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Revista de Economía Institucional

versión impresa ISSN 0124-5996

Rev.econ.inst. vol.16 no.31 Bogotá jul./dic. 2014

 

DISCURSO SOBRE EL ESTILO*

George-Louis Leclere, conde de Buffon

* Este discurso fue pronunciado en la Academia Francesa el 25 de agosto de 1753, fecha en que George-Louis Leclerc, conde de Buffon, fue recibido como miembro. Traducción de Alí Chumacero. Se publica con las autorizaciones correspondientes.

Fecha de recepción: 13 de agosto de 2014, fecha de aceptación: 1 de octubre de 2014.

Sugerencia de citación: Leclerc, G.-L. "Discurso sobre el estilo", Revista de Economía Institucional 16, 31, 2014, pp. 333-339.

Señores:

Me han colmado de honor al llamarme con ustedes; pero la gloria no es un bien sino en tanto que se sea digno de ella, y no me persuado de que algunos ensayos míos, escritos sin arte y sin más ornamento que el propio de la naturaleza, sean méritos suficientes para osar tomar asiento entre los maestros del arte, entre los hombres eminentes que representan aquí el esplendor literario de Francia y cuyos nombres, celebrados hoy por la voz de las naciones, resonarán vivamente en los labios de nuestros últimos descendientes. Han tenido ustedes, Señores, otras razones para fijar los ojos en mí: han querido dar a la ilustre Academia de Ciencias, a la que tengo el honor de pertenecer desde hace mucho tiempo, una nueva prueba de consideración; mi agradecimiento, aunque compartido con ella, no será menos vivo. Pero, ¿cómo satisfacer el deber que hoy me impone esta prueba? No he de ofrecerles, Señores, sino su propia riqueza: algunas ideas sobre el estilo, que yo he tomado de sus obras. Las he concebido leyéndolos y admirándolos a ustedes, y el éxito de estas depende de que sean sometidas a sus inteligencias.

Siempre ha habido hombres que han sabido mandar a los demás por el poder de la palabra; con todo, no es esto lo que en los siglos ilustrados hizo que se escribiera bien y que bien se hablara. La verdadera elocuencia supone el ejercicio del intelecto y la cultura del espíritu. Es muy diferente de esa facilidad natural de hablar, que denota solo cierta disposición y es una cualidad propia de quienes a la fuerza de la pasión agregan facilidad de palabra y rapidez en la imaginación. Son hombres que sienten vivamente, se emocionan de igual manera, exteriorizan con vigor su pasión de ánimo; y, por una impresión puramente mecánica, transmiten a los demás su entusiasmo y sus afectos. Es el cuerpo que habla al cuerpo; para ello todos los movimientos, todos los ademanes cooperan y sirven por igual. ¿Qué es necesario para emocionar y arrastrar a la multitud? ¿Qué es necesario para conmover y persuadir a la mayoría? Una entonación vehemente y patética, ademanes expresivos y frecuentes, palabras impetuosas y sonoras. Pero para los escogidos, de pensamiento vigoroso, de gusto delicado y sentido exquisito, que, como ustedes, Señores, toman poco en cuenta la entonación, los ademanes y el vano sonido de las palabras, se requieren asuntos, pensamientos, razones; es preciso saberlos presentar, matizarlos, ordenarlos; no es suficiente hacerse oír y atraer la mirada; es preciso influir en el alma e impresionar el corazón hablando al espíritu.

El estilo no es sino el orden y el movimiento que se pone en los pensamientos. Si se los enlaza estrechamente, si se los ajusta, el estilo resultará firme, vigoroso y conciso; pero, por elegantes que sean, si se los deja sucederse lentamente y no se juntan sino merced a las palabras, el estilo será difuso, flojo y lánguido.

