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Escritos

Print version ISSN 0120-1263

Escritos - Fac. Filos. Let. Univ. Pontif. Bolivar. vol.23 no.50 Bogotá Jan./June 2015

 

PATRICK MODIANO Y SU MÁS ALLÁ DEL OLVIDO (El asunto de lo imposible en vida)

PATRICK MODIANO'S OUT OF THE DARK (THE MATTER OF THE IMPOSSIBLE WHILE BEING ALIVE)

PATRICK MODIANO E SEU DO MAIS LONGE DO ESQUECIMENTO

José Guillermo Ánjel Rendo*

* Doctor en Filosofía y Comunicador Social por la Universidad Pontificia Bolivariana. Docente Titular Centro de Humanidades. Miembro del grupo Epimeleia de la UPB, Medellín-Colombia.
Correo electrónico: memoanjel5@gmail.com.


Demasiado tarde, ya no circulan los trenes.
Patrick Modiano. La ronda nocturna.

El complejo de culpa es querer eso que ya no nos quiere.
El desprecio es acumular miedo para el camino.
De mi cuaderno de notas.

Patrick Modiano es un escritor que nació en Francia, pero que por nacionalismo y tradición no es francés. Es ciudadano pero no nacional, una de esas perversidades que se inventa el hombre para segregarse. Pero esto no le hace mal, pues está en un medio que trata de entender a partir de un pasado cercano que no vivió y de un presente en el que no siempre fue bienvenido debido a su condición de persona con orígenes extranjeros: su padre era judío italiano y su madre belga de habla flamenca. Ambos convivieron mal. Así, Patrick Modiano apareció en París haciendo parte de una familia desunida (otros dirán que disfuncional) que sobrevivía haciendo muchas cosas: negociando en el mercado negro, actuando en teatros de bajo estándar, saltando entre los juzgados para evitar sumarios largos y, en esta movilidad, no verse y evitarse. Dicho de otra manera, Modiano apareció en el aire, vagando de una habitación a otra, y se hizo un personaje flotante, como los de sus novelas, igual a los tantos inmigrantes que tienen un carné de identidad francés pero no una inclusión en la sociedad francesa tradicional, que admite la libertad como un discurrir legal pero no la igualdad (es una sociedad excluyente) y menos este asunto de ser fraternos. Es su condición de tribu y se le tolera. Uno es del territorio que no le miente (o al menos donde el mito fundacional es compartido), de ese en el que las banderas y las fiestas patrias lo emocionan, pues hablan de mi pasado, ese inicio en un lugar en la tierra y de un desarrollo territorial y cultural. No pasa así con quien nace ahí y posee una historia diferente, que está en ese lugar pero se aferra a otra parte. Y si bien tal condición me procura más libertad, también lo es que me mantiene más asustado, dado que soy una etiqueta y un posible dispositivo para negarme el sitio que ocupo. Esto pasó con los judíos y las leyes de la ciudad alemana de Nuremberg en 1936, con las que los excluyeron como ciudadanos. El resto de la historia ya se sabe.

En 2014, Patrick Modiano ganó el premio Nobel de Literatura y sus libros son una reafirmación permanente de su condición de aparecido entre muchos otros que desaparecieron en la medida en que la ciudad, París, con sus cambios necesarios (arquitectónicos, sociales, económicos), también lo hizo. Y como este asunto de la desaparición fue y es rápido debido a la celeridad de los tiempos y las situaciones que se presentan (sobre informadas), a las nuevas apariencias, a que muchos ya no quieren ser lo que eran y se han convertido en otros o lo fingen, la memoria es un ejercicio cada vez más difícil, muy laberíntico, y el espacio para ejercerla más amplio, pues no hay certidumbre de nada sino huellas, palimpestos, conversaciones, remordimientos, fragmentos, acogidas furtivas, recuerdos confundidos, restos. Bueno, de esto habla Patrick Modiano, de una París mutante, con brazos a otras ciudades, con gente que cambia de posición porque ha perdido el ancla. Y que existe en fragmentaciones de memoria porque ya no puede salir de ahí, aunque está perdida. Como un enramado grande de alcantarillas, hay luces falsas y ciertas, el olor desaparece y aparece, se ven salidas pero son entradas.

La memoria

Somos más memoria que otra cosa, pues en la memoria nos vemos siempre como frente a un espejo. Es una cuestión de limitación: no estamos más que en lo que la mente provee, sea cierto o fabulado. Y en esa memoria que tenemos y de la cual no salimos, la referencia siempre somos nosotros en un adentro o en un afuera, habitamos lo nuestro, lo evidente y escondido, damos valor a las cosas, nos aseguramos en paradigmas y establecemos prejuicios. Y así nos encierren, lo que sabemos y hemos visto llega hasta nosotros con solo cerrar los ojos o mencionar una palabra que lleva a otra, como en un juego de rayuela. No hay soledad posible entonces ni escape de la realidad, a menos que nuestras neuronas se agoten y ahí quedemos en un vacío en el que, como pasa con los amnésicos y los enfermos de Alzheimer, solo quedan algunos resquicios de música y uno que otro concepto de espacio y medida. Y esa memoria, que es la que busca olvidar aquello que la molesta, escapa por momentos, se evade de lo que la confunde, pero al fin las palabras no se lo permiten, pues a ellas se va o contienen lo que queremos como olvido y no se puede. Y si bien olvidar es marginar un hecho y situarlo por fuera, el acontecimiento aparece de nuevo cuando una palabra lo identifica. O una sensación, que es lo que les pasa a los animales, que aunque carecen de palabras (al menos de muchas), no logran olvidar si la situación se repite, la huelen o se insinúa: reaccionan con esa memoria nacida de un conocimiento circunstancial que los puso en condición de alteridad frente a algo (es lo que Pavlov, el científico ruso, llamó reflejos condicionados). Y este es el problema: la memoria nos coloca en estado de otredad. Basta un estímulo.

