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Revista Colombiana de Cardiología

Print version ISSN 0120-5633

Rev. Colom. Cardiol. vol.16 no.2 Bogota Apr./June 2009

 

El corazón y sus metáforas

The heart and its metaphors

William Ospina

Recibido: 16/04/09. Aprobado: 15/05/09.


«Escribe con sangre, y aprenderás que la sangre es espíritu», escribió Federico Nietzsche a finales del siglo XIX. Atendiendo a ese llamado secreto la humanidad ha escrito su historia con sangre, no sólo en el sentido trágico y terrible de las guerras y los crímenes, sino convirtiendo la lengua en una metáfora de la sangre. Hay, ciertamente, un parecido entre la sangre y el lenguaje; se diría que la lengua es la sangre intangible del cuerpo social, que circula por todas partes, oxigena y aviva los tejidos, recoge los nutrientes de la cultura y los distribuye, manteniendo el pulso de la sociedad, el ritmo de la civilización.

Por supuesto que una metáfora, como decía Borges, es la momentánea asociación de dos imágenes y no la metódica asimilación de dos cosas, pero estas analogías, así sean parciales e inexactas, cumplen una función, porque nos permiten ver de otra manera los procesos y los fenómenos, y porque también nos ayudan a entender las afinidades y simetrías que llenan el mundo. Tal vez esa sea la principal justificación de la metáfora en la literatura: no comparar caprichosamente cosas distintas, sino entrever afinidades secretas, reflejos que revelan la profunda cohesión, la misteriosa armonía de la realidad.
En sus conferencias de Santa Bárbara, Aldous Huxley decía que de nada necesita hoy tanto el mundo como de pontífices, pero de pontífices no en el sentido mayestático e inapelable de las iglesias sino en el sentido original de pontífex, de hacedores de puentes. El mundo ha avanzado, con un ritmo que es comprensible dada la complejidad de sus conocimientos, hacia una excesiva fragmentación de los objetos de estudio, hasta el punto de que, en nuestro orden académico, escoger una disciplina equivale a abandonar todas las otras, y el que es biólogo puede apartarse para siempre de la música o de la historia, y el que es matemático cree poder escapar a las ciencias del lenguaje o a las inexactitudes del arte.

Pero a cada ser humano le ha correspondido la plenitud de lo real, somos física y química, biología e historia, matemáticas y estética, razón y sinrazón, astronomía y música. No deberíamos abandonar del todo el viejo ideal renacentista de la universalidad o el ideal del enciclopedismo, no por posar de saberlo todo sino porque hay cosas que sólo se comprenden mirando el conjunto, y porque muchas veces el cálculo es asunto por igual de la Medicina y de la Matemática, la circulación es asunto común a la Ingeniería y a la Anatomía, el estudio de los átomos puede encontrar luces nuevas si miramos también las estrellas. Esos pontífex de los que hablaba Huxley son los que pueden tender puentes entre disciplinas distintas, y ello no supone renunciar al rigor de las especialidades sino abandonar el aparente «confort» de un saber repetitivo, y estar abiertos a los aportes que unas ciencias y unos saberes brindan a otros.
Los escritores, en razón misma de que nuestra labor, siendo tan importante, no es vital en términos inmediatos, podemos regodearnos, con cierta inofensiva irresponsabilidad, en todos los campos. Un escritor, en sentido estricto, no es un especialista, pero las especialidades forman parte de su interés. Un escritor debe ser a veces un psicólogo, a veces un geógrafo, a veces un historiador, a veces un músico, a veces un loco, a veces un criminal. Tiene que saber cómo se comportan los seres humanos, cómo son las regiones y los climas, cuáles son las grandes y las pequeñas fuerzas históricas que han marcado los hechos y cómo es el contexto de las naciones y de las culturas en que transcurre la vida de unos personajes; debe tener un sentido de la armonía, y a veces incluso tiene que ir más allá de lo permitido, de lo establecido, para tratar de entender la locura que produjeron en un hombre los libros o en otro los resentimientos.