Mas antes de buscar el orden en que han de presentarse los pensamientos, es necesario haber hecho otro orden más general y más estricto, donde no deben entrar sino las primeras ojeadas y las principales ideas; un tema quedará circunscrito y se conocerá su extensión al asignarle un lugar en este plan inicial; los justos intervalos que han de separar las ideas principales se determinarán atendiendo a estos primeros lineamientos y así nacerán las ideas accesorias e intermedias que servirán para completarlas. Por el esfuerzo del intelecto se concebirán todas las ideas generales y particulares desde su verdadero punto de vista; con una gran finura de discernimiento se distinguirán los pensamientos estériles de las ideas fecundas y, por la sagacidad que da la larga costumbre de escribir, se presentirá cuál será el producto de todas estas operaciones del espíritu. Por poco vasto o complicado que sea el tema, es muy raro que se lo pueda abarcar de una sola ojeada, o penetrarlo por completo con un solo e inicial esfuerzo de la inteligencia; es raro también que antes de reflexionar mucho sobre él se comprendan todas sus relaciones. No es posible, pues, abarcarlo completamente, pero es el único medio de consolidar, desplegar y dar nobleza a los pensamientos; después se les dará sustancia y fuerza por la meditación y será fácil en seguida darles forma por la expresión.

Este plan no es aún el estilo, pero sí la base que lo sostiene y dirige, la que regula su movimiento y lo somete a leyes; sin este, el mejor escritor se confunde, su pluma marcha al acaso y deja al azar trazos irregulares y figuras discordantes. Por luminosos que sean los colores que emplee, por muchas que sean las bellezas que siembre en los detalles, si el conjunto causa desagrado o no se siente su vigor, la obra no estará acabada de construir y, aunque admiremos el espíritu del autor, se podrá suponer que le falta talento. Por esta razón quienes escriben como hablan, aunque hablen muy bien, escriben mal; quienes se abandonan al primer arranque de su imaginación toman un tono que no pueden sostener; quienes temen desperdiciar los pensamientos aislados, fugitivos y en distintas ocasiones escriben trozos sueltos, no los reúnen jamás sin transiciones forzadas; esta es la razón, en una palabra, de que haya tantas obras hechas de retazos y tan pocas fundidas de un solo golpe.

Sin embargo, todos los temas tienen unidad y, por vastos que sean, pueden ser reducidos discursivamente. Las interrupciones, las pausas, las secciones no han de usarse sino cuando se aborden temas diferentes o cuando, al hablar de grandes cuestiones delicadas y disímiles, la marcha del intelecto se vea interrumpida por la multiplicidad de los obstáculos y forzada por la necesidad de las circunstancias; por otra parte, el gran número de divisiones, lejos de hacer más sólida una obra, destruye su coherencia, el libro parece más claro a la vista pero la intención del autor permanece oscura; no puede impresionar el espíritu del lector ni le puede hacer sentir sino por la ilación, por la dependencia armónica de las ideas, por un desarrollo sucesivo, una gradación sostenida, un movimiento uniforme que toda interrupción destruye o hace languidecer.

¿Por qué las obras de la naturaleza son tan perfectas? Porque cada una es un todo y porque trabaja bajo un plan eterno del que jamás se aparta; prepara en silencio los gérmenes de sus producciones, esboza en un acto único la forma primitiva de todo ser vivo, la desarrolla, la perfecciona por un movimiento continuo y en un tiempo determinado. La obra asombra, pero lo que más debe sorprendernos es el sello divino que ahí resplandece. Por sí mismo, el espíritu humano no puede crear nada, no producirá sino después de haber sido fecundado por la experiencia y la meditación; sus conocimientos son los gérmenes de sus producciones, pero si imita a la naturaleza en su marcha y en su trabajo, si asciende por la contemplación a las verdades más sublimes, si las reúne, si las enlaza, si forma con ellas un sistema mediante la reflexión, establecerá, sobre cimientos inquebrantables, monumentos inmortales.

Por la falta de plan, por no haber reflexionado suficientemente sobre su tema, un hombre agudo puede meterse en embrollos y no saber por dónde comenzar a escribir. Percibe a la vez un gran número de ideas y, como no las ha comparado ni subordinado, nada hay que lo determine a preferir las unas a las otras; queda, pues, en la perplejidad. Pero cuando haya hecho un plan, una vez que haya juntado y puesto en orden los pensamientos esenciales de su tema, percibirá fácilmente el instante en que debe tomar la pluma, sentirá el punto de madurez de la producción del espíritu, estará obligado a hacerla brotar y no tendrá seguramente sino el placer de escribir: las ideas se sucederán sin dificultad y el estilo se hará natural y fácil, la vehemencia nacerá de este placer, se esparcirá continuamente y dará vida a cada expresión, todo se animará más y más, el tono se elevará, los objetos tomarán color y el sentimiento, juntándose a la claridad, la aumentará, la llevará más lejos, la hará pasar de lo que se dice a lo que se va a decir, y el estilo resultará interesante y luminoso.

