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Perífrasis. Revista de Literatura, Teoría y Crítica

Print version ISSN 2145-8987

perifrasis. rev.lit.teor.crit. vol.13 no.27 Bogotá Sep./Dec. 2022  Epub Sep 06, 2022

https://doi.org/10.25025/perifrasis202213.27.01 

Artículos

BIBLIOTECA, FINITUD Y RESISTENCIA: LA LECTURA COMO GESTO DISCURSIVO EN LA BIBLIOTECA DE PARÍS

LIBRARY, FINITUDE AND RESISTANCE: READING AS A DISCURSIVE GESTURE IN THE PARIS LIBRARY

Wilson Pérez Uribe* 

* Universidad de Antioquia, Colombia wilson.perezu@udea.edu.co Licenciado en Humanidades, Lengua Castellana, Universidad de Antioquia, Colombia


Resumen

Este artículo reflexiona, a partir de la novela La biblioteca de París, de Janet Skeslien Charles -enmarcada en el plano histórico de la Biblioteca Americana de París, durante la Segunda Guerra Mundial- sobre los tópicos de finitud, formas de la crisis y de la violencia, derecho a la literatura, creación imaginativa e imaginación narrativa, entramados para comprender la biblioteca como espacio para habitar, en el que se hace disponible la lectura en tanto gesto de acogida frente a tiempos de incertidumbre y conflicto.

Palabras clave: Janet Skeslien Charles; literatura histórica; Segunda Guerra Mundial; biblioteca; hermenéutica

Abstract

This article reflects, based on the novel The Paris Library, by Janet Skeslien Charles, framed on the historical plan of the American Library in Paris during World War II, the topics of finitude, forms of crisis and violence, the right to literature, imaginative creation and narrative imagination, as frameworks to understand the library as a space to inhabit, in which reading is made available as a welcoming gesture in times of uncertainty and conflict.

Key words: Janet Skeslien Charles; historical fiction; World War II; library; hermeneutics

1. PÓRTICO

Janet Skeslien Charles (Conrad, Montana, 1971) ha irrumpido con fuerza en el panorama literario actual. Luego de su primera novela, Luz de luna en Odessa (2009), escribe, basándose en su experiencia como directora de proyectos culturales de la Biblioteca Americana de París, La biblioteca de París (2021). En la novela la autora realiza una reconstrucción histórica de los episodios que acontecieron durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en el marco de la ocupación alemana en París. En el contexto propio de la guerra, la crisis y la incertidumbre de un tiempo violento y agreste, dicha biblioteca continuó con sus puertas abiertas, ofreciendo libros y diversos materiales culturales. Aun en la fracturación de la ciudad, de la crueldad del discurso nacionalsocialista y de los grupos perseguidores, la biblioteca, acervo de la cultura, el arte, la literatura y la ciencia, siempre estuvo disponible, tanto para los habitantes de París, refugiados judíos y soldados que combatían en el extranjero. En esta, más allá del plano arquitectónico, matérico y espacial, se configuró un gesto discursivo en el que se aunaba el sentido de la resistencia ante las formas de la violencia y el acto de ofrecer la lectura como puente hacia una reimaginación del mundo, en tanto contingente, extraño e incierto.

En este sentido, en el presente artículo se pretende indagar sobre algunas relaciones concurrentes en La biblioteca de París, frente a tópicos como el sentido de la finitud (Mélich) en un tiempo de crisis y de violencia (Buttler), el derecho a la literatura (Cándido) y su consonancia con la idea de creación imaginativa (Esquirol) e imaginación narrativa (Nussbaum), todo ello para pensar en la configuración de un sentido de la biblioteca en tanto espacio para habitar (Heidegger), donde se ofrece la lectura como acto que resignifica los horizontes de una vida extrañada, en trance, incapaz de presentarse compacta y estable frente a sí misma. Igualmente, se hace preciso el indagar, a lo largo del texto, sobre las miradas que subyacen en la relación entre literatura, libros, resistencia y guerra, en cuanto ejes de comprensión sobre lo que pueden las prácticas sociales y culturales de la lectura en tiempos adversos.

2. FINITUD: ENTRE LO FRÁGIL Y LO VULNERABLE

París fue ocupada por las fuerzas alemanas en 1940. El discurso del nazismo iniciaba su proliferación por toda Europa. La incertidumbre se cernía sobre los pobladores de las regiones apartadas de la capital francesa. Se llegó a creer que la violencia totalitaria no la rebasaría, que esta era un fortín que resistiría los avances de la guerra, y que los rumores de una institucionalización de los valores gubernamentales de la Alemania hitleriana se apagarían en el aire sin mayor determinación. Iniciados los ataques aéreos, muchos franceses, jóvenes en su mayoría, se enlistaban en el ejército para hacer frente a la amenaza creciente. En La biblioteca de París, se retrata la decidida determinación de Rémy, hermano de Odile, bibliotecaria de aquel centro cultural americano radicado en la capital francesa, en asumir las obligaciones ciudadanas, lejos de su familia. Este es apenas un retrato de otros casos similares, donde la fragmentación familiar apenas alcanzaba un sentido temporal, algo momentáneo.