Ello requiere una suerte de cordialidad con todo lo que existe, porque sólo si se siente profunda curiosidad y simpatía por lo humano es posible asomarse a las almas y a las historias, y terminar considerando como asuntos personales tantas vidas y tantos hechos como registra la literatura. Pensamos en alguien como Shakespeare y sentimos el asombro de que haya podido imaginar, más aún, encarnar en su manera de hablar y en su conducta, a personajes tan distintos como la dulce Julieta de Verona o como la rencorosa reina Margarita de Anjou, como el maligno Ricardo III, lleno de deformidades espirituales o como el noble Macbeth, echado a perder por una tentación y por un tropiezo de ambición, que pasa el resto de su vida tratando de sobreponerse a un remordimiento. Basta oír a Macbeth para entender cuán alto llega el vuelo de Shakespeare en la construcción de oleadas verbales que traducen desmesuradamente emociones y sentimientos, como cuando el hombre que quiere lavar sus manos del crimen que ha cometido siente no sólo que el mar no lavaría la sangre de esas manos sino que más bien ellas «empurpurarían el mar tumultuoso, haciendo de ese verde un solo rojo». El mar allí se convierte en un inmenso reflejo del remordimiento de un alma. Shakespeare nos ha dejado la más asombrosa y precisa galería de personajes que registre la historia de la literatura, y esas criaturas no son simplemente nombres distintos sino distintas maneras de ser y de hablar, una galería de destinos inconfundibles: a veces casi nos basta oír lo que dicen para adivinar quién está hablando. Pero Shakespeare también parece saberlo todo de oficios y de instrumentos, de armas y de herramientas, de barcos y de guerras, de política y de filosofía. Y admitamos que si bien el suyo es un genio excepcional, no todo lo que escribe es obra suya, sino en cierta medida un aporte de toda la humanidad. Porque si bien nadie escribe como Shakespeare, y si bien ningún escritor, según se dice, en ninguna lengua, ha escrito con una mayor cantidad de palabras, tenemos que recordar que todas esas palabras que Shakespeare utiliza de un modo tan magistral no fueron inventadas por él, que todas las recibió de su cultura, y que los creadores de ese idioma que Shakespeare llevó a su plenitud eran pescadores y herreros, soldados y amas de casa, comerciantes y agricultores, locos y ladrones.

La lengua es la obra colectiva de las generaciones, la lengua se forma en hornos ocultos, como la sangre en la secreta médula de los huesos, y es un plasma en el que convergen las experiencias de innumerables seres humanos, por eso se va llenando de destrezas y de sabidurías. Nosotros, que hoy nos beneficiamos de esta sangre que nos constituye, hemos perdido de vista el origen, hemos perdido la inteligencia de cómo se formó, en complejos e irrecuperables procesos, el misterioso oleaje de esta sangre que parece combinar los cuatro elementos míticos de los griegos antiguos, porque es agua y tierra, aire y fuego; de cómo se formó la maravillosa y divina fractalidad de las arterias y las venas hasta los ínfimos vasos, finos como cabellos, de los que depende nuestra integridad y nuestra vida; y de cómo se formó ese músculo formidable que todo lo recoge y lo distribuye, ese motor refinadísimo que tiene casi el secreto del movimiento perenne, que no depende de la voluntad para cumplir con su tarea incesante, desde antes de nacimiento hasta la muerte, y que en su danza de contracciones y relajamientos, en la imprecisa regularidad de sus espasmos mantiene en su equilibrio para cada uno de nosotros el milagro de la vida y la arquitectura de las estrellas.

