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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. vol.14 no.27 Bogotá jul./dic. 2012

 

CAFÉ Y DEMOCRACIA EN COLOMBIA: REFLEXIONES DESDE LA HISTORIA

Eduardo Posada Carbó*

* Versión revisada de la conferencia que el autor dictó en el LXVII Congreso Cafetero Extraordinario, Medellín, junio 26 de 2007. Agradezco a Malcolm Deas sus muy útiles sugerencias en la preparación de este ensayo. Santiago Montenegro y Diego Pizano me indicaron valiosas referencias bibliográficas. Estoy también muy agradecido con Marco Palacios por haberme enviado su ensayo inédito "¿Quién le teme a Juan Valdez? El café en Colombia: mercancía mundial, fetiche nacional". Estoy especialmente agradecido con Gabriel Silva por su invitación y por haber motivado esta reflexión.

Fecha de recepción: 8 de marzo de 2012, fecha de modificación: 25 de septiembre de 2012, fecha de aceptación: 28 de septiembre de 2012.



I

Cuando Gabriel Silva me asignó el tema de esta charla, lo primero que hice fue repasar con cuidado un pequeño libro que tuvo enorme difusión entre los estudiantes universitarios de mi generación, escrito por el jurista barranquillero Luis Eduardo Nieto Arteta: El café en la sociedad colombiana.

Comisionado por prestigiosos editores mexicanos, el librito solo se publicó en 1958, dos años después de su muerte, gracias a gestiones de Gerardo Molina, su amigo. Desconozco cuál fue el impacto de esa temprana edición, pero -como recuerda Gonzalo Cataño- en la década de 1970 "profesores y estudiantes de ciencias sociales se lanzaban con fervor [...] sobre los provocativos cuadernillos de El café en la sociedad colombiana sin conocimiento alguno de la persona que los había escrito" (Cataño, 2002, 27-28 y 67-69). En su juventud, Nieto Arteta compartió "veleidades marxistas" con Molina, que ya había abandonado al redactar su ensayo sobre el café, donde defendió abiertamente -y en términos épicos- las bondades del mercado y la iniciativa empresarial, mientras destacaba su positiva influencia en la democracia colombiana.

Al terminar el repaso de aquel breve ensayo de Nieto Arteta me quedó una sensación algo contradictoria, entre lo gratificante de su lectura y la insatisfacción frente a un texto tan sugerente -que ofrecía tan interesantes perspectivas sobre el desarrollo de nuestra democracia-, pero cuyos argumentos centrales seguían hasta hoy sin ser examinados, en su conjunto, de manera sistemática.

Desde su publicación se han escrito importantísimos trabajos sobre la economía cafetera, sus instituciones y sus vínculos con el Estado, la política y la sociedad. Muchos de ellos reconocen la articulación cafetera con el sistema democrático. No obstante, mi impresión es que la relación entre el café y la democracia colombiana -planteada en los términos de Nieto Arteta- no ha recibido la atención que merece.

Y no la ha recibido en buena parte por el desprecio hacia la democracia que ha dominado entre amplios círculos intelectuales y académicos en las últimas décadas. Si la democracia no parecía tener mayor valor ("formal" y "burguesa" se la llamaba despreciativamente), y si además no se le reconocían credenciales democráticas al sistema colombiano, no tenía sentido -bajo esos presupuestos- examinar el impacto del café en dicho sistema político o, en sentido contrario, los efectos de la democracia en la caficultura.

Otra razón para esa relativa falta de interés es la visión negativa que se impuso sobre el desarrollo de la nacionalidad desde los años de la Violencia, a mediados del siglo XX -agudizada tras las crisis sucesivas en decadas recientes-, y la permanencia de un conflicto armado que no pareciera tener pronto fin.