Mientras la incertidumbre, el miedo y un silencio sosegado inundaban las calles de París, la biblioteca continuaba abierta. "Como precaución contra los ataques aéreos, la Ciudad de la Luz se quedaba completamente a oscuras por la noche; no había farolas encendidas en las calles, ni luces de neón en los cabarets, ni lámparas encendidas en las calles, ni lámparas en nuestra sala de lectura" (137). Los empleados de la biblioteca y los abonados -aquellos que con regularidad hacían uso de los servicios- habitan un tiempo precario, falto de respuestas lógicas, en la que la violencia ejerce sus formas a través del miedo y la duda. Lo que acontece durante la Segunda Guerra Mundial es una pérdida del sentido del mundo. Los sujetos que lo habitan son seres finitos, es decir, seres cuya existencia es la herencia de generaciones pasadas, cuyos vínculos sociales están en un constante rehacer y cuyas formas de vida están delimitadas por la fragilidad, la tensión y una incierta representación del estar en el mundo.

En este sentido, para configurar lo que se comprende por finitud, Mélich apunta que "existir es salir de sí, lanzarse a una aventura en una tierra extraña que no dejará de serlo y en la que nunca se tendrá la sensación de estar en casa. ... La extrañeza es una condición insuperable de la existencia" (29). ¿Cómo interpretar el mundo justo cuando parecía perderse? Lo que anuncia la guerra es un desconcierto absoluto. Las condiciones sociales, políticas e ideológicas se desmoronan. La gramática que había dado forma al imperio de lo formal se ha transgredido con la unicidad de una mirada capaz de desautorizar todo aquello que sea radicalmente diferente.

Cuando aflora la crisis, los habitantes del mundo olvidan las relaciones con las que responden al sentido de habitar en él. Por lo tanto, aparecen sistemas de carácter simbólico para instituir un sentido totalizador. "Para ejercer su función, los sistemas tienen a sueldo a sumos sacerdotes que predican las supuestas bondades de su lógica. Sus palabras son del orden de lo incontestable y es necesario rendirles pleitesía" (50). Dichos sistemas instauran lógicas de verdad que condicionan acciones y discursos. En esta delimitación, el pensamiento se condiciona a regímenes de conformidad, imposibilitando que este surja "de las experiencias que lo conmueven" (Bárcena 45). Es necesario hacer dos preguntas en este momento: ¿cómo restituir las habitancias cordiales y resonantes en un mundo confuso? ¿Cuáles son los medios para configurar sentidos de libertad mientras la tradición heredada se ha hecho invivible? Los habitantes de París, no solo nacidos allí, sino también inmigrantes o turistas, son seres que, ante los embates de la guerra, han sido conscientes de su fragilidad en un tiempo contradictorio y ambiguo. Un posible acercamiento a las anteriores preguntas tendría que orientarse a las formas de resistencia que se han configurado cuando lo aparentemente estable se ha vuelto dictatorial, temeroso y afrentoso. "Para que exista una relación de sentido con el mundo hace falta una sintonía disonante entre la existencia y el mundo. Sin esa sintonía, tanto el mundo como la existencia están condenados a la penuria" (51).

Butler explora las formas de resistencia a la violencia. Plantea que el terror y el crimen que se han creado no son más que una reacción frente a los progresos hechos. La violencia se representa como una atmósfera, como un daño constante. Hay en ella una forma imperativa del espanto. Esto implica, en consecuencia, "que debemos seguir avanzando y aceptar que se trata de una lucha continuada, una lucha en la que los principios fundamentales de la democracia, la libertad, la igualdad y la justicia están de nuestro lado" (47). La crisis social generada durante la Segunda Guerra Mundial supuso que quienes la padecieron hallaran formas de resistencia en las que se involucrase un profundo sentido ético, en términos de conservar aquellos valores que se sintonizaran con el acto de coexistir con otros, baj o discursos que fueran, a la vez, gestos de acogida, proximidad y hospitalidad. En este sentido, el saberse finito implica, en palabras de Esquirol, resistir "al dominio y a la victoria del egoísmo, a la indiferencia, al imperio de la actualidad y a la ceguera del destino, a la retórica sin palabra, al absurdo, al mal y a la injusticia" (17).

La dimensión ética enmarcada en el sentido de la finitud implica que el otro, en tanto carga sobre sí una gramática propia, fabricada de lenguaje, cultura y gestualidades, sea susceptible de ser recibido en su condición de vulnerabilidad. Pensar en el otro vehicula, como plantea Lévinas, ". la solicitud dirigida al ser de quien es diferente a mí mismo, la no indiferencia a la muerte de otro" (250). La finitud, en este sentido, se asume en su calidad de aceptación sobre la extrañeza de aquel que padece el orden lógico de un sistema práctico y rutinario. En la anegación de aquellos valores que configuran lo humano, el acto de comunicar la propia vulnerabilidad suscita ya una acción social en la que los otros son responsables de la vida de los otros, en tanto se prevé un compromiso de corporeidad, en el que lo ajeno, lo radicalmente distinto, se hace cómplice. Frente a lo anterior, Mélich anota que "el sentimiento de respeto responde a la estructura del trascendental afectivo" (167), aludiendo a las formas en las que el acogimiento, en términos amparo y asilo, no se circunscribe a roles o estatus sociales.

En La Biblioteca de París, la señorita Reeder fue directora hasta muy avanzada la guerra, sustituida, a regañadientes, cuando el consulado americano advirtió ninguna posibilidad de que sus ciudadanos se quedasen contemplando el desmoronamiento del mundo conocido. Sin embargo, en sus años de trabajo, dirigió la biblioteca con compromiso cívico, recto y audaz. Cuando los empleados comprendieron que la mayor resistencia ante los avances de la ocupación alemana era quedarse en la biblioteca, la directora intuyó que no solo significaba proteger a los libros, también a los usuarios.

