e incontenible, a aquello que al mismo tiempo es traumático, situación límite y catástrofe, eso es lo monstruoso, la conjunción de esas tres experiencias en una sola vivencia. El secuestro es una experiencia de monstruosidad, porque: “El monstruo posee el misterioso poder de aterrorizar y atraer a la vez, es odioso y seductor, se huye de él y sin embargo fascina, es lo que se oculta y también se exhibe” (10). Es aquello que sumerge al individuo en una experiencia de terror, de pánico, de abatimiento, de impotencia, de desesperanza ante la posibilidad de morir, y al mismo tiempo lo impulsa a acercarse a él, servil, atemorizado, seductor y esperanzado, porque es el único que puede también permitirle sobrevivir. El concepto de terror sin nombre de Bion en cierto modo puede aportar un poco de comprensión de la vivencia como una metáfora de lo no simbolizable en que se moviliza la experiencia del secuestro.

Mientras escribo estas reflexiones en relación con lo monstruoso, en una de las sesiones le pregunto a X, ¿cómo definiría o qué calificativo le pondría a la experiencia de su secuestro?: “Es algo monstruoso -dice-, es como estar suspendido, la vida está suspendida, la vida y la muerte están suspendidas. Una monstruosidad”.

La paciente XX responde frente a la misma pregunta: “Es una sensación difícil de definir, son muchas emociones al mismo tiempo, no sé si me entiende, como que a una la desbordan tantas emociones y sensaciones. Es por un lado miedo y por el otro, la necesidad de sobrevivir. En el caso mío estábamos más personas, lo de uno pasa a segundo plano. Es una adrenalina impresionante y una no se da cuenta”. La experiencia de lo desbordante de nuevo en este testimonio. Eso es lo monstruoso, algo que desborda los límites de lo esperado e imaginado. Como dice Foucault: “la noción de monstruo contiene una dimensión jurídica en cuanto que su existencia y su forma violan las leyes de la sociedad y las leyes de la naturaleza. Por ello el campo de aparición del monstruo es un dominio que puede calificarse como un fenómeno jurídico-biológico” (11). Es, por lo tanto, un fenómeno que podemos calificar como extremo y extremadamente raro, y que, como dice el autor mencionado, combina lo imposible con lo prohibido, el monstruo a la vez que viola la ley, la deja sin voz.

En el secuestro, como expresión de lo monstruoso, es hibris (desmesura, desproporción) aquello que excede cualquier límite de contención, se deforma la existencia del individuo, se da un exilio del individuo, es sacado de su contorno inmediato, es extraído de su entorno más cercano, de su ámbito social habitual y cotidiano, del contexto y de su esfera existencial; es dejarlo sin vida, pero vivo, matarlo para su cotidianidad, al tiempo que se le da otra vida, la del esclavo, una vida que no es vida, una existencia en la ambivalencia; se quiere vivir, pero no así. De alguna manera, semeja a un encierro iniciático de contacto con la muerte, pero al revés, sin saber cuándo saldrás y si saldrás de ello. Un paréntesis existencial en el que la vida y la muerte son posibles cada segundo. Y cuando se es liberado, nunca vuelve al mismo lugar existencial, ha sido enajenado del curso de su existencia, el monstruo se apoderó de él, ya nada será igual. Porque la experiencia del dolor y el sufrimiento, en proporciones incontenibles, deforma. Y la deformación es la experiencia de la monstruosidad, se expresa corporalmente en manifestaciones psicosomáticas, como las que expuse a manera de ejemplos con anterioridad.

El monstruo que lo secuestró lo hace mercancía, lo deforma y lo transforma también en un monstruo que tiene dificultades de relación con su propia corporalidad que se extralimita, asume funciones de orden simbólico en órganos que no están en capacidad de llevar a cabo funciones simbólicas.

El monstruo

La historia y la mitología están llenas de secuestros, desde el rapto de las Sabinas, los raptos de brujas, seres féericos y demonios, y otras tantas alusiones que se pueden hacer, muestran la presencia del secuestro como un acto con diferentes finalidades, pero que coinciden en el efecto lamentable que propician. Quizá una de las experiencias más significativas del secuestro es el de san Patricio (12), después de salir de su secuestro no se adapta a su lugar de origen y decide volver a la tierra de sus secuestradores para evangelizarlos. Esta historia muestra el efecto ambivalente de la experiencia del secuestro, la de un vínculo de extraña índole que se establece. Intentando responder a esta inquietud llegué al punto de definir la experiencia similar a la que se establece con un monstruo. El monstruo asusta y seduce. La experiencia de relación con el monstruo transita entre el temor y la atracción, como lo expresa el mito de la bella y la bestia.