En tales circunstancias, no debe sorprender que sean tan relativamente escasas las reflexiones sobre los orígenes y la evolución de la democracia colombiana. Cuando se reflexiona sobre ella, suele hacerse solo para señalar sus vicios y fracasos, hasta negar su existencia. Y el desprecio por nuestro pasado democrático va acompañado de un retrato de la nacionalidad, identificada casi exclusivamente con los extremos: la intolerancia, la guerra, en fin, la incapacidad histórica para resolver civilizadamente incluso cualquier problema cotidiano.

Frente a tantas visiones deseseperanzadoras, el ensayo de Nieto Arteta es alentador y refrescante: un texto apropiado y oportuno para abrir esta charla y repensar las relaciones entre café y democracia. Lo que haré, entonces, es dar una breve ojeada a sus planteamientos centrales, examinar su validez y su relevancia para algunas de las teorías que intentan explicar el desarrollo de la democracia, y concluir con unas reflexiones sobre su pertinencia en la actualidad. Antes, quisiera hacer un par de advertencias preliminares.

El café y la democracia no son socios naturales: en su historia, el café ha sido compatible con una gran variedad de sociedades y regímenes políticos. En América Latina se reconoce su asociación con la democracia en Costa Rica, pero no en otros países, como Guatemala o Brasil (Wilson, 1989; Roseberry et al., 1995). Fuera de América Latina -en el mundo colonial africano o en Java- está asociado a explotaciones aún más tiránicas. En Colombia, la enorme variedad regional de las relaciones sociales del café- como lo muestra muy bien el libro clásico de Marco Palacios- sugiere cautela al intentar establecer vínculos simples entre café y democracia.

Lo que interesa entonces no es mitificar una supuesta naturaleza "democrática" de la caficultura sino apreciar el contexto particular colombiano en que se desarrolló el café, y cómo pudo haber contribuido en ese contexto a la democratización del país o viceversa.

Debo advertir además que la democracia colombiana es anterior a la consolidación de la economía cafetera. Aunque estuvo lejos de ser una historia de progreso gradual, la ampliación del sufragio, las elecciones competitivas, los partidos políticos, la libertad de prensa y otros elementos centrales en toda democracia moderna tuvieron desarrollos importantes en el siglo XIX, antes de la expansión cafetera. Había pues un marco político -con significativos componentes democráticos- que condicionó su desarrollo.

Esta reflexión histórica sobre el café y la democracia colombiana no tiene el propósito de pintar un cuadro halagador ni complaciente. Sí pretende destacar los notables aspectos positivos de una relación muy compleja.

Es urgente y necesario identificar valores que permitan fortalecer las instituciones democráticas, con el fin de devolverle a la nación las ilusiones en un porvenir justo y próspero. Y creo que la historia del café puede ofrecernos algunas lecciones.

II

Permítanme repasar con ustedes el ensayo de Nieto Arteta (1971). Su objeto era describir las "grandes y profundas transformaciones históricas" que suscitó el café en la sociedad colombiana. Lo escribió en la década de 1940, en épocas de indiscutible predominio de la economía cafetera y de avances democráticos, aunque en medio de graves conflictos y al borde de un profundo quiebre en la sociedad colombiana que el ensayo no parece anticipar.

No era una monografía exhaustiva sino una interpretación a grandes rasgos del significado histórico del café, a partir de una premisa económica con arraigo social: el café fue "el creador de una auténtica economía nacional" (ibíd., 20). Cultivado en varias regiones, su orientación exportadora tuvo impacto económico más allá de las zonas productoras, en las ciudades portuarias, ribereñas y marítimas. Y, por supuesto, contribuyó al desarrollo del mercado interno, al estimular el empleo, el consumo, el transporte y la industrialización.

Dejo a un lado, sin embargo, estas consideraciones económicas para destacar cuatro aspectos centrales de su análisis, directamente relevantes para nuestro tema.

Primero, Nieto Arteta subrayó una característica generalmente reconocida en la experiencia colombiana: "Es la pequeña propiedad el eje del cultivo cafetero". La "democracia colombiana" se estaba transformando en "una democracia de pequeños productores agrícolas" (ibíd., 38). De todos los colores políticos, conservadores y también liberales; más aún, el café habría promovido al "propietario territorial liberal" (ibíd.)1.