Peter llevó varios cubos de arena a la azotea por si los bombardeos provocaban incendios. La señorita Wedd colgó un letrero en la pared con las indicaciones para llegar al refugio más cercano, la estación del metro. Hicimos un simulacro, y la señorita Reeder vació la sala de lectura, abrazando a los estudiantes asustados. Yo me llevé a mis asiduos de la hemeroteca. La profesora Cogen agarró Buenos días, medianoche del estante como si estuviera salvando a su mejor amigo de un edificio en llamas, y proclamó: "No abandonaré a Jean Rhys". Helen cogió unas botellas de agua y el conserje cortó la electricidad. En la puerta, Bitsi hizo oscilar el farol, y un cortejo de aturdidos bibliófilos recorrió las dos manzanas que nos separaban de la seguridad que ofrecía la estación. En el túnel del metro, en penumbra, nos preguntamos qué pasaría y cuándo. (146).

La condición de la finitud es, a la vez, la condición del sentirse vulnerable, pero encarna la representación de la resistencia en tanto hay una herencia de valores que demarcan ciertos sentidos posibles para encarar la vida. Si bien es cierto que esta no se puede domesticar, que escapa en su acontecer a toda lógica racional y vigilante, es posible interpelar los sucesos inéditos como una acción, aunque no previsible, sí humana en su más tierna condición. Es precisamente esto lo que nos permite leer en las actitudes de los empleados de la biblioteca: ante la inquietud de una vida que se hace inhóspita, asumir, como irrupción frente a ese no saber, un imaginar en el que el mundo normativo y clausurado ceda a una esperanza no prevista.

3. LA LITERATURA COMO UN DERECHO VITAL

En los tiempos adversos, en los que la interpelación por lo humano parece diluirse en la duda, sale a flote la reflexión por aquellos derechos insustituibles a todo ciudadano. Durante la Segunda Guerra Mundial, en la atrocidad de los campos de concentración, ante la obligación del abandono de la casa común, qué postergar, qué aguardar, qué disponer en la confianza, sino un carácter frente a la vida que posibilitara un estar en el mundo, en términos de esperanza, más próximo y hospitalario.

Cuenta Vallejo que cuando Arturo Pérez-Reverte, siendo corresponsal de guerra durante los años noventa, contempló las ruinas de la Biblioteca de Sarajevo se asombró con la pérdida irreemplazable de manuscritos y obras de arte. "Cuando un libro arde, cuando un libro es destruido, cuando un libro muere, hay algo de nosotros mismos que se mutila irremediablemente" (235). En los libros se conserva el decir esencial de cientos de generaciones sobre el pasado, el presente y el porvenir. Igual que en la Biblioteca de Alejandría, durante las quemas e incendios recurrentes, cúmulos de papiros, copias a mano de las grandes obras trágicas, sedimentos literarios, astronómicos y botánicos sobre el Mundo Antiguo serían hechos cenizas. Sin embargo, no todo es terror, caos y desolación. Los restos de las bibliotecas calcinadas por el fuego sobrevivieron gracias al empeño de unos cuantos en preservar los pocos ejemplares y obras que hoy perduran en copias diseminadas a lo largo del planeta. "Si algo ha sobrevivido a las devastaciones fue gracias a esa lenta, suave, fértil irrigación de literatura manuscrita que se propagaba con enorme trabajo y llegaba a lugares escondidos, retirados seguros; lugares modestos que nunca serían campos de batalla" (237).

Una pregunta necesaria tiene que ver con qué cosas -y subrayo la palabra, en tanto reviste una cualidad simbólica, es decir, en la que los sujetos representan el mundo- se deben garantizar en tiempos adversos. Una posible respuesta se orientaría hacia los derechos irrenunciables: vivienda, salud o educación. Ahora bien, todo derecho es inalienable a la persona cuando parte de una necesidad que no se puede negar. Para Cándido, la literatura es un derecho porque se constituye en la necesidad que tienen los sujetos de narrar historias, de transmitir relatos, es decir, de ser parte de un mundo ficcional: "... la literatura aparece claramente como manifestación universal de todos los hombres en todos los tiempos. No hay pueblo y no hay hombres que puedan vivir sin ella, esto es, sin la posibilidad de entrar en contacto con alguna especie de fabulación" (34). La literatura confirma al hombre en su humanidad, hace vivir. Inserta a sus lectores en realidades que tienen una relación, sea directa o indirecta, con sus maneras propias de existir. La dimensión de la lectura, en este sentido, ha de ser considerada como parte indiscutible de la formación del ser humano, como el acto de comer, dormir o amar. Es válida, en este punto, la afirmación de Manguel al decir: "Todos nos leemos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea para poder vislumbrar qué somos y dónde estamos. No podemos hacer otra cosa que leer. Leer, casi tanto como respirar, es nuestra función primordial" (21-22).

La biblioteca de París, a diferencia de la de Alejandría y Sarajevo, no fue destruida o sometida a la exclusión cultural. Se convirtió, para las tensiones de la época, en una suerte de refugio en el que se garantizaba el derecho a la literatura, el derecho innegable a leer. Un temor constante que se cernía sobre los empleados de la biblioteca tenía que ver con las razones de un posible saqueo. Imaginaban la posibilidad de que los estantes quedaran vacíos, de que cada ejemplar fuera desapareciendo con pasmosa rigurosidad. En la novela se explica que "los nazis querían erradicar la cultura de ciertos países, y que para ello necesitaban realizar una confiscación metódica de todas sus obras científicas, literarias y filosóficas" (216). El discurso a favor de una única cultura válida para toda Europa, en la que las manifestaciones artísticas se limitaron a la extranjería o, a lo sumo, a la clandestinidad, entretejía una lógica del miedo y un gesto en el que la dignidad y la compasión eran apenas el vestigio de valores antiguos y fácilmente desdeñables.