El monstruo con su sola presencia alude a otro mundo, porque no es algo que se pueda asociar con lo cotidiano y ordinario, es algo extraordinario, fuera del orden establecido, la forma natural de la contranaturaleza que decía Foucault. Por lo tanto, tiene el poder de transportar al individuo a lugares insólitos, otros mundos de experiencias, que se dan en espacios no reconocibles o que podrían ser no-espacios, lugares nunca antes visitados y que son solo accesibles transitando la imaginación.

La experiencia del secuestrado retoma esta dimensión de los espacios imaginarios, porque el secuestrado, en ningún momento puede reconocer ni ubicar el espacio donde está recluido, como parte de un espacio más amplio en el mundo. La desorientación espacial ya es un elemento de alteración de la conciencia, que es complementado por la desorientación temporal. Entonces, son los ritmos biológicos (13) los que le permiten apropiarse de sí mismo como una experiencia con el mundo, que se limita a su propio cuerpo, al restringir definitivamente su condición social. Pero su dimensión relacional recibe un golpe certero cuando de sujeto dueño de sí mismo se convierte en sujeto sometido a otro, es decir, en objeto, algo que está fuera del otro.

Al convertirse en objeto para el otro (el secuestrador), el secuestrado es deshumanizado y transformado en rex extensa; es decir, en materia y, sobre todo, materia de intercambio. Pasa a ser objeto y motivo de una transacción, representa un monto, una cantidad. Esta experiencia de dejar de ser una entidad ontológica cualitativa, ser valioso por sí mismo, y pasar a ser una entidad ontológicamente cuantitativa, sustituye la esencia misma de lo individual y diluye la identidad de la persona en un valor de cambio. Esta es una experiencia cercana a la muerte. Dejar de ser alguien para ser una cantidad, y saber que para secuestradores y familia se trata de un monto, con el cual se negocia. He ahí lo monstruoso, el hecho de ser deformado como ser humano, una vivencia solo equiparable a la idea de Bion: el terror sin nombre.

El monstruo aparece siempre como una entidad sin nombre, se muestra como aquello inefable que invade, rapta y desaparece, en una incursión terrible y sobrecogedora. Y en ese orden de ideas, actúa a modo de mediador entre este mundo conocido y el otro mundo desconocido. La experiencia de su contacto es ambigua, ambivalente, de claroscuros, donde tanto la experiencia dolorosa del susto, el temor y el terror de ser destruido conviven con la experiencia gozosa, de la seducción, la atracción y el acceso a nuevos estadios emocionales (algunos de ellos similares a experiencias místicas, donde se produce una vivencia de descorporeización, como sucede en muchos secuestrados [7], en los que la expectativa de una vida mejor en un futuro, ante la dureza de la situación actual, hace que ubique sobre un más allá incorpóreo el interés de la existencia, y desvalorice la realidad del momento y la importancia del cuerpo).

Toda esta ambigüedad resulta incomprensible desde quien no haya vivido el secuestro.

Lo monstruoso

Hay un componente onfálico en el secuestro, que se expresa en la cadena que amarra el pie. Aquello que te separa de tu mundo es al tiempo lo único que te conecta, he ahí lo monstruoso, la ambivalencia hecha cuerpo, incorporada. ¿Hasta qué punto este vínculo onfálico permea el resto de la vida? Lo somático puede ser la expresión de ese elemento que queda como una nostalgia del útero-secuestro, pues desde los primeros momentos las víctimas padecen síntomas como mareos y náuseas (síntomas que expresan ansiedad y angustia). La identidad fusionada con otro que engulle. La presencia de otro que invade, sobrepasa y desborda los límites de uno, para convertirse en una presencia que sustituye al yo como una entidad autónoma, para convertirlo en un apéndice de dependencia temerosa y servil; es la presencia de lo monstruoso, de lo desmedido e incontrolable.