Segundo, observó el impacto del café en la formación regional del país y sus efectos en el peso relativo de las regiones en la política nacional: el balance de poder tendió a desplazarse del oriente hacia el occidente, alimentando movimientos descentralizadores.

Tercero, dio especial significado a las actividades asociativas del sector cafetero y a su autonomía: "El proceso de ampliación incesante del cultivo del café" era "una realidad histórica" no "creada por el Estado" (ibíd., 70-75). Su expresión más visible fue el establecimiento de la Federación Nacional de Cafeteros en 1927. Nieto Arteta no ignoraba los vínculos entre el Estado y la Federación pero, antes de encontrar reparos a los contratos entre ambos, veía en ellos el reconocimiento de su "entidad autónoma".

Y cuarto, el café dio estabilidad política y moderación al manejo de los conflictos: "Hasta la aparición del café [...] se vive lo precario, la contingencia, el ensayo [...] Esa inestabilidad económica producía la anarquía política". Antes del café, estábamos en "la infancia", en "el juego". El café sería "la edad adulta y la seriedad". Sus transformaciones propiciaron el acercamiento entre los partidos políticos, cuya existencia y organización eran "el supuesto de la estabilidad del Estado Liberal de Derecho". No obstante, en ellos había predominado el "absolutismo ideológico", fuente de "estériles polémicas" (ibíd., 26-27 y 36-37).

Con el pragmatismo que acompañó a la riqueza cafetera, sobre todo en el Departamento de Antioquia, se atenuó ese "absolutismo ideológico": "Se iniciará la época de la mesura y de la sobriedad". A partir del café, "los colombianos serán unos hombres moderados y sobrios [...] la regla, el orden, serán el contenido de la vida colombiana".

Los elogios al café no parecían tener límites en el escrito: "Del radicalismo al orden, de la infancia a la edad madura, del desorden a la estabilidad, de la anárquica subjetividad a la mesurada y fría subjetividad, he ahí las transformaciones históricas que el café produce en Colombia. Los pequeños productores, los propietarios que han cultivado, ellos mismos, la tierra, han triunfado. La paz y la tranquilidad reinan en Colombia" (ibíd., 40).

Ni la paz ni la tranquilidad reinaban ya poco tiempo después de terminar el ensayo. El contraste monumental entre ese retrato final paradisíaco y la tragedia que siguió plantea serios interrogantes sobre las causas de ese giro trágico en el destino nacional, o sobre el sentido de la realidad que tenía Nieto Arteta. Las transformaciones colombianas fruto del café adquieren en su descripción una dimensión romántica, casi mítica, aunque no dejó de hacer algunas críticas.

Los aspectos que he destacado de su interpretación tendrían, pues, que cotejarse con los resultados de las investigaciones modernas, que nos muestran un cuadro más problemático y menos halagüeño.

Nieto Arteta, sin embargo, identificó allí importantes componentes del proceso democratizador colombiano que habría que reconsiderar a la luz de las teorías de la democracia. Y es sobre esos componentes y sus lecciones para nuestro futuro democrático sobre lo que me parece oportuno reflexionar ahora un poco más.

III

El primer aspecto que destaqué fue el de "la pequeña propiedad" como "eje del cultivo cafetero". Su observación, claro está, debe calificarse, dada la diversa estructura de la propiedad cafetera y los distintos arreglos laborales en las diferentes regiones productoras. En Cundinamarca, por ejemplo, prevalecía la gran hacienda a comienzos del siglo XX, a diferencia de Antioquia, donde el impulso a la pequeña propiedad tuvo lugar especialmente después de 1890 (ver Palacios, 1979, y Brew, 2000, 254).