El asunto a destacar en La biblioteca de París, en consonancia con lo que se ha planteado, tiene que ver con el impulso por garantizar el acceso a los libros durante la guerra. Muchos soldados franceses, lejos de casa, solicitaban en sus correspondencias algún material que les surtiera de conocimiento y vana distracción. Para los empleados de la biblioteca, los libros poseen "esa capacidad mágica de hacer que las personas veamos con los ojos de otros" (151-152). La biblioteca no era más que un puente con las culturas más diversas, y el derecho a ese diálogo tendría que ser garantizado. De esta manera, la gente empezó a realizar donaciones de libros que luego fueron enviadas a los frentes de batalla. "El personal comenzó a preparar una biblioteca de cincuenta revistas y cien libros para cada regimiento" (152). De toda Francia llegaban peticiones, también desde Argelia, Siria y Londres: "Teníamos en cuenta las preferencias que nos indicaba (ficción o no ficción, novela policiaca o memorias), así como los idiomas (inglés, francés o ambos), y nos asegurábamos de que cada soldado que había pedido un libro recibiese su paquete dos veces al mes" (154).

La directora de la biblioteca, la señorita Reeder, llamó a esta iniciativa, la de garantizar que durante la guerra llegasen libros a todos los lectores, el Servicio de Asistencia a las Tropas. El hecho de hacer disponible la lectura, de prodigar los libros en un tiempo de carencia, resulta primordial para comprender la labor de una biblioteca en épocas de incertidumbre. Planteo la idea de un contraste discursivo: por un lado, el discurso atemorizante, de la persecución, de la vigilancia y del castigo; por otro lado, el discurso de la esperanza posible, de la promesa de la cultura y de la resistencia frente al terror y la ignorancia. Basanta habla de la rebelión del lector en tanto reflexión, renacer, revivir, reavivar. El discurso que se gesta en la biblioteca, con el programa de distribución de libros, apunta a una forma de rebeldía "contra el pensamiento único, contra las verdades impuestas, contra el falso conocimiento" (169). Es precisamente esto lo que acontece en la ciudad de París durante la crueldad de la guerra, lo que impulsa a realizar una consideración en términos sociológicos, en tanto hay una relación múltiple que se teje entre libro, cultura, lector y tiempo histórico.

En un punto de la narración la señorita Reeder expresa: ". creo en el poder de los libros. Hacemos un trabajo importante al poner el conocimiento al alcance de la gente y al crear comunidad" (172). El hacer disponible la cultura fomenta los lazos humanos, aun en los tiempos más adversos. Lo que se constituye como un derecho a la literatura radica en facilitar el acceso y la participación de un mundo narrado, en el cual es posible que sus lectores puedan reinterpretar su lugar, imaginarlo desde otros sentidos, comprenderlo incluso en sus gramáticas más crueles y extrañas. En La biblioteca de París se hace evidente una forma de transmisión de la cultura como experiencia para la configuración de lectores que anudan sus formas de vida en las excepcionalidades de un tiempo donde las instituciones, los discursos, la política mundial y la relación con ese otro -diferente, extraño, finito- se han hecho confusos. No se trata, en este sentido, de una romantización de la función pública de toda biblioteca. Más bien, se trata de explorar las maneras en las que las personas hacen del lenguaje una experiencia narrativa del mundo en emergencia. Como apunta Skeslien Charles en la novela, "el lenguaje es una puerta que podemos abrir o cerrar a quienes nos rodean. Las palabras que usamos dan forma a la percepción, igual que los libros que leemos, las historias que nos contamos unos a otros y las que nos contamos a nosotros mismos" (425). El acto de entregar, de hacer vivible en otros la lectura, más allá del entramado ficcional e histórico, vincula unas realidades disímiles que se emparejan: quienes se emplean en la biblioteca, como el caso de la narradora Odile, y quienes han padecido la segregación, el horror y el miedo. En esa relación que antes enuncié, entre libro, cultura, lector y tiempo histórico, lo que se hace manifiesto es la intencionalidad de la lectura como gesto discursivo, en la lógica de que siendo disponibles y accesibles las formas de leer el mundo, desde la perspectiva múltiple de lectores, quienes asumen una época concreta como una experiencia singular, acontece la concreción insospechada de la identidad. Precisamente leer, como acción que se inserta en la herencia narrativa del mundo, funge como condición transformadora en la que, tanto el vértigo como la vulnerabilidad, se hacen gestos lectores que provocan el reconocimiento de sí. En consonancia con lo anterior, Mélich apunta que "no hay conocimiento en la lectura, sino experiencia, aventura y sabiduría incierta, señales en un sendero que uno va abriendo a su medida, señales que sugieren un modo de ver, de ser, de estar ahí" (322). El gesto, entonces, es mirada, cuerpo, alteridad, irrupción de la novedad del mundo en el acto de disponer la lectura, de hacerla extensiva a otros, cuando el tiempo que antes parecía habitable se hace radical, violento, detenido, insoportable.