El corazón, el más literario de los órganos de nuestro cuerpo, el más fecundo en metáforas, cuya labor es, se me antoja, más mecánica que química, parece confirmar con su existencia aquella frase misteriosa de la Enciclopedia del poeta Novalis: «El disfrute y la naturaleza son químicos, el arte y la razón son mecánicos». La verdad es que, los que no somos expertos, no solemos pensar en nuestro sistema linfático, o en las funciones del cerebelo o del páncreas, pero el corazón y la circulación de la sangre no sólo forman parte de nuestra vida cotidiana sino que han nutrido a lo largo del tiempo en todas las civilizaciones un amplio sistema de alusiones, de analogías y de metáforas que delatan cuánta importancia real les concedemos, y cuánto poder tienen para nosotros como funciones y como símbolos.

En la literatura de todos los tiempos estamos acostumbrados a ver al guerrero en el corazón de la batalla, al emperador en el corazón del imperio, al misterio escondido en el secreto corazón de las cosas, al fuego poderoso que alienta en el corazón del planeta, al aventurero colonial que vive en el corazón de las tinieblas. Estamos acostumbrados a oír hablar del agua que corre por las venas de la tierra, del amor que circula por los ríos del cuerpo, de las arterias congestionadas de las grandes ciudades, del dinero circulante por los canales de la economía. La palabra corazón se ha convertido en un sinónimo del centro, de la causa oculta y eficaz de las cosas; pero además no tener sentimientos o compasión equivale a no tener corazón, amar mucho es amar con todo el corazón, la inclemencia se representa como dureza de corazón, y la palabra corazón se convierte incluso en un vocativo para dirigirse a los seres a los que se quiere.

Cuando Shakespeare quiere expresar la crueldad implacable de la reina Margarita de Anjou, pone a alguien a decirle: «Tú, corazón de tigre envuelto en piel de mujer». Cuando el protagonista del poema El cuervo de Edgar Allan Poe quiere darse ánimos a sí mismo frente a un hecho amenazante, se dice: «Corazón, calma un instante y aclaremos el misterio». Tener corazón es tener valentía, como el Brave Heart de los escoceses*; es tener amor, como dice Anne Rutledge en el poema de Edgar Lee Masters: «Florece para siempre, oh República, del polvo de mi pecho»; es tener ternura, como cuando nos dice Barba Jacob en su poema: «El dulce niño pone el sentimiento/ y el contento, yo pongo el corazón»; a veces equivale también a tener confianza y capacidad de entrega, como en esa canción de Fito Páez, «Quién dijo que todo está perdido, /yo vengo a ofrecer mi corazón», y la generosidad de un espíritu dispuesto a amarlo todo, como lo dice Quevedo en un soneto hablando de la muerte: «No me aflige morir, no he rehusado /acabar de vivir ni he pretendido /dilatar esta muerte que ha nacido/ a un tiempo con la vida y el cuidado. /Siento haber de dejar deshabitado /cuerpo que amante espiritu ha ceñido,/ desierto un corazón siempre encendido, /donde todo el amor reinó hospedado». El dadivoso, es un corazón grande; el perverso, un corazón maligno; el humilde, un corazón sencillo; el valiente, un corazón de león.
Esas atribuciones y ese listado metafórico de virtudes son buena prueba de que el corazón fue siempre fundamental para nuestra imaginación, de que esa víscera, a la vez física y metafísica, también está, por decirlo así, en el corazón de nuestro lenguaje. Y es mucho más lo que podría decirse de este músculo del que depende incesantemente la vida. En los diseños de la naturaleza admiramos que la forma de las cosas esté evidentemente dictada por su función: la longitud del intestino habla de su posibilidad de largas digestiones, el dibujo tentacular de la mano sugiere sus facultades prensiles e industriosas, la esfericidad del ojo alude a su movilidad abarcadora y su textura nos introduce en sus propiedades especulares y cristalinas. No nos resulta evidente, en cambio, por qué el hígado tiene esa forma, por qué el cerebro, ese órgano sublime donde tal vez viven las ideas más complejas y los dioses más desconocidos, donde conviven la razón ordenadora y la locura fecunda en inventos, tiene el aspecto de una masa indescifrable e inerte. No concebimos al mirarlo la complejidad de sus descargas eléctricas, sus tempestades nerviosas, el abismo de sus enlaces que permiten el pensamiento y la creación: como objeto físico y como forma estética el cerebro es desconcertante y misterioso.