Esta experiencia se constituye desde el primer momento del secuestro en que “el riesgo real de morir en la operación de secuestro es la primera y principal lectura que hace la víctima” (7). Después, el embotamiento, ensimismamiento, melancolía y muerte como una posibilidad permanente, suspendida y actualizada a cada instante.

El duelo suspendido se convierte en una experiencia de lo monstruoso, en la medida en que se enquista como un tumor en la psique y deforma el alma. Como la deformidad del monstruo (14). De manera tal que la monstruosidad acompaña al individuo toda la vida.

La experiencia de lo monstruoso conecta al individuo con el otro-monstruo, con aquello que está y no está en este mundo. En un sentido similar a como los seres feéricos o daimones, mediadores entre el hombre y los dioses, logran que la experiencia humana limitada y precaria ascienda a la experiencia divina, totalizadora y global, en un ímpetu transcendente hacia aquello que anhelamos encontrar como cierre de nosotros mismos, en una experiencia de plenitud.

El monstruo media entre el hombre y el infierno, lo siniestro, la experiencia de lo que limita, finaliza, acaba y destruye. El monstruo anula, paraliza de terror al yo, anula la autonomía y aprisiona el self, condenándolo a la experiencia de la intrascendencia, del olvido, de la ausencia. Los monstruos hacen desaparecer con su presencia cualquier otra instancia, no es posible competir con la presencia abrumadora del monstruo. Cualquiera en su presencia siente la carencia, el déficit, porque el monstruo tiene algo de manera desproporcionada que yo no tengo. Y en la experiencia de lo monstruoso, el secuestrado siente en toda su intensidad la falta de lo que es fundamental para él, para su sí-mismo, aquello que es su vida, lo que lo completa, su contexto, del cual ha sido brutalmente erradicado.

¿Cómo reconstruir esa falta después de la liberación? Los otros jamás podrán comprender su experiencia. Ahí reside parte de lo monstruoso (una parte es el secuestro mismo), en el hecho de no poder compartir con otro lo inefable, porque no se ha podido sentir en común. Por ello, quizá, el silencio pertinaz sobre el tema en las familias de los secuestrados, una forma de conjurar la presencia de lo monstruoso. El silencio como expresión de la negación de aquello que quiere mostrarse, anunciar su presencia desmesurada y revelarse como una fractura terrible en sus vidas. Con ello entra el secuestrado en contacto con el mal, que lejos de cualquier banalización, es la parte más abstrusa de comprender para el ser humano. El mal se expresa con mayor ímpetu en el sinsentido, y el secuestro es un sinsentido absoluto para el individuo.

Un rito de paso

Como en todo rito de paso, el contacto con la experiencia de la muerte y el renacimiento, el secuestro, también ubica al individuo ante un cambio profundo de su vida. Por ello el tratamiento del secuestrado deba ser quizá planteado desde una mirada antropológica, que rescata precisamente la experiencia como una iniciación a una nueva vida. Una vida que parte de un momento crucial: haber entrado en contacto con el otro mundo. Un mundo desconocido lleno de sombras, dolores y sufrimiento, que alteran la existencia de forma definitiva. Las palabras de XO (texto facilitado por una paciente secuestrada que describe la entrevista a una persona secuestrada cuyo nombre desconozco) ilustran este aspecto de forma contundente:

La esencia de la sensación que empezaba a sentir que me empezaba a invadir y que me duró cada día de mi cautiverio y que aún hoy me acompaña, era la proximidad certera e ineludible de la muerte.
[…]
Esa noche la muerte se sentó al lado mío, sobre la cama a acompañarme toda la noche. Ni ella, ni yo dormimos de la angustia tan berraca, esperando a que los tipos vinieran a matarme.
[…]
Uno empieza a sentirse inmensamente desamparado y terriblemente abandonado. Y la angustia que te oprime… Bioy Casares, el amigo íntimo de Borges, dice, qué agradable sería la vida si concluyera un poco antes de la muerte.
[…]
Sí, la muerte da terror pero llega un momento en que ya no le temes porque ella hace parte de tu vida. Poco a poco uno va aceptando la muerte como la compañera, es la única que no te abandona. Y estás listo para entregarte y pasar con ella por el túnel terrible.

Y conforme avanza el tiempo después de la liberación, también lo hace el sentimiento de haber cruzado una línea de no retorno para el miedo y el terror instalados en la vida. Como dice X, veinticuatro años después: “Una queda marcada por el pánico de por vida, matriculada con el miedo de que le vuelva a pasar, se vuelve totalmente paranoide en su vida cotidiana. Es una sensación de seguir de alguna manera secuestrada por el miedo”.