Nada se opone más a la vehemencia que el deseo de poner en todas partes rasgos ingeniosos, nada es más contrario a la luz que debe producirse y esparcirse uniformemente en un escrito que esas chispas obtenidas a la fuerza haciendo chocar las palabras unas contra otras y que nos deslumbran solo unos instantes para dejarnos en seguida en tinieblas. Son pensamientos que no brillan sino por oposición: solamente presentan un lado del objeto, dejando en la sombra todas las otras caras; a menudo este lado que se escoge es un punto, un ángulo sobre el cual se hace mover al espíritu con tanta facilidad que se lo aleja más de las grandes caras desde las cuales el sentido común acostumbra considerar las cosas.

No hay nada más opuesto a la verdadera elocuencia que el empleo de estos pensamientos finos y la búsqueda de estas ideas ligeras, desleídas, sin consistencia y que, como la hoja de un metal batido, no tienen destello sino en tanto pierden solidez. Así, cuanto más gracejo nimio y brillante se ponga en un escrito, menos vigor tendrá, menos claridad, menos vehemencia y estilo; a no ser que este gracejo sea el fondo mismo del asunto y que el escritor no haya querido hacer otra cosa que chancear: en este caso el arte de decir pequeñas cosas resulta posiblemente más difícil que el arte de decir las grandes.

Nada se opone más a lo naturalmente bello que el trabajo dedicado a expresar cosas ordinarias o comunes de una manera singular o pomposa; nada degrada más al escritor. Lejos de admirarle, nos causa lástima que haya empleado tanto tiempo en hacer nuevas combinaciones de sílabas para no decir sino lo que todo el mundo dice. Este es el defecto de los espíritus cultivados pero estériles; usan palabras en abundancia, pero no ideas; trabajan, pues, sobre las palabras y se imaginan haber combinado ideas porque han combinado frases, haber depurado el lenguaje cuando lo han corrompido al torcer el sentido de las acepciones. Estos escritores carecen de estilo o, si se quiere, no tienen sino la sombra de él. El estilo debe grabar los pensamientos: ellos no saben sino trazar palabras.

Para escribir bien es necesario, pues, dominar plenamente el tema; es preciso reflexionar mucho para ver con claridad el orden de sus pensamientos y formarlos en una serie, una cadena continua, donde cada punto represente una idea; cuando se haya tomado la pluma, será necesario conducirla sucesivamente sobre el rasgo inicial sin permitirle que se desvíe, sin apoyarla demasiado desigualmente, sin darle otro movimiento que el determinado por el espacio que debe recorrer. En esto consiste la severidad del estilo, esto es también lo que hará la unidad y lo que regulará la rapidez; solo esto, también, será suficiente para hacerlo preciso y sencillo, igual y claro, vivo y continuo. Si a esta primera regla, dictada por el intelecto, se le agregan la delicadeza y el gusto, el escrúpulo en la elección de las expresiones, el cuidado de no nombrar las cosas sino en los términos más generales, entonces el estilo tendrá nobleza. Si se agrega la desconfianza para con su primer impulso, el desprecio de todo lo que no sea más que brillo y una repugnancia constante por lo equívoco y lo cómico, el estilo tendrá gravedad y hasta majestad. En fin, si se escribe como se piensa, si se está convencido de aquello de lo que se quiere persuadir, esta buena fe para consigo mismo -que hace la honestidad para con los demás y la verdad del estilo- le hará producir todo su efecto, con tal de que esta persuasión interior no se caracterice por un entusiasmo demasiado fuerte y que haya en todo más candor que confianza, más razón que vehemencia.