En consonancia con las ideas anteriores, es importante prestar atención al caso de la biblioteca del campo de concentración de Buchenwald, la cual inició sus actividades en 1937 con una dotación de tres mil libros. Situada en el bloque 5, la biblioteca se había abierto con el propósito de extender la lectura a los prisioneros para reeducar su mirada alrededor del mundo edificado en las bases del nazismo. Sin embargo, más allá de esta utilidad práctica, el lugar se erigió como símbolo de evasión ante las dinámicas de miedo y atrocidad que imperaban en el campo. Rodríguez apunta al respecto: "Una biblioteca como una especie de oasis en un campo de desolación y degradación, un lugar que invitaba a la lectura en un espacio de envilecimiento y desmoralización" (23-24). ¿Cuál era el motivo real para construir y hacer permanente una biblioteca en un contexto de guerra? La rehabilitación como discurso y acción para enmascarar las prácticas que acontecían en el campo. Pero la lectura escapaba de esas exigencias estatales. Cada lector, en el marco de sus experiencias, hacía de esta actividad un mapa personal en el que se fortaleciese su capacidad de resistencia al enemigo.

Rodríguez refiere que,

la lectura promovida desde las más altas instancias nazis como instrumento de remodelación de la conciencia, de expiración de las faltas y acatamiento de la doctrina supremacista, al menos teóricamente, porque la dualidad de un mismo texto y de la naturaleza misma de la lectura conseguiría que muchos de los presos que utilizaron sus servicios (se llegaron a contabilizar 82147 préstamos) encontraran una posibilidad de solaz y escapatoria, de resquicio inaprensible de libertad. (26).

En este sentido, garantizar el derecho a la lectura implica una apropiación de los materiales culturales que no puede ser medida, ajustada a propósitos determinados o verificada, en tanto es un sujeto, con una carga histórica singular, quien asume una relación única con aquello que lee. Las narraciones, los tratados filosóficos o los romances poéticos que pudieron haber sido leídos en Buchenwald tienden a ser más performativos que formativos, en cuanto que la lectura se hace experiencia corporal, en términos de asimilación catártica del texto para el desafío ante la barbarie y silenciamiento, y no tanto una acumulación de saberes que instruyan la vida hacia un conocerse lo adecuado, lo pertinente o políticamente correcto.

4. DIÁLOGOS ENTRE CREACIÓN IMAGINATIVA E IMAGINACIÓN NARRATIVA

En La biblioteca de París circulan dos relatos que se alternan. Odile da a conocer su experiencia en la biblioteca y sus vivencias personales y colectivas durante la ocupación alemana. Lily, una joven estadounidense, en los años ochenta, conoce a la ya anciana Odile, quien le presenta el mundo a través de la lengua francesa y los libros que, en su juventud, hicieron aflorar una pasión inusitada por las bibliotecas. En este punto de la narración acontece una experiencia que amplía la extensión del relato de la guerra, donde la lectura se configura como espacio simbólico para la autodefinición personal y el hacerse cargo de sí en periodos de adversidad, que ya no se sustentan en acontecimientos de orden mundial, sino que suceden en el eje de la vida privada.

Es preciso indagar en torno a dos conceptos que amplían las discusiones derivadas de los demás apartados: la creación imaginativa y la imaginación narrativa. Estos están en consonancia con dos ideas en concreto: la dimensión pública de la lectura, en tanto vínculo relacional entre texto y mundo, y la dimensión privada, en torno a los sentidos que se hilan entre lector y texto. Lo que subyace en esta intencionalidad es la comprensión de cómo la noción de biblioteca cubre ambas dimensiones, ensanchando el reconocimiento alrededor de la necesidad fabuladora y de integración de la vida con actos narrativos, a la que se suscriben los sujetos como posibilidad, de existir, de ser y de orientar su propia visión sobre el tiempo que habitan. A propósito, Bruner aclara que es en lo posible donde se encuentra el relato: "... narrar es trascender la irresistible tiranía de lo obvio o lo evidente" (42). Narrar es irrumpir en una realidad cristalizada, en la que se tensan lo tradicional y la innovación. Lo posible tiene que ver con las formas de vida que se asumen desde otros modos, en las que se transgreden condiciones canónicas para dar apertura a posibilidades de vidas truncadas, anegadas y carentes de explayarse. A través de las narrativas el ser humano hace frente a lo inesperado y lo incierto.

En este mismo eje de discusión, Ricoeur señala que la narración propone la imagen de una vida que puede dar cuenta de un acontecimiento que ha de transformarse en significante. La nueva configuración del tiempo vital transita más allá de un orden ingenuamente previsto; da lugar, más bien, a lo inestable, a lo perturbador, al nacimiento de lo nuevo. "Contamos historias porque al fin y al cabo, las vidas humanas necesitan y merecen contarse" (145). Y aquello que se cuenta radica en una función mayor: todo acontecimiento, en su delirio, en su anormalidad, en su inédita inauguración del mundo, debe ser narrado.

La narrativa es una forma del relato en la que se despliega la vida humana y las comunidades de cultura. Todo relato implica un posicionamiento frente al mundo, no se agota en una neutralidad, sino que dibuja en su perfil una perspectiva, un punto de vista, una toma de postura. De esta manera el relato parte de una base pragmática, en la que se suscitan mundos narrativos que pueden llegar a transformar la vida de los sujetos. Bruner habla de un medio para esta posibilidad: "Impulso metafórico" o la "magia de las tramas". Es por eso que se habla de que narrar es un acto que promueve mundos posibles, ya que entre lo familiar aparece el surco de la imaginación como arraigo y desarraigo de la realidad.

