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Escritos

versión impresa ISSN 0120-1263

Escritos - Fac. Filos. Let. Univ. Pontif. Bolivar. vol.26 no.56 Bogotá ene./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.18566/escr.v26n56.a01 

Editorial

Memento mori (ma non troppo) A propósito del recién fallecimiento del Filósofo Jairo Escobar Moncada

Ignacio Vento Villante1 

1 Doctor en Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid. Es licenciado en Filosofía (1983) por la Universidad Autónoma de Madrid, especializado en Antropología. Desde 1993 es profesor Titular en el Departamento de Filosofía de la UAM, donde imparte Antropología Filosófica I y II y Antropología cultural II. Sus áreas de estudio son la Antropología Filosófica, la Filosofía de la Persona, el Humanismo, la Filosofía de la Cultura y las Filosofías de las formas simbólicas. Sus Líneas de Investigación son: Antropología Filosófica, Tecnologías de Subjetivación en los modelos terapéuticos, Historia de los modelos de representación antropológica, Hermenéutica del sujeto, Individualismo, Filosofía del símbolo, La Estructura simbólica en las técnicas logoterapéutica y comunidades terapéuticas, Logoterapia y subjetividad, Didáctica específica de la Filosofía. Ha dirigido la investigación "Proyecto ágora" dedicado a la innovación docente bajo el auspicio de la Universidad Autónoma de Madrid. También dirigió la investigación "Bases antropológicas y éticas para la formación de terapeutas de la asociación de rehabilitación 'proyecto hombre'" auspiciada por el Ministerio de educación y Cultura de España. Ha sido docente invitado en universidades tales como la Universidad de Notre Dame (Indiana), Universidad de Utrecht (Holanda), Universidad de Nimega. (Holanda), Universidad del Salento (Italia), Universidad de Siena (Italia), entre otras. Ha sido organizador, con el profesor Jairo Escobar, de las cuatro versiones del Congreso Internacional de Teoría Crítica, realizándose la última en Madrid, en 2017.

De mi padre recuerdo que solía decir:

"No deseo que llegue el día de los grandes elogios, pues sé que, entonces, no los necesitaré".

Mi padre, a su modo, tenía esa veta estoica que recorre el sentir de los pueblos costeños, hechos de una sabiduría que se ha forjado en las faenas de la mar y cuyo talante les aprovisiona de una resignada actitud ante la vida y la muerte. Pensando en ello, he de reconocer que mi querido amigo Jairo Escobar ya no precisa de mis elogios. Si acaso, como suele suceder, soy de los que ha de detenerse a preguntar: ¿Por qué soy deudo suyo?

Nos conocimos como debe ser, por dos veces. La primera, coincidimos en una cena académica que celebraba la constitución de un grupo internacional de investigación sobre la influencia contemporánea de la filosofía ética griega. Íbamos a impartir unas jornadas y cada uno tenía dispuesto alguna investigación acorde con dicha temática. Meses después, él se incorporó como profesor invitado al plantel de docentes del departamento de filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, bajo el paraguas de la Beca Castillejo. Esa fue la vez en la que nos reconocimos.

Por aquel entonces, hallé en él una de sus cualidades más señeras: la atención a los demás, pues Jairo no podía ni deseaba ser ajeno a las personas, con independencia de la forma en la que con ellos se relacionara; ya fuera como estudiantes, colegas, gerentes, ciudadanos, dictadores, taxistas, malabaristas, vendedores o tunantes. Nadie le era indiferente y sobre cada cual elaboraba su breve o extensa reseña; de tal modo que no era raro escucharle un preciso discurso sobre las andanzas de este o aquel, al que había decidido apadrinar o, por el contrario, una breve y exaltada soflama sobre las tropelías de este o aquel cacique local metido a la política. Él no era de las personas que cultivase la indiferencia.

Y de esta forma, me fui adentrando en el conocimiento de otra de sus cualidades: una profunda conciencia social. Los demás, no solo no le eran indiferentes, sino que les trataba con la consideración que a todo ser humano, según aseguraba, se le debía y a la que sumaba esa otra dignidad que suele labrarse tras los pesares que hubiera recibido de la vida. Consecuentemente, nuestro amigo se mostraba como una persona solidaria y compasiva, que no echaba mano de la socorrida conmiseración; sino que se esforzaba por propiciar en la vida de los demás las condiciones precisas para una disposición futura más provechosa.