No obstante, en su Manual sobre el cultivo cafetero de 1882 -de gran circulación entre los colonos antioqueños- Mariano Ospina Rodríguez alabó la extraordinaria adaptación del café a la empresa de pequeña escala, y su mayor rentabilidad "porque sin incrementar la mano de obra para el maíz y la yuca, cada colono podía convertir porciones de su tierra en cafetales" (citado en Parsons, 1968, 140). Años más tarde, en 1927, cuando la pequeña y la mediana propiedad ya estaban firmemente establecidas en Antioquia y Caldas, Alejandro López, quien después sería presidente de la FNC, hacía sus elogios: "El café es la planta por excelencia adecuada al pejugal, al trabajo pequeño, pero independiente. Prospera mejor cultivada en pequeño, en el huerto y en familia" (López, 1976, 45). El tamaño de las grandes plantaciones era también limitado. En comparación con Brasil -escribió James Parsons en 1960- "hasta la más grande hacienda colombiana parece pequeña" (Parsons, 1968, 144)2.

Se debería añadir el papel que cumplieron los comerciantes en los inicios del cultivo, tanto en Cundinamarca como en Antioquia. Así mismo en Caldas, caracterizado por su producción minifundista, su cultivo -según observó Roger Brew (2000, 251)- "fue impulsado en gran parte por los comerciantes de Manizales".

No estoy pintando el cuadro idílico de una sociedad igualitaria y sin problemas. Con el tiempo, la estructura de la propiedad experimentó cambios fundamentales en las distintas regiones, y las condiciones sociales del cultivo han estado lejos de ser óptimas, como muestran los trabajos de Marco Palacios3.

Pero desde una perspectiva histórica de largo plazo son innegables la presencia y el dominio de la pequeña y mediana propiedad en la caficultura, evidente hoy en la composición del gremio. Propiedad que -habría que añadir- ha estado en manos nacionales. El café fue con frecuencia una fuerza liberadora en el mercado laboral, promovió la formación de una clase media -un sector social colombiano en general poco estudiado y no suficientemente reconocido- y estimuló el surgimiento de nuevas élites.

No es mi propósito hacer aquí un examen detallado de la evolución de la estructura social cafetera, cuya realidad este auditorio conoce mejor que yo. Lo que sí me interesa es vincular esas características centrales con los desarrollos de la democracia en Colombia.

Los teóricos de la democracia han prestado siempre especial atención al impacto que ciertas estructuras sociales hayan podido tener en el estímulo o desestímulo de los procesos democratizadores. Históricamente, señala Robert Dahl, las sociedades comerciales e industriales han sido más hospitalarias que las agrarias a la política competitiva, el fundamento de toda democracia moderna. Pero no todas las sociedades agrarias han tenido igual composición social: aquellas con "agricultores libres" y mayor igualdad en la distribución de la tierra, donde los elementos de coerción no estaban monopolizados, ofrecían condiciones políticas democratizadoras (Dahl, 1971, 53-57).

Dahl no hace referencia al caso colombiano, donde no toda la estructura agraria tiene las características cafeteras aquí destacadas. Pero los aspectos que he señalado -la significativa presencia de pequeños y medianos caficultores, y la naturaleza comercial y agraria de la sociedad- acercan la experiencia cafetera al modelo de un "orden social pluralista" y políticamente competitivo expuesto por Dahl.

La existencia histórica de miles y miles de cafeteros en tan diferentes rincones del país está vinculada al segundo aspecto que destaqué: su impacto en la formación regional de Colombia. Un impacto que el mismo Nieto Arteta calificó como algo contradictorio: con el desarrollo del café -nos dijo- desaparecía "la precedente disparidad en el desarrollo económico de las regiones" pero suscitaba una realidad que consideraba "más peligrosa": la concentración de la industria y la riqueza en el occidente colombiano (Nieto, 1971, 36). No obstante, reconoció sus ramificaciones económicas más allá de las zonas cafeteras, de todas maneras variadas y dispersas: mientras se exportó masivamente por los puertos del Caribe a través del río Magdalena, por ejemplo, fue notable su contribución al crecimiento de Barranquilla y Cartagena, o de Girardot, Puerto Berrío y Magangué (Posada, 1993, 155-164).