Se ha planteado que durante la Segunda Guerra Mundial se configuró una idea de la realidad que tomaba los sentidos de lo intempestivo, lo opaco y lo terrible. La versión conocida del mundo se altera, modifica su plano moral y la pregunta por la condición humana se desmorona frente a la tragedia de la muerte y la aniquilación. En la oscuridad del mundo, plantea Esquirol, narrar, contar cuentos, explorar los bordes del lenguaje, resulta clave para imaginar un espacio esperanzador y amable. El sentido de la intemperie también evoca un estadio de emergencia, en el que no hay un asidero común para soportar el paso inexorable del tiempo. "En la intemperie, el ser humano necesita cobijo y orientación. La palabra y la imaginación buscan, sobre todo, crear y hacer compañía. Creamos para no estar solos. Y creamos para que el otro tampoco esté solo. Imaginamos juntos" (106).

En La biblioteca de París la facultad de imaginar radica en el acto conmovido de poner en circulación libros en un contexto de radical nihilismo. Frente a la dificultad en el vivir, frente a la desmemoria y la confusión, el aislamiento y la inmovilidad, hacer intensa la vida gracias a la literatura, el arte y la cultura. La idea de creación imaginativa viene a la par con el ejercicio de la memoria, en tanto movimiento que oscila entre el presente y lo vivido. En la imaginación hay la recreación metafórica del mundo, también hay transmisión narrativa de lo que irrumpe en ese mundo, de manera que este se hace espacio habitable, promesa de una confianza en el porvenir: "La memoria es memoria contra el tiempo, contra la disolución provocada por el tiempo" (107). La biblioteca, como espacio arquitectónico se asume también como espacio de la memoria, no solo porque hace accesibles los materiales de la cultura o a las indagaciones sobre el pasado, sino también porque encarna el símbolo de la resistencia. Es decir, la biblioteca, en la obra en cuestión, se sale de su configuración tradicional, ya no es la Biblioteca Americana en la ciudad de París, es la extensión de un espacio en los cientos de libros donados que van a parar a las trincheras de guerra. Los soldados, exilados o judíos errantes reconstruyen en la lectura de esos libros ofrecidos una imaginación activa sobre el tiempo indeterminado que los constituye. De esta manera, es válida la asociación del libro con la noción de hogar, casa, habitación o cabaña. En consonancia con Petit, según el planteamiento anterior, "el aspecto material del libro, cuando se trata del codex, contribuye probablemente a su carácter hospitalario. . Un libro es una suerte de choza que se puede llevar consigo, se lo abre, uno se desliza en él, se puede volver a él" (50).

Ahora bien, siguiendo a Nussbaum, retomo el concepto de imaginación narrativa, desde el cual se propone el cultivo de una imaginación receptiva para comprender los modos de ser de personas diferentes a nosotros: ". las artes desempeñan un papel vital, puesto que cultivan poderes de la imaginación que son esenciales para la construcción de ciudadanía" (118). Las artes son el tránsito vital hacia el cultivo de la imaginación. Para la filósofa estadounidense, la literatura representa las circunstancias de personas de clases distintas, es decir, despliega un conocimiento que puede ser válido en la vida política. En otras palabras, las obras literarias que se dan a leer fungen, más allá de su aparente dosis contra el aburrimiento, como poderosos alicientes, en tanto constituyen una puerta hacia la celebración de lo imaginario a través de la mirada de otros: "El arte de la narrativa tiene el poder de hacernos ver las vidas de quienes son diferentes a nosotros con un interés mayor al de un turista casual, con un compromiso y entendimiento receptivos y con ira ante la forma en que nuestra sociedad rehúsa a algunos a la visibilidad" (121). En la imaginación narrativa, en estos términos, al igual que en la creación imaginativa, se desprende una implicación esencial: el hecho de que las narraciones leídas son puente para reforzar las interacciones sociales, la empatía y el respeto por la interioridad del otro. Reconocer el lugar del otro, en su estado más vulnerable, el acto de preguntarse por las condiciones de su vida y por su intimidad, amplía el territorio de la sensibilidad. En consonancia con lo anterior, en una carta que remite Rémy, hermano de la bibliotecaria Odile, quien padeció los horrores de la guerra viéndose internado en un campo de trabajo, expresa:

Querida Odile:

¡Gracias por el libro! Jane Eyre es tan apasionada como tú. ¡Qué bonita idea has tenido al anotar tus impresiones en las márgenes! Voy pasando las páginas y es como si leyésemos la novela juntos. ¿Cómo puede ser que te caiga simpático el señor Rochester? Pero ¡si es un canalla! Estoy empezando a pensar que tienes muy mal gusto en lo que a hombres se refiere. (157).

En marzo de 1984, Lily comparte diversas lecturas con la ya anciana Odile. Esta última, lejos de Francia, con inolvidables pérdidas sobre su consciencia, asume, a la postre, la forma de una biblioteca andante. Su vida está poblada de libros leídos, de lectores conocidos, de experiencias literarias que han demarcado su tránsito vital. Lily habla de El principito, del consuelo que le produjo su lectura, de la imaginación que se desplegó en sí misma: "El principito empezaba con un niño que hacía dibujos sencillos. Cuando se los enseñaba a los adultos, ellos no los entendían. Yo sabía cómo se sentía, puesto que nadie entendía cuánto echaba de menos a mi mamá. Las palabras de un aviador fallecido me consolaban más que las fórmulas trilladas de personas a las que sí conocía. El libro me transportó a otro mundo, a un sitio que me permitía olvidar" (126).