La memoria, ese asunto tan temido y odiado por los que hicieron algo indebido, es la historia, lo que pasó. Y al mismo tiempo, lo que podemos imaginar, pues creamos con base en lo que sabemos y sentimos, que el sentir y saber qué se obtiene también es una memoria. Y ese saber logrado, además de realidad, permite conjeturas, suposiciones, ideales, tendencias, el deseo de otros sitios y hasta malabares gramaticales que planteen de manera lógica asuntos absurdos: cuando las vacas saltan en las nubes, el oso se enternece y los grillos hacen sus tareas de geometría, por ejemplo. La frase es gramaticalmente correcta, pero su realidad es inexistente. Así, la memoria no es siempre un acceso a lo real pasado, también es una creadora de imaginarios y una reacción ante el presente. Si perdiéramos la memoria, como tantos quieren para evadirse de sus tormentos, perderíamos no solo las referencias para entender lo que hay y pasa sino el sitio de referencia que ocupamos, que es ese desde donde vemos el mundo y nos hacemos preguntas sobre cómo estamos (en condición de Qué) y cómo se nos ve (en condición de Eso). Y así deseemos que se nos mire de una u otra manera, desear es un estado de falsedad, una ilusión. Entonces, olvidar es una manera de tratar de negar lo que es imposible de desaparecer, pues sigue ahí porque hace parte de nosotros igual que las células y los poros, las venas y las tripas. Olvidar es más bien una palabra que designa eso que no tenemos presente ahora, pero que está en potencia de aparecer si la ocasión se presenta. Y como casi todo se repite, basta solo una palabra que referencie, un gesto, la apreciación de un espacio, para que la situación de memoria se haga presente. Y nos confronta, para bien o para mal, a veces con más persistencia que otras, como sucede con lo que nos falta.

Los poetas y los científicos han dicho que seremos un olvido. Y esto es posible, pues algún día el sol explotará (es una estrella y tiene ese final) y nosotros desapareceremos en esa explosión. Nadie nos recordará, nadie llorará por nosotros, decía Carl Sagan. Pero mientras esto no se dé, la Tierra será un asunto de memorizaciones adquiridas que impiden cualquier olvido, a menos que algunas palabras desaparezcan del habla y la escritura y por generaciones no se hable más de ellas. Ha pasado con objetos, con técnicas antiguas, con especies de fauna y flora desaparecidas. O sea que si media mucho tiempo, miles de años, si hay olvido, a menos que se encuentren fósiles o huesos, tallas y algún códice que activen la memoria a partir de semejanzas. Pero esto no sucede en la vida de un hombre o una mujer presentes en un lugar, en una situación, haciendo algo que requiere de hechos pasados para que su resultado sea bueno. El poco tiempo que vivimos no da para realizar un olvido y más cuando vivimos aferrados a la memoria, pues sus referencias son la potencia que tenemos y llegamos a la acción es con base en lo memorizado. Un acto es razonable de acuerdo con la memoria que tenga, que es la que lo da como un acierto o un acto fallido. Para solucionar una ecuación, recurrimos a símbolos y valores prestablecidos, por ejemplo. Y si algo no se recuerda, la ecuación falla, pues lo elementos de memoria no concuerdan, así que hay que hacer aparecer el símbolo-valor para que el resultado sea correcto y permita avanzar más. Igual pasa en la vida normal y si algo presuntamente se olvida, como pasa con las causas de los traumas y fobias, un psicoanalista saca a flote eso que no se sabía qué era, usando para ello palabras que se concatenan hasta que aparece lo desaparecido. Así que estamos insertos en la memoria, condenados dirían los más asustados, pues lo que vivimos es un tiempo corto y en esta temporalidad limitada nada se borra, simplemente se esconde. Y todo acaba apareciendo, aun los vestigios más escondidos. Es que todo es recuperable, la memoria se mantiene en esa tarea.

Ahora, no es lo mismo un olvido que una desaparición. Hay cosas que desaparecen, que se transforman, pero que no dejan de tener su esencia. No sé que diga con relación a esto la segunda ley de la termodinámica, pero lo que tiene un origen y es causa, no importa que efectos produzca, sigue siendo lo que es. Spinoza es claro cuando conceptualiza el conatus1: tendemos a persistir en lo que somos, que es eso que nos hizo y lo que nos permite una forma y una diferencia para poder ser identificados. De aquí la importancia del vestigio (de donde viene la palabra investigación), que es el inicio de una memoria (lo que pasó o fue) y a la vez un principio para situarse en el futuro: lo que concluye es un nuevo seguir, es una memoria que se extiende.