La fragmentación regional colombiana es anterior al café, pero los desarrollos cafeteros -al tiempo que unían la economía nacional- ayudaron a preservar la naturaleza regional del país. Por lo demás, el auge cafetero redujo aún más el poder de Bogotá, tradicionalmente limitado, y, por tanto, tuvo efectos descentralizadores. Existe una estrecha asociación entre esa composición regional y los desarrollos democráticos, como muestra Santiago Montenegro (2006).

La extrema dispersión geográfica y económica del país -en parte determinada por el café- condicionó la "fragmentación del poder" y, así, la construcción de unas instituciones políticas segmentadas que impedían que algún actor político tuviese capacidad para dominar a otros.

Este "pluralismo regional" -como señaló Marcus Olson al celebrarse los 70 años de la Federación- explicaría la excepcionalidad colombiana frente a una tendencia mundial en que los sectores urbanos han tenido mayor capacidad para explotar a los sectores rurales (Olson, 1997, 25-34). En ese pluralismo regional encontró la razón para entender los éxitos organizativos de los caficultores alrededor de la Federación Nacional del Café -esta expresión extraordinaria de esfuerzo asociativo, reconocida dentro y fuera del país- y el tercer aspecto que destaqué del ensayo de Nieto Arteta.

Para él, la creación de riqueza, a través del café, era "una afirmación de la sociedad ante el Estado", y la presencia de la Federación una manifestación de la autonomía del gremio.

La existencia de organizaciones sociales relativamente independientes del Estado, con capacidad para defender sus intereses, sin el objetivo de usurpar la autoridad del Estado y cuyo comportamiento obedece a reglas de naturaleza civil es lo que hoy se conoce como "sociedad civil"4.

En su libro clásico La democracia en América, Alexis de Tocqueville destacó la importancia de los hábitos asociativos en la formación de las costumbres sociales que hacían más propicio el desarrollo democrático. Su obra es referencia obligada para muchos teóricos contemporáneos que, como Robert Putnam, le otorgan a la sociedad civil un papel central: los gobiernos democráticos se fortalecen cuando enfrentan una vigorosa sociedad civil, allí donde existen hábitos sociales de colaborar y compartir intereses (Putnam, 1993, 11 y 182-183).

¿Ha tenido la Federación de Cafeteros las condiciones para que exista una vigorosa sociedad civil? La pregunta es pertinente, sobre todo para apreciar mejor las relaciones entre café y democracia en el país. No es además un interrogante sorprendente, y menos para este auditorio, familiarizado con la vieja discusión sobre las características sui generis de la entidad, dadas algunas de las funciones que le ha delegado el Estado en contratos sucesivos, y la participación de representantes del gobierno en algunos de sus órganos de dirección.

Nieto Arteta no parecía tener dudas sobre la autonomía de la Federación. Otros, por sus relaciones con el Estado, la señalan como "evidencia de algunas tendencias corporativistas en Colombia"5.

No tengo aquí espacio para un examen detenido. Pero cabe destacar el significativo papel de la sociedad civil en la historia de Colombia y la notable contribución de la Federación de Cafeteros en sus desarrollos.

En los años recientes, muchos sectores de opinión parecían suscribir la observación del Callejón sin salida -el conocido informe comisionado por la agencia de la ONU, UNDP, publicado en 2003-, según el cual nuestra sociedad civil solo se había constituido o auto descubierto recientemente, frente al conflicto (Gómez, 2003, 447).

Esta y otras observaciones similares desconocen el rico pasado de la sociedad civil colombiana, cuyos orígenes se confunden con los de la república (Posada, 2004). Solo en el Departamento de Antioquia, Patricia Londoño ha identificado la organización de unas mil asociaciones cívicas entre 1850 y 1930. El sector agrícola tardó algo en consolidar una organización para proteger sus intereses, pero logró fundar la Sociedad de Agricultores de Colombia en 1871.