Palabras que resuenan con las de XO, dos años después de su liberación:

Estoy en poder de ellos. El terror y la angustia continúan. Mi compañera de cautiverio, la muerte, me escolta desde aquel almuerzo en el […] cuando cobardemente me fueron a buscar. Mi acompañante de libertad el miedo, me vigila desde cuando los soldados valientemente me fueron a rescatar. Y me da miedo todo: hablar por teléfono, me da miedo que llegue un mensajero con una carta, me da miedo caminar por la calle entre la gente, ir a comer helado a un parque con mis nietas. Las cosas sencillas de la vida me dan miedo. Mijita, sigo secuestrado.

Es el monstruo instalado en uno, incorporado en la forma del terror, del miedo y de sentimientos que quizá jamás hubieran sido experimentados y que ahora, instalados en el yo, conectan al individuo con lo monstruoso en el sí mismo, como lo muestra este breve diálogo de XO con su interlocutora:

-¿Qué es lo más importante que te dio el secuestro? -le pregunto.

-No mijita. Me quitó casi todo, pero me dio un sentimiento que antes nunca había tenido: el odio. Antes yo no odiaba a nadie y ahora los odio a ellos. El sentimiento de odio envilece. Envilece berracamente. Me envilece y los odio aún más por esto. Los quisiera capar yo mismo.

-No te creo.

-Sí, mijita, sí. Los quiero capados. No sólo por lo que me hicieron a mí, sino por lo que hicieron sufrir a mis hijos, a mi mujer y a mis nietas. Eso no lo perdono. No puedo perdonarlo. No puedo.

De esta manera contundente podemos ser testigos de los estragos que el secuestro causa en las víctimas. La dolorosa experiencia de entrar en contacto con el monstruo y con la monstruosidad que se instala e incorpora en sentimientos de difícil manejo, y en los cuales permanece atrapada la persona, habilitan la respuesta somática. Nadie podrá nunca entenderlos, ni comprenderlos, y por tanto son incomunicables, en la medida en que nunca encuentran un interlocutor que los pueda acoger. Y como no existe el consenso con el otro para construir un significado y sentido común compartido de la experiencia, queda sin posibilidad de simbolizarse (un símbolo es algo que se lanza juntos).

Ese atrapamiento emocional acompaña durante largos años, sino toda la vida del secuestrado, como el destilado de un trauma, una situación límite y una catástrofe existencial de cuya experiencia emerge un fenómeno nuevo: la monstruosidad. La experiencia de lo monstruoso que puede ser el otro y la emergencia del monstruo en uno mismo.


Referencias

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2. Nicol E. Psicología de las situaciones vitales. México: Editorial Fondo Económico de Cultura; 1996.        [ Links ]

3. Maturana H. La objetividad un argumento para obligar. Santiago de Chile: Editorial Dolmen; 1997.        [ Links ]

4. Sloterdijk P, Heinrichs HJ. El sol y la muerte. Madrid: Editorial Siruela; 2004.        [ Links ]

5. Shotter J. Realidades conversacionales. Buenos Aires: Editorial Amorrortu; 2001.        [ Links ]

6. White M. Reescribir la vida. Barcelona: Editorial Gedisa; 2002.        [ Links ]

7. Meluk E. El secuestro una muerte suspendida. Bogotá: Editorial Uniandes; 1998.        [ Links ]

8. Arenas Betancourt R. Los pasos del condenado. Bogotá: Arango Editores; 1988.        [ Links ]

9. Bettelheim B. Sobrevivir. Barcelona: Editorial Grijalbo; 1981.        [ Links ]

10. Brun J. Les Conquêtes de l’homme et la séparation ontologique. Paris: PUF; 1961.

11. Foucault M. Los anormales. México: Editorial Fondo de Cultura Económica; 2008.        [ Links ]

12. Cahill T. De cómo los irlandeses salvaron la civilización. Bogotá: Editorial Norma; 2008.        [ Links ]

13. Frankl V. El hombre en busca de sentido. Barcelona: Editorial Herder; 1991.        [ Links ]

14. Santiesteban Oliva H. Tratado de monstruos. México: Editorial Plaza y Valdés; 2003.        [ Links ]

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