Se percibe, desde luego, esa dimensión privada de la lectura. En el personaje de Lily se abre una herida; se hace, incluso, manifiesta en el relato: la muerte de su madre. En la biblioteca de París no todas las crisis se sustentan en el plano histórico, también suceden en lo íntimo. Y allí la lectura, los libros, las conversaciones con otros, acuden no solo como resistencia frente a un tiempo adverso, sino que fungen como reparación de una interioridad alterada. Afirma Petit que "cuando uno se siente desesperado, cuando el cuerpo es atacado, y se despiertan gran cantidad de angustias y de fantasías arcaicas, la reconstrucción de sí mismo, de su interioridad puede ser vital" (70). En la lectura, como en la contemplación del arte, subyace un sentido reparador en el que el sujeto rehace sus representaciones sobre sí mismo. Estas representaciones están hechas de gestos, actitudes o metáforas, en las que el mundo se interroga en su extrañeza para hacerse familiar.

Sin duda, las ideas que se han planteado en cuanto a la novela de Janet Skeslien Charles, en torno a la creación imaginativa y la imaginación narrativa, permiten una discusión en el territorio literario de la obra misma, en la que se hace manifiesta la presencia de lectores que afrontan episodios de crisis, de violencia o de falta de certezas, y que se hacen cargo de la dimensión de su realidad a partir de un encuentro acertado con lecturas que abren el campo de visión sobre el mundo desde una perspectiva de la restitución de lo perdido. Se reconoce, asimismo, que la figura de la biblioteca se asume lejos de un cuerpo material, para también encarnarse en personas, tiempos y circunstancias. En este sentido, vale recordar aquello que apunta Petit acerca de la noción de lectura reparadora: ". lo que ofrece una biblioteca, lo que ofrece la lectura, es precisamente eso: un espacio, en el sentido real y metafórico, en donde sentirse suficientemente protegido para poder ir y venir libremente, sin peligro, y abandonarse a la fantasía, y tener la mente en otra parte" (71).

Ahora bien, en una profundización alrededor de la creación imaginativa, se configuran sentidos que abren la posibilidad para pensar en una configuración distinta del mundo a través de las aperturas simbólicas hacia el otro. Si ofrecer la lectura en tiempos de crisis significa construir ciudadanías posibles, las acciones que se potencian allí tienen que ver con formas de alteridad que fundan constructos de acogida para que otro reavive su lugar en el mundo. "Quien dice yo se lo dice a un tú, o porque tiene presente un tú. La conciencia de uno mismo exige al otro" (Esquirol 103). Con esto se asiste a una doble comprensión: por un lado, la condición de la biblioteca como centro de la cultura en el que se disponen bienes sociales, que no se vinculan a una realidad determinada sin fundamento; más bien, se hacen disponibles en tanto hay la figura de otro que está en la capacidad de recibirlos y de apropiarse de ellos. Lo que ocurre en la novela es un intercambio lingüístico en el que interactúan diferentes sujetos: la biblioteca como espacio social, los bibliotecarios como agentes públicos del libro y los lectores cuyas experiencias radicales en un contexto histórico determinado imponen unas maneras de ser asumidos. Esquirol afirma, entonces: "La función enunciativa del lenguaje está subordinada a la vocativa. Nos decimos las cosas, nos las ofrecemos diciéndolas" (104).

La creación de formas de habitar distintas exige de una pluralidad de tejidos en los que involucren acciones y discursos. En este orden de ideas, otra comprensión ligada a la creación imaginativa tiene que ver con las funciones que se asumen dentro de la biblioteca. Si bien es cierto que un propósito misional es el de abrir las puertas a la cultura planetaria, qué sucede cuando el escenario en que el concurren sujetos y saberes se enmarca en un episodio de guerra, segregación y persecución. En la novela el proyecto de la Biblioteca Americana transciende el plano enunciativo. Evoca la presencia de los usuarios lectores, los atrae. Al ser esta apenas una acción primaria de su carácter institucional, la misma biblioteca crea presencia, orienta sus recursos bibliográficos a movilizarse más allá de la protección arquitectónica. Es en el afuera, en la carnalidad que impone el miedo, donde los lectores se asumen como parte integral de una discursividad culta que se ha integrado con las raíces que sustentan la realidad en el plano de la Segunda Guerra. "Gracias al otro, hay presente y consistencia del mundo" (Esquirol 105). Ese otro -lectores y lectoras- recrea la figura explayada de la biblioteca a través de la mediación de los libros.

Los marcos de comprensión alrededor de la creación imaginativa se relacionan con algunos aspectos fundamentales propios de la imaginación narrativa. Más que avisar la posibilidad de tensiones entre ambos conceptos, se hace posible construir lugares de convergencia que permitan pensar qué pueden hacer la literatura y la lectura en momentos de crisis absoluta. En su idea de imaginación literaria, Nussbaum anota que los libros invitan a la construcción de vida pública. Son, a la vez, una expresión de la vida social que no se reduce a las márgenes de las actividades puramente económicas: ". la literatura es subversiva" (25), ya que modela la imaginación y los deseos, y por eso subvierte las lógicas racionales que imperan en la economía política. "La literatura se centra en lo posible, invitando al lector a hacerse preguntas sobre sí mismo" (30). La lectura se inscribe como territorio biográfico, en tanto práctica que despliega gestos individuales, reflexividades únicas y amplitudes de sentido que provienen de una experiencia radical con el mundo. La lectura de obras literarias encausa acontecimientos no previstos, que abren, como una suerte de nacimiento, conversaciones en tanto refugios para el cuidado de la propia lengua. En esta medida, se despliega una idea del cuidado como modo de ser y de existir. Es decir, en la idea de imaginación narrativa, como despliegue de las facultades de los sujetos para la consolidación de democracia, es el otro también el que recibe el acontecimiento de leer y de leerse. Las condiciones de precariedad y perplejidad no hacen más que sugerir un sentido de la lectura como abrazar, acunar, cuidar, escuchar. Boff a propósito, señala:

Cuando uno acoge al otro y así se realiza la coexistencia, surge el amor como fenómeno biológico. Este tiende a expandirse y a adquirir formas más complejas. Una de estas formas es la humana, que no es simplemente espontánea, como en los otros seres vivos; es un proyecto de la libertad que acoge conscientemente al otro y crea condiciones para que el amor se instaure como el más alto valor de la vida. (188).