Nos vemos con base en el pasado y lo que descubrimos, rescatando lo desaparecido, lo hacemos a partir de referentes de memoria (hechos, semejanzas, sentimientos), de lo contrario no se sabría qué se está descubriendo. Pasa igual con la lectura, que nos acoge en la medida en que quien lee usa palabras que están memorizadas. Y si hay algunas que no, la definición que nos da el diccionario, que es la gran memoria, usa palabras que ya sabemos para entender aquella a la que no le sabíamos el significado. Y si bien no estamos enterados de en qué va a parar la historia que cuenta el libro, también la memoria nos permite seguir por ese camino que se abre, pues reconocemos lo que va a apareciendo con palabras que ya teníamos en estado de memoria. No hay olvido, entonces, sino desapariciones. Y a ellas se llega en la medida en que un elemento conocido (una forma, una palabra, un recuerdo, una definición) va develando lo desaparecido, que es lo que nos empuja o nos señala. O nos conforma en figura (es lo que sabemos hasta ahora), como sucede con la memoria genética2.

El asunto Modiano

Nadie escoge el sitio ni los padres de los que nace, simplemente aparecemos en el mundo y desde el sitio que ocupamos, nos hacemos con base en los otros. Nos llega un idioma, una geografía, una historia familiar (antes que la misma historia del lugar), unas creencias, unas relaciones de alteridad (lo otro y el otro), una situación de ubicación, los caminos de relación con los otros, lo que es de acuerdo a una tradición, lo que se tiene como tabú etc. Y en ese nosotros que nos crea (somos una extensión), aparece el yo que cuestiona y es confrontado: el yo se hace preguntas, busca respuestas, duda, acierta, se acomoda, evade, quiere un lugar que a veces se logra, lo excluyen de otros yoes. Y ese yo, que no solo busca saber quién soy sino también quiénes son los otros, esos que me serán necesarios o peligrosos, es mi situación en el mundo y en el afuera, que es el que lleva a que sepamos que yo soy algo necesariamente limitado. Y en esa alteridad (o alteración) el yo trata de esclarecer prejuicios, admitiendo unos (que me incluyen en el paradigma), rechazando otros, vivenciando algunos como forma de auto-odio o de escapar de una situación molesta. En fin, el yo es un contenido que absorbe y expulsa, que está sano y se enferma, que acepta o trata de escaparse o esconderse. El yo es un pre-juicio.

El prejuicio (el juicio que hacemos de algo antes de pasar por la experiencia de ese algo) es una memoria acumulada, en ocasiones construida de manera amplia (este es el papel de la educación), en otras adquirida por experiencia vividas, ya en la realidad, ya a partir de las palabras y acciones de otros cercanos. El prejuicio es un criterio no siempre acertado pues él también guarda parte de nuestros miedos, fantasías, deseos, seguridades e inseguridades. Y ese prejuicio que es criterio (la manera de entrar en relación con lo otro y el otro), es memoria activa, en relación (conexión) con el estar vivo porque estamos vivos en la medida en que la memoria nos lo diga. Incluso hay una memoria orgánica (la que hace funcionar el cuerpo) que se encarga de hacernos sentir la vida, sea en plenitud, en enfermedad, en confusión o tranquilidad.

Patrick Modiano es un hombre vivo. Y esta condición le permite habitar plenamente la memoria, pues su vida todavía no se ha detenido. Mientras vivimos, la memoria es plena, ya que estar vivo es sentir el momento y actuar o movernos por él según lo memorizado. Nunca vamos al azar, pues lo cercano y lo lejano son memoria: es la manera de identificar y valorar lo que nos pasa. O de perdernos en un espacio siguiendo los rastros de otra memoria para que haya camino. Y si bien es cierto que la memoria presente es el contenido de la memoria vivida antes, lo presente es la reacción de la memoria frente a lo que pasa. Es lo que nos hace sensibles, insensibles, interesados o desinteresados. La memoria es un radar: capta. O deja pasar cuando lo que sucede no está dentro de su radio de acción, que es la palabra o situación que conecta.

Patrick Modiano es un escritor, un hombre que ha detenido parte de su memoria en los escritos que ha publicado. Cada libro es una memoria detenida. No hay más que lo que el libro dice, que no es una totalidad sino una parte totalizada. Se diría entonces que es una memoria fragmentada-detenida, imposible de variar. Una memoria que arrancó de un punto y llegó a otro, una memoria particular que se movió por entre una memoria colectiva y una interpretación; una manera de sentir y codificar lo que llegó de afuera y se conectó con un yo-adentro. Y lo que se diga de esos libros es lo que nuestra memoria nos permite entender, pues en ellos están las palabras conectoras: bares, mujeres solas, hombres confusos que dan vueltas, desapariciones, búsquedas a partir de un anuncio de periódico, alguna fotografía. Y si bien no es un acierto, pues lo de Modiano no es lo nuestro, sus imágenes vistas son distintas, nos apropiamos de ellas a partir nuestra capacidad de vernos en esos textos limitados, ya quietos, convertidos en letras y en una historia que trascurre en otro lugar y que, por deshabitado que esté, ya tiene un contenido para nosotros. En un fragmento el que nos llega, si se quiere. Un fragmento de una vida que trascurre y un espacio en el que lo trascurrido se mantiene, aunque ya esté silenciado o quizá ni exista. Y así, leyendo eso modianesco, configuramos nuestra memoria con imágenes distintas y locales, a partir de las mismas palabras del autor, convirtiendo la historia narrada en algo particular y singular, y propio de nosotros, para que no haya contradicción. Pasa como cuando se adapta una película al cine, que es la versión de la memoria del director, de sus intereses ya memorizados, lo que llega hasta el espectador. Y ese espectador ve el filme apropiándose de las imágenes que tiene memorizadas, haciéndolas suyas o rechazándolas, según lo que sepa.