Es así, Señores, como ustedes, al leerlos, me parece que me hablan y me instruyen. Mi alma, que recoge con avidez los oráculos de la sabiduría, ha querido emprender el vuelo y elevarse hasta ustedes. ¡Esfuerzos vanos! Las reglas -lo dicen también ustedes- no pueden suplir el genio; si este falta, aquellos serán inútiles. Escribir bien es pensar bien, y a la vez sentir bien y expresar bien; es tener a un mismo tiempo ingenio, alma y gusto. El estilo presupone la reunión y el ejercicio de todas las facultades intelectuales. Solo las ideas forman el fondo del estilo, la armonía de las palabras es solo lo accesorio y no depende sino de la sensibilidad de los sentidos; es suficiente tener un poco de oído para evitar las disonancias, y basta haberlo ejercitado, perfeccionándolo con la lectura de poetas y creadores, para que mecánicamente seamos arrastrados a la imitación de la cadencia poética y de los giros oratorios. Además, nunca la imitación ha creado nada; así esta armonía de las palabras no forma el fondo ni el tono del estilo y se encuentra a menudo en escritos vacíos de ideas.

El tono no es sino la adecuación del estilo a la naturaleza del tema y no debe nunca ser forzado, nacerá naturalmente del fondo mismo de la cosa y dependerá mucho del grado de generalidad a que se hayan llevado los pensamientos. Si se le ha elevado a las ideas más generales y si, en sí mismo, el tema es grande, el tono parecerá alcanzar la misma altura; si, manteniéndolo en esta elevación, el intelecto contribuye suficientemente a dar a cada objeto una luz fuerte, si se le puede agregar, a la energía del dibujo, la belleza del colorido, si se puede, en una palabra, representar cada idea con una imagen viva y bien acabada, y formar con cada serie de ideas un cuadro armonioso y elegante, el tono será no solamente elevado, sino sublime.

Aquí, señores, la ejemplificación haría más que la regla: los ejemplos instruirían mejor que los preceptos; pero como no me es permitido citar los sublimes fragmentos que tan a menudo me han emocionado al leer sus obras, estoy obligado a limitarme a estas reflexiones. Las obras bien escritas serán las únicas que pasarán a la posteridad: el caudal de los conocimientos, la singularidad de los hechos, la novedad misma de los descubrimientos, no son garantía segura de inmortalidad. Si las obras que los contienen no tratan sino de nimiedades, si están escritas sin gusto, sin nobleza y sin talento, perecerán, porque los conocimientos, los hechos y los descubrimientos se escapan fácilmente, se desplazan y huyen hasta ser empleados por manos más hábiles. Estos son exteriores al hombre; en cambio, el estilo es el hombre mismo. El estilo no puede, pues, ni robarse ni transferirse ni alterarse; si es elevado, noble, sublime, el autor será igualmente admirado en todos los tiempos, pues solo la verdad es duradera y aun eterna. Así, un estilo bello no lo es, en efecto, sino por el número infinito de verdades que presenta. Todas las bellezas intelectuales que ahí se encuentran, todas las relaciones de que está compuesto, son verdades igual de útiles -y tal vez más preciosas para el espíritu humano- que las que pueden formar el fondo del tema.

Lo sublime no puede encontrarse sino en los grandes temas. La poesía, la historia y la filosofía tienen todas el mismo objeto, un objeto muy grande: el hombre y la naturaleza. La filosofía describe y representa la naturaleza. La poesía la pinta y la embellece; pinta también a los hombres, los engrandece, los idealiza; crea los héroes y los dioses. La historia pinta solo al hombre, y lo pinta tal cual es: así el tono del historiador no será sublime sino cuando haga el retrato de los más grandes hombres, cuando describa las más grandes acciones, los más grandes movimientos, las más grandes revoluciones; algunas veces, también, será suficiente con que el tono sea majestuoso y grave. El tono del filósofo podrá resultar sublime cuantas veces hable de las leyes de la naturaleza, de los seres en general, del espacio, de la materia, del movimiento y del tiempo, del alma, del espíritu humano, de los sentimientos, de las pasiones; para los demás temas será suficiente con que sea noble y elevado. Pero el tono del orador y del poeta, cuando el tema es grande, debe ser siempre sublime, puesto que ellos son dueños de agregar a la grandeza de su tema tanto color, tanto movimiento, tanta ilusión cuanto les plazca; y siempre, antes de pintar y antes de engrandecer los objetos, deben también, sobre todo, emplear toda la fuerza y desplegar toda la potencia de su intelecto.