Esta comprensión acerca de la lectura comporta otra idea. En contextos como la guerra, la vida en prisión, condiciones desfavorables de salud o vacilación ante el futuro, el sentido de leer libros suscita el prodigio de que el lector mismo sea a la vez el texto leído. Cuando la soledad y el silencio se han transformado en enemigo de lo humano -ese cuidado esencial sobreentendido en las palabras de Boff- suscitan una suerte de desvanecimiento durante la lectura. Dejar las especulaciones y los prejuicios de ese yo hablador como manifiesto contra el peligro y la fatalidad. "Leer es vivir lo que se lee, leer es dejarse conducir por el texto, leer es casi convertirse por un rato en lo que se está leyendo" (Ospina 64). En este sentido, la imaginación narrativa, en consonancia con la creación imaginativa, implica la construcción de un espacio -no frontera, sino horizonte-, en el que se reconcilien las verticalidades de un tiempo azaroso y las horizontalidades de una mirada que acoge, refunda y gestualiza esperanzas no advertidas.

5. TELÓN

En 1951, Heidegger pronunció su célebre conferencia "Construir, habitar, pensar". Sobre habitar, lejos de un simple edificar, abarca una dimensión que trasciende el plano arquitectónico. El construir está ligado al habitar, en cuanto a la posibilidad de abrigar y cuidar. En este sentido, habitar "es más bien siempre un residir junto a las cosas" (4). Ese modo específico de residir guarda relación con el ser que cuida, que custodia, que vela por algo que se ampara. El ser humano se relaciona con los espacios que ocupa a través del habitar, cuando ya no es de paso que se da la residencia allí, sino en la medida en que se permanece, en que se hace cuna.

En la idea del habitar se sitúa la biblioteca como espacio en el que se despliega un doble sentido: por un lado, como construcción arquitectónica para el resguardo de objetos de la cultura. Por otro lado, como símbolo del cuidado -no en vano los antiguos llamaban a las bibliotecas hospitales del alma- que escapa de su dimensión material para personificarse en una forma de humanidad. En la obra literaria se retrata la biblioteca, a partir de las impresiones de los empleados, como espacio para el cuidado del otro en tiempos de extrema violencia y rechazo. La disposición de libros, no solo para los asiduos usuarios o abonados, sino también el envío de lecturas a los lugares donde acontece la guerra, son gestos discursivos en los que se ancla la noción de biblioteca; es decir, como recinto del saber que no se engasta en lo privado, sino que dialoga con el mundo. Una biblioteca abierta que nombra una realidad concreta desde la perspectiva de lo público, lo potencial y lo posible.

El habitar como abrigo y cuidado tiene relación con esa otra forma de biblioteca, en la que el lector se asume como resguardo de la cultura. Es quien da el libro, quien ofrece la lectura, quien ampara un manuscrito, quien hace de la confianza una brecha en medio del espanto. Odile, de manera clandestina, llevó libros a la profesora Cohen, pues había perdido todo su material bibliográfico en una redada alemana: como judía había sido despojada de sus libros. La empleada de la biblioteca recolecta obras de difícil adquisición, busca entre la maraña de volúmenes y dispone esos necesarios objetos en las manos de una profesora. "Te has convertido en mi ventana a París. Los libros y las ideas son como la sangre: necesitan circular y nos mantienen vivos" (295).

Hacer habitable un espacio para la concordia es abrir un tiempo singular a la presencia del otro. Dar a leer, en este sentido, como apertura de la alteridad, donde se reconoce la dimensión finita del otro, quien precisa del ejercicio de la imaginación como vínculo emancipador con respecto a su realidad. Hacer habitable la biblioteca desde su gesto institucional y desde el amparo que hace de ella el usuario, el lector. Esta última consideración la abre un pasaje de la obra, en el que Odile encuentra a una mujer, Margaret, en las instalaciones de la biblioteca. Esta, esposa del cónsul británico en París, habla inglés. Se siente extranjera en francés. Desea recuperar una porción remota de su cultura. Odile sabe que los libros alivian la tristeza y consuelan frente a lo extraño, así que pone a disposición de Margaret algunas novelas en inglés.

Se reconoce en La biblioteca de París una obra que reelabora el relato bélico desde una perspectiva humana, en la que las interacciones sociales y culturales se ven orientadas por la figura histórica de la Biblioteca Americana, en la que se anudan experiencias de saber con la idea de lectura como gesto discursivo que amplía la comprensión en torno a cómo los lectores resisten las adversidades de una época al crear lazos de hermandad a través de los libros. El diálogo con los conceptos de finitud, la literatura como derecho, la creación imaginativa, la imaginación narrativa y el habitar suponen un trazado interpretativo que, más que ampliar, enriquece la discusión alrededor de tópicos como lector, lectura, crisis, literatura y sociedad.

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Recibido: 19 de Enero de 2022; Aprobado: 30 de Marzo de 2022; Publicado: 04 de Mayo de 2022

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