La creación de la Federación Nacional de Cafeteros en 1927 debe inscribirse entonces en un contexto más amplio, en esa historia de la sociedad civil colombiana insuficientemente apreciada. Su fundación fue precedida de otros esfuerzos asociativos, en Manizales o en Medellín, como recordaron Roberto Junguito y Diego Pizano en su estudio de 1997. Y se la creó con explícitos propósitos gremiales, "como entidad sindical de los interesados en la industria del café"6.

Desde sus comienzos, la Federación ha mantenido estrechos lazos con la política y el Estado, pero estos, por sí mismos, no la convierten en un apéndice. El tema de sus relaciones con los gobiernos es, por supuesto, controvertible y complejo. Pero autores como Miguel Urrutia y Rosemary Torp han mostrado que, históricamente, la Federación mantuvo su autonomía frente al Estado. Robert H. Bates, quien atribuye a la dirigencia política un protagonismo considerable en la fundación y organización del gremio, también reconoce su autonomía frente al Estado en momentos en que los gobiernos pretendieron controlarlo7.

Urrutia ha mostrado además que la extraordinaria estabilidad en el manejo gerencial de la Federación -frente a la alta rotación de los representantes del gobierno- y la extensa institucionalidad del gremio en el territorio nacional -a través de sus comités departamentales y municipales, y de su gran número de asociados- le confieren a la Federación una gran capacidad autónoma, que sirve de límite al poder estatal.

Claro está que, en su historia, Colombia no ha sido ese paraíso de asociaciones voluntarias que Tocqueville describió para Estados Unidos, pero la prolongada vida de la democracia colombiana -y su sobrevivencia en medio de circunstancias muy difíciles- se debe en buena parte a la existencia de una sociedad civil vigorosa, "afanzada" en la experiencia cafetera (Silva, 2004, 324).

El cuarto y último aspecto que destaqué del ensayo de Nieto Arteta fue su valoración del impacto del café en la moderación de los conflictos políticos y, en consecuencia, en la estabilidad democrática que gozó el país durante la primera mitad del siglo XX, sobre todo a partir de 1910.

La imagen que tenemos de nuestra nación y nuestro pasado hoy se identifica casi exclusivamente con un retrato de guerra y de barbarie eternos. Pero en la década de 1940 -antes del famoso Bogotazo- predominaba una visión más amable de la nacionalidad. Así lo sugieren las palabras de Alberto Lleras Camargo, quien en 1942 observó con orgullo: "vivir en paz entre nosotros y vivir en paz con el mundo, por cuarenta años continuos, es el mejor título de Colombia en el concierto de las naciones civilizadas". Por la misma época, Juan Lozano y Lozano definió al temperamento de la nación como "transaccional" y "ecuánime"8.

Igual que Nieto Arteta, otros autores -como Charles Bergquist (1978, 248)- también han reconocido la contribución del café a la legitimidad y estabilidad política de esas primeras décadas del siglo XX. Lo que se reconoce menos es cierta tradición intelectual y política que buscó, en forma persistente, arraigar la tolerancia y la moderación en la competencia partidista. Si bien sus esfuerzos se vieron frustrados con frecuencia en el siglo XIX, el panorama cambió después del final de la Guerra de los Mil Días en 1902: la consolidación del cultivo cafetero estuvo acompañada de un movimiento intelectual y político que favorecía la concordia democrática.

En las letras, la figura emblemática de esa tradición centrista fue Carlos Arturo Torres, quien en 1909 proclamó que "el sentido de la era que empieza es el de la conciliación y concordancia": "Todo triunfo perdurable" era el "resultado de una transacción" (1935, 191-192). Torres trazó un cuadro de porvenir en paz, lleno de metáforas alusivas a la fecundidad del campo: era preciso "sembrar, sembrar mucho, sembrar ideas, sembrar virtudes, sembrar esfuerzos y sembrar granos, sembrar en la tierra y sembrar en el espíritu, sembrar para el presente y sembrar para el porvenir; cuando venga la cosecha que ganó nuestra buena voluntad [...] entonces tendrán nuestros héroes un pedestal digno de su estatura".