Modiano nació en París de padres no franceses. Pero nacer en un sitio determinado, en una dirección, en un entorno y un contexto, no quiere decir que yo haga parte de la memoria anterior de ese lugar. Simplemente fue un espacio de nacimiento, un accidente, pero no una condición de nacional. Modiano nació en París pero no en la tradición de Francia. No es un local con pasado, es alguien que tiene que hacerse local con presente. Como el hijo cualquiera de tantos inmigrantes, tiene que crear una memoria a partir de su nacimiento. La historia de Francia no lo compromete, igual que las creencias y las tradiciones. Es un espectador y, con la educación recibida y los ambientes habitados, un intérprete. Su memoria es el presente y su pasado el más cercano. Y el aprendizaje de la memoria del lugar, a partir de libros, profesores y vecinos, no es suya sino una confrontación: la historia de Francia lo convierte en alguien por fuera del escenario. No es su historia, así que le da igual que si estuviera en otro país. Pero el presente de Francia, ese que no puede evadir, ya lo hace un actor, pues está ahí en París, recorriendo calles, habitando un sitio, amando a alguien. Y con él anda ya la memoria adquirida en la experiencia, que es una memoria fuerte porque tiene en cuenta detalles que a los nacionales (los que participan de la memoria colectiva) les importan poco, pues son imágenes rutinarias, de esas que se amontonan unas sobre otras, que están ahí y poco importan mientras no falten: son referentes para pasar automáticamente de un sitio a otro. Para quienes están en la memoria colectiva, las cosas son como son, como han sido. Las repeticiones hacen parte de la historia pendular que los caracteriza. Pero para Modiano, las cosas no son como son3. Tienen más, contienen lo que no se quiere ver, están ahí interpretando un rol y detrás del rol hay una intencionalidad, un fluir, una respuesta que no es la que se quiere dar ni es la que parece. Como espectador y extraño, sus sentidos se aguzan para lograr ver más de lo que se quiere que se vea. Como intérprete, su memoria debe trabajar en los mínimos, en los fragmentos, en palabras sueltas que debe convertir en frases, en párrafos, en textos. Su memoria es la de la búsqueda, no la de la certidumbre. Él no es de ahí, pero está ahí. Y se podría ir, pero llegaría a sitios donde tampoco tiene otra memoria. Si se fuera a Bélgica, de donde es su madre, la memoria sería solo una mitad. Entre los belgas no está la memoria del padre. Pasaría igual si se estableciera en Italia, donde hay parte de la memoria del padre4 pero no de la madre. Así que Modiano tiene una memoria flotante que ancla en una memoria real cercana: la de la vida que ha vivido y las preguntas que lo rondan, que son muchas porque incluyen el hecho de que no hubiera podido nacer si los de la Gestapo5 hubieran capturado a su padre para enviarlo al campo de internamiento de Drancy y de ahí despacharlo en un tren a Auschwitz.

Modiano tiene entonces una no-memoria que convierte (lo requiere para ser él) en memoria cierta porque si lo pasado hubiera sido de otra manera, él no existiría. Es una memoria-certificado, necesaria, que no está olvidada sino desaparecida, Se puede encontrar haciendo una hermenéutica de lo que sabe y lo que aparece en la medida en que busca, Y lo tiene claro: la interpretación de uno mismo también es memoria, así parezca una invención.

La memoria de la colaboración

Auschwitz es una palabra terrible. Significa el exterminio: el de los vivos y el de los que ya no nacieron6. Contiene un nunca más. Y esa palabra, que ya existe como resultado de la persecución a los judíos etiquetados y el dispositivo que se llevó a cabo contra ellos7, marca también las intenciones de los colaboracionistas franceses con el nazismo durante la ocupación. Lo uno no se puede leer sin lo otro, entender sin el otro. A partir de 1940, cuando los alemanes entraron en París, media Francia quedó ocupada y la otra media convertida en una especie de protectorado. Y ambas Francias fueron trampas y avisos de peligro para los judíos que fueron marcados con una estrella amarilla, denunciados por los vecinos, atrapados por la policía regular, llevados al Veló d'hiver (como pasó en París) o a cualquier campo de internamiento para amontonarlos y despacharlos en vagones de carga al sitio que los nazis eligieran. Pocos trataron de defenderlos y, si se trató de niños, como bien pasó algunas veces, se aprovechó de que ya no tenían familia para cristianizarlos y convertirlos en niños franceses a partir de adopciones: los padres adoptivos se comprometían a despojarlos de toda identidad. De una u otra manera desaparecían a los judíos, ya en cuerpo, ya en no ser lo que debían ser (situándolos en una memoria ajena). Sin embargo, hubo judíos que se salvaron: los que vivieron entre artistas y en la ilegalidad del mercado negro, los contrabandistas, los reducidores, los extraperlistas, los falsificadores, los drogadictos, los traficantes, los tratantes de blancas, los proxenetas, las prostitutas, los mentirosos compulsivos, los mismos colaboracionistas cuando actuaban como soplones. Y es que el bajo mundo no señala, tiene sus propias leyes y se rige por una extraña moral: ser leales a sus jefes, cumplir con el cometido y aceptar que toda falla se paga con la muerte. O sea que ahí se sobrevive siempre y cuando no se pase la delgada línea que conduce a la traición. Y si bien es gente inmoral, tienen una moral de hierro primitiva, arcaica, la que es propia de habitar la sospecha y las persecuciones.

