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Revista Colombiana de Antropología

versión impresa ISSN 0486-6525

Rev. colomb. antropol. vol.52 no.2 Bogotá jul./dic. 2016

 

Reseñas

Lugares de diablos: tensiones del espacio y la memoria

MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ1 

1 Universidad Externado de Colombia, Bogotá, Colombia. miguelangel-munoz@hotmail.com

. Gordillo, Gastón. (2010). Buenos Aires: Prometeo Libros, 2010, 352 páginasp.

Lugares de diablos: tensiones del espacio y la memoria es un libro acerca de la relación que se teje entre la memoria, el espacio social y las experiencias colectivas de explotación y despojo en las comunidades tobas del Chaco occidental argentino. Esta etnografía histórica sobre los procesos geográficos, históricos y sociales de la región rastrea las relaciones y disputas entre distintos actores e intereses políticos que definen la vida en el Gran Chaco y que han dado lugar a una particular experiencia de percepción espacial entre los tobas. La investigación es el resultado de un interés de largo aliento del antropólogo Gastón Gordillo por la región y de varios años de trabajo de campo, lo cual se refleja en la madurez del análisis, la abundancia de referencias etnográficas y el trabajo de archivo que proporciona información histórica relevante sobre el lugar de los tobas en el escenario regional. El problema del espacio, la memoria y el despojo se abordan desde una orientación marxista y gramsciana que examina el espacio como producto social, la relación entre cultura y política en la comprensión de la hegemonía y los estudios subalternos.

Los tobas occidentales o tobas-pilagá son un grupo indígena que habita en la región occidental del Gran Chaco (que abarca parte de Bolivia, Paraguay y Argentina), un paisaje compuesto en su mayor parte por una planicie semiárida. Al igual que otros grupos tobas de Argentina, los miembros de esta comunidad se reconocen a sí mismos como tobas (frente, en guaraní) por la antigua práctica entre los hombres de rasurarse parte de la cabeza. A pesar de esta similitud, los tobas occidentales son un grupo diferente -tanto histórica como lingüísticamente- de aquellos que viven al oriente del Chaco. De acuerdo con la información disponible desde el siglo XIX sobre sus asentamientos y patrones de movilidad, se sabe que originalmente eran grupos nómades dedicados a la marisca (término toba para referirse a las actividades de caza, pesca y recolección). En la década de 1990, estos indígenas ya vivían en comunidades sedentarias al suroccidente del bañado del río Pilcomayo y al oriente de la ciudad de Ingeniero Juárez, en la provincia argentina de Formosa. En esa época se dedicaban estacionariamente a la marisca, pero también se movilizaban durante algunas temporadas del año hacia grandes haciendas y fincas poroteras (productoras de fríjoles) a trabajar como jornaleros.

En el texto, el autor plantea una suerte de geografía política útil para leer las relaciones de poder, así como los imaginarios y estereotipos que se han producido desde y sobre el Gran Chaco. Las nociones espaciales diferenciadas de monte, ingenio y misión anglicana aluden al carácter y la forma de los intereses político-económicos que convergen en la región. Algunas de estas nociones tobas corresponden a antiguas geografías que pesan sobre su experiencia espacial del presente, a la vez que trazan una huella de las relaciones en el tiempo al producir formas emotivas de recuerdo que inciden en su vida cotidiana. En este contexto, las figuras mágicas que los tobas denominan payák o diablos son esenciales para comprender el contrapunteo constante entre las distintas experiencias espaciales, laborales y productivas que definen los significados de lugar en la vida cotidiana de las comunidades. Para Gordillo, los diablos condensan el sentido de la represión histórica mediada por las experiencias laborales migratorias hacia los ingenios y por el margen de autonomía indígena en el Chaco gracias a la marisca.

El libro está estructurado en tres partes, cada una de las cuales trata un aspecto clave de las configuraciones espaciales tobas. La primera, titulada “La construcción del monte”, contextualiza la situación de este grupo en la década de 1990 y hace una revisión histórica del Gran Chaco. Allí Gordillo se interesa por la expresión de la memoria toba en la conformación de espacios relevantes y recorre en detalle sus geografías cotidianas, desde el espacio más íntimo hasta el más lejano física y socialmente: primero, el monte abierto, donde habitan las comunidades tobas; luego, el monte denso, hábitat de animales grandes y frutos silvestres; de allí al bañado, zona inundable y pantanosa fuente de peces en cierta época del año. A continuación describe la banda, lugar de espacialidad liminal, “tierra de nadie” en la cual los objetos físicos del pasado toba son consumidos por el tiempo y adonde eventualmente van a cazar. Por último están las fincas poroteras y el ingenio San Martín del Tabacal, hacia donde se desplazaron durante décadas a trabajar.

La sedentarización y el cambio en las actividades productivas de los tobas occidentales están estrechamente relacionados con la presencia histórica del ejército argentino, de criollos colonos, de ingenios y haciendas. Desde el siglo XIX, las élites porteñas buscaron controlar regiones como la Patagonia y el Chaco para borrar los espacios inaccesibles dentro del Estado nación y fortalecer las fronteras con Paraguay y Bolivia. Junto con el ejército llegaron cientos de familias criollas en búsqueda de grandes extensiones de tierra para el ganado vacuno. Las prácticas de quema de monte que realizaban los tobas para cazar desaparecieron con la presencia de las reses que, al vagar libremente por los pastizales, consumían semillas de los árboles del monte cercano que luego esparcían, y de este modo favorecían el crecimiento descontrolado del monte. Además de servir para el pastoreo, la apropiación de miles de hectáreas de tierra fortaleció la especulación rentista de los criollos, quienes defendieron violentamente las ventajas económicas adquiridas con la colonización, frente a las acciones tobas dirigidas a recuperar los pastizales. Las limitaciones impuestas por el ganado a la caza, la pesca y la recolección (lo que se constituyó en una forma de despojo y destrucción de las formas nativas de procura del sustento) llevaron a los tobas a buscar otras opciones laborales, como el trabajo por temporadas en los ingenios azucareros, cuya aparición en Salta y Jujuy data desde finales del siglo XIX. Sin otra alternativa laboral, los aborígenes del Chaco, convertidos en peones, aceptaron las condiciones de los industriales.