En la política, el representante más notable del centrismo expuesto por Torres fue Carlos E. Restrepo. Ambos fueron los más claros exponentes de la Generación del Centenario. Además, Restrepo fue el líder del movimiento republicano que lo llevó a la presidencia de la nación entre 1910 y 1914. "Portador de las mejores tradiciones antioqueñas [...] de maneras sencillas, afiables, democráticas", como lo describió Luis Eduardo Nieto Caballero, "se preocupó por enseñarle al país lo que era un buen gobierno. Reaccionaba contra el sectarismo [...] se ingeniaba por encontrar los puntos de contacto entre las doctrinas que parecían más opuestas" (Nieto C., 1984, 466).

La evocación de Carlos E. Restrepo no solo es oportuna por representar ese espíritu de moderación que Nieto Arteta y otros vinculan con los logros tempranos del café. Lo es además en esta especial conmemoración, pues fue presidente del Congreso Cafetero que dio origen a la Federación hace ochenta años.

IV

El repaso del ensayo de Nieto Arteta sirve para reivindicar históricamente algunos aspectos de la cultura cafetera vinculados a nuestros desarrollos democráticos: la existencia de numerosos pequeños y medianos propietarios agrícolas y el espíritu comercial que animó su industria; su impacto en la formación regional y descentralizada del país, sus extraordinarios esfuerzos asociativos y su contribución a la moderación de las costumbres políticas.

Debo insistir en que, al repasar el ensayo, no ha sido mi propósito ocultar los problemas que un examen más detallado revelaría en cada uno de esos aspectos de la historia cafetera. Tampoco sugiero que la evolución cafetera fuera condicionante de la democratización: advertí al comienzo que la democracia colombiana es anterior al café. Sería ingenuo además ignorar el curso accidentado de nuestra democracia, cuyos problemas han afectado a su vez los desarrollos económicos, incluidos los del café.

Pero sí creo que la visión optimista de Nieto Arteta nos permite identificar unos valores democráticos en la historia colombiana del café, útiles no solo para recuperar la autoestima nacional sino más aún para afincar el porvenir. Permítanme, para terminar, una breve reflexión sobre la relevancia de esa historia para la búsqueda de soluciones a la crisis contemporánea de nuestra democracia.

Cada uno de los puntos que destaqué sugiere reconocer logros relativos, pero plantea al tiempo retos pendientes para la consolidación de una sociedad justa y democrática.

La presencia de pequeños y medianos cultivadores sigue siendo una realidad -y una presencia enorme, como muestran los más de 200.000 caficultores que participaron en las elecciones cafeteras de 2002 (FNC, 2006). Más allá de la suerte de un sector de gran significado para la economía nacional, la experiencia cafetera nos remite también a los desafíos del mundo rural colombiano: en particular, a la tarea de impedir que todo el desarrollo se quede en las ciudades: esa es la primera lección que quizá nos deje el café. Un mejor equilibro entre las ciudades y el campo podría contribuir a corregir las desigualdades regionales y a propiciar la gobernabilidad. La formación regional condicionó, es cierto, una sociedad plural que, al impedir la concentración del poder, favoreció desarrollos democráticos. No creo, sin embargo, que hayamos encontrado la fórmula óptima para dirimir el difícil conflicto entre descentralización y centralismo. Me parece que un Estado central fuerte, capaz de garantizar la seguridad ciudadana, es una premisa indiscutible. Pero no excluye -por el contrario, exige- la existencia simultánea de una sociedad civil, por definición autónoma frente al Estado, sobre todo para fortalecer la democracia. Los desafíos de la globalización para el sector cafetero fueron expuestos con lucidez por Gabriel Silva en su informe del año pasado y aquí no me corresponde referirme a ellos. Solo quisiera señalar la importancia de los esfuerzos asociativos en la defensa de los intereses gremiales y en la construcción de una sociedad democrática: la conmemoración de los ochenta años de la Federación debería estimular una reflexión nacional más amplia sobre su significado para el mantenimiento de una sociedad civil vigorosa.