Estos bajos fondos franceses no se interesaron nunca por la identidad de sus miembros, así que ser judío, musulmán o cristiano, blanco negro o amarillo, no venía a cuenta. Solo interesaba la acción y el cumplimiento de lo pactado. Y lo que parece una paradoja: mientras los franceses "morales" denunciaban judíos y no cuestionaban lo que pudiera pasarles, su moral era deshacerse de los que no eran nacionales, de esos que los cuestionaban y ponían en evidencia su calidad de exclutores, los "inmorales" protegían a los perseguidos. Y aquí es donde Patrick Modiano, en su Trilogía de la Ocupación, busca la memoria de lo que pasó y pudo suceder para que él no naciera. Las preguntas son válidas y persistentes: ¿qué hubiera pasado si al padre lo detienen y lo envían a Auschwitz? Modiano no habría nacido. ¿Qué hizo el padre para sobrevivir y lograr engendrar a Modiano? Burlar a los colaboracionistas. ¿Ese pasado que no conoció hace parte de su memoria? Sí, porque heredó una neurosis, unos miedos, un vagar. ¿Y qué tipo de memoria? Porque lo que Patrick Modiano logra saber, como bien lo explica en Un Pedigrí, son apenas fragmentos, cortas conversaciones en bares y trenes con su padre y algunos amigos de éste, que no hablan claro sino que sueltan datos o hacen suponerlos, como si jugaran a una baraja endiablada. O que aparecen en cartas, en pequeñas facturas, en lo que recuerdan los porteros de los hoteluchos que habitaron, en uno que otro sumario encontrado en una estación de policía. Con el problema de que la guerra ya pasó y muchos de esos archivos se quemaron. Es claro: archivos incendiados dan hombres nuevos.

Que muchos franceses colaboraron con los nazis, es evidente. Lo dicen los historiadores, se lee en documentos, en las denuncias. Pero lo que se dice es una memoria general de la colaboración y lo que le interesa a Modiano es una memoria particular de ese colaboracionismo, la que tiene que ver con su padre (el generador de su origen), con los movimientos de la madre, con los silencios de quienes no le quieren contar nada, con los desaparecidos que apenas sí dejan una pista mínima (un aviso en el periódico, como pasa en Dora Bruder). Y es con eso que no se dice, con lo que se supone, con los sitios que se visitan y ya han desaparecido, con los que cambiaron y ya son otros, como se construye la memoria particular que el escritor necesita para saber que, dentro de lo posible, estaba que él no hubiera sido posible. Una memoria buscada, hilada de un fragmento al otro, cuestionada cada vez que aparece, certificada con palabras sueltas. Pero una memoria necesaria que compromete a una sociedad que decía defender la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero que confraternizó con el enemigo dejando sus principios a un lado y desarrollando lo contrario a lo que predicaba. Una sociedad que se perdonaría lo que hizo y seguiría en condiciones de volver a señalar y volver a reprimir. Ya tiene las etiquetas y conoce los dispositivos. Basta leer La cuestión Argelina de Albert Camus y ver la representación teatral de La puta respetuosa de Jean Paul Sartre.

En esa memoria de la colaboración en la que su padre pudo ya no ser más y desaparecer, muy fragmentada, mentida debido al miedo, escondida porque podría poner en evidencia lo que no se debe redescubrir, Modiano encuentra su pre-memoria, la que lo hizo a él y lo marca, pues eso que pasó antes de que naciera fue la causa de que apareciera en el mundo, de que fuera engendrado, de la situación en la que el padre conoce a la madre, se ama con ella y la deja en embarazo. Una pre-memoria en la que se tejieron los más diversos hilos: lugares, escondites, bares, hoteles de mala muerte, miedos, escapes, azares permanentes, riqueza, pobreza, esa especie de miseria dorada, concepto muy modianesco que habita varios de sus libros. Una pre-memoria que Modiano no conoció, que elaboró después con sus investigaciones, pero que es necesaria para saber qué identidad tiene. Una memoria de un azar y, al tiempo, de una certidumbre, pues esa memoria desconocida y luego armada con trozos sueltos, es su causa, el motivo de sus inquietudes para situarse en el mundo, el principio precedido por un caos que no solo permite conocer y suponer al padre y a la madre sino la situación que vivieron mientras duró la guerra y que los marcó en la post-guerra, pues los estilos de vida en la ocupación se mantuvieron, se hicieron parte del actuar, una manera de vivir, ya no evadiendo a los colaboracionistas sino conviviendo con ellos. Es el problema de pasar por el infierno, que este se mantiene en las personas después de salir al otro lado. La memoria va con nosotros y es imposible olvidarla. La podemos hacer desaparecer para vivir bajo otras normas, pero un mero dato la hace florecer de nuevo y lo que estaba escondido reaparece, anida en las entrañas, y basta cerrar los ojos para revivir los hechos. O escuchar algo o leer un papel.