Durante aquella segunda ocasión de nuestro encuentro, Jairo se sentía, por muchos motivos, muy alejado de su hogar, de su confort, incluso de la bondad humana; porque, como ser sensible, inteligente y justo no podía por menos que sufrir, y en él asomaba, de vez en cuando, un gesto de tristeza, una sombra de melancolía, un suspiro profundo acompasando su mirada perdida. Sabías, entonces, que le dolía el mundo; que se resentía de los costurones de la existencia, de las debilidades, los contratiempos, los azares y las mezquindades. En esos oscuros momentos, Jairo entraba en situación de riesgo y su proceder podía ser errático, y sus silencios, prolongados. Las más de las veces recurríamos a aquellas tretas que ya denunciara Blas Pascal: ese afán de "distracción" y como libertinos, recorríamos las rutas de la noche y nos adentrábamos en la agreste simplicidad del trago, para descubrir, en cualquier rincón de mala dicha, que únicamente el lúcido y bien humorado genio nos podía salvar de una vida que parecía carecer de otro sentido, más allá de aquel que lográsemos inculcarle.

Tras estos dislates, volvíamos a reencontrarnos para compartir un camino hecho de modestas osadías y de largas discusiones; de greguerías surrealistas, mordaces ripios y sabrosas viandas que, en los más diversos locales, nos procuraban un veraz reparo. Todo lo cual no hizo sino fomentar en nosotros una similar ponderación del placer y resentimos, de un modo parejo, del vértigo insondable que provoca la belleza. Hitos que tratábamos de hacer cotidianos lo que, como pocos saben, son la savia que alimenta la epicúrea amistad.

Pero, su verdadera balsa era su pasión por el trabajo intelectual y con mayor deleite, si era compartido. No era raro encontrarlo leyendo a altas horas de la noche, subrayando y anotando con un lapicero de mina extrafina y preparando lo que él llamaba sus "maullidos", esto es, sus lecciones, conferencias, artículos o cartas que, cuando no le salían a su gusto, les solía cambiar el nombre y pasaban a ser sus "rebuznitos". Mientras compartíamos algún seminario en Medellín, solíamos disponer cada uno de un cuarto en el que preparar los textos y las lecturas. Un breve vestíbulo nos separaba, pero no era frontera suficiente para que no lo cruzásemos, en uno u otro sentido, bien para pedir un diccionario, leer un párrafo o discutir el pensamiento de algún autor. Y todo ello, rodeado de una biblioteca que cubría la mayoría de las paredes de su moderno "dúplex". Tal era su empeño en la lectura y el estudio que, durante el invierno de nuestras separaciones, era rara la semana en la que no recibiera un correo con la copia adjunta de un interesante artículo o que argumentara sobre la conveniencia de la compra de algún nuevo libro que tendría que llevarle en la próxima ocasión. Con eso y con las interminables conversaciones de eternos paseantes, lográbamos poner de pie, aunque sin mucho énfasis, una experiencia docente más interesante y que, siendo esta la más ardua tarea que compartíamos, retornaba a aguijonearnos, año tras año con la esperanza de que ocurriese lo que nunca antes había sido.

En octubre pasado, gracias al concurso de un grupo de colegas, estudiantes y amigos, conseguimos levantar nuestro primer Congreso Internacional de Teoría Crítica en Europa, en esa Madrid de nuestros primeros escarceos. Era la oportunidad que buscábamos por construir el camino "de ida y vuelta" de La Teoría Crítica por ambos continentes y nos sentíamos orgullosos y esperanzados. La ocasión no nos defraudó. En el Congreso, Jairo presentaba un ensayo en el que llevaba un año trabajando y que había pulido varias veces ante diversos auditorios; el último, en el Instituto Politécnico de Bucaramanga. En ese texto, reflexionaba sobre la necesidad de abordar la muerte desde la consideración crítica de las condiciones que han revestido siempre su trato, pues, comentaba al hilo de la reflexión de H. Marcuse, si quisiéramos experimentar la vida de otra forma, deberíamos tomar conciencia del modo en que nuestra estructura social, política y económica, a través de los valores y productos culturales históricos, nos han inducido a "vivir la muerte" más allá de su dimensión natural, como una experiencia extrema que, a cada grupo, a lo largo de la Historia, les ha diferenciado.