Pero si entre los aspectos del ensayo de Nieto Arteta tuviese que identificar uno como el de mayor relevancia contemporánea, destacaría la revaloración de la mesura vinculada al auge cafetero de comienzos del siglo XX. Los absolutismos ideológicos, los extremos, provocan violencia y, por tanto, contradicen la esencia de la democracia. Hoy vivimos preocupantes momentos de polarización política que, de provocar una nueva ola de sectarismo, darían al traste con los significativos avances en seguridad. Me parece incongruente -y hay que insistir en ello- que mientras Gobierno y oposición se muestran dispuestos a ofrecer soluciones negociadas a grupos armados ilegales, las relaciones entre ellos -el Gobierno y los partidos de oposición- se caractericen por la pugnacidad, el lenguaje deslegitimador recíproco, la falta de diálogo, en fin, la falta de acuerdos sobre materias fundamentales para enfrentar las graves amenazas contra la democracia, contra nuestras libertades y contra el mismo orden social.

El Republicanismo, que desde este departamento antioqueño lideró Carlos E. Restrepo, impulsó en su momento el acercamiento de los partidos políticos, acompañado entonces de las monumentales transformaciones del café. Encuentro pues oportuno en este foro reivindicar ese mensaje de mesura, indispensable para la estabilidad y el progreso democráticos.

Hace ochenta años, en 1927, se fundó esta Federación. Ese mismo año se publicó un libro bellamente impreso, de gran tamaño y contenido simbólico: Colombia cafetera, de Diego Monsalve.

Ese libro de Monsalve hacía una descripción pormenorizada de la geografía cafetera, departamento por departamento, e incluía la enumeración de los cafetales, municipio por municipio. Sus páginas dejaron un retrato impresionante de ese ambiente de optimismo nacional, y de logros derivados en buena parte del auge cafetero. Además de las secciones dedicadas a la caficultura, Monsalve incluyó información sobre el sistema político e incluso un apéndice completo sobre los periódicos que se imprimían en todo el país. Inscritas a color, sobresalían al comienzo y al final del libro varias frases elogiosas de las virtudes colombianas. Una de ellas cautivó especialmente mi atención: en Colombia "la paz interna está cimentada en forma imperecedera".

Sea esta la ocasión para renovar las esperanzas en ese destino que nos ha sido tan esquivo.


PIE DE PÁGINA

1Un estudio de una hacienda cafetera de propietario liberal es el de Deas (1993).
2Mauricio Font muestra que la gran fazenda brasileña dominó la expansión cafetera hasta finales del siglo XIX, y a partir de 1900 los pequeños y medianos cafeteros jugaron un papel más importante; ver Font (1990, 14-18).
3Palacios, El café en Colombia y "¿Quién le teme a Juan Valdez?".
4Esta noción de sociedad civil, basada en esos cuatros presupuestos -autonomía dual, acción colectiva, no usurpación y civilidad- se expone en Whitehead (2001, 73 y ss.).
5John H. Bailey. "Pluralist and corporatist dimensions of interest representation in Colombia", citado en Urrutia (1983, 118).
6Texto del acuerdo por el que se constituyó la FNC, citado en Junguito y Pizano (1997, 5).
7Urrutia (1983), Bates (1997a, 48; 1997b, 54-89) y Thorp (1991, 10).
8El Liberal, 13 de noviembre de 1942, citado en Alberto Lleras Camargo. Obras selectas, vol. IV, 285, Bogotá, 1987; y Juan Lozano y Lozano. "Eduardo Santos o el espíritu de la tolerancia", Sábado, abril de 1944, reproducido en Eduardo Santos. Obras selectas, Bogotá, p. 672, 1982.


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