En cambio el corazón tiene una forma comprensible, tiene un diseño lleno de sentido que estimula la imaginación. O eso creemos, viendo su dibujo y los diseños que se inspiran en él para hablar de amor y de ternura, de generosidad y de compasión, porque en realidad el misterio está en todo y la complejidad de los movimientos de este músculo hace de él una suerte de mecanismo de relojería y de instrumento musical, uno de los instrumentos más refinados del mundo. Yo me atrevo a decir que el corazón no sólo es un instrumento, proveedor de la primera clave musical de nuestro cuerpo y de nuestra conciencia, sino que parece decirnos con su palpitación incesante que uno de los secretos de la vida, tal vez el más importante de sus secretos, es el ritmo. Porque la vida es ritmo, como nos dice en su efigie antiquísima desde las simbologías del Indostán la danza del dios Shiva, que con sus cuatro brazos danzantes arroja el rayo, detiene el miedo, señala a la tierra, y marca en el tamborín el ritmo de los mundos.
Pensar el corazón, sus metáforas y sus analogías, es una manera posible de interrogar el mundo. Solemos cifrar, por ejemplo, nuestro más alto orgullo como humanos en la voluntad y en la conciencia, pero es notable el hecho de que nuestras funciones más vitales, como la respiración y la circulación, no dependen de ellas. Podemos afirmar que la voluntad personal y la conciencia gobiernan muchas cosas en nuestra vida pero no las esenciales, y tal vez habría que agregar el sueño, la más misteriosa de nuestras funciones, a esa lista de las que no están gobernadas por la razón ni por la voluntad.

Necesitamos admitir, sin embargo, la existencia de una voluntad más poderosa que nuestra voluntad personal, esa otra voluntad que según Schopenhauer gobierna el mundo, la tendencia de las cosas a permanecer en su ser, la persistencia de la realidad y de la vida en ella, sus profusiones y multiplicaciones. Y en ese caso tendríamos que decir que el designio que mueve el corazón es secretamente el mismo que mueve a las estrellas y al río del tiempo, la voluntad cósmica de perdurar y de prevalecer, la voluntad de la vida de conservarse, enriquecida por millones de procesos y mecanismos, de combustiones y enlaces, de enriquecimientos y depuraciones.

Recuerdo que Sartre hablaba, en su ensayo magistral sobre los móviles de Calder, de «esa gran naturaleza que derrocha el polen y produce de pronto el vuelo de mil mariposas, y de la que nadie podrá saber jamás con certeza si se trata sólo del encadenamiento ciego de las causas y de los efectos, o del desarrollo tímido, incesantemente retrasado, frustrado, de un idea». Pocas veces he visto a un filósofo racionalista y más bien escéptico, en el mundo contemporáneo, como Jean Paul Sartre, aproximarse al viejo sueño poético de que el universo podría estar gobernado por una voluntad, ese sueño que expresó mejor que nadie Dante en el verso final de la Comedia, hablando del «Amor que mueve al sol y a las estrellas».
Pero volvamos un poco a los lenguajes de hoy. «Cuanto más activos son los órganos, escribió Novalis, más oxígeno toman». Es evidente que está pensando en el corazón y en la circulación cuando escribe esto. Ello nos lleva necesariamente a entrever una directa relación de necesidad entre el corazón y el oxígeno, entre el cuerpo y la atmósfera, y una relación inseparable entre la circulación y la respiración, que asemeja sus ritmos. Y como también dice Novalis que «la vida es un proceso de conservación», en tanto que «la muerte es un proceso de separación», podemos pensar que la vida es un hecho religioso, en el sentido original de lo que religa, de lo que mantiene las cosas unidas unas con otras. El corazón no sólo es lo más vivo sino que conserva la vida y la difunde. Y trabaja mientras dormimos, porque también los sueños se alimentan de la sangre enrojecida de nutrientes y oxígeno que viene de ese centro incansable.