Buscando el pasado previo a su nacimiento, Modiano encuentra la memoria de la colaboración. Y si bien esos que colaboraron ya no pueden hacerlo, lo harían otra vez si se les otorga el poder que tenían antes. Es el problema y condición de la guerra, que sigue viva en quien la vivió. La memoria no lo deja salir de ahí.

Modiano, entonces, hijo de un judío perseguido, que se escondió y burló las disposiciones legales de un momento en la historia de Francia, pudo no haber nacido, pero nació. Él es una respuesta de la vida a una intención criminal, una memoria de lo que quisieron hacer con su padre sin lograrlo, un pasado necesario para explicarse un presente en el que se sigue viviendo entre colaboracionistas: es un testigo de lo que no vio pero él fue la consecuencia. Por eso teme que pongan en marcha el dispositivo para que la etiqueta tenga de nuevo validez. Por esto no tiene más alternativa que denunciar. Y en la búsqueda de esa memoria la denuncia se mantiene. Pasó algo y, entre eso que pasó, yo nací para que no haya olvido, parace decir Modiano en la medida en que expone auto-odios, traiciones, denuncias, escondites, desapariciones, palabras para no olvidar, que pueden desaparecer pero al final se las encuentra. Nada está tan olvidado como para esconderse por siempre.

La memoria deseada

En Calle de las tiendas oscuras (premio Goncourt de novela) un hombre ha perdido el nombre y la memoria y la única pista que tiene es una fotografía en la que él pudiera ser una figura que se ve borrosa. Es el único vestigio que posee para construirse, una especie de hipótesis que va a tratar de demostrar estableciendo como memoria lo que logra obtener de unas vidas ajenas en las que él trata de acomodarse. Pero no ha olvidado del todo lo que es, a fin de cuentas no ha perdido el lenguaje y puede mirarse en un espejo, sino que han desaparecido los referentes que lo determinan: el nombre, su pasado algo remoto, los que fueron sus amigos, los espacios por los que anduvo, las mujeres que amo. Es un nadie en un momento de su vida (a partir de la amnesia ha perdido lo que fue) y, para situarse de nuevo, debe ser un alguien.

La foto que posee Guy Roland, el nombre supuesto que usa el personaje y que se lo dio un detective que lo abandona, es un vestigio que no se identifica bien. La imagen no se determina, pero es un parecido posible. Puede ser ese, es lo hipotético, pero debe buscar a personas que lo conozcan para que le digan quién es y cuál es su posible pasado. Esa es la búsqueda que parte de la fotografía. Pero lo único que hay posible en la foto son las personas que aparecen en primer plano (el personaje está en un segundo plano, difuso), que servirán para que recordar al personaje que no se detalla bien.

A partir de una metodología de novela negra, Modiano lleva a que el personaje encuentre a los de la foto, que le dicen quién podría ser él, pero no como tesis sino siempre en calidad de hipótesis que debe ser probada. Guy Roland, entonces, se apodera de esos otros nombres posibles y trata de vivir el pasado que le cuentan de esas personas. O sea que se apodera de una memoria ajena y comienza a vivir en una vida prestada que logra habitar unos días hasta que esa certidumbre desaparece estallando igual que una pompa de jabón cuando ya no es ese que quiere ser pues aparece quien es dueño de esa vida, un poseedor con memoria cierta: el otro real que, en este caso, excluye al usurpador de esa memoria de la que se quiso apoderar, dejándolo vacío otra vez. Así, Modiano se plantea una charada, un juego de los recuerdos falsos pero que sitúan al individuo en una identidad fabulada y posible mientras la fábula se mantiene. Y esa identidad ajena, que es un último recurso para tener un lugar en la tierra, permite los recuerdos falsos generados por el deseo de identificarse con aquello mismo que lo excluye. Y una memoria paralela, la de saber que no se participa de esa memoria a la cual le aparece el dueño, sea como entidad viva o muerta: las dos son certidumbres. Y en esto que es cierto, ya hay un pasado fingido y otro que es real, lo que permite crear al buscador de identidad una memoria de la inclusión y la exclusión. La primera como sueño, la segunda como evidencia. En la una se situó en el querer, en la segunda en el estar, que ya es imposible de evadir. Nadie olvida dónde y en la situación que está, a menos que no esté ahí y la situación le sea ajena. Esto último podría ser kafkiano, lo primero es modianesco.

William Faulkner, en su novela Un intruso en el polvo, platea algo similar: hay un negro acusado de querer ser blanco y los blancos lo condenan a muerte por esta actitud. No puede ser blanco porque no tiene pasado de blanco, porque su memoria es de negro. Y si entra en el pasado del blanco, creyéndose lo que no es, lo tendrá que deformar: se volverá un fanático, un encerrado, alguien que perseguirá a los suyos para que no le evidencien lo que es. Y esto es lo que temen los blancos de la novela de Faulkner: que el hombre negro que quiere ser blanco les deforme el pasado a ellos y los sitúe en una posición distinta delante de la gente de la que reniega ese que ingresa en los espacios de una memoria que no le pertenece. Es más o menos lo que sucede con los conversos, que dejan lo suyo para entrar en un mundo del que parten de cero, pues carecen de memoria de ese mundo al que ingresan y han perdido la que tenían. O sea que quieren ser otros sin poderlo, así copien actitudes y creencias, se sometan a rituales y memoricen palabras: desean una memoria, pero esa memoria nunca les llega, pues lo que uno es no se puede olvidar. Quizá logre desaparecer el pasado hasta que se viva una situación extrema (un peligro de morir, por ejemplo) que haga retornar a la memoria desaparecida. Nadie es lo que no es: es así no sepa que es.