En la segunda parte, “Huesos en los cañaverales”, Gordillo narra la experiencia de los tobas occidentales en los ingenios. Cientos de kilómetros lejos de casa, hombres, mujeres y niños tobas, junto con otros grupos aborígenes del Chaco, vendían su fuerza de trabajo para talar árboles, cortar leña, sembrar caña y otras actividades. Las condiciones laborales y residenciales y la férrea disciplina de trabajo dificultaban la maternidad, impedían la formación de organizaciones sindicales indígenas y afectaban gravemente la salud. Fueron tantos los muertos en los ingenios, que en lugares como San Martín de Tabacal era común encontrar huesos de indígenas enterrados entre los bosques tumbados para sembrar cañaverales.

El ambiente mortal y malsano de los ingenios estaba condensado en las entidades malignas que acechaban a los tobas: los diablos de la montaña, los comedores y el Familiar. Gordillo señala que la presencia de estas entidades mágicas es una codificación simbólica y práctica que generaron los tobas como un lenguaje para interpretar la experiencia de alienación, el malestar laboral y el extrañamiento de lugar a la que se veían sometidos. Los diablos de la montaña eran seres mortales que bajaban al anochecer por las faldas de las sierras próximas a la fábrica donde se procesaba la caña y esparcían enfermedad y muerte en forma de una silenciosa neblina caliente. Los comedores, por su parte, eran seres caníbales que acechaban entre los cañaverales, tejiendo trampas con dinero para luego comerse a sus presas; hacían lo que querían, sin temor alguno. Para el autor, la fusión de atributos como “comedores de hombres” y “blancos ricos que no trabajan” en la figura de los comedores es la condensación del componente caníbal de la explotación laboral: el consumo de los cuerpos de los trabajadores por parte de quienes se beneficiaban con su desintegración material.

Por último, estaba el Familiar, que a diferencia de los anteriores se asociaba específicamente con la fábrica. Para Gordillo esta figura compleja es particularmente importante por varios factores: 1) su relación recíproca con Patrón Costas (dueño de San Martín de Tabacal), a quien enriquecía a cambio de que este lo alimentara con trabajadores. Aquí (como en el caso de los comedores) la producción de riqueza para el hombre blanco está relacionada con la muerte del trabajador, en forma de alimento para la fábrica. Es la fuerza de trabajo fetichizada que se vuelca hacia el trabajador para comérselo. 2) El que este diablo prefiriera criollos sobre aborígenes como sus presas muestra la baja posición en la escala étnica y laboral de los tobas en los ingenios. 3) La racialización y explotación extrema a la que estaban sometidos los grupos indígenas en los ingenios impidió la unión sindical o formas de asociación obrera, lo cual explica la ausencia de un enfrentamiento simbólico con el Familiar, como sí lo tenían los trabajadores criollos en narraciones sobre personajes que habían logrado vencerlo.

La tercera parte del libro, “Mariscando hasta el fin del mundo”, presenta un paisaje mucho más alentador donde se acentúa la conexión dialéctica entre el monte y los ingenios, especialmente San Martín del Tabacal. El ingenio está lejos del monte tanto en el tiempo como en el espacio, pero su presencia es latente en actividades y prácticas cotidianas tobas, como asistir al culto anglicano dominical, reunirse alrededor del fuego, cocinar y comer lo que el monte ofrece. Los rastros de la memoria toba sobre aquel lugar son ambiguos, porque mientras se habla de la “riqueza” en relación con las mercancías ganadas por el trabajo, se llora la muerte que acechaba constantemente en forma de diablos de la montaña. Sin embargo, en el corazón del Chaco, aquellos tiempos de enfermedad no son más que recuerdos. Luego de las largas temporadas de trabajo por fuera, los tobas regresaban al monte a curarse los cuerpos enfermos y debilitados en los lotes junto a los cañaverales, donde tantos murieron. Para la década de 1990, ya no existía la “riqueza” como producto de los arreglos de trabajo con los capataces del ingenio ni el desenfreno sexual de cada noche al calor de los licores y los bailes. Pero sí había una recuperación mediada por el refugio que representa el monte frente a las amenazas de los colonos y militares de antaño, gracias a la presencia de chamanes y el sabor de la comida conocida.

A pesar de que Gordillo no aborda directamente el tema del despojo, su análisis revela cómo la espacialización de las memorias produce sentimientos y gramáticas del lugar donde se condensan narrativas del despojo. El trabajo permite comprender que el despojo que signa históricamente la vida de los tobas es un problema estructural y no coyuntural, que toma diferentes formas, se presenta en diversos órdenes y en distintos periodos. En su conjunto, el texto es relevante para concebir el despojo como una forma estructural de explotación, acompañada por la violencia, que se compone de una serie de acontecimientos cuyos efectos se acumulan y producen pérdidas económicas y sociales. Por ello resulta central examinar el despojo desde la articulación espacial de la memoria en los paisajes de influencia toba y desde la concepción flexible, móvil y adaptable de los lugares en las múltiples dimensiones de la experiencia toba.

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