Pero la idea de que todo tiene un corazón, un centro definitivo y secreto, bien pudo ser el origen de la idea o de la intuición de Dios, porque si para los más invisibles reductos de nuestro ser hay un corazón remoto que los surte de energía y de vida, no es difícil que alguien conciba que en este organismo formidable que es el universo, hay un secreto corazón que provee de ritmo y de sentido todas las cosas. La vida es un fenómeno rítmico y el universo también parece serlo. Cada órgano rige una parte del proceso, cada cuerpo es una parte de la danza, cada individuo es una fracción del significado, pero la finalidad del edificio es un enigma.
Y el lenguaje se deleita con todas estas cavilaciones y exploraciones, especulaciones y metáforas, aplicado él también a la tarea de vitalizar la cultura, recoger los millares de nutrientes de las experiencias individuales, oxigenarlas de pensamiento, idealidad y belleza, y trasmitirlas por caminos incontables a todo el cuerpo social. Y puede deleitarse en la metáfora de que la lengua es la sangre de la cultura, de que el pensamiento, o la memoria, o la imaginación, o la alianza de todos ellos que es el arte, son el corazón que lo dinamiza, pero sabe también que no es conveniente llevar demasiado lejos las analogías. Que hay que saber detenerse ante el misterio, y que allí donde ya no hay lugar para el pensamiento, para la especulación o para la fantasía, siempre queda espacio para las mayores tareas de la poesía, que son la gratitud y la celebración.

El corazón es un órgano fantástico, imaginario y múltiple que está siempre en la lengua del poeta. «De la abundancia del corazón habla la lengua», dice la escritura. Y si la labor del poeta, como decía Hölderlin, consiste sobre todo en celebrar y en agradecer, allí donde no llega nuestro pensamiento puede llegar nuestra gratitud, hecha a la vez de asombro y de deslumbramiento, de sencillez y de alegría. Todo poeta aspira en últimas no a la verdad sino a la perplejidad, a la fruición de recibir y de agradecer. Por eso no quiero terminar estas palabras con otra reflexión, ni con otra especulación, sino con un poema que me fue dado en un viaje de hace algunos años a la India, cuando fui, acompañado por un guía, al Ganges, a ver a las muchedumbres que se bañaban en los grandes peldaños de Varanasi, y en medio de esa profusión de vida que anhelaba la purificación, las humaredas de las piras de sándalo en que se queman los cadáveres. Este es el poema:

El hombre que me guía es de la casta de los brahamanes.
Ha entreabierto los pliegues de su camisa, y me ha mostrado las cuerdas blancas, ocultas, que revelan su casta.
Le pregunto cuánto tardan en arder los cadáveres, y sólo guardo en el recuerdo que las mujeres tardan más que los hombres.
Me explica que los hombros y el pecho de las mujeres son demasiado fuertes, incluso para el fuego.
Y lo que tarda más en deshacerse, me dice, son los corazones.
Veo entonces la fragua incesante de un corazón latiendo desde el comienzo hasta el fin,
el incesante corazón palpitando en los años, en los bosques, en el odio, en el sueño,
haciéndose más fuerte cada vez, más templado, más duro.
Y pienso en esa guerra final entre el corazón, manantial de lo rojo, y el fuego,
entre el fuego que nutre y el fuego que destruye.
El hombre que me guía me dice: muchas veces el corazón no alcanza a consumirse,
y hay que tomarlo con varas de acacia, y arrojarlo a la corriente del Ganges,
para que el agua logre lo que no pudo el fuego.

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