Patrick Modian, como Faulkner, trabaja la memoria prestada pero no lograda, la que se vive por momentos a partir de deseos pero que no está en el que la busca, así se disfrace de haberla encontrado. Y esa memoria que se desea es la de los asimilacionistas, que se someten a una memoria ajena (la nacional, la del grupo al que ingresan) sin lograr más que un vacío de identidad, lo que los convierte a la larga en sospechosos de todo pues no hay un elemento de certidumbre que identifique a ese que no quiere ser él sino otro. En este punto Modiano toca el caso de los que nacen en un país sin pertenecer a la memoria de ese país. Los que ingresan en lo que no los acoge (aunque los permite como testigos) y en este entrar y no ser acogidos violentan su identidad pasada sin lograr la que desean, teniendo que vivir escondidos en la memoria que tenían antes. Son los renegados, los que abominan de su nombre, de su familia, de su cultura y buscan en aguas que no son las suyas. Esta personas, comunes entre los inmigrantes y los que no quieren ser ellos por alguna disfunción en la personalidad, desaparecen en sí mismas. Entran en una calle de las tiendas oscuras, en las que ven sin ser vistos, en las que tocan sin ser tocados y en las que compran en la medida en que ellos mismos se venden como objetos de uso pero no de parte del escenario. Como bien pasa en América Latina, donde se posa de ser lo que no se es y, en esta falta de identidad, desaparecemos, pues no hay admisión en la memoria que buscamos sino deseos de ser admitidos. Todo es una fantasía y no una realidad. Y el problema de la fantasía es que es un mero estado de soledad, un miedo a mirar hacia atrás y una confusión al ver hacia adelante. Sin memoria dejamos tener un sitio. Y el sitio se vuelve peligroso cuando se asume una memoria que no es la propia, pues allí todo se tambalea y hay que vivir en estado de vigilia. Como todo deseo, una memoria así es una idea falsa en la que la frustración es permanente, pues se está frente a lo que se quiere pero no se adquiere.

Guy Roland, el personaje sin memoria, al final de la novela Calle de las tiendas oscuras, deja de ser: no entra en el olvido sino que desaparece. Es la trágica situación del que quiere ser lo que no le es posible porque la memoria que busca no es su memoria. Es una desubicación. Es la carta 12 del tarot, la que representa al hombre ahorcado.

La memoria obtenida

En Modiano hay una memoria cierta y habitada, que es la obtenida en los años que ha vivido, esos de la búsqueda y la respuesta, los de la situación y la ubicación. Una memoria que lo acoge y, al igual, le permite suponer y crear hipótesis que lo llevan a investigar donde otros no pueden llegar, que son él mismo en otros lugares, muchos de ellos situados sobre el suelo pero cambiados por la arquitectura. Y si la suposición es una memoria inventada, como podría argumentarse, mientras dure lo supuesto y se busque en esta posibilidad, es una memoria viva, algo con cuerpo y referentes pues también está en lo memorizable lo que puede y pudo pasar, que sí bien no son aciertos sí son fantasmas, algo que altera y lleva a tomar posición. Fantasmas que se crean con lo vivido, con lo que se mezcla en la memoria y se siente en un momento dado. Ir por una calle y no ver nada, por ejemplo, pero suponer que por allí fue gente, una tranquila y otra en busca de un escondite; una que caminaba abrazada y otras que se escondía en su propia ropa para no ser identificada. La memoria permite estos juegos, que son los que se aplican en la literatura que cuenta lo que pudo haber pasado a la par que introduce al escritor en una esquizofrenia en la que un otro está frente a él, delante, detrás, mirándolo por una ventana, entrando por una puerta, en la soledad de un cine, en la oscuridad de un café. De ese acontecimiento esquizofrénico sale el escritor al terminar el texto, pero su memoria ha sido alterada. Ya tiene más referentes, más respuestas, nuevas preguntas. Ha memorizado algo que no es (la historia narrada), pero que al tiempo es porque contiene palabras, definiciones y contextos que ya no se olvidan.

La memoria obtenida de Modiano parte de ubicaciones: lugar de nacimiento, direcciones de viviendas, bares, hoteles, cruces de calles, avenidas, estaciones de tren, cines, escaleras, documentos policiales. La ciudad vivida aparece en él como un gran damero por el que se mueve, ya saltando, ya quedándose en un cuadro o situándose en un intersticio en el que las vías se bifurcan y no solo de manera direccional sino hacia el pasado o una suposición. Su memoria es un presente mutante, lo que le permite entrar y salir, avanzar y regresar. Es una memoria de la vida y los espacios, de las caras y los cuerpos, de los aparecidos y los desaparecidos. Y se ancla en ella con nombres que, como son palabras, contienen todo lo referente a él: una forma, una edad, un comportamiento, un sitio apetecido, un lugar del que se huye, una experiencia momentánea, unas rutinas, unos encuentros. Un nombre, como explica Platón en El Cratilo, es un mundo completo que tiene un principio y un fin, o sea que es una memoria. Y saber de un nombre, entrar en él, es adquirir su memoria, hacerlo parte de mí y de cómo seguiré viendo lo que pasa. Y como es una memoria y la memoria no contiene olvidos, ella es lo que es (el espacio de los reconocimientos, del volver a conocer) y permite un reconocimiento del yo en relación con lo demás, sea positiva o negativa. Cargamos con lo memorizado para elaborar nuestros criterios y tomar nuestras decisiones. Quizá por esta razón Modiano es un solo libro. Un hecho que aparece en un texto vuelve e ingresa en otro. Y si bien no se repite igual, es el mismo: es como un hombre que no cambiara de edad pero todos los días se pone un traje distinto. Se lo ve diferente, pero sigue siendo él. Todo ha cambiado menos el vestigio que lo identifica: la cara, que es la que hace posible el reconocimiento inmediato y, al tiempo, la que contiene los sentidos con los que leemos la otredad.