La ideología de la muerte, entendida como una aceptación de ella sin ningún tipo de cuestionamiento -sin chistar ni mistar- y como algo absolutamente natural; sin consideración de cómo acontece, es un rasgo típico de la cultura colombiana -no el único ciertamente-, de una cultura que se ha reconciliado con la muerte sin pensar que se podría vivir la vida y la muerte de otra manera. Esta cultura de la muerte es algo objetivamente producido, que hemos aprendido a ver como lo más subjetivo, como si fuera una esencia eterna del individuo y la sociedad1.

El ensayo tenía una trascendencia evidente, puesto que actualmente la experiencia de nuestra muerte se encuentra cada vez más asimilada a una ideología que tiende a eludir la propia finitud, para "diluirla" en el interior de la exaltación de una producción de objetos que cíclicamente se renuevan. Dicha ideología, señalaba Jairo, nos induce a referirnos a la muerte mediante su anónima incorporación a las cifras estadísticas del tráfico, de la sobredosis, del feminicidio, del terrorismo, de la tortura o del tráfico de migrantes. De ahí la necesidad de reconocer una reflexión sobre la experiencia de la muerte desde otra perspectiva.

Marcuse piensa la muerte y el morir, no solamente como un acontecimiento biológico, sino ante todo como un acontecimiento marcado profundamente por la forma política y social prevaleciente, que es algo que comparte con otros pensadores de la llevada Teoría Crítica.

Acceder a la consideración, en vida, de nuestra propia muerte como un aspecto de nuestra existencia que no se nos puede escamotear, es una exigencia crítica actual, ya que, quien no se cuida de las condiciones en las que mira el morir, no está ocupándose de las condiciones en las que se desenvuelve su propia existencia y ello es un modo de "alienación" radicalmente contemporáneo. La globalización tiene también como resultado el que estemos cada vez más "colonizados" por los "estilos de vida" a los que nos expone una civilización que se sostiene gracias a nuestro consumo; por lo que estamos siendo progresivamente despojados de la "onerosa carga" que supone vivir en la incertidumbre de la existencia. Podemos observar cómo somos "exacerbados" en nuestra sensibilidad a través de los reclamos de productos de consumos o "homogeneizados" en nuestras opiniones mediante la exposición a una industria cultural que ocupa cada metro cuadrado y minuto, haciéndose omnipresente en cada uno de los espacios que frecuentamos y socializando a cada nueva generación en los hábitos de ocio que los perpetúa. Somos testigos, día a día, país a país, del modo en que las fuerzas de la nueva economía van minando las relaciones comunitarias, sobre todo, en lo que han tenido para cada ser humano de entramado tradicional de resiliencia. Hemos saludado al reciente individualismo, para descubrir que:

Lo importante en el individuo es su disposición para sacrificarse y entregar su vida por una entidad más valiosa y superior, el grupo, el partido, Dios o él; capital, la totalidad social establecida, independientemente de si la totalidad le puede garantizar una vida buena y lograda, e independientemente de si dicha totalidad puede justificarse racionalmente ante cada individuo.

Ahí estaba Jairo, reivindicando al pensamiento crítico frente al pensamiento totalitario; denunciando la disociación entre vida física y la espiritual, entre nuestra realidad corporal y mental, entre el ámbito de la necesidad y el de la libertad; reivindicando una experiencia de la muerte que no se pueda reducir a ninguno de sendos ámbitos, para no caer en justificaciones ideológicamente indignantes; mas con la clara convicción de que solo así podríamos aspirar a arribar a nuestra muerte con la certeza de una existencia mínimamente lograda. Eso era lo que se reconocía en la filosofía de Marcuse y de otros autores de la Teoría Critica:

¿Es posible pensarla de otra manera, sin dejar de verla como el hecho biológico que es, pero sin caer en la tentación de pensarla como algo religiosa o metafísicamente sancionado, algo que pueda ser asumido sin temor ni pavor, sin angustia y sin autoengaños políticos o sociales?

En este trabajo, Jairo daba señales del rasgo postrero que quería reseñar: la combatividad resuelta por desbrozar un camino a la emancipación humana, con el único objetivo de que podamos ser conscientes de cuánto de apropiada pudiera llegar a ser nuestra propia vida.

Por todo ello, amigo, somos nosotros los que te quedamos debiendo.

Que la tierra te sea leve.

1 Los fragmentos citados desde este momento corresponden al último artículo de Jairo Escobar Moncada, que presentó en el congreso de Madrid y que me envió en su momento: Jairo Escobar Moncada "Marcuse. Muerte, Memoria, Dominio". Madrid octubre 2017. Texto presentado al plenario del IV congreso internacional de Teoría Crítica el día 19 de octubre.

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