En esa memoria obtenida, que es la que realmente me acoge porque ya no se va de mí, que es la que se convierte en la habitación del yo y paralelamente de sus extensiones (yo en la alteridad y en relación con ella), termina siendo lo que soy, mis criterios y mis reacciones, mis miedos y mis alegrías, mis culpas y las puerta de salida. Así, Modiano es la memoria que describe, la que fue hilando en la búsqueda y en los encuentros, lo que no despreció ni las aguas que se hizo con culpas que nunca tuvo o que no aceptó que fueran culpas sino parte de un vivir. Es una sumatoria de idas y regresos, de inclusiones y rechazos, de logros y errores. Es un soy y tengo un lugar, una aceptación o exclusión del otro para saber quién soy, una invención o una realidad que permite divagar por lo posible del pasado y el presente. Y no es una memoria colectiva ni universal: es particular, lo que ya muestra diferencias y limitaciones, alteridad. Y, ya en calidad de sujeto (con acciones y contexto), es una memoria que se entromete en la de otros y, en esa intromisión, entiende lo que le ha sucedido a su memoria particular, singular, que solo es posible de almacenar en palabras en palabras escritas, para que así no haya desapariciones. El libro está ahí, ya no avanza más, pero fue testigo y contiene un testimonio. Y a eso que testimonia recurrirán otros, se incluirán otras memorias, aparecerá lo desaparecido y lo que se tenía por olvido resultará siendo algo escondido que aparece de nuevo para recuperar tiempos idos. Como en la película Amelie, basta una caja con pequeñas cosas, encontrada en una pared, para que vuelva y aparezca un mundo en un hombre que creía haberlo olvidado todo.

Conclusión en Modiano

No hay olvido mientras se esté vivo. Solo hay desapariciones y escondites a los que se puede llegar mediante una búsqueda que no desprecie nada. Los detalles, las palabras más insignificantes, los hechos más fortuitos, un gesto rápido de alguien, una mirada coincidente, crean un tejido y, en eso que se teje, se va recuperando memoria en la medida en que se busca, ya que toda búsqueda resulta siendo un encuentro. Y esa memoria recuperada, que viene de afuera y se une a la propia, es la que da cuenta de nuestro paso por la tierra, la que confronta y acepta, la que señala y determina la dirección de un camino. Y es una inclusión en la memoria presente, en la propia y en la del colectivo, pues la memoria es un ver, un entender, un situar y un relacionar.

Patrick Modiano nació en Francia sin ser francés. Pero creció en esa Francia de las divergencias, en el París de las direcciones y direccionamientos, en eso que quedó de la guerra. Él fue algo que quedó de la guerra, lo inevitable. Y esa memoria que tiene, que ha descrito en sus libros, no se puede evitar: en ella hay desapariciones pero nunca olvidos. De cualquier cosa que pase, de cualquier persona que viva, siempre queda un vestigio. Y ese vestigio anula el olvido, palabra que no se olvida porque ella misma es el vestigio de eso que propone y a la vez niega.

Escrito en Medellín, ciudad donde se desean los olvidos de tantas cosas que aparecen. Es que no se puede hacer nada. Lo que fue, es.


Pie de página

1 El conatus es lo mismo que el efecto que la física llama resiliencia, esa fuerza que inclina a que los objetos recobren su forma original cundo son deformados: un resorte, por ejemplo.
2 Pareciera que la memoria genética, como dicen algunos investigadores, también podría establecer formas de comportamiento o al menos inclinaciones.
3 Premisa de Aristóteles.
4 Digo una parte, porque los orígenes modernos de los Modiano están en Salónica y los reales en alguna parte de la España sefardí que hoy se sitúa más en las guías turísticas que en la historia de este país.
5 Policía secreta nazi.
6 Una generación debe producir otra. Y en esto consiste el genocidio: en que se aniquile a una generación y ya no tenga más un lugar en la tierra. En que se pierda su memoria.
7 También se persiguió a comunistas y homosexuales, pero a los que exterminaron fue a los judíos y algunos colectivos gitanos.


Referencias para este trabajo sobre la memoria en Patrick Modiano

Libros del autor analizado:

La trilogía de la ocupación. Editorial Anagrama.
Calle de las tiendas oscuras. Editorial Anagrama.
El café de la juventud perdida. Editorial Anagrama.
Más allá del olvido. Editorial Alfaguara.
Dora Bruder. Editorial. Editorial Seix Barral.
Otros soportes:
El asunto de Argelia. Albert Camus. Obra completa. Alianza Editorial.
La puta respetuosa. Jean Paul Sartre. Teatro Completo.
El hombre fulminado. Editorial Valdemar.
Cuaderno de notas del autor del ensayo.

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